El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Prólogo #3
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Prólogo #3

Pero en lugar de ir a lo suyo, en lugar de empezar por donde Marta había previsto que iban a empezar, el visitante volvió al cuadro.

Dijo que la lámina lo tenía descolocado, dijo que su mujer le había explicado una vez que las litografías buenas de Hopper se distinguían de las reproducciones por una marca pequeña que el impresor de la fundación dejaba en la esquina inferior izquierda del fondo, una especie de sello discreto que sólo se veía si uno se acercaba un palmo, dijo que llevaba años queriendo verla en el pasillo de su casa pero que su mujer no le dejaba descolgar el cuadro para mirarla, y dijo que aprovechaba ahora ya que estaban allí.

Le preguntó a Marta si la suya tenía esa marca.

Marta le contestó que ni sabía, que ni siquiera sabía que existiera esa marca, que ella la había comprado en una tienda de Sol hacía mil años sin preguntar nada.

El visitante le dijo que se asomara, que mirara, que le contara, con esa naturalidad de quien pide un favor mínimo y lógico de salón.

Marta se levantó. Dio dos pasos hacia el sofá, se inclinó hacia la pared, se acercó la cara a la esquina inferior izquierda de la lámina enmarcada.

La luz de la lámpara de pie cayendo en oblicuo no le ayudaba.

Se acercó un poco más, ladeando la cabeza para que el reflejo del cristal del marco no le tapara el detalle.

No vio ningún sello. Vio el granulado fino de la impresión, el papel ligeramente amarillento del fondo, una raya tenue que podría ser cualquier cosa, vamos.

Detrás de ella, en la butaca, el visitante seguía hablando del cuadro, ahora desde otra perspectiva, decía que su mujer una vez había encontrado una litografía similar en un mercadillo de París por treinta euros y se había quedado ojiplática durante semanas.

Marta oyó el sonido pequeño del visitante moviéndose en el sofá detrás de ella, la tela del traje rozando el respaldo.

Registró ese sonido como registraba el ruido del autobús que estaba pasando por la calle de abajo.

Volvió a mirar la esquina. Nada. Le dijo, sin girarse, que no veía ninguna marca.

Él le dijo que no se preocupase, que igual la suya era de las que el impresor no marcó, que las había, que era una pena pero que era así.

Marta volvió a la butaca. Se sentó. Se alisó la camisa por los muslos, gesto pequeño de quien retoma posición.

Hubo un silencio que no fue del todo silencio, claro, pues desde la calle subía el ruido de un autobús frenando y un perro ladrando lejos y, del piso del segundo, alguien tirando de la cadena del baño.

Marta se inclinó hacia delante, cogió su copa, le dio un sorbo.

El vino estaba frío. Lo tragó. Notó que bajaba por la garganta con un punto de amargor que le pareció raro pero que asoció con los nervios, pues los nervios cambian el sabor de las cosas y ella llevaba todo el día con los nervios cambiándole el sabor de todo.

El visitante empezó a hablar. Le dijo cosas que ella no había previsto que le dijera, cosas que parecían reconocer lo que ella iba a decir antes de que ella lo dijera, y que la descolocaron por segunda vez en menos de cinco minutos.

Mientras él hablaba, Marta le dio otro sorbo más largo a la copa pues no sabía qué hacer con las manos y se había quedado un segundo sin saber por dónde meterse en lo que él estaba diciendo.

Pensó que tenía que ir a por la libreta.

Pensó que tenía que enseñar lo que tenía que enseñar y acabar la conversación.

Pensó que el vino estaba un poco más amargo de como lo recordaba.

Pensó que el visitante hablaba con una calma rara, la calma de quien claramente había venido sabiendo lo que iba a encontrar, y eso por un segundo la asustó más que cualquier otra cosa que hubiera previsto que pudiera pasar esa noche.

Le costó un momento darse cuenta de que llevaba un rato sin enterarse del todo de lo que el visitante decía, aunque las palabras seguían sonando.

La voz le llegaba como si estuviera al otro lado de un cristal grueso, las palabras inteligibles pero ajenas, sin engancharse, sin dejarse atrapar.

Movió la cabeza para despejarla, pero la habitación se inclinó un grado hacia la izquierda y volvió a su sitio.

Joder. El visitante seguía hablando. Marta intentó decir algo, no le salió, intentó dejar la copa en la mesa y la copa se le fue del lado y el vino se derramó sobre el sobre de cristal sin hacer apenas ruido, una mancha pequeña que se extendió por la superficie buscando los bordes.

—Espera —dijo Marta en voz baja, o quiso decirlo.

El visitante dejó de hablar. La miraba con una atención nueva, una atención profesional, sin malestar, calibrando algo.

Marta intentó levantarse. Las rodillas no le respondieron del todo.

Se volvió a sentar en la butaca. Miró el móvil sobre la mesa baja, a un metro escaso, y el metro le pareció una distancia imposible, una distancia de habitación de hotel, una distancia que no se atravesaba con piernas como las que ella tenía en ese momento.

Pensó en Vega. Pensó en Encarna. Pensó en Sandra, en el papel que le había dado a la otra Mercedes con un teléfono apuntado, y le pareció bien haberlo hecho aunque no fuera a servir de nada esa noche, pues esa noche ya no era esa noche, esa noche se le había soltado de las manos y se había ido a otro sitio.

El visitante se levantó de su sofá despacio, como quien tiene tiempo. Marta lo vio levantarse desde una distancia que ya no era la de la habitación. Lo último que pensó con claridad fue que la cocina estaba cerrada con llave y que él no lo sabía, y le pareció una pena no poder explicárselo a nadie.

Después se le cerraron los ojos.

* * *