El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Las llevó al salón. El salón daba a una calle interior.

Tenía una ventana grande con persiana de lamas de plástico subida a media altura, un sofá de tela marrón oscura con dos sillones a juego, una mesa redonda de madera maciza en el centro con cuatro sillas alrededor y una quinta apoyada contra la pared, un mueble bar de los setenta restaurado con vitrina, un televisor encima de un mueble más bajo con un tapete blanco de croché.

Sobre la mesa, en el centro, había una carpeta marrón de cartón con gomas elásticas, un sobre amarillo abierto al lado, dos blísters pequeños de un medicamento, una hoja de papel mecanografiada protegida por una funda transparente, un cuadernillo grapado con membrete oficial.

Todo dispuesto con el orden con el que Encarna ponía las cosas, que era el orden de los hospitales y el de los tribunales aunque Encarna no había trabajado nunca ni en uno ni en otro.

—Sentaos.

Se sentaron las cuatro alrededor de la mesa.

Encarna en la silla del cabecero. Sandra a su derecha.

Kira enfrente. Lau a la izquierda. Encarna miró a Kira a la cara durante tres segundos enteros antes de hablar, y en esos tres segundos Kira entendió bastante de lo que Encarna había estado conteniendo durante las dos semanas y media que llevaba sola en ese piso con una niña de seis años sin madre y una versión oficial que decía suicidio.

—Sandra me ha dicho quién eres tú.

—Sí.

—Me ha dicho que ayudas a la gente cuando las cosas no se entienden.

—Cuando puedo.

—Yo no entiendo lo que pasó.

—Por eso estoy aquí.

Encarna asintió con un movimiento mínimo.

No miró a Lau. No la había mirado todavía desde que las había sentado a la mesa.

Lau lo notó pero no lo señaló porque entendió que Encarna estaba colocando a las personas por orden de utilidad, y a Lau le tocaba esa noche estar en segunda fila.

Lau se lo llevó bien. Lau era buena en estar en segunda fila cuando hacía falta.

—Esto es lo que tengo —dijo Encarna, señalando la mesa con la mano abierta.

Kira acercó la silla sin decir nada. Se quitó del cuello la goma con la que se había recogido el pelo en el coche y se hizo una coleta más alta para apartarse el flequillo.

Sacó del bolsillo un par de guantes de látex finos —los llevaba siempre en el cuaderno de tapas de cuero, en una funda interior pequeña— y se los puso.

Encarna observó los guantes, pero no comentó.

—¿Puedo? —dijo Kira.

—Para eso lo he puesto.

Kira empezó por la nota. Era la pieza que tenía que mirar primero, pues era la pieza que sostenía la versión oficial.

La sacó de la funda transparente con cuidado, la dejó sobre la mesa al lado de la funda, se inclinó.

La nota era un folio A4 blanco normal, mecanografiado en una fuente que era Calibri once o doce, impreso en una impresora de chorro de tinta de uso doméstico —el ligero halo de la tinta de chorro alrededor de los caracteres lo decía—.

El texto era corto. Diez líneas justas. Decía:

Hace tiempo que no encuentro la manera. Lo siento. He intentado pelearlo y no he podido. No quiero que nadie cargue con esto. Que cada uno siga con lo suyo. Quemen mis cosas. No hagan funeral. Lo siento.

Y al pie, escrito a mano con bolígrafo azul, un poco torcido:

Marta.

Sólo el nombre. Sin apellido. Sin fecha.

Sin firma rubricada. Sin más, así que Kira la miró durante quince segundos sin moverla.

Después abrió la cartera y sacó las dos cartas que llevaba en una funda aparte.

Las desdobló. Las dejó al lado de la nota, una a cada lado.

Eran cartas de cinco años antes, escritas en folios de cuadrícula del módulo, dobladas en cuatro, con tinta azul cargada de bolígrafo Bic, letra redonda y clara con la “a” cerrada arriba y la “g” con bucle bajo amplio.

—Estas las guardabas tú —dijo Kira a Sandra.

—Sí.

—¿Marta te escribió cuántas?

—Doce o trece. Las primeras tres todas seguidas, en las dos primeras semanas que yo estuve fuera. Después una al mes durante un año y medio. Después se espació.

—¿Todas a mano?

—Todas. Marta no usaba el ordenador para nada que no fuera sumar.

—¿Y firmaba cómo?

—Marta entera. “Marta Cuesta”, con apellido y a veces con un “tu” delante.

—¿Te tuteaba en las cartas o no?

—Me tuteaba. Y a Encarna también.

Kira miró a Encarna. Encarna estaba mirando la nota en silencio.

—¿Cartas tuyas con ella? —dijo Kira a Encarna.

—Postales del pueblo cuando me iba a Burgos en agosto. Marta me contestaba a mano, pequeñas notas dentro. Las tengo en la mesilla.

—¿Letra parecida a esta? —dijo Kira señalando las cartas a Sandra.

—La misma.

—¿Marta había hecho alguna vez una nota como esta —dijo Kira señalando la nota mecanografiada— de algo importante?

—Nunca. Marta lo hacía todo a mano. Hasta las listas de la compra. Hasta las cuentas de la comunidad cuando le tocaba a ella.

