Capítulo 1 #3
Sandra dejó la taza en la mesa baja. Sacó del bolso interior de la chaqueta —la chaqueta colgada en el perchero, no, era la del bolso que tenía a los pies, le costó un segundo encontrarlo—, sacó un papel doblado en cuatro, lo desplegó con cuidado, y se lo tendió a Kira.
Era una hoja arrancada de una libreta, con la caligrafía de Marta en bolígrafo azul.
Kira la cogió, la leyó. Era una carta corta, de cuatro líneas, escrita un mes antes desde el banco de un parque a juzgar por la forma irregular de las letras, donde Marta le contaba a Sandra que había visto algo en la oficina que le hacía ruido, que estaba apuntando, que probablemente no era nada pero que prefería tenerlo escrito por si acaso, y que el sábado quedaban a tomar algo para que se lo contara con calma.
—El sábado siguiente quedamos —dijo Sandra—.
Me dijo que estaba haciendo tonterías, que había estado mirando facturas que no le tocaba mirar, que probablemente no era nada.
Le dije que dejara de hacer el tonto. Me dijo que sí.
Y al otro lunes, o al otro, la tía quedó con alguien en su casa un martes por la noche.
—¿Cómo sabes que quedó con alguien?
—Lo sé porque dejó a Vega con su madre. Y nunca dejaba a Vega con su madre un martes por la noche por nada.
Ni se iba con nadie un martes por la noche por nada.
El martes era el día que llevaba a Vega a la piscina pequeña del polideportivo.
Que el martes Vega no estuviera en casa quería decir que tenía a alguien viniendo.
Kira la miraba. Sandra se calló, respiró, se llevó la taza a la boca, pero se dio cuenta de que estaba vacía. Lau se levantó, fue a la cocina, volvió con el termo y le rellenó la taza sin preguntar. Sandra le agradeció con la mano. Kira tenía abierta la libreta otra vez sobre la rodilla.
—¿Qué más?
—Marta cerraba la cocina con llave por las noches —dijo Sandra.
Kira la miró sin entender al principio. Lau levantó las cejas. Sandra siguió.
—Es una cosa rara que tenía. Desde que volvió al piso después de salir del módulo, cerraba la cocina con llave todas las noches, aunque no hubiera nadie más en casa.
Una llavecita pequeña que tenía colgada en el pasillo.
No me preguntes por qué, joder. Tenía un montón de manías así.
Cerraba la cocina, cerraba el cajón de los cubiertos, comprobaba la ventana del baño dos veces.
Cosas de patio que se trajo. La cosa es que cuando Encarna entró el miércoles, la cocina estaba abierta.
Se lo conté yo a la policía. La policía me dijo que no, que la cocina la habría dejado abierta esa noche, que quién sabe.
Yo te digo que no, hostia. Marta cerraba esa cocina como se respira, automático.
Sandra paró. Le costaba seguir. Kira había dejado la libreta abierta sobre el muslo y miraba a Sandra con una concentración nueva, de la que Sandra había visto una vez dentro y no había olvidado nunca.
—Y si no se suicidó —dijo Sandra, ya más bajo—, alguien la mató. Alguien que no sabía lo de la cocina.
Hubo un silencio. Sandra se llevó las dos manos a las rodillas y miró las rodillas. Lau no le quitaba la mano del hombro. Kira escribió otras dos palabras pequeñas en la libreta, cerró el bolígrafo, dejó la libreta sobre la mesa.
—¿Qué quieres que haga, Sandra?
Sandra levantó la cara.
—Quiero que mires lo que pasó. Yo no tengo dinero, Aresti. Pero le dije a Lau que veníamos al patio, y vengo al patio.
—No hace falta dinero —dijo Kira.
Sandra se quedó mirándola con los ojos llenos. Lau le pasó el brazo por encima del hombro y dijo lo que normalmente decía cuando había que cerrar la conversación pero todavía hacía falta una cosa más:
—Tía, vente mañana al laboratorio y nos cuentas todo lo que sepas de Marta, lo último que le hablaste, los nombres del trabajo, lo que ella te contaba de la oficina. Todo. Y nos traes lo que la policía le dio a Encarna, si Encarna nos lo deja ver.
—Os lo va a dejar ver —dijo Sandra—. Encarna ha venido conmigo en metro hasta aquí, está en el café de abajo. No quería subir.
—Pues pídele a Encarna que nos guarde todo el material y que el lunes nos reciba en su casa con eso encima de la mesa —dijo Kira—. Tú vienes mañana al laboratorio, me cuentas lo que sepas, hacemos un primer mapa. Y el lunes vamos las tres a Vallecas y miramos lo que tiene Encarna. ¿Vale?
—Vale.
—Y otra cosa, Sandra.
—Dime.
—La nota, cuando vayamos el lunes, la traemos aquí también. La quiero ver con luz buena.
Sandra asintió. Lau le pasó la mano por el pelo, se levantó, fue al perchero, le trajo el abrigo.
Sandra se levantó, se puso el abrigo, miró un segundo a Kira que seguía sentada con la libreta cerrada sobre la rodilla, y le dijo lo que había llevado encima durante todo el camino sin saber cómo decirlo.
—Gracias, Aresti.
—No me las des todavía. Mañana a las once.
Sandra fue hasta la puerta. Lau la acompañó, así que Kira se quedó sola un segundo en el salón con la libreta entre las manos.
Cuando Lau cerró la puerta del piso —no echó la llave, en pleno día Kira la dejaba estar sin echar—, se oyó el ascensor bajar, y después se oyó el silencio del piso grande con la luz de octubre cayendo sobre el suelo de roble.
Lau volvió. Se sentó al lado de Kira en la butaca grande, con el costado contra el costado, y se quedó callada un rato.
Kira tenía la libreta abierta otra vez sobre el muslo, pero sin escribir.
Miraba la mancha de luz que entraba por el ventanal y caía sobre el suelo de la entrada al salón, una mancha alargada que iba avanzando un palmo cada cuarto de hora con la rotación del sol.
—¿Qué hacemos esta tarde? —dijo Lau al rato.
—Yo tengo que mandar dos correos más al de Vitoria con material que me ha llegado tarde. Y a las cuatro tengo videollamada con la asistente de Aitor para cerrar logística del lunes. A las cinco te invito a pasarte por el laboratorio y montamos la pizarra para mañana.
—¿Tú?
—Yo voy a hablar con Sandra otra vez por teléfono esta tarde. Le voy a sacar nombres del entorno de Marta antes de que venga mañana. Los repasamos las tres mañana sin perder tiempo. Y le tengo que decir a mi madre que esta noche cenamos en San Blas, ya que estamos lanzadas.
Kira asintió sin moverse del respaldo de la butaca.
—Y otra cosa, Kira.
—Dime.
—Lo de las venas a Sandra.
—¿Qué pasa?
—Que se ha ido contenta, joder. Que le has dado un golpe pequeño en la cara con eso y ha respirado mejor el resto de la conversación. La gente del patio cuando va a venir a pedir ayuda lo que necesita es que vea que la ves. Y tú la has visto. Bien hecho, niña.
Kira no contestó. Cerró la libreta, la dejó sobre la mesa baja y apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca. La mancha de luz seguía avanzando por el suelo.
Y eso fue todo lo que dijeron ese jueves sobre el caso Marta Cuesta. La pizarra esperaba con una sola palabra escrita arriba a la izquierda.
* * *