Capítulo 3
S alieron del piso a las ocho menos veinte.
Kira bajó al obrador del Campillo de Bobadilla, que estaba a cuatro calles del portal y donde llevaba cinco años comprando lo dulce los viernes que tocaba dulce, y subió con una caja blanca atada con cordel rojo en la que entraban una palmera de chocolate, dos trenzas de hojaldre con almendra, una empanada de cabello de ángel, dos napolitanas de crema, un canutillo y, encima de todo, un bizcocho borracho del que la dependienta —que ya conocía a Kira lo justo para no preguntar— le había dicho que esa misma mañana lo habían sacado del horno y todavía estaba esponjoso.
Lau abrió el portal cuando Kira llegaba con la caja en una mano y las llaves del coche en la otra, le quitó la caja con un gesto de costumbre, le dio un beso corto en la mejilla y bajó delante con la caja por la rampa del garaje silbando bajito una canción que Kira no reconoció pero que tenía pinta de ser de Compay Segundo.
—Tu madre va a notar que no he comido —dijo Kira.
—Mi madre va a notar todo, niña —dijo Lau—, lo que comes y lo que no, lo que dices y lo que no, lo que llevas puesto y por qué.
—Lo del jersey de cachemir va a parecerle pijo.
—Le va a parecer pijo —dijo Lau—. Pero no te lo va a decir. Te va a poner doble ración.
Kira no contestó, pero mantuvo la mano izquierda en lo alto del volante, la derecha en el cambio aunque era automático, los ojos en la curva larga que iba a meterlas en la M-30 a la altura de Costillares.
La curva la cogió a noventa, sin frenar.
Lau se acomodó en el asiento y apoyó la cabeza en el reposacabezas.
Kira la miró de reojo. Lau iba con vaqueros de tiro alto, una camiseta blanca cortada por la cintura, una chaqueta de pana marrón fina que era de su padre y que se había metido en el armario cuando salió del módulo, los pendientes de aro grandes de siempre, la pulsera de azabache, el pelo suelto.
En Majadahonda Lau iba de manera distinta, más cuidada, más presentable, más para el cliente; en San Blas iba como iba esa noche, que era como había ido toda su vida antes de la cárcel y como había ido todos los viernes de los últimos seis meses cuando bajaba a casa de su madre.
Kira ya había visto a Lau de las dos maneras suficientes veces para entender que la diferencia era cosa de Lau y no de ella.
Salieron de la M-30 por la salida de San Blas, bajaron por la avenida de Canillejas, se metieron en una calle pequeña que subía hacia la zona de los bloques de los setenta y aparcaron en doble fila en una calle perpendicular a la del portal, porque en esa calle nunca había sitio y Lau llevaba dos años teniendo localizado al de la verdulería de la esquina, que les guardaba un hueco de cortesía cuando bajaba la persiana a las ocho y media.
Eran las ocho y veintinueve. La persiana del verdulero estaba bajando ya.
Lau le hizo un gesto con la mano por el cristal.
El verdulero le devolvió el gesto y siguió con la persiana.
Kira aparcó. Apagó el motor. Bajaron las dos del coche.
Lau cogió la caja de pasteles del suelo del copiloto. Kira cerró con el mando.
San Blas a las ocho y media de un viernes de octubre tenía su propia respiración.
Era un barrio que no se parecía al Madrid del centro y no se parecía al Madrid de Majadahonda, y que tampoco se parecía al Vallecas que Kira no había pisado todavía pero que llevaba toda la semana aproximándose a su cabeza desde los expedientes; era un barrio de bloques altos de los setenta plantados sobre un suelo que era casi pueblo, con calles anchas y aceras estrechas, con tiendas pequeñas de toda la vida cerrando la persiana —el verdulero, el cubo de la basura sacado a la acera, una pescadería con el rótulo de neón apagado, un quiosco de prensa cerrado con candado, una papelería con el escaparate encendido pero sin nadie dentro— y, entre las tiendas, los portales viejos abriéndose y cerrándose con ese ritmo de gente que vuelve del curro o gente que sale a cenar fuera o gente que baja a comprar el pan al chino antes de que el chino baje también la persiana.
