Capítulo 7
Esa mañana había nadado. Los jueves Kira nadaba como nadaba los lunes —dos kilómetros sin parar en la piscina cubierta del club de Majadahonda, ochenta largos en cuarenta y nueve minutos esa mañana, que era uno de sus mejores tiempos del último mes, conseguido por el simple motivo de que había salido al agua a las siete menos diez con la cabeza ya puesta en la vista oral de las nueve y había acelerado los últimos veinte largos sin pensarlo.
La natación de los jueves le servía para repasar lo que tenía que decir delante de un juez al día siguiente o esa misma mañana, y la repaso entonces, en bloque, mientras hacía el viraje del largo cuarenta y dos pensaba en la cadena de custodia, mientras hacía el viraje del cincuenta y seis pensaba en los hashes, mientras hacía el viraje del setenta pensaba en cómo iba a contestar a la pregunta de manipulación previa que la defensa iba a soltar al final.
A las ocho y diez había salido del club.
A las nueve menos cuarto estaba en el pasillo del juzgado con el cuerpo flojo en su justa medida —los músculos sueltos de quien acaba de hacer ejercicio fuerte hace una hora, la cabeza en frío, el ritmo respiratorio bajo.
Esa era la diferencia entre comparecer en juzgado un jueves y comparecer un día cualquiera de la semana en que no le tocaba nadar. Los jueves aguantaba mejor.
La defensa llegó a las nueve menos diez.
Era un letrado de unos cincuenta años con traje gris de tres botones, corbata azul marino, pelo entrecano peinado hacia atrás con gomina, gafas de pasta finas, una cartera de piel marrón más cara que la de Kira y andares de quien lleva treinta años entrando en juzgados.
Saludó a Kira con un movimiento mínimo de cabeza al pasar por delante.
Kira le devolvió el movimiento, así que el letrado pasó a la sala con la habilidad de quien tenía hueco, dejó la cartera en la mesa de la defensa, salió otra vez al pasillo, se puso al teléfono.
Kira lo miró durante los siete u ocho segundos que duró la conversación con el cliente.
El letrado movía la mano libre con un patrón concreto al hablar; las arrugas finas alrededor de la boca eran de fumador reciente, no de años; las uñas estaban arregladas pero el meñique izquierdo tenía esa pequeña tinción amarillenta que dejaba el revelado de los nicotinas en uñas previamente cuidadas; los zapatos, marrón mocasín de borla, tenían un desgaste asimétrico en la suela exterior izquierda compatible con un patrón de marcha rotada de cadera derecha por hernia discal antigua.
La corbata estaba bien hecha pero el nudo era windsor doble, mal traducido al castellano del inglés “doble nudo”, que era un nudo que se llevaba en el bufete pero no se llevaba ya en los bufetes serios de Madrid.
Era un letrado de bufete medio, realmente, no de bufete grande.
Estaba molesto por algo del cliente. Iba a intentar minar el peritaje no por estrategia procesal de fondo sino, claramente, para justificar honorarios delante de un cliente que seguramente le acababa de mover el plazo de pago.
Kira archivó la lectura sin enunciarla. La iba a usar.
A las nueve y dos llamaron a vista. Kira entró a la sala detrás del letrado de la defensa y delante de la fiscal —una mujer joven con la toga negra abierta, una cara despierta, treinta y pocos años, pelo recogido en moño bajo, eficiente—.
La sala era una sala pequeña de juzgado de lo penal, paredes color crema, banco de madera al fondo para el público, mesa de la fiscalía a la derecha, mesa de la defensa a la izquierda, estrado del juez al frente con la imagen del rey detrás.
La acusación particular llevaba un letrado más joven con corbata roja, sentado a la izquierda de la fiscal.
El acusado estaba sentado en el banquillo de los acusados al fondo a la derecha, hombre de cuarenta años con camisa blanca abierta al cuello y americana azul marino, mirada fija en la mesa.
La denunciante había declarado a primera hora y ya se había retirado.
—La señora Aresti, ¿perito judicial designada? —dijo la juez al entrar.
—Sí, señoría.
—Pase usted a la sala de testigos, por favor.
Kira pasó. La sala de testigos era una habitación mínima al lado de la sala principal con dos sillas y una mesa baja con una jarra de agua, vasos de plástico, una botella de agua mineral.
Kira se sentó. Esperó. Oyó el inicio de la vista a través del tabique fino —la fiscal abriendo, la acusación particular preguntando, la defensa contestando—.
Treinta y un minutos después la secretaria asomó por la puerta y dijo señora Aresti, por favor .
