El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

K ira había dormido cuatro horas. Había acabado el lunes apuntando en el archivo del caso lo que había visto en casa de Encarna y se había quedado hasta las dos de la madrugada releyendo Tormento en la cama —que era una de las dos novelas de Galdós que tenía siempre rotando en la mesilla, junto con Misericordia —, así que el martes amaneció con el sueño corto y la cabeza despejada.

Eran las siete y cuarto cuando se levantó, las siete y media cuando bajó al café, las ocho menos cinco cuando se sentó en el sofá del salón con el portátil abierto y la luz limpia de octubre madrileño cayendo sobre la madera del suelo.

Lau seguía durmiendo. Lau tenía un horario más generoso por la mañana pues el suyo era irse a las once y volver a las nueve si el caso lo pedía, y Kira no la despertaba nunca porque despertarla era romperle el ritmo a alguien que llevaba años organizando su sueño en torno a un mismo punto.

Treinta y cuatro correos nuevos desde la última cribada.

Kira los pasó por el filtro mental de los lunes: Castro Marrero con acuse de recibo del peritaje de fuga interna que Kira había entregado a las ocho en punto del lunes mañana, el director de operaciones del cliente final escribiendo a las siete y media a Marrero con el “tal como temíamos, gracias por la celeridad” que era la confirmación profesional de que el peritaje había hecho su trabajo; el bufete de Vitoria mandándole un segundo paquete de archivos para añadir a la imagen forense ya completada; un correo nuevo de un despacho que Kira no conocía pidiendo cita para discutir un caso “delicado”, con la lengua de quien busca por internet a las dos de la madrugada un consultor forense, pero sin dar más datos; varios correos rutinarios.

Marcó tres en rojo, archivó cinco, contestó al de Boecio con dos líneas confirmando, le mandó el segundo paquete de Vitoria a la cola de procesamiento del laboratorio.

El correo del despacho desconocido lo dejó sin contestar y se lo metió a Lau en una etiqueta compartida que se llamaba “filtro” y que Lau revisaba a media mañana.

Lau era el filtro de Kira para ese tipo de correos.

Lau leía rápido, valoraba mejor que Kira quién venía a qué, realmente, devolvía respuestas educadas y firmes a los que olían a bufete buscando consultora barata o a particular buscando consultora ilegal.

Kira sólo escuchaba treinta segundos por altavoz cuando Lau decidía que merecía la pena escuchar.

A las diez y veinte Lau ya estaba en la cocina con su cafetera italiana al fuego y la pulsera de azabache en la muñeca, y a las diez y media estaban las dos en el sofá del salón con el portátil de Lau abierto entre ellas.

Lau abrió la etiqueta. Pinchó el correo del despacho desconocido.

Era un correo corto, enviado desde una dirección de gmail con nombre y dos apellidos, “necesito asesoramiento profesional con un caso de naturaleza personal de cierta sensibilidad” y un número de móvil al final.

—Le llamo —dijo Lau—. Por altavoz.

Lau marcó. El hombre cogió al cuarto tono.

La voz era una voz de cincuenta y tantos, controlada, con la inflexión de quien ha aprendido a sonar amable pero no logra del todo que no se le note la prisa.

Lau se presentó como ayudante de la consultoría.

Le pidió que en dos minutos le contase el asunto.

El hombre habló durante cuarenta y cinco segundos.

Lo que contó fue una historia de exmujer y de hija adolescente con teléfono móvil, “necesito saber con quién habla mi hija, con quién queda mi hija, dónde está mi hija sin que ni mi hija ni la madre lo sepan”, y al cabo de los cuarenta y cinco segundos Lau hizo el pequeño gesto con la cabeza que Kira reconoció.

—Lo siento, no es el tipo de trabajo que hacemos en la consultoría.

—Pero...

—No es el tipo de trabajo que hacemos. Le aconsejo que hable con su abogado de familia si tiene preocupación legítima por la seguridad de su hija. Buenos días.

Lau colgó. Le bloqueó el remitente, archivó el correo en la carpeta “no”, dejó el portátil otra vez sobre las piernas.

Esos correos entraban una vez por semana o por quincena.

Padres separados, parejas con sospecha, jefes que querían revisar el ordenador del empleado al que iban a despedir, exparejas que querían recuperar fotos.

La mayoría se descartaban en treinta segundos.

Lau llevaba, claramente, dos años filtrándolos sin pestañear.

—¿Qué tenemos a mediodía? —dijo Kira.

—Nada antes de las cinco. Sandra en el portal de Marta a las cinco y diez. Me ha mandado mensaje a las nueve. Tiene las llaves desde anoche.

—Comemos aquí.

Kira no levantó la vista del portátil.

Lau se levantó del sofá, se fue a la cocina a poner una lavadora y a sacar dos boniatos del cajón de las verduras para hornearlos al mediodía con un chorro de aceite y romero, que era lo que cocinaba Lau cuando le tocaba cocinar a Lau.

