Capítulo 2
S andra llegó el viernes a las once en punto, pues Lau se lo había advertido.
Había llegado en cercanías hasta Majadahonda y había caminado los doce minutos desde la estación con el abrigo cerrado hasta arriba y la bolsa de tela colgando del hombro, y cuando pulsó el portero del bloque de Virgen de Icíar lo hizo con la sensación de quien ya sabe el camino aunque sea la segunda vez que lo recorre, una memoria física rápida que las personas como Sandra desarrollan por defecto.
Kira la recibió en el laboratorio con dos cafés —uno corto para ella, otro largo con leche para Sandra, recordado del día anterior—, una mesa larga vacía en el centro y la pizarra blanca de la pared con la sola palabra del día anterior.
Sandra se quedó mirando la palabra desde la puerta y no dijo nada.
—Pasa —dijo Kira.
Lau ya estaba dentro, sentada en una de las sillas altas con la libreta de trabajo abierta delante y un boli en la boca, los pies cruzados sobre el travesaño.
Llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta negra con escote ligero, las zapatillas blancas del día anterior, los pendientes de aro.
Sandra se sentó al lado de Lau. Kira puso los cafés y un vaso de agua en la mesa, cerró la puerta del laboratorio, se sentó enfrente.
Las dos torres del fondo zumbaban bajito.
Una de las pantallas tenía una imagen forense corriendo desde la noche anterior —un trabajo de Vitoria que Kira había arrancado a las ocho y que iba al cincuenta por ciento—, las otras dos estaban en negro.
La luz que entraba por la ventana del laboratorio era luz filtrada por la persiana exterior de lamas, esa luz que no acababa de ser luz natural ni de ser luz artificial, la luz de los sitios que se han diseñado para trabajar con pantallas sin reflejos.
—Vamos a ir despacio —dijo Kira—. Tú me cuentas lo que sepas sin orden. Yo voy apuntando. Si te haces lío, no te preocupes, ordenamos al final.
Sandra asintió. Le dio un sorbo al café, dejó la taza, y empezó.
Habló durante hora y media. Kira no la interrumpió más que cinco veces, y siempre con preguntas cortas.
Quién es Pizarro. Cómo se apellida Don Fernando.
Cuántas Mercedes hay. Cómo se llama el chico nuevo.
Quién es la madre de Vega y quién es el padre.
Sandra fue contestando como pudo. Don Fernando se apellidaba Quintana, era el dueño de la asesoría desde hacía años, cincuenta y tantos, casado, dos hijos veinteañeros, peinado con gomina, mocasines, voz aguda; Marta lo describía con una palabra que decía mucho — pelma — sin entrar en más.
Mercedes había dos: Mercedes Pérez la recepcionista, gris, muy correcta, muy poco interesante; y Mercedes Galán, la compañera de mesa central de Marta, mujer cansada de gafas, que era la única con la que Marta hablaba en la oficina más allá del hola buenos días .
El chico nuevo tenía nombre que Sandra no se acordaba bien, un veinteañero recién llegado de prácticas.
Pizarro era un hombre de cuarenta y pocos que aparecía por la oficina de vez en cuando y que se metía directamente al despacho de Don Fernando sin saludar a casi nadie; Marta lo había mencionado dos veces a Sandra en los últimos meses, las dos veces como uno que viene .
Encarna García era la madre de Marta, sesenta y siete años, mujer de barrio, viuda hacía tiempo.
El padre de Vega era un tema cerrado: hombre con el que Marta había tenido la cosa cuando salió, no cuajó, no se involucró, no quiso reconocer a la niña, Marta había hecho los papeles ella sola.
Kira tomaba notas con su grafía pequeña y rápida, intercalando símbolos del sistema de codificación que se había inventado en el módulo y que Lau ya leía con el rabillo del ojo desde hacía un año.
Cada cierto tiempo se levantaba sin decir nada y escribía un nombre o una palabra en la pizarra, pero sin volverse hacia Sandra, sin perderle la voz.
La pizarra se iba llenando despacio, en tres columnas: una para gente, una para hechos, una para cosas pendientes de mirar.
La grafía de Kira en pizarra era distinta a la del cuaderno —en pizarra escribía mayúsculas separadas, en cuaderno minúsculas pegadas—, pero ambas tenían la misma economía de trazo, la misma forma de no perder ni un milímetro de tinta.
Hacia la mitad de la hora Lau salió del laboratorio sin decir nada.
Volvió a los cinco minutos con el termo lleno otra vez, una caja de galletas Marbú Dorada, y los dos móviles de Kira y de Sandra que habían quedado en el salón.
Dejó la caja sobre la mesa, rellenó las tazas, le pasó a Sandra la mano por el hombro al sentarse otra vez.
Sandra cogió una galleta. Mordió un cuarto. Siguió hablando.
Hacia el final de la hora y media, la pizarra tenía esto:
Marta. 7 oct, 21:30. Sofá. Lorazepam. Nota.
