Capítulo 6
Ese miércoles era día de gabinete, pues lo había decidido la noche anterior antes de cerrar los ojos.
No iba a pisar Vallecas, no iba a llamar a Sandra, no iba a moverse de la silla durante doce horas si hacía falta, así que se sentó y empezó por lo que llevaba pendiente desde la noche anterior.
Iba a leer. Iba a descifrar el sistema de codificación de la libreta.
Iba a mapear la subcarpeta C del portátil.
Iba a poner nombre y cara a las iniciales que habían aparecido en la hoja de cálculo del martes.
Y al final del día iba a saber lo suficiente como para que la pizarra de la pared dejara de ser una columna de cuatro palabras y empezara a ser un mapa.
Antes de empezar fue al equipo del fondo del laboratorio, encendió los altavoces de campo cercano que tenía colocados a los lados de la mesa larga, conectó el portátil aislado al sistema de sonido que había montado el padre cuando había hecho insonorizar la habitación, y puso de fondo las Variaciones Goldberg en la versión de Glenn Gould del cincuenta y cinco.
Volumen bajo, lo justo para tener algo distinto del zumbido de las dos torres.
Kira no escuchaba música cuando trabajaba lectura sensible, aunque sí cuando hacía cifrado o cuando leía papel a velocidad alta, y las Goldberg eran, realmente, un disco que sostenía bien las horas largas porque cada variación duraba lo que duraba una pausa pequeña entre subtarea y subtarea, y Kira cogía el ritmo del disco sin querer y eso le daba métrica al trabajo. Volvió a la silla.
Cogió el cuaderno de tapas de cuero y la página donde había anotado las iniciales por frecuencia.
AR catorce veces, PRG once, SVG nueve, VPQ tres, MC dos, PQR dos.
Después una pequeña constelación de iniciales que aparecían una sola vez.
Las marcas adicionales en la libreta —círculo, raya debajo, flecha, punto delante— eran probablemente el sistema de tipología: un círculo podía marcar “operación cerrada”, una raya “operación abierta”, una flecha “vinculación con otra operación”, un punto “duda o pendiente de confirmar”.
Kira anotó esa hipótesis en el cuaderno sin convertirla en certeza.
—Antonio Rivas —dijo Kira en voz baja al monitor—. Antonio Rivas Castell.
Apuntó. AR = Antonio Rivas Castell. Técnico municipal urbanismo distrito Puente de Vallecas.
La hipótesis encajaba con los importes: pagos pequeños, recurrentes, repartidos a lo largo del año, consistentes con sobornos en serie a un funcionario municipal de medio nivel que firmaba cédulas y autorizaciones a medida, pero que se cuidaba de no dejar un patrón demasiado visible.
Marta había detectado que Rivas Castell aparecía en los movimientos de la asesoría con frecuencia anormal y había empezado a apuntar cada operación.
AR firma cédula 27/B sin haberla pisado .
Eso era, realmente, lo que había despertado a Marta el 14 de septiembre. Una cédula firmada sin inspección.
Pasó a PRG . PRG aparecía once veces, con importes mayores —entre tres mil y doce mil euros—, con marca de flecha en casi todas las anotaciones, lo cual sugería que PRG era un nodo de paso, no un destinatario final.
La flecha apuntaba en cuatro de las once anotaciones a SVG .
Eso quería decir que PRG movía dinero hacia SVG .
Kira no tenía manera todavía de descifrar PRG desde la libreta sola, pero sabía que el cruce con la subcarpeta iba a darle el nombre, así que pasó a la subcarpeta C del portátil para cruzar.
Abrió la primera hoja de cálculo de la subcarpeta C.
La hoja de cálculo era la matriz que Marta había ido construyendo en paralelo: ahí estaban las facturas que había pasado por la asesoría en los últimos nueve meses con códigos en la columna de “código” coincidentes con los de la libreta.
PRG aparecía en la hoja de cálculo como receptor de cobros, con conceptos genéricos del estilo “servicios profesionales” y “asesoría fiscal”, y como emisor de pagos hacia SVG en algunas de las operaciones.
Las cantidades cuadraban. PRG era una sociedad. Quedaba averiguar cuál.
Kira buscó en el Registro Mercantil online.
Filtró por sociedades de actividad genérica —servicios, consultoría, gestión— con domicilio en Madrid y CIF empezando por la letra B (sociedades limitadas).
Cruzó con los importes que aparecían en las facturas y con los CIF que sí aparecían en los PDF guardados en la subcarpeta.
El segundo PDF de la subcarpeta tenía el CIF entero del emisor de una factura con código PRG .
Era B-86421337. Kira buscó el CIF en el registro.
El registro le devolvió la sociedad: Promociones Río Guadarrama S.L.
, domicilio en una calle de Pueblo Nuevo, administrador único un tal Joaquín Fontana Ribera, capital social tres mil euros, fecha de constitución seis años antes, dos cambios de administrador en los últimos tres años, sin actividad declarada en las cuentas de los dos últimos ejercicios.
—Testaferro profesional —dijo Kira sin levantar la vista—. Esto es un sello vacío.