Kira no añadió comentario. Volvió a mirar la nota.

Comparó la firma a mano —“Marta”— con la firma de las cartas —“Marta Cuesta”, “tu Marta Cuesta”, una “tu Marta”—.

La firma a mano de la nota era de la misma persona, eso no lo discutía nadie.

Pero era una firma sola, sin apellido, y la habían colocado debajo de un texto que Marta no habría escrito así.

La nota, claramente, no nombraba a Vega.

La nota no nombraba a Encarna. La nota no nombraba a Sandra.

Una nota de despedida de una mujer de cuarenta y dos años con una hija de seis años en su vida no podía empezar con “hace tiempo que no encuentro la manera” y acabar con “lo siento” sin nombrar a nadie a quien le importara la persona que escribía.

Eso era, realmente, imposible. Eso lo sabía Kira y lo sabía Sandra y lo sabía Encarna, pero Kira no lo dijo.

Cerró las dos cartas. Las dobló. Las metió otra vez en la funda.

Volvió a meter la nota en la funda transparente. La dejó en su sitio sobre la mesa.

—Vale.

Pasó al parte forense. El cuadernillo grapado tenía el membrete del Anatómico Forense de Madrid en la primera página, fecha 9 de octubre, dos folios escritos por delante y por detrás con redacción técnica neutra.

Kira lo leyó entero a velocidad de oficio, pero Sandra y Encarna esperaron en silencio, cada una en su silla, cada una con las manos encima de la mesa.

Lau miraba a Kira leer con esa atención profesional que ponía cuando Kira leía algo que pesaba.

—¿Quién consiguió esto? —dijo Kira a Sandra sin levantar la vista.

—Una compañera de mi módulo que tiene a su sobrina en el Anatómico. Sin pedir favor formal. Lo trajo en sobre cerrado.

Kira no levantó la vista del parte. Llegó a la parte de toxicología.

El parte mencionaba presencia confirmada de tres compuestos en sangre y orina: lorazepam en concentración compatible con uso terapéutico habitual, midazolam en concentración elevada, fentanilo en concentración elevada.

La conclusión del informe atribuía la causa de muerte a depresión respiratoria por sobredosis de benzodiacepina y opioide combinados, cierre como suicidio.

Kira leyó los tres compuestos dos veces. Levantó la vista.

—Encarna, los blísters.

—Aquí.

Encarna le acercó los dos blísters pequeños.

Eran dos blísters de lorazepam de un miligramo, marca genérica española, con cinco pastillas usadas y cinco enteras en uno y siete usadas y tres enteras en el otro.

La caja del medicamento no estaba pero la receta sí: una receta del centro de salud de Vallecas a nombre de Marta, con sello de la doctora de cabecera, fecha de junio.

—¿Qué más medicación tenía Marta en casa?

—Eso. Sólo eso.

—¿Algo en spray, en jarabe, en ampolla?

—Nada en ampolla. En spray un Frenadol del invierno pasado. En jarabe uno de Vega, infantil.

—¿Iba al médico por algo más?

—Por la espalda, a fisio. Por los nervios, al centro de salud. La doctora le había pasado del orfidal al lorazepam hace dos años, y ahí seguía. La dosis era una al día por las noches.

—¿Hospital alguna vez en los últimos años?

—Una urgencia hace tres años por un cólico. Le dieron buscapina y la mandaron a casa. Más nada.

—¿Trabajo en sanitario o conocido suyo de sanitario que entrase en su casa?

—Marta no conocía a nadie en sanitario. Yo trabajo en el geriátrico —dijo Sandra—, pero yo no tengo acceso a fármacos hospitalarios. Estoy en planta, no en farmacia.

Kira asintió, pero no dijo lo que sabía.

Lo que sabía era que el midazolam y el fentanilo en presentación intravenosa hospitalaria que había aparecido en la sangre de Marta no estaban en su botiquín, no estaban en su receta, no estaban en su acceso normal a fármacos, y no podían haber entrado en su organismo por la vía oral con la que se pretendía cerrar el suicidio.

Kira cerró el parte forense por la página del informe toxicológico.

Lo dejó al lado de los blísters. Miró a Encarna.

—Una cosa más.

—Dime.

—Marta tenía la costumbre de cerrar la cocina con llave por la noche.

Encarna la miró un momento sin decir nada. Después asintió despacio.

—Desde que salió.

—¿Todas las noches?

—Todas. Yo se lo decía. Le decía “hija, ya estás en tu casa, no tienes que cerrar nada”.

Y ella me decía “mami, déjame, que esto no es lógico pero a mí me da la noche”.

Lo hacía así. La llave la tenía colgada en un clavo al lado del marco, con un cordel rojo.

La giraba dos vueltas al irse a dormir. No se le olvidaba ni una.

—¿Sandra?

—Confirmado. Lo decía en el módulo cuando hablaba del piso, ya entonces lo planeaba. Cuando salió y se mudó al piso de Vallecas, lo empezó a hacer la primera semana. Yo lo vi en directo dos veces que fui a cenar.

—¿Cómo encontraron la cocina la noche del 7 de octubre?