Cocina cerrada con llave por las noches. Manía sostenida. La cocina la encuentran abierta.
Asesoría Quintana. Don Fernando — Mercedes Pérez — Mercedes Galán — chico nuevo — Pizarro.
Pizarro. No nombre completo. No función formal. Aparece y entra al despacho.
Subcarpeta nueva. (Marta a Sandra, carta del mes anterior: “facturas que no me tocaba mirar”.)
Vega. 6 años. Padre cero.
Encarna. Madre. Vallecas. Tiene material policial.
Sandra se quedó mirando la pizarra desde su silla.
Le dio un trago largo al agua. Las galletas Marbú habían bajado tres más entre las suyas y una sola entre las de Lau y de Kira.
Sandra había comido cuando hablaba mucho, realmente, desde que tenía catorce años, era la manera que tenía su cuerpo de aterrizar las palabras, así que se limpió las manos con la servilleta de papel.
—Es muy poca cosa, ¿verdad? —dijo.
—Es lo que hay —dijo Kira—. Es bastante. Hay dos cosas que ya rompen el suicidio antes de tocar la nota.
—¿Cuáles?
Kira se levantó, fue hasta la pizarra, y señaló con el rotulador dos puntos.
—Uno. La cocina. Si Marta cerraba la cocina con llave todas las noches y la cocina aparece abierta, o no había echado la llave esa noche —excepción contra cinco años de hábito—, o alguien estuvo en el piso después de que ella la cerrara y la abrió por la mañana.
Suicida que se sienta en el sofá a tomar pastillas no abre la cocina ni antes ni después.
—¿Y dos?
—Dos. La nota no nombra a la niña. Una madre que se quita la vida con su hija de seis años durmiendo en casa de la abuela —no en otro continente, en casa de la abuela, a una llamada de distancia— y no nombra a esa hija en la nota es una imposibilidad psicológica.
Eso se sostiene en menos de un caso entre mil.
Y el caso entre mil ese se sostiene en madres absolutamente rotas. Marta no estaba ahí.
—¿Y la tercera? —dijo Lau.
Kira la miró. Lau le sostuvo la mirada con cara de quien sabe que está empujando.
—Todavía no la tengo —dijo Kira—. Pero la habrá. Yo te digo que la habrá.
Lau asintió, satisfecha, pero Sandra seguía mirando la pizarra como si las palabras de la pizarra estuvieran sosteniendo a alguien. Kira volvió a la silla.
—Sandra. Una pregunta más.
—Dime.
—¿Sabes si Marta confiaba en Mercedes Galán?
Sandra tardó en contestar, pues la pregunta la había llevado a un sitio del que había que salir despacio. Se llevó la mano a la barbilla, miró al techo, y cuando habló lo hizo desde dentro.
—Marta me dijo una vez, no sé cuándo, que la otra Mercedes era buena gente. Que era la única buena gente. Y que era de las que no abren la boca. Eso me dijo.
—Vale. Eso para nosotras.
Kira tapó el rotulador, lo dejó en la repisa, miró la hora —la una y veinte—. Después destapó el rotulador otra vez, se acercó a la pizarra, y añadió debajo de los nombres de la asesoría una palabra entre paréntesis al lado de Mercedes Galán.
(buena gente. cierra la boca pero no por miedo.)
Lau leyó por encima del hombro de Kira.
—Esa es la que abre, Kira.
—Esa es la que abre.
Sandra recogió la chaqueta. Las tres salieron del laboratorio, Kira cerró la puerta con la llave que llevaba colgada del cuello, fueron al salón.
La luz del salón a la una y media era plena, con el sol cayendo en oblicuo sobre el suelo de roble y dibujando una mancha alargada que llegaba casi hasta el sofá.
Lau le pasó el brazo a Sandra por el hombro, le dijo en voz baja que el lunes a primera hora estaban en Vallecas, le pidió a Sandra que avisara a Encarna, le dijo también que llamara a Mercedes Galán antes del lunes —sin levantar peso, sólo “mira, Mercedes, voy a ir con dos amigas a casa de Encarna el lunes, te aviso por si necesitamos tu teléfono”— y Sandra dijo que sí, que ella misma llamaría a Mercedes, que la conocía un poco de los entierros y que Mercedes la cogería el teléfono.
—¿Te llevamos a la estación? —dijo Lau.
—No, voy andando. Doce minutos. Me viene bien.
—¿Comes algo antes de coger el cercanías?
—Me llevo otra galleta de las tuyas.
Lau se rio. Sandra cogió otra Marbú de la caja del laboratorio, se la guardó en el bolsillo del abrigo, salió. Kira la acompañó hasta la puerta del piso. Antes de cerrar le dijo:
—Sandra.
—Dime.
—Esta tarde hablas con Encarna y le pides el material para el lunes. La nota original, el parte forense, las fotos de la escena, los blísters. Que lo tenga preparado encima de la mesa cuando lleguemos.
Sandra asintió.