Anotó. PRG = Promociones Río Guadarrama S.L.
Testaferro probable. Administrador formal Joaquín Fontana Ribera.
Buscó a Joaquín Fontana Ribera en el registro.
Aparecía como administrador único en otras nueve sociedades, todas con la misma estructura de capital mínimo y actividad cero.
El típico hombre de paja que cobra cien o doscientos euros al mes por prestar el nombre.
Kira no se molestó en seguir esa rama, pero apuntó el dato para cerrarlo con documentación más adelante si hacía falta. Fontana no era nadie. Era un poste.
Pasó a SVG . SVG era Servigesa S.L., la sociedad que aparecía en el PDF de la factura del 6 de octubre de doce mil cuatrocientos euros.
Buscó Servigesa S.L. en el registro. Domicilio en Tetuán, calle Marqués de Viana, administrador único Mariano Castaño Gil, capital social cuarenta mil euros, fecha de constitución doce años antes, actividad declarada “asesoramiento técnico y servicios profesionales”, facturación declarada en torno a los seiscientos mil euros anuales en las cuentas presentadas.
Mariano Castaño Gil no le sonaba a Kira, pero el nombre y el patrón de empresa cuadraban: capital mediano, fachada de actividad real, facturación declarada plausible, una cara visible que no era una cara visible.
Otro testaferro probable, pero de mayor calidad. Kira anotó.
Buscó MC . MC aparecía en la libreta sólo dos veces.
La segunda anotación con MC del 25 de septiembre decía: MC pasa por DF dos veces esta semana, primera vez en mucho tiempo .
DF era casi seguro Don Fernando Quintana, dueño de la asesoría.
MC podía ser Mariano Castaño Gil pasando por la asesoría.
Eso conectaba la cara visible de Servigesa con el dueño de la asesoría.
Pero también podía ser Mercedes Galán o Mercedes Pérez, las dos compañeras Mercedes de la asesoría que Marta había mencionado a Sandra en su día, así que la ambigüedad la dejó abierta.
MC = ¿Mariano Castaño? ¿Mercedes [Galán o Pérez]? Marcó con interrogante.
Pasó a VPQ . VPQ aparecía sólo tres veces, las tres en el último mes: el 21 de septiembre, el 23 de septiembre, el 1 de octubre.
Las tres con la misma marca al lado: un círculo pequeño con una cruz dentro, marca que Marta no había puesto en ninguna otra inicial.
Marta había distinguido a VPQ , pero no se había atrevido a poner el nombre completo en la libreta.
La anotación del 21 decía: VPQ entra al despacho de DF a las 11.
Sale a las 12. DF blanco después. La del 23 decía: VPQ entra a las 17.
Sale a las 18 con sobre. DF se va detrás.
Mer. G. me mira y no me dice nada. La del 1 de octubre decía sólo: VPQ otra vez.
Sobre otra vez. La cara de DF es la cara que no quiero ver.
Kira abrió la subcarpeta de notas en Word del portátil.
Buscó V en el primer documento. Apareció a las dos líneas: Víctor Pizarro Quintero, vino otra vez ayer, traía sobre, salió DF detrás .
Volvió a buscar el nombre completo en otros tres documentos.
Aparecía en los tres. Marta había llamado al hombre por nombre y apellidos en los archivos de trabajo y por iniciales en la libreta de tapas de hule, lo cual era el comportamiento típico de quien protege la libreta del paseo casual y se reserva los nombres completos para el archivo cifrado del ordenador.
La V de Víctor, la P del primer apellido, la Q del segundo.
VPQ. Víctor Pizarro Quintero . Cuarenta y poco.
Visitante recurrente del despacho de Don Fernando en septiembre y octubre.
El que dejaba a Don Fernando blanco al irse.
—Pizarro —dijo Kira en voz baja al monitor.
—El mismo —dijo Lau desde el quicio del laboratorio.
Kira no se había dado cuenta de que Lau estaba ahí.
La miró. Lau llevaba la bata corta de Kira sobre el camisón, los pendientes ya puestos, una taza de café de las suyas en la mano.
El reloj del monitor marcaba las nueve y doce.
Lau llevaba un rato mirándola desde el quicio y Kira ni la había sentido entrar.
—El de uno que viene que decía Sandra —dijo Lau.
—Ese mismo.
—Coño.
—Sí.
Lau se acercó. Se sentó en el otro taburete, al lado de Kira. Kira le pasó el cuaderno donde había anotado el listado:
AR = Antonio Rivas Castell (técnico mun. urb. Puente de Vallecas). Sobornos pequeños recurrentes.
PRG = Promociones Río Guadarrama S.L. Testaferro de paso.
SVG = Servigesa S.L. (Tetuán). Testaferro mejor montado.
VPQ = Víctor Pizarro Quintero. Visitante recurrente del despacho de DF en sept-oct.
MC = ¿Mariano Castaño Gil? ¿Mercedes [G./P.]? Pendiente.
PQR = pendiente.
—¿PQR? —dijo Lau.
—Dos veces solo. Una a finales de agosto, otra el 12 de septiembre. Operación de cifra alta en las dos. Trabajo para más tarde.
—Vale.