Capítulo 1
E ra jueves. La luz de octubre entraba en el salón con la delicadeza precisa de los días de media mañana en Madrid.
Los cipreses de la urbanización proyectaban sombras finas sobre el suelo de roble del piso de Virgen de Icíar, y Kira, descalza, con el pelo todavía húmedo de la ducha, recogía los granos de café que se le habían caído al lado de la cafetera mientras escuchaba el ruido de la regadera de la habitación de invitados —que era donde Lau no había acabado durmiendo aunque hubiera empezado allí, pero ese era ya un dato antiguo de la casa que nadie discutía—.
La cafetera, una espresso italiana de un solo grupo y de palanca que le había costado lo que cuesta un coche pequeño y de la que Lau se reía cada mañana, había escupido el primer chorro corto y oscuro contra la taza pequeña con la puntualidad de máquina suiza, lo cual a Kira le ordenaba el día tanto como la natación de los lunes y los jueves.
Kira la miraba caer. Kira no hacía otra cosa los primeros tres minutos del día, la verdad.
El ritual era el mismo desde que se había mudado al piso.
Levantarse a las siete y diez, ducharse en quince minutos, bajar a la cocina a las siete y media, encender la cafetera, abrir el bote del grano —tueste medio italiano de un tostador pequeño del Mercado de Tirso de Molina que le mandaba un kilo por correo cada tres semanas—, moler doce gramos exactos en el molinillo cónico, distribuir el café molido en el portafiltro con dos golpes secos contra el cajón de los granos, prensar con el tamper de cobre que le había regalado Iker el cumpleaños pasado a treinta libras de presión, encajar el portafiltro en el grupo, esperar diez segundos a que la temperatura se estabilizase, bajar la palanca.
Los veintiocho mililitros bajaban en veintiséis segundos exactos cuando todo iba bien.
Esta mañana habían bajado en veintiocho, lo cual quería decir que el grano estaba un punto más fino de la cuenta o, seguramente, que la temperatura ambiente había bajado un grado durante la noche.
Cualquiera de las dos cosas, vamos. Kira no la corrigió, así que cogió la taza, le dio el primer sorbo de pie junto a la encimera, sintió cómo la temperatura le abría el pecho, y sólo entonces se permitió pensar en lo que tenía pendiente ese jueves.
Era poco, pero todo había que despachar.
Una llamada al bufete Castro & Linares para fijar la reunión de Boecio Cultural del lunes siguiente, un par de correos a clientes pequeños que llevaba arrastrando desde el martes —un perito menor para una empresa de software de Las Tablas que le pedía un informe rápido sobre logs de acceso, un correo de seguimiento para un bufete de Vitoria que le había mandado material el viernes—, y la cita que Lau le había metido por mensaje a las once con una mujer que no había nombrado del todo pero que Kira había entendido de qué patio venía sin que se lo dijera, claro.
Salió al salón con la taza en la mano y se sentó en el sofá grande con las piernas cruzadas.
El portátil de trabajo estaba abierto sobre la mesa baja desde la noche anterior, en modo suspensión.
Lo despertó. Pulsó las teclas con la mano que no llevaba la taza.
Abrió el correo. Veintidós correos nuevos desde las once de la noche.
Los cribó por remitente en treinta segundos.
Tres del bufete Castro & Linares —Aitor Linares confirmando el envío del expediente Boecio, su asistente Marta Vela mandando convocatoria provisional, Aitor otra vez añadiendo un detalle de última hora—, dos del bufete de Vitoria con material adjunto, cuatro de un cliente recurrente de Barcelona que le mandaba todos los miércoles por la noche un resumen de actividad de tres dominios suyos para que ella le confirmase el lunes que no había nada raro, dos de proveedores —el del servicio de almacenamiento cifrado y el de licencias de software forense—, uno de Maite con asunto “comida domingo??” y nueve de listas de distribución profesionales que cribó en bloque sin abrir.
Los cuatro de Castro & Linares y los dos de Vitoria los marcó en rojo para responder a primera hora.
El de Maite lo dejó para más tarde, así que cerró el portátil.
La regadera se cerró. Tres minutos después Lau apareció en la cocina con el pelo mojado recogido en moño alto, los pendientes de aro grandes ya puestos —no dormía con ellos pero se los ponía antes que los pantalones—, la pulsera de azabache en la muñeca y una camiseta blanca de Kira que le quedaba dos tallas más cómoda.
Cogió la cafetera italiana del armario donde Kira la guardaba sin hacer ruido —Lau la había traído de San Blas tres meses atrás y la había instalado en el armario sin pedir permiso, y Kira la había dejado estar allí, claro—, llenó el depósito en el grifo, la cargó del molido nuevo que tenía Lau en su propio bote de la izquierda, la puso al fuego mediano, y se quedó mirándola con el ceño torcido.
—Tu cafetera de astronauta tarda menos, joder —dijo Lau.
—La mía hace café —dijo Kira.
