El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Kira la dejó hacer. Lau también. Sandra los cerró sólo dos segundos, lo justo para tomar aire, y los volvió a abrir. Asintió. Kira metió la llave del piso en la cerradura. Giró. Empujó. La puerta se abrió hacia dentro con el ruido suave de las puertas que llevan dos semanas y media sin abrirse.

El piso recibió como recibe un piso vacío en el que la persona que vivía dentro ya no vive, con ese silencio espeso particular que no tiene que ver con la ausencia de ruido sino con la ausencia de respiración humana en los rincones, pero que se nota en cuanto se cruza el umbral.

La luz que entraba por la ventana del fondo del pasillo —una ventana que daba al patio interior y que llevaba la persiana subida del todo desde el día que la policía había acabado de trabajar y nadie la había bajado— era una luz amarillo de octubre tardío atravesando un patio de azulejos blancos, y la franja de luz dibujaba sobre el suelo del pasillo el rectángulo recto que Marta había mirado tantas veces al volver a casa.

El olor del aire dentro era olor a piso cerrado: a polvo asentado dos semanas, a frío de calefacción apagada, a un fondo lejanísimo de ese sofrito último que Marta no había hecho la noche del 7 de octubre porque no había tenido hambre.

—Yo me quedo en el recibidor —dijo Sandra sin moverse del quicio.

—Tómate el tiempo que necesites.

Lau le pasó el termo del café, pequeño gesto, sin teatro. Sandra lo cogió, pero se quedó de pie en el recibidor, sin entrar más, con el bolso al hombro y el termo en la mano. Lau pasó al salón pero se quedó cerca del recibidor para no dejar a Sandra demasiado sola. Kira pasó sin prisa.

Kira no tocó nada en los primeros cuatro minutos.

Eso era método, y era respeto. Caminó por el piso despacio, con las manos en los bolsillos del pantalón, leyendo lo que había para leer en el orden en el que se ofrecía.

Recibidor con perchero alto de madera y un mueble bajo con un cuenco de cerámica donde Marta había dejado las llaves de casa la mañana del 7 de octubre por última vez —el cuenco vacío esa tarde, las llaves se las habían llevado en la bolsa de la policía—.

Pasillo largo con tres puertas a la izquierda —la del baño primero, la del cuarto de Marta segundo, la del cuarto de Vega al fondo— y dos a la derecha —la del salón primero, la de la cocina al fondo—.

Pasó delante de la cocina sin entrar. La puerta de la cocina estaba abierta.

Estaba abierta de par en par, hacia dentro, mostrando la cocina entera desde el pasillo.

La luz de la cocina estaba apagada. Kira miró el clavo del marco —al lado izquierdo, a la altura del hombro de Marta, no del suyo—.

El clavo estaba allí. Del clavo colgaba un cordel rojo.

Del cordel rojo colgaba una llave pequeña de las de cerradura corriente.

La llave estaba colgada del cordel. La cocina estaba abierta.

Kira no necesitaba más, realmente, para confirmar el tercer detalle deductivo del lunes; lo que el portero había visto la mañana del 8, lo que la policía había recogido en su informe, lo que Encarna había confirmado el lunes por la tarde, lo tenía Kira ahora delante de los ojos.

Cocina abierta. Llave en el clavo. Cordel rojo.

Marta no había cerrado la cocina la noche del 7.

Marta, que cerraba la cocina todas las noches sin excepción desde hacía cinco años y medio, que se metía la llave en el bolsillo o la dejaba en el clavo según la noche aunque siempre cerraba. Esa noche no.

Siguió hasta el baño. El baño era pequeño, blanco, con suelo de baldosa hidráulica imitación años treinta, un lavabo con una repisa de cristal donde había un vaso con dos cepillos de dientes —uno de adulto, uno infantil de Frozen—, una pasta de dientes infantil, un colutorio de adulto, un espejo redondo con marco de madera en la pared, una bañera blanca con una alcachofa fija y otra de teléfono.

El armario del botiquín estaba sobre el lavabo.

Kira lo abrió con un dedo, apoyando el dedo justo en el filo de la puerta para no dejar huella en la superficie del cristal.

Dentro: tiritas, aspirina, ibuprofeno infantil, el spray de Frenadol que había mencionado Encarna, un termómetro de oído, una caja de tampones, una caja de paracetamol de un gramo, la caja de lorazepam con el logotipo del genérico que Kira había visto el lunes en los blísters, un blíster nuevo dentro de la caja sin empezar y otro empezado con cinco pastillas usadas.

Kira lo dejó como estaba. Cerró la puerta del armario con el mismo dedo.

—Confirmado —dijo Kira en voz muy baja, sólo para sí, sin que Lau ni Sandra la oyeran.

Pasó al salón. Sofá pegado a la pared larga, beige claro con un cojín verde, lámina enmarcada de un Hopper colgada justo encima — Habitación de hotel , la mujer sentada al borde de la cama mirando un papel con luz amarilla de tarde por una ventana lateral—, escritorio en la pared opuesta al sofá, mesa baja de cristal en el centro, lámpara de pie en la esquina de IKEA negra, librería de IKEA blanca con libros que ya nadie iba a abrir y siete fotos enmarcadas de Vega en distintas edades y una foto pequeña de Marta y Sandra abrazadas en una playa que Sandra había mandado imprimir una tarde de hacía dos años.