Kira se quedó otro rato con el portátil.

Abrió la imagen forense del bufete de Vitoria, ya al cien por cien, lanzó dos rastreos automáticos sobre el material que habían pedido, los puso a correr en segundo plano. Cerró el portátil. Fue al laboratorio.

La pizarra de la pared tenía las palabras del lunes en su sitio.

Marta arriba a la izquierda, ESCRITURA, SUSTANCIAS, COCINA debajo en columna ordenada, mayúsculas, tinta seca de rotulador negro.

Kira se quedó un rato delante de la pizarra sin escribir nada nuevo, pero las cuatro palabras ya le estaban ordenando la tarde.

Después abrió el cajón del archivo seguro, sacó la carpeta de Marta —la suya, la que había empezado a armar con los apuntes que había tomado el lunes en el coche y por la noche en el laboratorio—, la dejó sobre la mesa larga.

Sacó del cajón de los rotuladores uno azul de tinta húmeda, abrió el cuaderno de tapas de cuero por la página que llevaba marcando, releyó lo que había anotado el lunes a las ocho y siete.

Añadió en el margen, con el rotulador azul:

hoy: piso de Marta. Confirmar cocina in situ. Confirmar blísters botiquín. Mirar escritorio. Mirar libreta hule. Mirar Moleskine. Buscar el móvil.

Tapó el rotulador. Cerró el cuaderno. Lo dejó al lado de la carpeta. Volvió al salón.

Comieron a las dos. Boniato al horno con sal en escamas y aceite, una ensalada de canónigos con queso fresco y nueces, fruta.

Lau sirvió agua del grifo en jarra con dos rodajas de limón.

Hablaron poco durante la comida, aunque Lau lo intentó un par de veces, pues Kira tenía la cabeza en el piso de Marta y Lau lo sabía y no insistió.

A las tres y media Lau se acostó veinte minutos en el sofá y Kira se sentó en la butaca con la edición vieja de Misericordia que tenía también abajo y leyó cuarenta páginas sin parar mientras Lau dormía.

A las cuatro Lau se incorporó, se duchó otra vez, salió con un chándal cómodo.

A las cuatro y veinte salieron las dos del piso.

Kira condujo. Lau iba en el copiloto con la cartera de Sandra en el regazo y un termo pequeño con café para Sandra, porque Sandra había salido del turno a la una y había dormido tres horas en el sofá y Lau pensaba que iba a necesitar el café.

A las cinco y siete entraron en la avenida del Mediterráneo.

A las cinco y once aparcaron a dos calles del portal de Marta.

La calle se llamaba Martínez de la Riva.

Era una calle ancha con dos hileras de bloques de seis y siete plantas levantados a finales de los setenta y principio de los ochenta, con bajos comerciales de toda la vida —una farmacia, una panadería, una tienda de ropa interior, un bar con dos mesas en la calle, un locutorio, una clínica dental con persiana medio bajada y la luz de dentro encendida—, con árboles plantados cada quince metros en alcorques pequeños y con los coches aparcados en doble fila a esa hora porque la zona azul empezaba a las cinco y media y aún no estaba activada.

El portal de Marta era el número catorce.

Sandra ya estaba esperando, otra vez, con el abrigo gris oscuro y la bufanda granate, los ojos más cansados que el lunes pero la cara firme.

—Aresti.

—Sandra.

Sandra le pasó las llaves a Kira sin que Kira las pidiese. Eran tres llaves en un llavero de plástico transparente con una foto pequeña de Vega de bebé dentro: la de portal, la de buzón, la de piso. Kira las tomó.

—¿Lista? —dijo Lau a Sandra.

Sandra asintió. Subieron los cuatro pisos a pie.

Sandra delante, Lau detrás, Kira la última.

La escalera tenía suelo de terrazo gris jaspeado, paredes de gotelé crema, barandilla de hierro pintada de blanco con pasamanos de madera marrón, una ventana en cada rellano dando a un patio interior, los olores estratificados de las cocinas de cada piso —en el segundo a fritanga de pescado, en el tercero a sofrito, en el cuarto, donde estaba el piso de Marta, a nada porque hacía dos semanas y media que de aquel piso no salía olor de comida— y los ruidos sueltos de los televisores de los vecinos.

Sandra subió despacio. Lau no tuvo prisa.

Kira tampoco, así que subieron despacio.

En el rellano del cuarto había dos puertas.

La de la izquierda con un felpudo verde y un nombre pegado en cinta de rotular —Familia Pérez Lozano—, la de la derecha sin felpudo y sin cinta, sólo la mirilla y el cerrojo y el número 4B en metal pintado en la madera.

Sandra se quedó dos pasos antes de la puerta y cerró los ojos.