Capítulo 6 #2
Lau leyó la lista una segunda vez. Asintió. Le devolvió el cuaderno. Se quedó un rato mirando la pantalla con el listado de iniciales.
—Hacia arriba.
—Hacia arriba —dijo Kira—. Servigesa cobra de Promociones Río Guadarrama y otras dos sociedades pequeñas.
Servigesa factura a la asesoría servicios que la asesoría no necesita y nunca ha necesitado.
La asesoría paga a Servigesa con dinero que cobra a otros clientes pequeños.
Pizarro entra al despacho de Don Fernando con sobre tres veces en mes y medio.
Rivas Castell firma todo lo que le ponen. Esto se mueve y va a algún sitio.
—¿Adónde?
—Eso lo veo después de comer.
Kira le pasó la mano libre por la rodilla a Lau, dos segundos, sin más, en gesto que era otro de los que llevaba meses sustituyendo a las palabras que no se decían. Lau se levantó. Le dijo que iba a hacer tortilla francesa y que comieran a las dos y media. Kira asintió. Volvió a las pantallas.
A las dos y veinticinco Lau apareció con dos platos de tortilla francesa con jamón cocido y dos rebanadas de pan tostado con tomate.
Kira comió en el taburete delante del monitor.
Lau comió de pie en la mesa larga, sin sentarse, sin distraer.
A las dos y cincuenta Kira se levantó por primera vez en el día desde la pantalla, fue al baño del piso, volvió, retomó.
Se metió en la subida vertical de la cadena.
Promociones Río Guadarrama a Servigesa. Servigesa a algún sitio.
Buscó en el registro mercantil quién era cliente de Servigesa, quién aparecía en sus declaraciones, qué movimientos había.
Servigesa tenía pocos clientes formales.
Pero los que tenía eran sociedades de un grupo que se repetían.
Buscó esas sociedades. Aparecieron tres en el primer cruce: una Inmobiliaria del Henares S.L.
, una Mantenimientos Castillo S.L., una Inversiones Guadalix S.A.
Kira las cargó en pestañas distintas. Las tres tenían la misma sede en una calle de Tetuán, dos calles más arriba que la sede de Servigesa.
Las tres tenían administradores cruzados con dos o tres apellidos repetidos.
Las tres tenían capital social mediano, actividad declarada plausible, facturación declarada moderada, ningún hito de prensa.
Y las tres aparecían en el registro como filiales o vinculadas a un grupo familiar mayor.
El nombre del grupo familiar era Quintero.
Eladio Quintero figuraba como administrador en una de las tres y como apoderado en las otras dos.
Eladio Quintero aparecía además en otras siete sociedades de un grupo más amplio que Kira no se molestó en cargar entera.
Eladio Quintero, sesenta y cinco años, domicilio fiscal en una calle de La Moraleja, sin antecedentes penales en el registro público, con presencia esporádica en notas de prensa locales relacionadas con desarrollo inmobiliario en zonas concretas del este y sur de Madrid, aunque nunca en primera página, con una operación inmobiliaria archivada en su día por la fiscalía de Madrid hacía nueve años por falta de pruebas suficientes.
—Eladio Quintero —dijo Kira al monitor.
Eladio Quintero era el nombre que Marta había estado a un cuarto de un milímetro de tener delante el 6 de octubre por la noche cuando había acabado de armar la subcarpeta C, pero Marta no lo había escrito en la libreta.
Eladio Quintero estaba detrás de Servigesa.
Servigesa estaba detrás de la asesoría a través de Promociones Río Guadarrama y otras sociedades menores.
La asesoría facturaba a Servigesa servicios ficticios que no se prestaban, recibía importes grandes, los redistribuía hacia abajo en pequeños sobornos a Antonio Rivas Castell y otros.
Rivas Castell firmaba cédulas y autorizaciones a medida que valorizaban inmuebles del grupo Quintero.
El esquema era el clásico de un blanqueo de pequeño-mediano alcance con cobertura urbanística municipal.
Cabía en cinco renglones y Kira lo escribió en cinco renglones en el cuaderno antes de pasar a lo siguiente, pero la síntesis no era la conclusión sino el punto de partida, porque eso era lo que la subcarpeta C iba a permitir entregar a Toledo cuando llegara el momento.
Kira se reclinó en el taburete. Miró la pantalla con el árbol de sociedades de Eladio Quintero arriba.
Después miró el cuaderno donde tenía apuntado el listado con VPQ = Víctor Pizarro Quintero descifrado hacía media hora.
Quintero. Quintero. El primer apellido de Eladio coincidía con el segundo apellido de Pizarro, y eso era una coincidencia demasiado limpia para ser coincidencia: en castellano, cuando el primer apellido de un hombre mayor encaja con el segundo apellido de otro hombre treinta años más joven, lo más parsimonioso era que la madre del joven fuera hermana del mayor.
Eladio mandando, Pizarro ejecutando. Tío materno y sobrino, aunque sin confirmación documental todavía.
