El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

Salieron del piso a las once y veinte. Loli las acompañó hasta la puerta.

Le dio un beso largo a Lau, le dio un beso largo a Kira —el beso fue, realmente, exactamente igual de largo que el de Lau, lo cual decía todo lo que había que decir—, les puso a las dos dos tuppers de ropa vieja y un trozo del bizcocho borracho en una bolsa.

“Para mañana”, dijo. Lau cogió la bolsa.

Kira cogió la chaqueta del perchero. Bajaron en el ascensor.

La caja del verdulero ya estaba bajada del todo.

La calle estaba más vacía. Hacía dos grados menos que cuando habían subido y el aire de noviembre que aún no era noviembre se notaba ya en las orejas.

Caminaron hasta el coche en silencio. Lau metió la bolsa de los tuppers en el suelo del copiloto.

Se metió. Kira arrancó. Salieron del barrio por la avenida hacia la M-30.

En el coche, durante un buen rato, no se dijeron nada.

Lau no puso música, aunque la lista de su padre seguía cargada en el bluetooth.

La luz de las farolas amarillas pasaba por encima del salpicadero a un ritmo regular.

La M-30 estaba más floja de lo que había estado a las nueve, pero ninguna de las dos hablaba.

Cogieron la M-40 a la altura de Costillares por el lado contrario al de la ida, el sentido oeste, el que llevaba a Majadahonda.

Pasaron por encima del puente de la avenida de Burgos, dejaron atrás Cantoblanco, se metieron en el tramo largo y oscuro entre las pinadas que une Tres Cantos con la salida de Las Rozas.

A la altura de la salida diecinueve, Lau habló.

—Mami se ha portado.

—Tu madre se ha portado —dijo Kira.

—¿Te ha dicho algo en la cocina?

—Sí.

—¿Qué?

—Cosas suyas.

—Vale.

Lau no preguntó más. Kira no contó más. Las dos iban entendiendo lo mismo en silencio, que era que Loli había hecho su trabajo de madre y que ese trabajo no había que comentarlo entre ellas pues comentarlo lo desactivaría.

Lau alargó la mano, la dejó descansar sobre el muslo de Kira por encima del pantalón, no como gesto de nada particular, sino como manera de seguir teniendo a Kira al lado mientras conducía.

Kira no se la quitó, así que la mano se quedó allí los catorce kilómetros que faltaban hasta la salida de Virgen del Camino.

En Majadahonda, a las doce y cinco, las dos subieron del garaje en silencio.

El piso estaba como lo habían dejado a las ocho menos veinte, con la luz de la lámpara de pie del salón encendida pues Kira siempre la dejaba encendida cuando salía de noche, con el ventanal al pinar oscuro a esa hora, con ese silencio limpio de Majadahonda que era, claramente, el contrario exacto del silencio de San Blas y que esa noche se notaba más que otras noches por venir de uno y entrar en el otro en el mismo cuerpo, así que las dos se quedaron un segundo de pie en el recibidor antes de moverse.

Lau dejó la bolsa de los tuppers en la encimera de la cocina.

Metió los tuppers en la nevera. Dejó el bizcocho borracho en la encimera tapado con un plato boca abajo para que Kira lo viera mañana al levantarse.

Kira fue al salón, apagó la lámpara grande, dejó la pequeña.

Pasó por el laboratorio sin abrir la puerta.

La torre de la imagen forense de Vitoria seguía zumbando bajito al otro lado, indiferente a la noche.

Kira la oyó como se oyen las cosas que están haciendo su trabajo y siguió hasta el cuarto.

Se quitó el jersey de cachemir, lo dobló sobre la silla, se quitó los pantalones.

Lau ya estaba en el cuarto de baño lavándose los dientes.

Kira oyó el agua del grifo y el ruido del cepillo.

Se quedó un segundo de pie al lado de la cama, mirando la cama hecha tal como Lau y ella la habían dejado esa mañana, las almohadas en su sitio, el embozo doblado.

Lau salió del baño con la camiseta blanca de Kira que llevaba puesta esa mañana y sin nada más.

Se metió en su lado de la cama —que había acabado siendo el lado izquierdo aunque al principio había sido el derecho, decidido en silencio sin discusión a lo largo de tres meses—.

Apagó la luz pequeña de su mesilla. Kira fue al baño, se lavó los dientes, se desmaquilló las dos cosas que llevaba —rímel, pintalabios suave—, volvió.

Cerró la puerta del cuarto. Cerró el pestillo.

Le dio dos vueltas también a la llave del cuarto, el segundo gesto que ya casi no pensaba pero que seguía haciendo cada noche. Se metió en la cama.

Lau no dormía aún. Tenía los ojos abiertos en la penumbra, mirando al techo. Kira se tumbó de lado, mirándola. Lau giró un grado la cabeza, sin levantar más, lo justo para mirarla a ella también, pero sin decir nada, porque realmente no hacía falta.

—Has aguantado bien.

—No tenía que aguantar nada.

—Mami es mami.

—Tu madre es estupenda.

Lau cerró los ojos. Kira la miró un rato más.

Después le pasó un brazo por la cintura por encima de la camiseta blanca, dejó la mano apoyada en el costado, y cerró los ojos ella también.

No se dijeron buenas noches. Hacía meses que no se decían buenas noches.

La frase había desaparecido del repertorio sin que ninguna de las dos lo notase, sustituida por el gesto del brazo por la cintura y la respiración igualándose en la oscuridad.

Fuera, en el pinar, hubo un cárabo. Ladró dos veces. La segunda más floja. Después el silencio de Majadahonda volvió a su sitio, alto, limpio, hasta el amanecer.

* * *