El caso Marta Cuesta (Aresti 1)
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Prólogo
L a escalera olía a fritanga de pescado del segundo y a cocido del cuarto, los olores típicos que las cenas del martes van dejando caer por el hueco hasta que el edificio entero acaba teniendo su propio reloj de vapores domésticos, y Marta subió los cuatro pisos con la bolsa del Mercadona en una mano y la chaqueta cruzada en el brazo, contando los rellanos por costumbre y contando también los ruidos —el televisor del tercero con un concurso de sobremesa repetido a destiempo, las voces apagadas de la familia del cuarto, el silbido de la olla de doña Luisa—, pues contar la subida había sido siempre su manera de descomprimir el día.
Descomprimirlo y prepararse, vamos, antes de meter la llave en la cerradura y entrar en el piso donde a esta hora Vega normalmente le saltaba al cuello desde el pasillo.
Pero hoy no. Hoy Encarna se había llevado a la niña desde la salida del cole, así que el silencio del recibidor era un silencio ancho, sin Vega dentro, que la recibió en cuanto cerró la puerta tras de sí y echó el pestillo por dentro. Menudo silencio, la verdad.
Se quedó un momento de pie en el recibidor con la bolsa todavía colgando de la mano y la chaqueta cruzada sobre el codo, escuchando ese silencio.
La nevera de la cocina zumbaba bajito al fondo del pasillo, un goteo apenas audible salía del grifo del baño que llevaba un mes sin acabar de cerrarse del todo, lo cual hacía un mes que ella llevaba diciéndose a sí misma que iba a llamar al fontanero y no llamaba, y desde la calle subía el ruido habitual del tráfico de la avenida, los autobuses arrancando del semáforo y los frenazos amortiguados por dos plantas de pared.
Era el silencio normal del piso, claro. El que conocía.
Pero faltaba la respiración pequeña de Vega en el cuarto del fondo, faltaba el ruido del mando del televisor que la niña a veces se ponía sin permiso, faltaban los pasos descalzos por el pasillo y la voz preguntando “mami, ¿hoy hay macarrones?”.
Y sin todo eso, vamos, el piso pesaba más de lo que pesaba normalmente, como si las paredes se hubieran acercado un palmo entre sí.
Avanzó por el pasillo. Encendió la luz del salón al pasar, no la del techo sino la lámpara de pie de la esquina, que daba menos luz pero la daba más cálida, y siguió hasta la cocina con la bolsa todavía en la mano.
La cocina llevaba encendida desde por la mañana —era una de las costumbres que se había traído del módulo y que no se había quitado, lo de dejar encendida la luz de la cocina al salir por la mañana para que al volver el piso la recibiera con esa franja amarilla recortada en el suelo del pasillo—.
Dejó la bolsa en la encimera. Sacó las cosas con el orden con el que las ponía siempre, lo del frigo primero, lo del armario después, el pan al cesto del medio.
Una berenjena, dos calabacines, un trozo de queso curado, una bolsa de manzanas Pink Lady de las que le gustaban a Vega, una caja de galletas María, una botella de aceite.
Dejó las verduras en el cajón de abajo de la nevera, el queso en el estante del medio envuelto todavía en el papel de la charcutería, las manzanas en el frutero del aparador.
Mientras lo hacía iba mirando el reloj del microondas, que marcaba las nueve menos veinte, y pensando en lo que tenía que hacer antes de las nueve y media.
Prácticamente nada, la verdad. Y al mismo tiempo demasiado.
Sacó la botella de vino blanco de la nevera, la dejó sobre la mesa de la cocina, miró las dos copas del armario y las puso al lado.
Eran las copas buenas, las que reservaba para cuando venía Sandra a tomar algo o para los cumpleaños de Encarna.
Las miró un segundo y pensó si no era exagerado, vamos, sacar las copas buenas para una conversación de trabajo con alguien de la oficina.
Pero después se dijo que no, que las copas buenas eran las que tenía y que no iba a sacar las de duralex, que aquello no era el bar de la esquina, claramente, así que las dejó allí.
Volvió al recibidor, dejó la chaqueta en el perchero, se quitó los mocasines bajos azul marino que llevaba ocho años usando para el trabajo y que ya no había manera de tirar pues seguían cumpliendo, y se puso las zapatillas viejas de paño.
Sólo entonces, ya descalza por el suelo de madera, fue al baño a lavarse las manos y la cara con agua fría.
Se miró un segundo en el espejo. La cara de siempre, un poco cansada, la verdad.
Cuarenta y dos años en una mujer que había cumplido tres dentro y que llevaba cinco fuera intentando que la cara no fuera un mapa de los tres, aunque a veces lo era.
