El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—No te pongas nerviosa por el jersey, hija, que el jersey es bonito. Lo digo en serio. Yo es que lo miro como mira mi tía Encarna las cosas, que las va tocando con el ojo para saber cuánto cuestan. Es vicio. Lo siento.

—No pasa nada.

—Y a tu madre, ¿la tienes bien?

—La tengo bien, gracias.

—¿Y a tu padre?

—También.

—Bien. Bien.

Loli no preguntó más, pero Loli había hecho la pregunta que tenía que hacer y la había recibido con la respuesta que tenía que recibir.

Para Loli las preguntas sobre los padres eran un termómetro.

Si la respuesta venía rápida y limpia, los padres estaban en su sitio y la persona también.

Si la respuesta venía con una pausa o con una explicación de más, había trabajo que hacer.

Kira le había contestado en dos sílabas, así que Loli la había ido a por la siguiente cosa, que era el plátano frito, pues a Loli le quedaba poco en el plato y se lo iba comiendo despacio para que el plato durase.

Daniela se levantó a las diez y diez, pidió perdón por irse a la mitad de la cena, dio dos besos rápidos —a Loli, a Lau—, le hizo a Kira un gesto con la mano —“un placer, Kira, otro día con más calma”—, se fue.

La puerta del piso se cerró con el ruido seco de las puertas de los pisos viejos.

Loli miró la silla vacía con el orgullo cansado que ponía siempre que una de sus hijas se iba antes de tiempo a alguna parte.

Después llegaron los pasteles. Loli abrió la caja en la mesa, separó el papel, dijo “joder” muy bajito al ver el bizcocho borracho, cortó porciones para todas.

Vane se quedó con la palmera. Lau cogió una trenza de hojaldre.

Kira se quedó con una napolitana de crema.

Loli se cortó un trozo grande del bizcocho borracho y se sirvió un café de cafetera italiana que llevaba haciendo desde antes de que Lau naciera.

El café era flojo, pero el bizcocho estaba esponjoso, como había dicho la dependienta del obrador.

La conversación se aflojó. La sobremesa fue corta, Vane se despidió a las once menos cuarto porque a las once tenía el último cercanías a Pueblo Nuevo, así que Loli le dio dos tuppers con ropa vieja para la madre, Vane se fue con la mochila más cargada de lo que había llegado.

A las once menos diez, Loli se levantó a llevar los platos a la cocina. Lau se levantó a ayudar. Kira se levantó también.

—Tú no, hija —dijo Loli a Kira—, tú quédate que has venido a cenar, no a fregar.

—Loli, dejadme. Lleváis vosotras dos cenando aquí veinte años, yo no he venido más que esta vez.

—Justo por eso.

—Justo por eso por eso —dijo Lau—, mami, déjala. Le encanta fregar. Si tú la vieras en su casa.

—Tú a mí no me cuentas qué le encanta a Kira en su casa, niña. Qué eres tú, ¿la portavoz?

Lau se rio. Loli capituló. Las tres acabaron en la cocina de los seis metros cuadrados de Loli.

Lau enjuagaba con la mano izquierda y secaba con la derecha, ya que no había lavavajillas.

Kira recogió las copas, las llevó al fregadero, se arremangó el jersey.

Loli guardaba lo que iba quedando limpio en los armarios altos y en los bajos, según procediera.

La cocina seguía caliente del guiso y del café que se acababa de hacer.

Lau salió un momento al balcón pequeño que daba a la calle de atrás —dos metros cuadrados con un tendedero de cuerda y una maceta de geranios que la propia Loli mantenía— a fumarse uno.

Loli se quedó sola con Kira en la cocina.

Loli se secó las manos en el delantal verde. Se acercó al fregadero, donde Kira aclaraba una copa, se quedó un momento de pie a su lado mirando el grifo correr.

—Kira —dijo Loli.

—Dime, Loli.

—Tú a mi Lau la cuidas.

Kira no dejó de mover la mano debajo del agua.

Aclaró la copa. Cerró el grifo. Dejó la copa boca abajo en el escurridor.

Se secó la mano en el paño de cuadros que había encima de la encimera.

Después miró a Loli. Loli estaba más baja que ella siete u ocho centímetros, miraba hacia arriba, le miraba de frente, no tenía la mirada acuosa de las madres que dicen frases solemnes sino la mirada calmada y un poco cansada de las madres que dicen frases prácticas porque las frases prácticas son lo que da resultado.

—La cuido, Loli —dijo Kira.

—Bien.

—Y ella a mí.

—Eso ya lo sé, hija. Por eso te pido lo mío, no lo suyo.

Loli asintió. Le dio dos golpecitos en el codo a Kira con la mano libre, dos golpecitos breves y sin peso, gesto de barrio que cerraba la conversación en San Blas, y se giró hacia el armario alto a guardar la jarra del agua.

No dijo nada más. Kira cerró la mano sobre el borde de la encimera un segundo, sin que se le notara, sintió la madera caliente de los años de codos apoyados, soltó. Volvió a coger la copa siguiente.

Cuando Lau entró desde el balcón con olor a Marlboro Light en la chaqueta de pana del padre, Loli y Kira ya estaban acabando con el último plato.

Loli no la miró distinto, pero Kira tampoco la miró distinto.

Lau se metió en la conversación a la mitad —“¿qué decíais?”—.

Loli dijo “nada, hija, lo del ascensor que vamos a tener que pagar como fijo” y Kira sonrió bajito mirando el agua del fregadero correr.