El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Marcó el número de Aitor Linares en el manos libres. Aitor cogió al segundo tono. La voz de Aitor era una voz educada de despacho de Cuatro Torres, controlada, pero con la inflexión de quien lleva quince años en el oficio y ha aprendido a no levantar la voz porque no la necesita.

—Kira, buenos días.

—Buenos días, Aitor. He visto el expediente Boecio. Lo confirmamos para el lunes a las diez en vuestra oficina, ¿te parece?

—Perfecto. Helena Roca estará allí también. Va a venir desde la fundación a las nueve y media para recibirnos, se queda toda la mañana. Tres semanas de plazo, presupuesto cerrado en el correo de ayer, ¿lo viste?

—Lo vi. Nos encaja.

—Bien. ¿Vas tú sola o con Lau?

—Voy sola al primer encuentro. Para análisis técnico no necesito a Lau. Si en algún momento hay que ir a la fundación a hacer trabajo de campo o a tratar con personal de allí, va Lau.

—Vale. Helena es directa, no le marees con preliminares. Te va a poner el material encima de la mesa y te va a preguntar qué necesitas.

—Mejor.

—Una cosa más, Kira. El padre del que te conté, Mariano Bermejo, ha estado moviéndose. No te va a tocar a ti pero quería que lo supieras. No tiene relación con el caso técnico, pero hay ruido alrededor.

—Entendido. No me toca.

—Eso. El lunes a las diez.

—El lunes a las diez. Hasta entonces.

Cortó. Lau, desde la cocina, había oído la conversación a media voz mientras se hacía la segunda taza de café. Cuando Kira pasó por la cocina hacia el dormitorio para vestirse, Lau le dijo sin levantar la vista de la taza:

—Boecio limpio para el lunes.

—Limpio para el lunes.

—Y nosotras esta mañana al patio.

—A las once.

Kira pasó al dormitorio. Se vistió en cinco minutos —jersey de cuello vuelto color crudo de algodón fino, vaqueros oscuros rectos, calcetines blancos limpios, mocasines bajos negros que se iba a poner sólo cuando bajara al portal a recibir a Sandra, que mientras estuviera en casa iba descalza—.

Volvió al salón. Se sentó en la butaca de al lado del sofá grande, y aunque aún quedaba más de una hora para la cita, abrió el portátil y se puso a despachar: contestó al cliente recurrente de Barcelona con un correo de cinco líneas confirmando que el resumen de la semana no contenía nada anómalo, contestó al bufete de Vitoria con un correo de cuatro líneas pidiendo dos clarificaciones puntuales sobre el material que le habían mandado, mandó una respuesta breve a Maite —“Domingo no, lunes a la noche cena en casa de papá y mamá llevo a Lau, ¿coincides? K”—, archivó las nueve listas de distribución sin abrir, y cerró el portátil. Eran las diez y cuarto.

Cogió el cuaderno de tapas de cuero gastado de la repisa de la chimenea —el cuaderno físico que llevaba en activo, complementario al gabinete digital, con la codificación que ella misma había desarrollado dentro—, lo abrió por la primera página en blanco, pasó a la siguiente.

Apuntó con grafía pequeña tres palabras: Marta Cuesta.

Vallecas. Sandra. Cerró el cuaderno. Lo dejó sobre el reposabrazos del sofá y esperó.

Sandra llegó a las once y cuatro. El portero automático sonó, Kira pulsó el botón sin preguntar —Lau le había mandado por mensaje el aviso de que Sandra ya estaba subiendo del metro—, abrió la puerta del piso y se quedó esperando junto al marco.

El ascensor subió, se detuvo en la séptima, se abrió con el suspiro corto que hacía siempre, y de él salió una mujer redonda con un abrigo marrón que le llegaba a las rodillas, una bolsa de tela colgada del hombro, y la cara, la verdad, de quien ha venido pensando todo el camino lo que va a decir.

—Hola, Sandra —dijo Kira.

Sandra paró un segundo en el umbral. Kira la había visto un par de veces sin mucho pelo, sin maquillaje, con el chándal que les daban dentro y con la cara más cansada, y Sandra recordaba aquella Aresti aún más ojerosa que la de ahora.

Lo que tenía delante esta mañana de jueves era una mujer descalza con un jersey de cuello vuelto color crudo y unos vaqueros oscuros, sin maquillar, con el pelo todavía húmedo recogido detrás de una oreja, y una luz alrededor que Sandra no esperaba pero que a estas alturas tampoco le sorprendía del todo, pues Lau le había dicho una vez que vivía con una niña de portada de revista y Sandra había puesto los ojos en blanco y había pensado “ya, tú sabrás”.

Kira la miró un segundo entero antes de hablar otra vez.

La miró del cuello arriba primero, después la mano izquierda, después los zapatos, después la bolsa de tela.

Lo hizo en menos de un segundo y sin que Sandra lo notara, así que Sandra entró sin saber que ya la había leído entera.

Se quitó el abrigo. Kira lo cogió y lo dejó en el perchero.