Tenía dos canas nuevas en la sien izquierda.
Las había contado esa misma mañana mientras se peinaba.
Se las había peinado por encima sin teñírselas.
No porque no le importara, sino porque ya no era de las que se pelean con las canas a esas horas. Se secó. Volvió al salón.
El salón era casi todo el piso. Sofá pegado a la pared larga, tapizado en un beige claro que ya había sufrido alguna mancha de Vega y que ella había tapado con un cojín verde de Zara Home, con la lámina enmarcada de Hopper colgada justo encima — Habitación de hotel , la mujer sentada al borde de la cama mirando un papel, que había comprado en una tienda de Sol hacía mil años y que Sandra siempre le decía que parecía deprimente, aunque a Marta nunca se lo había parecido, pues a Marta el cuadro la sostenía.
Le hablaba de algo que ella entendía sin tener que explicárselo: una mujer sola en una habitación que no era suya, con un papel en la mano y todo el tiempo del mundo por delante.
Eso era lo que veía Marta, y eso le valía—, y enfrente, en la pared opuesta, el escritorio donde por las tardes hacía las cuentas de las gestorías sueltas que pillaba además del trabajo de la asesoría.
Mesa baja en medio, de cristal sobre patas de madera oscura.
Lámpara de pie en la esquina, una de IKEA negra que daba luz cálida.
Una librería con libros que no leía y fotos enmarcadas de Vega que sí miraba —Vega de bebé en brazos de Encarna, Vega disfrazada de Frozen el carnaval pasado, Vega y ella misma en la playa de Calpe el verano—.
Era todo. Era suyo. Lo había pintado de blanco roto el primer mes, había cambiado las cortinas por unas más finas que dejaban pasar la luz de la mañana sin enseñar el interior por la noche, había puesto la lámina del Hopper donde quería ponerla, y eso era ya, realmente, un piso que era su piso después de cinco años de ir armando la idea de que volvía a tener uno.
Sacó el móvil del bolsillo. Lo dejó sobre la mesa baja con la pantalla hacia arriba, no porque esperase llamada de nadie a esa hora sino por costumbre nueva de los últimos meses, una costumbre que ella misma sabía que era, claramente, de mujer pendiente de algo aunque no se permitiese pensarlo en voz alta.
Tocó la pantalla y se abrió la última foto que le había hecho a Vega esa mañana antes de salir, Vega con la mochila de unicornio tirando del brazo de Encarna en el portal, riéndose de algo que sólo entendían ellas dos, los dientes nuevos asomando por delante en el hueco que había dejado el de leche que se le había caído la semana pasada.
La miró un rato más largo del que era razonable, la verdad.
Pasó a la anterior. Vega en el sofá del salón el domingo, sentada con las piernas cruzadas, leyendo un cuento de Geronimo Stilton con el ceño fruncido de la concentración.
Pasó a la anterior. Vega y Encarna en la cocina de Encarna pelando patatas.
Pasó a la anterior. Vega sola, durmiendo en su cama, con el peluche del oso bajo el brazo, foto que Marta le había hecho con la luz apagada y que había salido borrosa.
Esa la dejó abierta más rato. Después bloqueó la pantalla, dejó el móvil bocarriba, y se quedó sentada en el sofá mirando el escritorio de enfrente, los papeles ordenados, la libreta de tapas de hule cerrada encima del portátil que había dejado apagado esa misma tarde.
Pensó en si era lo correcto haberle dicho que viniera al piso.
Lo había pensado ya muchas veces durante el día, en la asesoría, mirando la mesa vacía de la otra Mercedes —que ese día había salido a primera hora a una reunión con un cliente— y la espalda de Don Fernando entrando y saliendo del despacho como si no pasara nada.
Le había parecido más prudente verlo en su terreno que en el de él.
Quería tener la conversación con la puerta de su casa entre los dos y no en una cafetería con gente delante ni en el despacho de él con todo el mundo cerca.
La conversación iba a ser breve, pero iba a dejar claro lo que tenía que dejar claro.
Le diría lo que había visto, le diría que tenía copia de lo que había visto, le diría que no quería líos pero que tampoco iba a dejar pasar lo que estaba pasando.
Y después, vamos, se vería. Eso era todo.
Eso era el plan que había estado armando durante tres semanas en la libreta de tapas de hule, en los cinco minutos de la mañana mientras se hacía el café antes de que Vega se despertara, y en los diez minutos de la noche cuando la niña ya dormía y ella se sentaba en el sofá con la libreta en el regazo y el bolígrafo en la mano, sola, en el piso, con la calefacción puesta a veintiuno y el silencio fuera y dentro.