El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—Abierta. La llave estaba colgada del clavo, sí, pero la puerta estaba abierta.

Cuando llegó la policía, cuando llegó el cerrajero, cuando llegó el portero, todos vieron la cocina abierta.

Yo subí al piso a las once de la mañana del miércoles 8 cuando me llamaron y la cocina seguía abierta. La puerta no la habían tocado.

Kira cerró la carpeta marrón con las gomas.

La dejó en el centro de la mesa, en el sitio en el que la había encontrado al sentarse.

Se quitó los guantes despacio, los enrolló uno dentro del otro, los metió en el bolsillo del pantalón, pues ya no los iba a necesitar esa noche.

Miró a Encarna. Encarna le sostuvo la mirada el tiempo necesario.

—Encarna.

—Dime.

—Voy a trabajar en esto.

—Bien.

—No te voy a contar nada hasta que tenga algo que se sostenga. Te voy a llamar cuando lo tenga.

—Bien.

—Si necesito volver, vengo.

—Cuando quieras.

—Si encuentro algo, vamos a tener que hablar de qué hacer con ello. No siempre lo que se encuentra se lleva al juzgado.

—Eso lo entiendo, hija.

Encarna asintió.

Encarna no preguntó nada más, aunque seguramente tenía más preguntas que las cuatro mujeres juntas.

No preguntó qué había visto Kira en la nota, no preguntó qué había visto en el parte, no preguntó qué pensaba, pero tampoco lo necesitaba.

Encarna llevaba dos semanas y media sabiendo que la versión oficial era una versión y que, claramente, la otra versión esperaba que alguien con cabeza la mirase, así que esa noche, esa mujer joven con guantes de látex y coleta alta había mirado las tres cosas en el orden en el que había que mirarlas y había cerrado la carpeta sin decir nada, y eso, para Encarna, era todo lo que necesitaba saber esa noche.

Vega entró desde el pasillo en ese momento, sin que nadie la llamara.

Llevaba el pijama puesto —de franela rosa con estampado de lunas y estrellas amarillas—, las zapatillas de andar por casa de unicornio que aparecían en la foto del móvil de Marta, y una libreta de tapas duras decoradas a mano abrazada contra el pecho.

Tenía seis años y ese hueco en los dientes incisivos donde todavía no había salido el de adulto.

Se quedó parada en el quicio del salón mirando a las cuatro mujeres sentadas a la mesa con la misma curiosidad seria con la que miran las niñas cuando entran en una conversación que no es para ellas y deciden si quedarse o irse.

—Vega —dijo Encarna—, mi vida, ven aquí.

Vega caminó hasta Encarna. Encarna se la subió al regazo con un movimiento que hablaba de seis años de subirla, dos años con Marta dentro y los últimos cinco con la madre fuera y dentro. Vega se acomodó sin decir nada. Miró a Sandra a la cara.

—Hola, Sandra.

—Hola, mi vida.

Vega miró a Lau. Vega no había visto a Lau en su vida, pero Lau le sonrió sin forzar, le levantó la mano una pizca, dijo “hola, Vega”. Vega no contestó pero asintió un poco. Después miró a Kira.

Kira le devolvió la mirada un segundo más de lo necesario.

Vega, claramente, no era una niña sentimental.

No había pena en cómo Vega la miraba. Era una mirada limpia de niña que se está fijando en una persona nueva por primera vez y la está colocando dentro de su mapa de personas.

Vega se fijó en el pelo de Kira recogido, en los pendientes pequeños de plata, en las manos largas con los dedos finos sobre la mesa, en el cuello alto del jersey de lana fina.

Kira se dejó mirar. Después le sonrió una pizca, una sonrisa pequeña que no llegaba a sonrisa de adulto-cariñoso-con-niño, una sonrisa de igual a igual.

—Hola, Vega.

—Hola.

—¿Qué llevas ahí?

—Un cuaderno.

—¿Lo dibujas tú?

—Sí.

—¿Me enseñas algo?

Vega miró a Encarna. Encarna asintió. Vega bajó del regazo, abrió el cuaderno encima de la mesa con cuidado profesional, pasó tres páginas, paró en una.

Era un dibujo de una mujer con pelo largo castaño con un lazo verde, de pie en un campo con flores amarillas, sosteniendo en la mano izquierda una niña con coleta y en la mano derecha un perro pequeño.

La mujer no tenía cara. Vega no la había dibujado.

Había dejado el óvalo en blanco. Kira se inclinó un poco para mirarlo. Lau y Sandra y Encarna no dijeron nada.

—Es muy bonito.

—La he hecho yo.

—Se nota. ¿Las flores son margaritas?

—Sí.

—¿El perro tiene nombre?

—Todavía no.

—Pues cuando se lo pongas, se lo pones a la izquierda en un letrero.

—Vale.

Vega cerró el cuaderno con cuidado. Lo abrazó otra vez contra el pecho. Volvió al regazo de Encarna sin decir más. Kira se enderezó en la silla. Sandra tragó saliva sin que se le notara más de la cuenta. Lau bajó la mirada a la mesa un segundo, pero la levantó otra vez.

—Bueno —dijo Encarna a Vega—, ¿lavarse los dientes?

—Dentro de poco.

—Pues dentro de poco es ya, mi vida. Anda, ve.

Vega bajó del regazo. Se llevó el cuaderno. Antes de irse se paró un segundo en el quicio del salón, se giró y miró a Kira otra vez, dijo “buenas noches” sin esperar respuesta, y se fue al baño. Se oyó el agua del grifo desde el pasillo.