Kira se levantó, entró, ocupó el sitio del testigo perito en el centro de la sala, juró decir verdad.
La juez le pidió que se identificara. Kira lo hizo: nombre y apellidos completos, número de inscripción en la lista de peritos judiciales del decanato de los juzgados de Madrid como perito informática, formación, experiencia. La fiscal abrió.
—Señora Aresti, el peritaje informático que su despacho elaboró respecto a los dispositivos del acusado, de fecha 4 de octubre del año pasado, ratifíquelo.
—Lo ratifico.
—¿Mantiene íntegramente las conclusiones?
—Las mantengo.
—¿Quiere añadir algo a lo dictaminado?
—No.
—Sin más preguntas, señoría.
—¿La acusación particular?
—Sin preguntas, señoría.
—¿La defensa?
El letrado de la corbata azul marino se levantó despacio de su silla, se ajustó las gafas, abrió la carpeta que tenía delante con el gesto medido de quien se ha aprendido el papel de letrado-que-mina pero no termina de creérselo, y empezó a hablar.
Las preguntas que hizo en los doce minutos siguientes fueron las preguntas que Kira había anticipado por orden y por forma.
La defensa cuestionó la cadena de custodia del dispositivo —Kira respondió con la fecha, la hora, el sello de la cinta precintada, el nombre del mensajero que había recogido el dispositivo en sede policial y lo había llevado al laboratorio—.
La defensa cuestionó la metodología —Kira respondió con el protocolo seguido, con la herramienta utilizada, con la versión del software, con el hash de verificación inicial y final, con la copia bit a bit con bloqueador de escritura—.
La defensa cuestionó la identificación del autor de las comunicaciones recuperadas a partir de los metadatos —Kira respondió con la información de IP, con los timestamps, con la verificación cruzada con el operador de telecomunicaciones, con los datos de geolocalización de las celdas—.
La defensa cuestionó la posibilidad de manipulación previa del dispositivo —Kira respondió que el hash inicial coincidía con el sello policial, que la imagen forense estaba intacta, que cualquier manipulación habría dejado huella detectable y no había sido detectada—.
Cuando la defensa hizo la pregunta diecisiete, Kira la cogió por el lado por el que la defensa no se la esperaba.
Era una pregunta sobre si el peritaje contemplaba la posibilidad de que el dispositivo hubiera sido usado por un tercero distinto del titular en el momento de las comunicaciones objeto.
Kira respondió que sí, que el peritaje lo contemplaba en la sección cuatro punto dos, que el patrón de uso del dispositivo en la franja horaria de las comunicaciones era consistente con el patrón habitual del titular según los doce meses anteriores cruzados, y que la hipótesis de uso por tercero exigiría una serie de coincidencias secuenciales con probabilidad combinada inferior a una entre quince mil quinientas.
Lo dijo con la voz neutra del oficio. La sala se quedó un segundo en silencio.
La defensa miró su carpeta, cambió la pregunta, cambió el tema, pero intentó minar otra vez por una vía distinta y volvió a chocar con un dato que Kira tenía preparado al milímetro.
A los veinticinco minutos la juez interrumpió.
—¿Le quedan más preguntas, letrado?
El letrado tardó dos segundos en contestar. Esos dos segundos los registró Kira y los registró la juez también.
—No, señoría. Sin más preguntas.
—Puede retirarse, señora Aresti. Gracias.
—A usted, señoría.
Kira se levantó. Caminó hacia la salida.
Al pasar por delante de la mesa de la defensa el letrado no levantó la vista.
Al pasar por delante de la mesa de la fiscalía la fiscal le sostuvo la mirada un segundo y le hizo el más mínimo gesto con la cabeza.
Kira no respondió al gesto. Salió de la sala.
Cerró la puerta tras de sí. En el pasillo se quitó el peso del comparecimiento del cuello y los hombros con una respiración larga, recogió la cartera del banco corrido donde la había dejado, bajó la escalera, salió a la calle. Eran las diez y treinta y dos.
Antes de meterse al coche llamó a Lau desde el manos libres del coche.
—Salgo —dijo Kira.
—¿Qué tal?
—Bien. Diecisiete preguntas y dos segundos de pausa al final.
—¿Quién era el letrado?
—Bufete medio. Hernia discal vieja. Acababa de discutir el plazo con el cliente. No iba a sostener.
—Coño, qué cabrona eres.
—Soy lo que soy.
—¿Comemos antes de que vaya yo?
—Sí. Tu turno está a las cinco. Tienes dos horas largas.
—Bien.