El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

L os lunes y los jueves, Kira nadaba. La piscina cubierta de Majadahonda abría a las siete y media, que era el horario de invierno con el que el club se acomodaba a los abonados de la zona, y Kira llegó a las siete y treinta y dos con la bolsa de deporte al hombro, las gafas en una mano y la tarjeta del club en la otra, atravesó el vestuario de mujeres con la calma de quien sabía dónde estaba cada cosa pues llevaba allí cuatro años, se cambió en quince segundos sin perder el tiempo en mirarse en el espejo grande del fondo, se metió el bañador negro de competición de manga larga que usaba en invierno por la temperatura del agua, se ajustó el gorro de silicona, se colgó las gafas del cuello, dejó la bolsa en el segundo armario del fondo, lo cerró con la pulsera de chip, y salió a la nave de la piscina con los pies descalzos sintiendo el frío seco del suelo de gres antideslizante.

A las siete y media de un lunes de octubre, en una piscina cubierta de un club de Majadahonda, había exactamente cuatro personas: dos hombres mayores que llevaban veinte años nadando como si tuvieran un horario que cumplir, una mujer de cuarenta y muchos en la calle ocho que avanzaba a braza con la concentración seria de quien va al físico tres veces por semana, y un señor en la calle uno que más que nadar se acompañaba flotando boca arriba al ritmo de una respiración antigua.

Kira saludó al socorrista —un chico joven con sudadera del club y la barba recortada al milímetro— con un movimiento mínimo de la mano, eligió la calle siete que estaba libre, se ajustó las gafas en el borde de la piscina, comprobó que el cronómetro digital de la pared estaba encendido y marcaba las cero horas cero minutos, respiró hondo una vez, soltó el aire por la nariz, y se tiró de cabeza con la entrada limpia que le había costado seis meses corregir el primer año.

Los dos kilómetros eran ochenta largos en una piscina de veinticinco metros.

Kira los hacía en cincuenta y dos minutos cuando todo iba bien, en cincuenta y cuatro cuando no había dormido lo suficiente, en cincuenta cuando estaba en una racha buena del cuerpo.

Los hacía siempre igual: cuarenta primeros largos a crol con respiración bilateral cada tres brazadas, veinte largos a espalda en el medio, veinte largos finales otra vez a crol acelerando los últimos cinco.

El cuerpo entraba en su ritmo a partir del largo doce.

Antes del doce era trabajo. Después del doce era pensar.

Esa hora de pensar era lo que Kira buscaba los lunes y los jueves desde que había salido del módulo, pero era también una de las cosas que más le costaba mantener cuando la consultoría se ponía exigente y el calendario se llenaba.

Salió de la piscina a las ocho y veinticuatro.

Cuarenta y nueve minutos para los ochenta largos, lo cual era buena marca pero le importó menos que otros lunes.

Se duchó, se cambió, se secó el pelo lo justo, se hizo una coleta floja, así que a las ocho y cuarenta ya estaba fuera del club.

Subió andando a casa por Virgen del Espino para soltar las piernas, abrió el portal con la llave a las nueve menos cinco, subió en el ascensor hasta la séptima planta.

Lau ya estaba despierta. Le había dejado una taza limpia en el escurridor y la cafetera italiana de Lau a media presión sobre el fuego apagado, lista para encender en cuanto Kira entrara por la puerta.

La cafetera de Kira estaba intacta —Lau no se atrevía con ella ni queriendo— y el bote del molido de Kira esperaba al lado.

—Hola, niña —dijo Lau desde la cocina, sin moverse del taburete donde estaba leyendo algo en el móvil.

—Buenos días.

—¿Qué tiempo?

—Cuarenta y nueve.

—Coño, hoy ha ido bien.

—Ha ido bien.

Kira se preparó el café como siempre. Doce gramos, treinta libras, veintiocho mililitros en veintiséis segundos exactos, esa mañana clavados.

Se lo bebió de pie en la encimera con la espalda apoyada en el borde.

Lau le pasó una tostada con mermelada de mora sin decir nada, mantuvo el silencio amable de las mañanas en las que las dos sabían lo que iba a pasar por la tarde y no había mucho que comentar antes de tiempo.

—¿A qué hora hemos quedado? —dijo Kira.

—A las seis. Sandra acaba el turno a las cinco y media, le da tiempo a llegar a casa a cambiarse y a juntarnos en el portal de Encarna a las seis menos diez.

—¿Vamos en coche?

—Vamos en coche. Yo conduzco.

—¿Tú?

—Yo. Tú la mañana la has hecho ya. Hay que repartir.

Kira no discutió, pues Lau tenía razón aunque no la hubiera pedido.

Le pasó la taza vacía a Lau, que la metió en el lavavajillas, y se fue al laboratorio.

Tenía cuatro horas libres antes de comer.