—Pasa al salón. ¿Café, té, agua?

—Un café, por favor.

Lau apareció por el pasillo entonces, con los pies metidos en unas zapatillas viejas y un cárdigan abierto por encima de la camiseta, y abrió los brazos en cuanto vio a Sandra.

Sandra se metió en el abrazo sin decir nada y se quedó allí más rato del que ninguna de las dos había previsto, y cuando se separaron Sandra tenía los ojos rojos y Lau le pasó la mano por la mejilla con la naturalidad que tenía con la gente del patio.

—Ven, anda —dijo Lau—. Aquí.

Se sentaron las tres en torno a la mesa baja del salón, Sandra en el sofá, Lau en el brazo del sofá al lado de Sandra, Kira en la butaca de enfrente.

Kira puso un café para Sandra, agua para Lau y otra taza pequeña para sí misma.

Sandra dio el primer sorbo y se quedó con la taza entre las dos manos un momento largo, mirando el suelo, ordenando.

—¿Llevas trabajando en la geriátrica de noche? —dijo Kira.

Sandra levantó la vista.

—¿Cómo lo sabes?

—Las venas de las manos. Las manos de día las tenías más finas la última vez que te vi, hace dos años.

Ahora las tienes con los dorsos hinchados, sobre todo la izquierda, que es la que mete las vías.

Y las ojeras te marcan distinto cuando duermes de día.

La piel del párpado inferior se afloja por gravedad invertida.

—Joder, Aresti.

—Y vienes en metro desde Vicálvaro. Has cambiado dos veces. Llevas casi dos horas en marcha. Lo sé porque tienes los pies un poco hinchados también, los zapatos te aprietan. ¿Vienes andando del último cambio?

—Vengo andando desde Príncipe Pío. He cogido el cercanías hasta aquí porque no me he aclarado con el metro.

—Pues mejor el cercanías, llegas más rápido.

Sandra se rio sin querer, una risa corta que se atragantó al final con un sollozo pequeño.

Lau le pasó la mano por la nuca. Kira no dijo nada más sobre las venas ni sobre los zapatos.

Le había soltado el comentario por dos motivos que ella misma no había articulado del todo —porque se le había escapado al verla entrar como se le escapaban siempre, pero también, ya que Sandra venía con la guardia muy alta de quien viene a pedir algo grande, y enseñarle que la veía la situaba antes de que ella tuviera que situarse a sí misma—.

Sandra recogió el café entre las dos manos. Bebió otro sorbo. Respiró.

—Marta no se suicidó —dijo Sandra.

—Cuéntame —dijo Kira.

Sandra empezó. Empezó por el final, como empiezan las personas cuando lo que importa es el final.

La habían encontrado el miércoles por la mañana, que era la mañana siguiente al martes en que murió.

La había encontrado Encarna, la madre. Encarna tenía a Vega desde la tarde del martes pues Marta le había pedido el favor —tengo cita, mamá, te la dejo, mañana la recojo a la una—, y Encarna no le había dado más vueltas, claro, pues era un favor que se hacían normalmente.

El miércoles por la mañana, hacia las nueve y media, Encarna llamó a Marta para coordinar la recogida y no contestó.

Volvió a llamar. Tampoco. Cogió a Vega, la dejó en el cole, subió al piso de Marta —Encarna tenía copia desde siempre, desde antes de que Marta entrara dentro—, abrió, y allí estaba Marta en el sofá.

Llamó a la policía desde el rellano, sin volver a entrar, y se sentó en el escalón a esperar.

Sandra contó esto sin levantar la voz, pero Kira no la interrumpió. Lau le tenía la mano apoyada en el hombro a Sandra y miraba el suelo con la mandíbula apretada.

—La policía dice que se suicidó con pastillas. Que tenía lorazepam recetado, que se tomó más de la cuenta. Que dejó nota.

—¿Dónde está la nota? —dijo Kira.

—Encarna la tiene. La policía le entregó la nota original cuando cerraron, la copia del informe forense, las fotos de la escena, los blísters del botiquín. Le dieron todo a Encarna como pertenencias.

—¿Qué dice la nota?

—Encarna no la ha leído entera. Dice que no puede, la pobre. Pero dice que la nota no nombra a Vega.

Kira levantó los ojos del cuaderno por primera vez desde que Sandra había empezado. Lau apretó un poco más la mano sobre el hombro de Sandra.

—¿No la nombra? —dijo Kira.

—No la nombra. No nombra a Vega, no me nombra a mí, no nombra a Encarna. Dice cosas tipo “no puedo más”, “perdón”, “estaré mejor”. Dice cosas, sí. Pero a la niña no la nombra, joder.

Kira se quedó muy quieta. Cogió la taza, le dio un sorbo, la dejó, abrió el cuaderno de tapas de cuero gastado que tenía sobre el reposabrazos, escribió tres palabras muy pequeñas en la primera página, lo cerró. Sandra la miraba.

—Hay más, Aresti.

—Dime.