Kira anotó la hipótesis al margen del cuaderno con un signo de interrogación al lado: Eladio Q.
= tío materno V.P.Q.? Cruzar Registro Civil cuando dé tiempo .
El cruce documental podía esperar —el Registro Civil de pago era trámite de varios pasos y esa tarde quería terminar el árbol de sociedades. Cerró el cuaderno con la pista marcada.
Pero, claramente, no era todo. Faltaba el visitante. Faltaba el cómo del 7 de octubre. Faltaba la copia de las llaves. Pero sobre todo faltaba poner nombre al hombre que había entrado esa noche al piso de Marta.
Kira cogió la pantalla con las fotos de la Moleskine. Buscó la página del 26 de septiembre. La frase del viernes 26 de septiembre estaba ahí, escrita con bolígrafo Bic azul, caligrafía redonda de Marta, sin más explicación que la frase en sí: Bolso al respaldo. Llaves visibles. No me gusta.
Kira se levantó del taburete. Caminó hasta la pizarra. Se quedó delante de la frase escrita con rotulador negro la noche anterior. BOLSO AL RESPALDO. LLAVES VISIBLES. NO ME GUSTA. La leyó otra vez.
Marta había anotado eso un viernes 26 de septiembre.
Marta llevaba la libreta en el bolso. Marta llevaba las llaves de su casa en el bolso.
Si Marta había escrito esa anotación, era porque había visto su propio bolso colgado del respaldo de su silla de la asesoría con las llaves visibles desde fuera.
Visibles desde fuera significa visibles para alguien que pasara por delante de su mesa.
La asesoría tenía cinco mesas en dos filas.
Si Marta había estado ese día sin estar mirando el bolso —en una reunión en el despacho de Don Fernando, en el baño, en el rellano cogiendo aire, en la salita de archivos del fondo— alguien podía haber sacado las llaves del bolso, haber pasado por una ferretería de la zona en el descanso del mediodía, haber sacado copia, y haber devuelto las llaves al bolso antes de que Marta volviera.
La copia, seguramente, estaba hecha desde el 26 de septiembre, pero Marta no lo había sabido hasta que esa misma tarde había notado las llaves visibles en el bolso y lo había apuntado.
Eso explicaba la pieza grande del final.
La persona que mató a Marta tenía copia de las llaves de su piso desde once días antes del 7 de octubre.
Esa copia era el dato que rompía la versión oficial, pues explicaba dos cosas a la vez.
Explicaba, primero, que el asesino hubiera podido cerrar la puerta principal por fuera al salir de la escena, dejándola con apariencia de suicidio con puerta cerrada por dentro.
Y explicaba, segundo, que el asesino hubiera podido entrar al piso en silencio en cualquiera de los once días anteriores para reconocer el espacio y, en algún momento de esa ventana, sustraer del botiquín del baño las pastillas de lorazepam de Marta que iban a aparecer en su organismo la noche del 7.
Lo demás Kira lo deducía a brochazos, con menos resolución pero con la suficiente para entender la mecánica, aunque quedara por cerrar quién exactamente había estado allí.
El visitante era conocido de Marta del trabajo, pues la puerta no estaba forzada y Marta no metía desconocidos en su casa.
Llegó a la cita pactada que la propia Marta había anotado en la Moleskine para el 7 por la noche.
Marta le abrió. Hablaron. En algún momento de la conversación el visitante adulteró la copa de vino de Marta con el lorazepam que le había sustraído al botiquín días antes, disuelto previamente.
Marta bebió. Perdió el conocimiento al cabo de unos minutos.
Después, ya inconsciente, el visitante le inyectó por vía intravenosa la mezcla de midazolam y fentanilo de presentación hospitalaria, que era la causa real de la muerte.
La autopsia encontró las tres sustancias y las leyó como ingesta voluntaria, lo cual era una lectura posible de los mismos datos en la hipótesis de suicidio, pero era una lectura mala porque no explicaba la presentación hospitalaria de los inyectables, ni la postura del cuerpo sin vómito, ni la cocina abierta.
El visitante salió. Cerró la puerta principal del piso por fuera con la copia previa de la llave.
La cocina quedó como Marta la había dejado al servir el vino: abierta.
El visitante no podía haberla cerrado al salir, pues la cocina sólo se cerraba desde el pasillo con la llavecita del cordel rojo del marco y esa llavecita el visitante o no la había buscado o no había sabido encontrar.
Pero ese detalle, le pasara por alto al visitante o lo descartara como riesgo menor, era el que delataba el montaje: una Marta a punto de irse a dormir no se metía en la cama dejando la cocina abierta.
Marta no se había metido en la cama. Marta había muerto antes.
Kira se quedó mirando la pizarra. No anotó la deducción completa en la pizarra. Anotó sólo, debajo de la frase del 26 de septiembre, dos líneas:
COPIA PREVIA —antes 26 sept.