Capítulo 5 #4
Bajó al coche. Subió de la bolsa de campo el bloqueador de escritura, el portátil de respaldo y el disco duro virgen.
Subió otra vez al cuarto. En el escritorio, conectó el bloqueador al portátil de Marta, conectó el disco virgen al bloqueador, lanzó la imagen forense del disco con el portátil de Marta encendido y el suyo propio leyendo el otro extremo.
La imagen forense iba a tardar entre treinta y cuarenta minutos según la velocidad del USB.
Mientras corría, fotografió la libreta de hule página por página con la cámara del móvil sobre un trípode pequeño que llevaba en la bolsa.
Veintisiete páginas, dos minutos por página entre encuadre y comprobación, casi una hora.
Lau hizo lo mismo con la Moleskine, página por página de septiembre y octubre, mes y medio.
Sandra esperó en el recibidor. Lau le bajó una silla del salón a media operación para que se sentara. Sandra se sentó. Bebió el café del termo a sorbos largos. No dijo nada.
A las siete y veintiuno la imagen forense del portátil estaba al cien por cien.
Kira desconectó el bloqueador con cuidado, recogió el disco con la imagen, lo metió en su bolsa de campo en su funda antiestática.
Apagó el portátil de Marta. Lo dejó cerrado encima del escritorio en la posición exacta de antes.
La libreta y la Moleskine quedaron también en su sitio. Kira se quitó los guantes.
Salieron del piso a las siete y media. Kira cerró con las dos vueltas de la cerradura. Bajaron las escaleras en el mismo orden en el que las habían subido pero con menos peso aunque con más cosas. En el portal, antes de salir a la calle, Sandra paró un segundo.
—Aresti.
—Dime.
—¿Esto va a algún sitio?
—Va. Dame unos días.
—¿Cuánto tiempo?
—No te puedo dar tiempo. Te puedo dar sólo eso.
—Vale.
Sandra asintió. Salió a la calle. Cruzaron al coche en línea.
Sandra rechazó que la dejaran en metro esta vez y dijo que prefería andar hasta Buenos Aires, pero no por las piernas sino porque quería que se le quitase lo del piso de las costillas.
Lau no insistió. Le devolvió el termo vacío.
Sandra le dio un beso en la mejilla a cada una y se fue caminando por la acera de enfrente con las manos en los bolsillos y el bolso al hombro.
Kira la miró alejarse hasta que Sandra dobló la esquina.
—Aguanta —dijo Lau, casi para sí.
—Aguanta.
Subieron al coche. Lau se puso al volante, pues Kira no tenía ánimo de conducir y Lau lo entendió sin pregunta.
Salieron de Vallecas por la Albufera, cogieron la M-30 dirección norte, se metieron en la M-40 pasada Ventas.
Conducían en silencio. Kira llevaba la bolsa de campo apoyada entre los pies con el disco de la imagen forense dentro y el cuaderno de tapas de cuero en el regazo abierto por la página donde había apuntado las iniciales de la hoja de cálculo y la frase del 26 de septiembre.
—Mañana al laboratorio —dijo Lau a la altura de Costillares.
—¿Lo trabajas tú o lo trabajamos las dos?
—Lo trabajo yo. La libreta y la Moleskine son trabajo de cifra. No te metas hasta que lo tenga ordenado.
—Vale.
Llegaron a Majadahonda a las ocho y treinta y dos.
Subieron del garaje, pero el piso recibió frío, pues la calefacción llevaba apagada desde la mañana, así que Lau la encendió en cuanto entró.
Kira fue al laboratorio, dejó la bolsa de campo sobre la mesa larga, abrió el cajón del archivo seguro, metió el disco con la imagen forense en su sitio, lo cerró.
Sacó del cuaderno la página de las iniciales.
La copió en limpio en una hoja A4 nueva, la pegó con un imán a la pizarra blanca al lado de la columna ESCRITURA / SUSTANCIAS / COCINA.
Encima de la lista de iniciales escribió otra palabra:
CIFRA.
Encima de eso, la frase del 26 de septiembre, también con rotulador negro de tinta seca:
BOLSO AL RESPALDO. LLAVES VISIBLES. NO ME GUSTA.
Tapó el rotulador. Se quedó delante de la pizarra un rato.
Lau apareció en el quicio del laboratorio con dos tazones de caldo de pollo que había hecho en cinco minutos en la olla rápida con un cubito y un huevo escalfado, le pasó uno a Kira, le dijo “come, niña”, pero se quedó un segundo más mirándola, claramente preocupada.
—¿Estás bien? —dijo Lau.
Kira asintió con el tazón entre las manos.
—Te cambia la cara cuando entras en uno de estos pisos.
—Lo sé.
—¿Cocina abierta?
—Cocina abierta. Llave en el clavo. Cordel rojo.
—Vale.
Lau salió. Kira se sentó delante de la pantalla con el tazón de caldo en las dos manos.
Bebió un trago. Estaba bien caliente. Miró la pizarra otra vez.
ESCRITURA, SUSTANCIAS, COCINA, CIFRA. Cuatro palabras en columna que iban a llenarse las próximas dos semanas con nombres y caras y movimientos.
Bebió otro trago. Después abrió el archivo del caso, abrió un documento nuevo, lo tituló piso 21 octubre , y empezó a apuntar lo que había visto esa tarde en el orden en el que lo había visto.
Eran las nueve menos cuarto. Por suerte, Lau ya tenía la tele del salón encendida a volumen bajo, igual que la noche anterior.
Fuera, el pinar respiraba bajo. La noche bajaba sobre la urbanización con la regularidad de los martes.
* * *