Capítulo 6 #3
RITUAL COCINA —Marta cerraba todas las noches. Cocina abierta esa noche = no suicidio.
Tapó el rotulador. Lo dejó en la repisa.
Volvió a la silla. Eran las cinco y cuarto de la tarde.
Llevaba once horas trabajando. Le dolía el cuello, le dolían los hombros, le dolían los dedos pulgares de tanto teclear y tanto pasar la rueda del ratón.
Se levantó, hizo cinco minutos de movilidad de cuello y de hombros como le había enseñado el fisio, se sentó otra vez.
Faltaba PQR y faltaba MC por cerrar. Y faltaba poner cara y nombre al visitante del 7 de octubre, que era el que de verdad importaba.
PQR : dos operaciones grandes, una de finales de agosto, otra del 12 de septiembre.
Cuando Kira las cruzó con los movimientos de la subcarpeta encontró que las dos eran transferencias entrantes a la asesoría desde una sociedad que no se llamaba PQR sino que tenía como administrador a un Pedro Quintana Ramos.
Pedro Quintana Ramos era el primo lejano de Don Fernando Quintana, según el registro de empresarios pequeños del distrito.
PQR era un familiar de Don Fernando que mandaba dinero a la asesoría desde una sociedad propia y que probablemente estaba metido en otra cosa que tenía que ver con una calle distinta, pero no con el caso Marta.
Kira lo anotó como PQR = Pedro Quintana Ramos.
Línea familiar paralela. Posiblemente fuera del caso principal. Lo dejó.
MC : las dos anotaciones con MC iban con marca de raya, lo cual ahora Kira interpretaba como vinculación operativa.
MC pasa por DF dos veces esta semana, primera vez en mucho tiempo del 25 de septiembre era casi seguro Mariano Castaño Gil de Servigesa pasando por la asesoría.
La otra anotación con MC del 2 de octubre decía: MC me pregunta por el archivador del 14, le digo que no he tocado nada.
Eso encajaba con Mariano Castaño Gil yendo a la asesoría a comprobar que un archivador concreto no había sido revisado. MC = Mariano Castaño Gil . Cerrado.
Mer. G. aparecía con frecuencia en la libreta como contraposición.
Mer. G. me mira y no me dice nada del 23 de septiembre.
Mer. G. callada en la reunión del 1 de octubre.
Mer. G. me ha pedido tabaco y me ha dicho que tenga cuidado del 4 de octubre.
Mercedes Galán era la compañera que sabía y no se atrevía.
La que Lau iba a leer mañana en la primera visita a la asesoría.
Kira cerró el portátil aislado. Se quedó un momento delante de la pantalla apagada. Después se levantó, fue a la pizarra, escribió en limpio, debajo de las cuatro palabras del lunes y la columna nueva del martes, una columna entera de nombres con una flecha hacia el destino:
ANTONIO RIVAS CASTELL → cédulas firmadas a medida.
JOAQUÍN FONTANA RIBERA → testaferro de paso. Promociones Río Guadarrama.
MARIANO CASTAÑO GIL → testaferro mayor. Servigesa.
ELADIO QUINTERO → cabecilla aparente. Inmobiliaria Henares + Mantenimientos Castillo + Inversiones Guadalix.
VÍCTOR PIZARRO QUINTERO → ¿intermediario? Visitante 21, 23 sept y 1 oct.
DON FERNANDO QUINTANA → asesoría. Cara visible del nudo. Blanco la cara cada vez que sale Pizarro. Acceso permanente al bolso de Marta.
MERCEDES GALÁN → testigo callada.
Por encima de todo, encerrada en un círculo:
VISITANTE 7 OCT —pendiente de identificar. Hombre, conocido de Marta del trabajo, con copia previa de las llaves del piso. Candidatos posibles: cualquier hombre de la red Quintero o de la asesoría con acceso al bolso de Marta entre 23 sept y 7 oct.
Tapó el rotulador. Dejó la pizarra como estaba, aunque ya no era una columna de cuatro palabras sino un mapa con nombres y flechas que iba a crecer en los días siguientes, pero que esa noche ya sostenía el peso de un caso de verdad.
Se levantó. Salió del laboratorio. Cerró la puerta con la llave del cuello. Eran las seis y treinta y cinco de la tarde. Lau estaba en el sofá del salón con el portátil sobre las rodillas y un cuaderno en la mano apuntando algo. Levantó la vista cuando la oyó entrar.
—¿Cierra el día? —dijo Lau.
Kira asintió y se dejó caer en el sofá al lado de Lau.
—¿Hasta dónde has llegado?
—Hasta Quintero. Con los nombres.
—¿Pizarro?
—Pizarro candidato. Don Fernando candidato.
Cualquier hombre con acceso al bolso de Marta entre el 23 de septiembre y el 7 de octubre, candidato.
La libreta pone a Pizarro como visitante recurrente del despacho con sobre tres veces en mes y medio, lo cual lo coloca, claramente, en la red operativa, pero no lo pone en el piso de Marta el 7 de octubre.
Don Fernando estaba en la oficina todos los días y veía el bolso a un metro.
Eladio podría haber mandado a cualquiera de su entorno.
Para identificar al visitante de esa noche tengo que tener foto, descripción concreta o testimonio. Eso es para más tarde.
—Ya tiene cara.
—Ya tiene cara, pero todavía no tiene piso.
—¿Lo de las llaves?
—Lo de las llaves cerrado. La copia se hizo entre el 26 de septiembre y el 7 de octubre, probablemente el 26 mismo en una ferretería del barrio de Vallecas en horario de comida. Marta lo intuyó esa tarde y lo anotó en la Moleskine. Lo que no sabía era que ya era tarde.
Lau cerró el portátil sin decir más. Se quedó sentada en el sofá mirando a Kira.
—¿Comemos algo?
—Sí.
—¿Quieres pedir o caliento?
—Calienta.
Lau calentó el caldo de pollo del lunes, sirvió dos cuencos en la encimera, partió una ración de pan para mojar.
Comieron en silencio. Kira no contó más.
Lau no preguntó más. Después de comer Kira se levantó, dijo vuelvo en una hora y volvió al laboratorio.
Trabajó otras dos horas anotando lo del día en el archivo del caso, dejando documentado lo que había deducido para que en una semana o quince días, cuando el dossier tuviera que entregarse a Toledo, todo el trayecto deductivo estuviera escrito con prosa neutra y referencia documental al margen de cada línea.
A las nueve y cuarenta apagó las pantallas.
Cerró el portátil aislado. Cerró el cajón del archivo seguro con la llave.
Cerró la puerta del laboratorio con la llave del cuello, así que salió al salón.
Lau estaba en el sofá viendo Cuéntame en la tele a volumen bajo.
Kira se sentó al lado de Lau. Lau le pasó una manta vieja por las piernas sin decir nada.
Kira apoyó la cabeza en el hombro de Lau.
Vieron quince minutos del capítulo en silencio.
Kira se durmió con la cabeza en el hombro de Lau a las diez y cinco.
Lau apagó la tele a las diez y veinte. La despertó lo justo para que las dos subieran al cuarto.
Kira se metió en la cama sin lavarse los dientes esa noche, lo cual era una excepción que Lau registró sin comentar.
Lau cerró el pestillo, dio las dos vueltas a la llave del cuarto, apagó la luz pequeña de la mesilla.
Le pasó el brazo por la cintura a Kira esta vez.
Fuera, el pinar respiraba bajo. La noche de Majadahonda estaba clara después del gris parejo del día. Una luna grande asomaba por encima de los cipreses. Kira no la vio. Llevaba durmiendo desde las diez y cuatro.
* * *