—Y el lunes, si Encarna está mal, paramos. Lo retomamos otro día.
—Y otra cosa, Sandra. Si esta tarde piensas algo más sobre Marta, lo que sea, una conversación, una llamada, una cosa que te dijera y que no me hayas contado todavía, me lo apuntas y me lo dices el lunes. No te preocupes si te parece tonto.
—Vale, Aresti.
Sandra se metió en el ascensor. Kira cerró la puerta, pero se quedó un segundo de pie en el recibidor antes de volver al salón, pues le quedaba un sonido en la cabeza que todavía no era idea.
Lau estaba sentada en el brazo del sofá grande con el móvil en la mano, escribiendo a alguien. Levantó la vista cuando entró Kira.
—Encarna confirmada para el lunes a las diez —dijo Lau—. Le he escrito ahora. Va a tener todo encima de la mesa de la cocina.
—Bien.
—Sandra le va a llamar esta tarde de todas formas, pero por mí ya está cerrado. Y a Mercedes Galán no la toco yo, eso lo hace Sandra como dijiste.
Kira fue a la cocina, sacó la cafetera italiana de Lau del armario, la llenó de agua, la cargó del molido nuevo que había metido Lau hacía tres días, y la puso al fuego. Lau apareció en la cocina detrás. Se apoyó en la encimera. Vio la cafetera en el fuego.
—¿Tú? ¿La italiana?
—Hoy me apetece la tuya —dijo Kira.
Lau no le dijo nada, pero la miró un rato.
Se acercó. Le pasó la mano por la cintura por debajo del jersey, sin más, y se quedó allí mientras la cafetera empezaba a subir.
La cafetera burbujeó. Kira la apartó. Sirvió dos tazas.
Le pasó una a Lau, cogió la otra ella, y las dos se quedaron de pie en la cocina dándole sorbos pequeños a un café que no era ni espresso ni café del bar de San Blas pero que esa tarde de viernes valía para las dos, mientras octubre apretaba un poco más al otro lado del ventanal.
El móvil de Kira vibró en el bolsillo del jersey.
Lo sacó, miró la pantalla. Correo entrante del bufete Marrero & Asociados, uno de los recurrentes pequeños, no Castro & Linares.
Lo abrió con el pulgar, lo leyó en diez segundos.
Asunto: “Peritaje urgente —fuga interna”.
Adjunto: una página con el resumen del encargo.
Cliente del bufete: una empresa mediana de logística de Coslada, sospecha de filtración de información comercial sensible a un competidor por parte de un directivo del segundo nivel.
Necesitan análisis forense del portátil de empresa antes del lunes por la mañana.
El bufete le mandaría el portátil por mensajería el sábado a primera hora, devolución al directivo el lunes a las nueve sin que se entere.
Tarifa estándar urgente. Confirmar antes de las cinco de la tarde.
Kira se quedó mirando la pantalla un segundo, aunque no necesitó más para decidirse, así que cerró el correo. Se metió el móvil otra vez en el bolsillo.
—Marrero —dijo a Lau—. Una fuga interna. Entrega lunes mañana. Plata estándar urgente.
—¿Lo coges?
—Lo cojo. El sábado por la mañana lo abro, el sábado por la tarde tengo el mapeo, el domingo redacto, lunes a las ocho lo entrego.
—¿Y Boecio?
—Boecio no es hasta las diez del lunes en Cuatro Torres. Lo de Marrero lo entrego antes a las ocho. Da tiempo.
—¿Y nosotras esta noche?
—Esta noche en San Blas igual.
Lau asintió. Fue al salón, se llevó la taza, se sentó en el sofá grande con las piernas cruzadas.
Kira sacó el móvil otra vez, contestó al correo de Marrero con cuatro líneas confirmando el encargo, plazo, tarifa y condiciones de cadena de custodia (portátil entregado en bolsa precintada por mensajería, recogida sábado a las nueve, devolución lunes con dictamen acompañado), le mandó el correo a la asistente del bufete para que coordinara la mensajería, lo guardó. Pasó al salón. Se sentó al lado de Lau.
—¿Esta noche en San Blas a qué hora? —dijo Kira.
—Mi madre dice que ocho y media. Ya la conoces. Cuanto antes mejor.
—Vale.
—¿Llevas algo?
—Ya bajaré al obrador a por una caja de pasteles esta tarde.
—Le va a encantar.
Kira no contestó, pero le pasó la mano por encima de la de Lau y la dejó allí.
La luz seguía cayendo por el ventanal con esa transparencia limpia de los viernes de octubre madrileño, así que las dos se quedaron un rato sin moverse.
Lau le pasó la mano por la rodilla, la dejó allí.
Las dos torres del laboratorio seguían zumbando al fondo del piso, detrás de la puerta cerrada con llave, con la imagen forense de Vitoria avanzando despacio hacia el setenta por ciento.
—Esta noche en San Blas —dijo Lau.
—A las ocho y media —dijo Kira.
* * *