Kira se quedó un momento en el centro del salón.

Miró la lámina del Hopper. La miró un segundo más de lo necesario, pero no la levantó.

No la tocó. La miró. Después miró el escritorio.

El escritorio era una mesa de IKEA estándar, blanca, con un cajón a la derecha y un hueco para las piernas a la izquierda.

Sobre la mesa, un portátil cerrado, una lámpara articulada, un bote de bolígrafos —tres Bic azules, un rotulador rojo, un lápiz HB con el extremo mordido—, una libreta de tapas de hule negras gastadas con espiral metálica un poco floja en la esquina superior, una libreta más fina de tapas duras negras que Kira reconoció como una agenda Moleskine sin abrir, un cargador de móvil sin móvil enchufado.

La policía, seguramente, había dejado las cosas en el escritorio donde las había encontrado —la lógica de cierre rápido como suicidio era, realmente, no llevarse nada que no fuera estrictamente necesario—, así que el escritorio estaba, aunque nadie lo hubiera pretendido, con la disposición que Marta había dejado la noche del 7 de octubre cuando se había levantado del sofá por última vez.

Kira sacó del bolsillo los guantes de látex y se los puso, pero Lau, que llevaba un rato observándola desde el quicio del salón sin decir nada, se acercó.

—¿Por dónde empezamos?

—Por el portátil.

—Venga.

Kira se sentó en la silla del escritorio.

Era una silla de IKEA de oficina baja, ergonómica, con ruedas, regulada a una altura de mujer de uno setenta.

Marta había sido más bajita que ella —Sandra le había dicho que Marta medía uno sesenta y cuatro—, así que Marta había bajado la silla seis o siete centímetros respecto a la posición que Kira había encontrado.

Eso quería decir, claramente, que la silla se había usado por última vez por alguien más alto que Marta y nadie la había vuelto a tocar.

Kira no necesitó subirla para mirar el portátil.

Abrió el portátil. Pulsó el botón de encendido.

La pantalla se iluminó al cabo de un segundo y medio mostrando un fondo de pantalla con una foto de Vega de hacía dos veranos en la playa, y debajo, el campo de contraseña parpadeando.

—Mierda —dijo Lau bajito.

—Es un portátil viejo —dijo Kira—. Marta no lo usaba para trabajar fino. Lo usaba para mirar el correo y para hacer cuatro cuentas.

—¿Tú crees que la contraseña es la fácil?

—La fácil suele ser la fácil.

Kira escribió en el campo “Vega2019”, que era la combinación más probable —el nombre de la hija más el año de nacimiento— en una mujer que se había mudado a un piso nuevo después de salir de la cárcel y que había configurado su portátil viejo sin pretensión de seguridad.

La contraseña no funcionó. Probó “Vega19”.

No. Probó “Marta1982”. No. Pensó un segundo, miró el fondo de pantalla otra vez, vio algo —la foto de Vega tenía detrás un letrero de chiringuito que decía Calpe —, escribió “Calpe2019”. La pantalla cambió.

—Qué pija eres —dijo Lau bajito.

—La playa la había mencionado Encarna ayer. Las vacaciones del verano del año pasado las pasaron las tres semanas en Calpe en un apartahotel.

Lau asintió con medio gesto, aunque ya estaba mirando la pantalla.

El escritorio del portátil tenía pocas cosas.

Una carpeta llamada “personal”, otra “Vega cole”, otra “cuentas casa”, otra “trabajo”, el icono del navegador, el icono del cliente de correo, un acceso directo a la copia de seguridad en la nube de iCloud de la galería del móvil que Marta sincronizaba, una papelera con cinco elementos. Kira fue directa a “trabajo”.

La carpeta “trabajo” tenía dieciocho subcarpetas, una por cliente de la asesoría a los que Marta llevaba la documentación.

Cada subcarpeta tenía PDFs y hojas de cálculo y algún Word, todos rutinarios, así que Kira las pasó por encima sin abrir, sólo mirando los nombres.

Encontró lo que había venido a buscar al final de la lista: una carpeta llamada “C” sin nombre completo, fecha de creación 16 de septiembre, hacía treinta y cuatro días, modificada por última vez el 6 de octubre a las dieciocho cuarenta.

Trece archivos dentro. Hojas de cálculo, un par de PDFs, un documento de Word.

Kira abrió la primera hoja de cálculo. Era una tabla con cuatro columnas: fecha, importe, concepto, código.

Los códigos eran iniciales en mayúsculas, dos o tres letras, sin espacios.

Las fechas iban de enero de ese año a finales de septiembre.

Los importes iban de cuatro mil a cuarenta mil euros.

Los conceptos eran genéricos —“servicios profesionales”, “asesoría fiscal”, “estudios de viabilidad”, “informes técnicos”—.