Las cuatro mujeres se quedaron en silencio. Encarna se levantó. Recogió la nota, los blísters, el parte forense, las dos cartas que Sandra había llevado. Las metió otra vez en la carpeta. Cerró la carpeta con las gomas. Le pasó la carpeta a Sandra. Sandra la metió en su bolso.

—Yo no la quiero aquí —dijo Encarna—, esta cosa, ahora.

—La cuido yo.

Encarna asintió sin más.

Encarna acompañó a las tres a la puerta.

En el recibidor le puso la mano en el brazo a Sandra, le dio un beso corto en la mejilla, le dijo “gracias, hija”.

A Kira la miró desde abajo, con sus ojos oscuros pequeños, con esa mirada que llevaba dos semanas y media siendo dura porque no tenía manera de ser otra cosa, y le dijo solamente:

—Tú haz lo que tengas que hacer.

—Eso voy a hacer.

—Bien.

A Lau, finalmente, la miró. Lau le sostuvo la mirada con la calma de quien sabía que esa parte no era para ella. Encarna asintió una vez, sin abrazo, sin beso, y eso fue suficiente.

Bajaron en el ascensor las tres en silencio.

Salieron al portal. La calle de Sierra de Albarracín a las siete y cinco de la tarde tenía la luz amarilla de las farolas recién encendidas y el ruido bajo del tráfico de la avenida de la Albufera de fondo.

Caminaron hasta el coche en línea, Sandra en medio, Lau a su izquierda, Kira a su derecha.

Sandra llevaba la carpeta apretada contra el costado.

—¿Te llevamos a casa? —dijo Lau.

—No, cojo el metro de Buenos Aires y me planto en el barrio. Mi hijo cena conmigo hoy, tengo que llegar.

—Entonces te dejamos en el metro.

—Vale.

La metieron al asiento de atrás. Lau condujo despacio las cinco calles que separaban Sierra de Albarracín de la boca del metro de Buenos Aires. Aparcó en doble fila. Sandra abrió la puerta. Antes de bajarse del coche se quedó un segundo con la mano en la manilla.

—Aresti.

—Dime, Sandra.

—Hay más.

—Lo sé.

—Lo iba a saber tarde o temprano. Te lo digo para que lo sepas ya.

—Lo sé.

Sandra asintió una vez. Bajó del coche. Cerró la puerta con la palma de la mano, sin golpe, pero se quedó un segundo de pie en la acera antes de girar. Subió por la escalera del metro abrazando la carpeta. Lau y Kira se quedaron en el coche un momento sin arrancar.

—Hay más —dijo Lau.

—Hay más.

—Vámonos.

Lau arrancó. Salieron de Vallecas por la M-30 dirección norte, cogieron la M-40 en la Avenida de los Andes, se metieron en el tramo largo hacia Majadahonda con el cielo ya negro encima del salpicadero y las farolas amarillas pasando por encima del cristal a un ritmo regular.

Kira no habló durante diez kilómetros, pero Lau tampoco.

A la altura de Las Rozas, Kira sacó del bolsillo el cuaderno de tapas de cuero, lo abrió por la página marcada con la cinta de seda, escribió tres palabras en la margen con el bolígrafo Pilot que llevaba clipado: escritura —sustancias —cocina .

Cerró el cuaderno. Lo dejó sobre el regazo.

—¿Las has visto las tres? —dijo Lau sin apartar la vista de la carretera.

—Las tres.

—¿Sandra tiene razón?

—Sandra tiene razón.

Lau no preguntó más, así que subieron a Majadahonda en silencio.

Aparcaron en la plaza diecisiete a las ocho menos cuarto.

Subieron al piso. La cocina seguía oliendo al café de la mañana.

Lau dejó las llaves del coche en el cuenco de la entrada.

Kira fue derecha al laboratorio, abrió con la llave del cuello, encendió la luz blanca de las dos pantallas, se sentó.

Lau apareció en la puerta con un vaso de agua y un plátano.

—Come algo.

—Luego.

—Come algo, niña.

Kira la miró. Cogió el plátano. Lau dejó el vaso sobre el sobre del escritorio fuera de la zona de los teclados, le pasó una mano por la nuca a Kira, no como gesto, sino como manera de quedarse en el cuarto un segundo más antes de irse al sofá.

Salió. Kira oyó la tele del salón encenderse a volumen bajo, un programa cualquiera que Lau usaba de fondo cuando esperaba a Kira sin querer dormirse.

Kira escribió en la pizarra blanca de la pared, debajo de la palabra Marta que había escrito el jueves anterior, tres palabras nuevas en una columna ordenada. Las escribió en mayúsculas, con la tinta seca del rotulador negro:

ESCRITURA.

SUSTANCIAS.

COCINA.

Tapó el rotulador. Lo dejó en la repisa.

Se sentó delante de la pantalla, abrió el archivo nuevo del caso Marta, y empezó a apuntar lo que había visto esa tarde con la prosa neutra del oficio, sin adjetivos, sin especular.

Eran las ocho y siete de un lunes de octubre.

La tele del salón hablaba bajito. Lau respiraba en el sofá.

Fuera, sobre el pinar, una luna de tres cuartos asomaba por encima de los cipreses de la urbanización con la luz limpia que en Madrid sólo se da en octubre y a la que Kira no le hizo caso esa noche.

* * *