—La mía también, niña, lo que pasa es que el tuyo lo entiende sólo el tuyo, no me jodas.
Kira sonrió contra el borde de la taza. Lau abrió el cajón del pan, sacó el pan de molde integral del que había, metió dos rebanadas en el tostador, sacó del frigo el tarro de mermelada de mora de la marca pequeña que les había recomendado Iker, y se apoyó en la encimera de espaldas a Kira, que era la postura que ponía cuando tenía algo que decir y todavía no había decidido cuándo decirlo.
Kira la dejó, pues conocía el silencio, así que esperó de pie en la cocina con la taza en la mano.
El tostador saltó. Lau untó las dos rebanadas con mantequilla primero y mermelada encima, le pasó una a Kira en una servilleta de papel, se quedó mordiendo la suya de pie.
Kira mordió la suya sentada en el sofá. La mermelada estaba buena.
La mermelada estaba siempre buena, la verdad, claramente.
Iker tenía buen ojo para esas cosas pequeñas y a veces se acordaba de mandarles una caja de productos del economato del hospital, donde alguna proveedora pequeña había metido género que ya no se vendía en grandes superficies.
—Marta Cuesta —dijo Lau por fin—. Era amiga de Sandra.
—¿Era? —dijo Kira.
—Murió hace una semana y pico. La policía dice que se suicidó.
Kira dejó la taza con cuidado en el platito.
Marta Cuesta. Había escuchado el nombre alguna vez en boca de Lau, sin retenerlo, aunque le sonaba, en alguna conversación de las que Lau dejaba caer sobre el sofá los domingos por la noche cuando le contaba quién había salido del módulo, quién había vuelto, quién se había muerto, quién se había casado y quién había desaparecido.
Marta Cuesta. Contable, le pareció recordar.
Una mujer mayor que ellas dos, mayor que Sandra incluso. De Vallecas, claramente, hija pequeña.
—No se suicidó —dijo Kira, no como pregunta.
—Sandra dice que no.
—Y tú qué dices.
Lau se giró, cogió la cafetera del fuego con un trapo, se sirvió en la taza grande de hojalata pintada que se había traído del piso de su madre y que en el armario de Kira era la única taza que rompía el orden del resto.
Le dio un sorbo. Se quedó mirando a Kira por encima del borde, pero no dijo nada durante tres segundos.
—Yo digo que Sandra no se equivoca con esto. Con otras cosas sí, con esto no. Marta no se mataba, joder.
Kira asintió, pero no dijo nada más. Cogió la taza, abrió el portátil otra vez, tecleó “Marta Cuesta Vallecas” en el buscador.
Tres entradas en prensa local. La primera era de hacía nueve días.
Mujer de cuarenta y dos años hallada muerta en su domicilio en Puente de Vallecas.
La policía no descarta el suicidio . La segunda, de cinco días después, redondeaba el verbo: La policía cierra como suicidio el caso de la mujer hallada muerta en Puente de Vallecas .
La tercera era una nota breve que sólo decía que la fallecida era ex-reclusa y dejaba caer dos líneas sobre dificultad de reinserción —pequeña pieza de barrio bajo, de un periodista de distrito que rellenaba huecos con material previsible, vamos—.
Kira las leyó las tres en menos de un minuto.
Después cerró el portátil, lo dejó donde estaba, y se quedó un rato mirando la luz que entraba por el ventanal de la terraza, que daba a un trozo de pinar y a las pistas de pádel del club al otro lado de la valla.
En las pistas no había nadie a esas horas un jueves.
El cielo estaba alto y limpio, esa transparencia de octubre madrileño que dura tres semanas al año y que es realmente una de las pocas razones por las que merece la pena vivir en esta ciudad.
Fue hasta el laboratorio. El laboratorio era una habitación al fondo del piso que el padre de Kira había hecho insonorizar discretamente cuando le regaló la casa, como otras quince cosas que el padre había hecho discretamente sin preguntar y que Kira había aceptado sin discutir.
La habitación tenía dos mesas largas en L, tres pantallas de veintisiete pulgadas, dos torres que zumbaban bajito, una caja fuerte ignífuga grande contra la pared del fondo, una segunda caja menor de archivo seguro, un armario con material —cables, adaptadores, discos duros vírgenes, bloqueadores de escritura, dos portátiles de respaldo, una bolsa de campo con todo lo necesario para un peritaje fuera de la oficina—, y una pizarra blanca que casi nunca limpiaba del todo, la verdad.
Kira abrió la pizarra, cogió un rotulador negro de los de tinta seca, y escribió arriba a la izquierda, sin pensárselo, una sola palabra.
Marta.
Después dejó el rotulador en la repisa, salió, cerró la puerta detrás de sí con la llave que llevaba colgada del cuello en una cadenita fina de plata, y volvió al salón. Aún quedaban dos horas para la cita. Tiempo para despachar lo del bufete y lo de Vitoria, vamos.