El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

El piso de Loli era el piso de Loli desde hacía treinta y un años, desde el año en que Roberto Romero Cabrera y ella firmaron la escritura con la ayuda de la familia de él que no estaba pero que mandó algo por giro postal desde La Habana, y desde entonces el piso había ido recibiendo capas.

La primera capa era la del piso recién comprado de los noventa con muebles de IKEA que entonces se llamaban de catálogo: el sofá de tres plazas tapizado en pana marrón que ya tenía remiendo en el brazo, la mesa redonda extensible del comedor de pino tratado, las sillas a juego, una librería de roble con baldas regulables.

La segunda capa era la que Loli había ido añadiendo sola a partir del año que se quedó viuda: un mueble bar con vitrina que había heredado de una vecina del segundo, el tapete de ganchillo encima de la mesa baja, los visillos blancos de croché que había hecho ella misma en las tardes largas de los inviernos sin Roberto, un cuadro pequeño de un paisaje de la isla de Pinos enmarcado y colgado sobre el sofá.

La tercera capa eran las fotos. En el aparador del comedor había siete fotos enmarcadas.

Roberto Romero Cabrera joven, recién llegado a Madrid, con chaqueta vaquera y pelo afro, riéndose en una calle de Cuatro Caminos.

Loli y Roberto el día de la boda en el juzgado de la Plaza de Castilla.

Lau de tres años en brazos del padre. Cristian de seis años en el patio del colegio con uniforme, foto que Loli no quitaba aunque hacía siete años que no veía a Cristian, porque Loli había decidido que su hijo perdido seguía siendo su hijo y esa foto seguía siendo de su hijo.

Daniela vestida de comunión a los nueve años.

Lau y Daniela sentadas en la escalera del portal el año que Lau cumplió quince.

Una foto pequeña, en blanco y negro, de los padres de Roberto en La Habana antes de morirse los dos.

Loli tenía esas fotos colocadas como las tenía desde siempre, sin reordenar después de las desgracias, sin quitar las que dolían, sin promocionar las que sí salían bien.

Kira había estado en ese salón cuatro veces antes de esa noche pero nunca a cenar.

Las cuatro veces habían sido visitas cortas, pasar a recoger algo de Lau, dejar algo de Lau, llevar algo a Loli.

Esa noche era la primera vez que cruzaba el pasillo entero, llegaba al comedor, se sentaba a la mesa puesta.

Loli lo sabía. Lau lo sabía. Las dos estaban portándose, claramente, como si fuera lo más natural del mundo, que era exactamente la manera en que las cosas que importan se manejan en el barrio: sin ceremonia, sin subrayado, con doble ración.

Daniela salió del cuarto del fondo con los auriculares en una mano y una camiseta puesta del revés.

Veintitrés años, los ojos del padre, el cuerpo de la madre.

Iba a quedar con una amiga después de cenar y por eso estaba ya a medio cambiarse.

Vio a Lau, le sonrió, le dio un beso corto.

Vio a Kira detrás de Lau, abrió un poco más los ojos —pues las cuatro veces anteriores había sido visita corta y esta vez Kira estaba con chaqueta colgada en el perchero de la entrada—, pero sonrió igual, le dio un beso corto también.

—Hola, Kira.

—Hola, Dani.

—Mami me ha hecho ropa vieja —dijo Daniela.

—Lo sé —dijo Lau—, lo huelo desde el ascensor.

—Lleva dos horas con la olla a fuego lento y la cocina parece una sauna.

—La cocina parece una sauna porque no abres la ventana, niña —gritó Loli desde la cocina—, te lo digo todos los días.

—Hace frío con la ventana abierta, mami.

—Hace frío todo el rato, hija, es que estamos en octubre.

Daniela se rio, se metió otra vez al cuarto a acabar de cambiarse.

Lau llevó la caja de los pasteles a la cocina.

Kira se quedó un segundo de pie en el comedor mirando las fotos del aparador, sin acercarse, registrando lo que registraba siempre que entraba en una casa nueva pero esta vez con la atención apagada un grado, porque en esa casa esa noche el oficio no servía y Kira lo sabía.

Cuando Loli volvió de la cocina con dos platos hondos en las manos, Kira ya estaba sentada en el sitio que Lau le había señalado con la cabeza, que era el sitio entre el cabecero —donde se sentaba Loli— y el del fondo —donde se sentaría Vane cuando llegase—.

Vane llegó a las nueve y diez. Llamó al timbre con dos toques cortos, así que Lau fue a abrir.

Vane entró con un anorak fino marrón, una sudadera negra debajo, vaqueros oscuros, deportivas blancas, una mochila pequeña al hombro y una bolsa de plástico del Día con dos botellas dentro.

Tenía treinta y cinco años. El pelo recogido en cola alta, sin maquillaje, las ojeras visibles.

Saludó a Loli con un beso, dejó la bolsa en la encimera de la cocina —“un tinto y un blanco, lo que tenían”—, se quitó el anorak en el recibidor, lo dejó en la silla del recibidor, entró al comedor frotándose las manos.

—Vane —dijo Lau—, esta es Kira.

