Prólogo #2
Se levantó del sofá con la idea de prepararse algo de comer, pero al pasar por la cocina cambió de plan.
No tenía hambre. Lo que tenía era el estómago apretado de quien lleva todo el día anticipando una conversación que no sabe si va a ir bien, y meter comida encima de eso era pedirle al cuerpo más de lo que el cuerpo iba a aceptar, claramente.
Sacó del cajón el blíster de lorazepam, sacó la pastilla del miércoles —que era hoy, miércoles era hoy, no, hoy era martes, qué tonta— sacó la pastilla del martes y se la tomó con un trago de agua del grifo.
Cerró el blíster. Lo dejó en su sitio. Acto seguido hizo lo que hacía cada noche desde que vivía sola en ese piso, lo que había empezado a hacer la primera semana sin saber bien por qué y que ya formaba parte de la noche tanto como lavarse los dientes: cogió la llave pequeña que tenía colgada de un cordel rojo en el clavo al lado del marco, salió de la cocina, cerró la puerta de la cocina con llave desde el pasillo, giró la llave dos vueltas, y se la metió en el bolsillo del pantalón.
Lo de cerrar la cocina por las noches era una de esas cosas que ella no se explicaba a sí misma y que no necesitaba explicarse, la verdad.
Le daba la noche. Era el último gesto antes de empezar a estar de verdad en casa.
Volvió al salón. Se quedó de pie junto al escritorio, mirando la libreta de tapas de hule, sin abrirla.
La libreta llevaba tres semanas guardando lo que ella había ido apuntando en la oficina cuando nadie la veía: iniciales, importes, fechas, números de factura que no cuadraban con lo que decían los justificantes.
Era una libreta vieja de las que vendían en los chinos, de tamaño cuartilla, tapas de hule negro, hojas amarillentas con una espiral metálica ya un poco floja en la esquina superior.
La había usado dentro, en el módulo, para apuntar las cosas pequeñas que la sostenían los días largos —recetas que recordaba de su madre, frases sueltas de los libros que leía en la sala común, cuentas pendientes de pequeños favores entre las del módulo—, y al salir se la había llevado y la había seguido usando para todo lo personal.
Hacía dos meses la había vaciado de las páginas viejas: había arrancado las hojas usadas con cuidado, las había quemado en el lavabo del baño una a una y había tirado las cenizas por el desagüe con agua corriente.
Esa misma noche había empezado a apuntar lo de la asesoría.
La libreta, realmente, no había salido del cajón con doble fondo del escritorio en tres semanas.
La había escrito por las noches, con la puerta de la cocina ya cerrada, con Vega ya dormida o en casa de Encarna, con el silencio del piso alrededor.
La libreta era de las cosas que iba a enseñar esa noche. No la libreta entera, claro, sólo lo justo. Lo justo para que se entendiera que ella sabía. Después la guardaría otra vez en el cajón con doble fondo donde la guardaba siempre, y se acabó.
Miró el reloj del salón. Las nueve y diecisiete. Trece minutos.
Fue a la cocina otra vez, abrió la puerta —tuvo que sacar la llave del bolsillo, abrir, y volverla a dejar colgada del clavo—, sirvió el vino en las dos copas pues le pareció más cómodo tenerlo ya servido que andar manipulando la botella delante, las llevó al salón, las dejó sobre la mesa baja una al lado de la otra.
Se quedó mirando las copas servidas. Después fue al baño, se enjuagó la boca con agua otra vez, se secó las manos, volvió al salón.
Se sentó en el sofá. Se levantó. Se acercó al escritorio, abrió el cajón inferior derecho, palpó por debajo, encontró el resorte, abrió el doble fondo, sacó la libreta.
La dejó sobre el escritorio. La abrió por la página de la mitad donde tenía las anotaciones que pensaba mostrar.
Marcó la página con un postit pequeño. Cerró la libreta.
La dejó sobre el escritorio, encima del portátil cerrado.
Volvió al sofá. Se sentó. Se levantó. Cogió el móvil, comprobó que no había nada, así que lo volvió a dejar bocarriba.
Sonó el timbre.
Marta miró el reloj. Las nueve y diecinueve.
Se quedó un segundo sentada, calibrando los once minutos de adelanto, sintiendo cómo el adelanto le movía algo dentro que no había previsto que se le moviera, pues el plan que había estado armando durante el día —el plan de la conversación a las nueve y media, la libreta abierta por la página marcada, las dos copas servidas, ella sentada en la butaca con la espalda recta y los pies firmes en el suelo— se había adelantado once minutos sin avisar y había entrado por una puerta que ella no había terminado de abrir.
Vaya manera de empezar, la verdad. Por fin se levantó, se alisó la camisa, fue al recibidor, y miró por la mirilla.
Reconoció la silueta. La cara estaba deformada por el ojo de pez de la mirilla en el ángulo en que siempre se deformaban las caras, pero la silueta era inconfundible y la sintió incluso antes de pensar quién era. Respiró una vez, larga, y soltó el aire por la nariz. Quitó la cadenita. Abrió.
—Vienes pronto —dijo Marta.
—Ya, perdona —dijo él—, he salido de la oficina antes de lo que pensaba y me ha parecido tonto dar vueltas por aquí abajo. ¿Te pillo mal?
—No, no, pasa.
Cerró la puerta tras él. El visitante se quitó la chaqueta y la dejó en el perchero con la familiaridad de quien hace ese gesto en muchas casas, miró el pasillo de pasada, dijo algo sobre el piso —que era acogedor, dijo— y caminó hacia el salón siguiéndola a ella.
Marta llevaba en el cuerpo el desajuste de los once minutos pero también la determinación que llevaba todo el día, así que pasó por delante, le señaló el sofá con la mano abierta, se dio cuenta de que las dos copas servidas estaban en la mesa baja y, vamos, le pareció absurdo guardarlas ahora, así que dijo lo que había pensado decir.
—Te he sacado un vino, espero que no te importe.
—Mejor —dijo él—, así no perdemos tiempo.
Se sentó. Marta se sentó enfrente, en la butaca pequeña que tenía el escritorio detrás.
La libreta de tapas de hule estaba sobre el escritorio a su espalda, marcada con el postit, esperando el momento en que ella se levantara y la cogiera.
El visitante miró la mesa, miró el salón, miró la lámina del Hopper sobre el sofá, dijo que le gustaba el cuadro, dijo que su mujer tenía uno parecido en el pasillo de su casa.
Cogió la copa que estaba más cerca de él, le dio un sorbo corto, la dejó. Marta no había cogido la suya todavía.
—Bueno —dijo Marta.
—Bueno —dijo él.