Las dedicó a abrir la imagen forense del portátil del bufete de Vitoria, que ya estaba al noventa y dos por ciento, y a cerrar los flecos administrativos del peritaje pequeño de la fuga interna de Marrero —el que había entrado el viernes por correo, había trabajado el sábado, había redactado el domingo y había dejado programado el envío para las ocho en punto de esa misma mañana, hora de oficina del bufete—.

Trabajó concentrada, pero Lau pasó por el laboratorio dos veces, una para dejarle un vaso de agua y otra para avisarla de que el aviso del portero del garaje sobre la limpieza de las plazas era para el martes y no para el lunes.

Kira no levantó la vista. Lau se rio bajito y se fue.

A las cinco y veinte salieron del piso. Lau cogió las llaves del coche de Kira sin pedirlas, Kira llevaba la cartera y el cuaderno de tapas de cuero.

En la cartera había metido lo que había recibido por correo el viernes por la noche: el parte forense oficial que un contacto de Sandra le había hecho llegar dos semanas después del cierre del caso, en formato fotocopia con membrete del Anatómico Forense de Madrid, y dos cartas escaneadas que Sandra le había pasado a su vez —dos cartas que Marta le había escrito a Sandra desde el módulo cuando todavía estaban juntas y Sandra había salido seis meses antes—.

Las cartas eran de cinco años atrás. Estaban a mano, escritas en folio cuadriculado, con la letra redonda y clara que Marta tenía cuando escribía en serio.

Kira ya las había mirado el viernes por la noche en el sofá.

Esa tarde las iba a tener encima de la mesa de Encarna a la vez que la nota.

Lau condujo. Salieron de Majadahonda a las cinco y veintidós, cogieron la M-503, bajaron por la M-30 hasta Pacífico, salieron por la avenida del Mediterráneo hacia Puente de Vallecas.

La luz de octubre cambiaba mientras conducían, realmente, con esa velocidad de los atardeceres de final de mes que no avisa.

A las seis menos veinte cogieron la avenida de la Albufera, se metieron por una calle perpendicular, aparcaron a tres calles del portal de Encarna en una zona azul que a esas horas no era zona azul, así que bajaron del coche. Caminaron despacio.

Vallecas a las seis menos diez de un lunes de octubre era un Madrid que Kira había pisado, realmente, dos o tres veces en su vida y que esa tarde pisó de otra manera, con la cabeza puesta en la mesa que la esperaba en el cuarto B del portal de Encarna.

Calles anchas con farolas en línea, tiendas pequeñas todavía abiertas —una mercería, un locutorio con cartel pintado a mano, una panadería con pan ya recogido del escaparate, una farmacia con la luz verde encendida y una cola de tres personas dentro—, bloques de los setenta similares a los de San Blas pero con una luz distinta, tal vez por la altura del sol a esas horas, tal vez por algo del barrio que Kira todavía no sabía leer.

El portal de Encarna era el número catorce de una calle que se llamaba Sierra de Albarracín.

Sandra ya estaba esperando en la acera de enfrente, con un abrigo gris oscuro, una bufanda granate, el bolso al hombro y la cara cansada de quien ha salido de un turno y no se ha permitido sentarse a pensar entre el turno y la cita.

—Aresti —dijo Sandra.

Kira le apretó el brazo. Lau la abrazó un segundo.

Cruzaron la calle. Sandra apretó el portero automático del cuarto B sin esperar a que Lau lo hiciera.

Encarna abrió desde arriba sin decir nada por el interfono.

La puerta zumbó, así que subieron en el ascensor las tres en silencio.

El ascensor era un ascensor antiguo con espejo manchado en el fondo y una luz amarilla en el techo que se iba con un parpadeo cuando uno se metía dentro.

Las tres se miraron de refilón en el espejo. Ninguna dijo nada.

El descansillo del cuarto tenía tres puertas.

La del B estaba ya entornada cuando salieron del ascensor.

Encarna las esperaba en el quicio, con un jersey gris de lana hecho a mano.

Tenía sesenta y siete años, el pelo blanco corto cardado hacia atrás, las manos grandes y manchadas de la edad y del trabajo, una alianza fina en el anular izquierdo aunque su marido había muerto hacía once años.

Miró a las tres mujeres en el descansillo sin sonreír, pero no era falta de cortesía, pues era que Encarna no sonreía por sonreír.

—Pasad.

Las dejó pasar. Cerró la puerta detrás de Lau, que entró la última.

El recibidor era un recibidor pequeño con un perchero de pared, un mueble bajo de melamina con un cuenco de porcelana donde Encarna dejaba las llaves, un espejo redondo encima.

El piso olía a estofado recalentado y a desinfectante de pino, con un fondo dulce de colonia de niña pequeña que se notaba al cruzar el recibidor.

Sandra colgó su abrigo en el perchero como quien lo ha hecho cien veces.

Lau colgó el suyo. Kira dudó dos segundos —el jersey de cuello alto que llevaba era el abrigo a la vez— y al final colgó la chaqueta corta que llevaba encima.

Encarna la observó hacerlo con una atención ligera que Kira registró sin alarde.

—Por aquí.