El aire olía a la mezcla concreta del barrio, esa mezcla que Kira no había vivido en su vida pero que reconoció en cuanto la respiró, así que se la quedó oliendo un segundo más de lo habitual: olía a aceite de freír saliendo de algún rellano, a guiso largo de cocina vieja y al último cigarrillo del señor que estaba bajando al perro frente al portal del cuatro.
Lau caminó delante. Kira la siguió. Lau saludó al señor del perro —“hola, Manolo”—, saludó a una vecina mayor que bajaba con una bolsa de basura —“hola, Carmen, cómo está usted”—, le abrió el portal a la vecina antes de que la vecina sacara la llave, dejó pasar a la vecina con el perro, dejó pasar a Kira, entró ella la última.
La vecina del perro, Carmen, miró un segundo a Kira al pasar, no la conocía, no la había visto nunca, los ojos de la vecina se quedaron un instante de más en la cara de Kira y después se desviaron hacia los pasteles que llevaba Lau —que era lo socialmente aceptable mirar, no la cara de la chica nueva—, y dijo “qué bien huele eso, hija”, y Lau se rio y le dijo “es pa mi madre”.
Carmen sonrió, dijo “pues que aproveche”, se fue por el pasillo del bajo arrastrando el carrito.
El portal era un portal de los setenta sin reformar del todo, con suelo de terrazo gris jaspeado, paredes de gotelé verde claro hasta media altura y blanco roto encima, una hilera de buzones metálicos numerados —algunos con el nombre del vecino escrito a mano en una pegatina, otros pelados—, un tablón de anuncios de la comunidad con un cartel desactualizado sobre la derrama del ascensor y otro sobre las normas de la basura, un ascensor antiguo de puerta de hierro plegable.
El olor del portal era olor sedimentado en las paredes a fuerza de cuarenta años de cenas, un olor que ya no era el de un guiso concreto sino el de todos los guisos juntos, un olor de archivo.
Subieron en el ascensor. Cuarto B. Lau pulsó el botón con el codo, pues tenía la caja en las dos manos.
El ascensor subió despacio, con ese golpeteo metálico de los ascensores viejos, y se paró en cuarto con un pequeño rebote.
Lau salió primero. Kira la siguió. El descansillo del cuarto tenía cuatro puertas, cada una con un felpudo distinto, cada una con su olor doméstico distinto que se filtraba por las junturas.
La del B —la de Loli— olía esa noche a aceite de oliva caliente y a comino.
Lau llamó al timbre con el codo. Loli abrió a los tres segundos como si la hubiera visto subir por la mirilla.
—Hijaaaaa —dijo Loli con la voz abierta de las madres de barrio que reciben a las hijas como si llevaran meses sin verlas aunque las hubieran visto el fin de semana pasado.
—Hola, mami —dijo Lau.
Loli era una mujer baja, de cincuenta y tres años, con un delantal verde manchado todavía encima de la ropa de andar por casa.
Abrazó a Lau por encima de la caja de pasteles, le dio un beso largo en la mejilla, tomó la caja, miró por encima del hombro de Lau a Kira que estaba un paso atrás esperando turno, y le dijo:
—Pasa, hija, pasa, no te quedes ahí en el descansillo como si fueras de visita, anda.
—Hola, Loli.
—Hola, Kira. Qué guapa estás. Qué bien hueles. ¿Eso es perfume o es el detergente? Mira que ya no sé.
—Es perfume, Loli.
—Pues ya quisiera el detergente. Pasa, hija, pasa. Lau, los pasteles a la cocina.
Loli no era tonta. Loli había visto pasar por delante de su mesa de cocina a tantas chicas y tantos chicos en los últimos treinta años —novias y novios de Lau, novias y novios de Cristian cuando Cristian aún era de la familia, amigas del barrio, primas, vecinas, algún amante de paso de Daniela— que tenía un radar instalado debajo del esternón que se le activaba sin que ella lo decidiese en cuanto alguien cruzaba el felpudo.
El radar de Loli, esa noche, llevaba ya tres meses dándole información sobre Kira sin que Loli pidiera la información.
Loli, claramente, lo había procesado en silencio.
Loli no iba a hacer ninguna pregunta. Loli iba a poner doble ración y una botella de vino que normalmente reservaba para los domingos y a preguntar cosas que no eran las que se preguntan a una pareja sino las que se preguntan a alguien que viene a cenar a casa por primera vez de manera que tampoco hay manera de saber muy bien cómo encajar.