—Hola, Kira.

—Hola, Vane.

Kira la había leído, por suerte, en los doce segundos que iban de la puerta al comedor.

Vane había salido de un turno largo en la caja de un Mercadona —lo decía la postura del hombro derecho ligeramente más adelantado que el izquierdo, el pequeño callo en la yema del pulgar derecho del que Kira sólo había visto el destello al estrechar la mano, el cansancio específico de la columna que se cansa en bloque cuando una pasa ocho horas sentada con el pie levantando el pedal del cinturón cada quince segundos—, había venido directa en metro desde Pueblo Nuevo —el pelo recogido a la altura del cogote con una goma improvisada, no peinado para salir, peinado para no llevarlo suelto en el vagón—, había pasado por casa de su madre antes de venir —los dos ovillos de lana asomando del bolsillo de la mochila eran un encargo cumplido, la ofuscación pequeña en la cara cuando se sentó decía que la madre la había vuelto a sacar de quicio con algo que no merecía pero que cansaba—, y llevaba la sudadera al revés —la etiqueta asomaba una pizca por la nuca— porque se la había puesto en el ascensor sin mirarse en el espejo.

Kira no dijo nada de nada, pero la lectura quedó dentro.

Sonrió correctamente, le tendió la mano a Vane, dejó que Vane se la estrechara, se sentó.

—Mami, ¿me echas? —dijo Lau.

—Os echo a todas, hijas, sentaos.

Loli sirvió. Ropa vieja con arroz blanco y plátano frito en cada plato.

Una jarra de agua del grifo. Vane abrió el tinto, sirvió en cuatro copas pequeñas que Loli sacó del aparador.

Daniela apareció vestida ya para salir, se sentó en su sitio, le puso el plato como si llevara meses esperándolo.

Empezaron a comer. Loli se persignó por encima del plato sin dramatizar, gesto rápido, reflejo.

Lau no se persignó. Daniela tampoco. Vane tampoco. Kira tampoco.

—Está cojonuda, mami —dijo Lau con la boca llena.

—Coño, está cojonuda —dijo Vane.

—Está muy buena, Loli, de verdad —dijo Kira, que tenía un grano de arroz en el labio inferior y se lo limpió con la servilleta sin mirar.

—Lleva dos horas, hija. Si sale mal con dos horas la culpa es mía.

La mesa se puso en marcha despacio. Loli preguntaba cosas sin orden, Vane contestaba cuando le tocaba, Daniela contaba algo del centro de óptica donde la profesora se había puesto pesada con una práctica, Lau se reía de Daniela, Loli reñía a Lau por reírse de la hermana, Daniela defendía a la profesora a medias.

Kira miraba, comía despacio, intervenía cuando le preguntaban directamente.

La conversación pasó por Tony —el primo del bar Caribe—, que se había vuelto a separar de su pareja por tercera vez, lo cual a Loli le dolía no sólo por Tony sino porque la chica, Patricia, le caía bien a Loli; por la rodilla derecha de Loli —el médico le había dicho que tenía artrosis y le había mandado paracetamol y andar todos los días, y Loli decía que si tenía que andar todos los días qué más le daba la artrosis—; por el ascensor de la comunidad, que la presidenta quería cambiar y para el que querían meter una derrama de mil ochocientos euros; por la madre de Vane, que llevaba dos meses dando la lata con que quería volver al pueblo de Toledo de donde era la madre y que Vane no podía dejarla volver sola; por una vecina del segundo que había pasado un susto con la tensión la semana anterior y a la que habían ingresado en La Princesa una noche; por un programa de la tele que Loli llevaba viendo dos años y del que no podía dejar de hablar.

Del caso Marta, no se habló. Lau lo había marcado de antemano por teléfono: “esta noche en San Blas no hablamos de eso”.

Y nadie habló. Aunque en la cabeza de Lau y en la cabeza de Kira la cara de Sandra de la mañana del jueves seguía estando, aunque Vane probablemente sabía algo —porque Vane había salido del módulo seis meses después de Lau y había estado en el patio con Marta el último año, aunque no habían llegado a ser amigas—, aunque Loli tuviera el dato registrado en el radar también y supiera que había algo trabajándose pero que no tocaba.

Esa mesa, esa noche, era para que Aresti pisara la casa. Punto. Lo demás esperaba al sábado.

—Y tú, Kira, qué tal —dijo Loli en algún momento de la mitad del plato—, ¿el trabajo va bien?

—Va bien, Loli, gracias.

—Qué tipo de trabajo es exactamente, perdona, que Lau me lo dijo pero yo de informática soy un cero a la izquierda.

—Hago peritajes informáticos —dijo Kira—. Cuando una empresa o un bufete necesitan saber qué ha pasado en un ordenador, les pongo el ordenador delante, lo abro, miro lo que tienen y les explico lo que hay.

—Como un detective.

—Más aburrido.

—Eso lo dices tú —dijo Lau—. Le pagan bien y no se mancha el jersey de cachemir.

—El jersey es de la temporada pasada —dijo Kira a Loli, porque vio la mirada con la que Loli le había mirado el cuello del jersey al entrar.