El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 95
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Capítulo 95

Los juncos congelados se mecen con el viento y le golpean la cara mientras avanza cojeando.

Hess echa una mirada apresurada por encima del hombro y ve el haz de luz de la linterna, que, a unos quince o veinte metros detrás de él, barre el paisaje buscándolo.

La luz baila inquieta por un momento sobre los juncos a su izquierda, pero luego se dirige con decisión hacia él, que se tira al suelo.

Yace inmóvil boca arriba sobre la superficie helada cubierta de juncos y mira expectante hacia la punta de los tallos.

Su aliento se condensa en pequeñas nubes blancas delante de su cara, e intenta respirar lo menos posible para no delatar su posición.

En cuanto ve que la luz continúa hacia la derecha, se pone en pie y sigue avanzando a trompicones, mientras se asegura de mantenerse agachado.

A su perseguidora no le había llevado muchos segundos averiguar en qué dirección había huido.

Tan pronto como bajó de la terraza, pudo ver que a la luz de su linterna seguía sus huellas por el terreno, dirigiéndose directa hacia él.

Había avanzado tan rápido como podía, pero, cuando alguna vez miraba hacia atrás para ver dónde estaba el haz, le quedaba claro que seguía con precisión su ruta y se dirigía hacia la misma zona de juncos que él, lo que le había hecho caer presa del pánico.

No importaba que tuviera cuidado de no dejar juncos rotos; las heridas de su hombro y su muslo dejaban claras huellas de sangre y trazaban un pequeño sendero que ella podía seguir sin dificultad.

Darse cuenta de ello le había llevado a intentar acelerar el ritmo.

Para confundir a la mujer lo más posible, también se había esforzado por zigzaguear en grandes arcos de un lado a otro, y con el viento que aullaba y azotaba el paisaje no tenía que preocuparse por el ruido que hacía al apartar los juncos y abrirse paso a empujones.

En algún momento, había esperado que la dificultad de seguirlo la hiciera rendirse, pero entonces había oído su voz gritando su locura en la oscuridad con otro verso de la estrofa.

Mientras se tambalea hacia delante y trata de averiguar cómo escapar, puede escucharla de nuevo detrás de él.

Jugando al escondite en los juncos anocheció.

Él intuye que ella grita para asustarlo y, aunque sabe que lo peor que puede hacer es dejarse llevar por el pánico, no logra evitar imaginar su rostro desquiciado y la cabeza del hacha.

Ahora puede oír los trozos de hielo crujiendo bajo sus pies con cada paso que da, y el suelo resbaladizo le dificulta mantener el equilibrio.

Se da cuenta de que el hielo debe de significar que se ha acercado al fiordo y, cuando ha apartado otra densa mata de juncos, se detiene bruscamente y mira frente a él con la respiración entrecortada.

El fiordo se extiende ante él como un enorme trozo de hielo.

A lo lejos, al otro lado del golfo, puede vislumbrar pequeños puntos de luz que deben provenir de las casas, y, sin pensarlo dos veces, se adentra con avidez en el hielo.

De inmediato, este se rompe y se hunde a sus pies, y el agua helada le llega hasta los tobillos.

Se da la vuelta nervioso y mira hacia atrás, hacia el cono de luz que, a unos veinticinco metros de distancia, se acerca meciéndose entre los juncos.

Detrás del haz de luz, a unos setenta metros de distancia, puede vislumbrar la cálida luz dorada de la casa de verano, y se da cuenta de que su única oportunidad de escapar de su perseguidora es volver a la orilla y rodearla en un gran arco.

Pero si lo intenta, corre el riesgo de que ella le corte el paso fácilmente, a menos que continúe avanzando hacia el fiordo, como está haciendo ahora.

Hess se quita con rapidez el abrigo. Con el brazo sano, se lo saca por encima del hombro herido y, mientras aguanta el dolor al tocarlo y el frío que le muerde, se libera de la prenda y retrocede hacia la espesa vegetación de juncos que ha pasado hace un momento.

Coloca el abrigo entre las cañas, de modo que cuelgue cerca del suelo, y, de espaldas al haz de luz, tan pronto como está satisfecho con el resultado, echa a andar cojeando Con el fiordo a su izquierda, sigue la fila más exterior de juncos, mientras cruza los dedos en su mente para que su truco tenga éxito.

Si ella ve el abrigo en el haz de luz, es posible que se acerque creyendo que es él, y en ese caso ganará tiempo y se adelantará mucho antes de que ella se dé cuenta de que la han engañado.

Cuando cree que ha llegado lo suficientemente lejos, gira de pronto hacia los juncos de la orilla y, bajo los pies helados, vuelve a oír el crujido de los trozos de hielo.

Se asegura de mantener la cabeza agachada mientras se abre paso entre los tallos y, cuando se atreve a mirar una sola vez hacia la derecha, observa con alivio que el haz de luz sigue apuntando hacia el fiordo.

¡Y el cuco con su canto el miedo nos quitó!

Hess siente crecer la esperanza. Una vez en la orilla, podrá llegar hasta la casa.

Podrá cerrar las puertas por dentro, encontrar algo con lo que defenderse y se le abrirán nuevas posibilidades.

Los pensamientos se transmiten a su cuerpo y es como si este encontrara nueva energía en sus movimientos.

Pero entonces, de repente, ve por el rabillo del ojo que la luz del pantano a su derecha se apaga.

Hess se detiene en seco. Respira hondo y se aplasta contra el suelo.

Cuando se recupera, escucha con la respiración contenida, pero lo único que oye son las ráfagas de viento que hacen que los juncos a su alrededor se balanceen de un lado a otro.

Levanta la cabeza con cautela y mira hacia el punto donde hacía un momento brillaba la linterna, pero ahora la oscuridad envuelve los juncos.

La única luz que puede ver es la dorada que proviene del interior de la casa y, mientras espera en vano a que la linterna se encienda de nuevo, se da cuenta con creciente horror de que su perseguidora ha decidido que el resto del juego del escondite se desarrollará en la oscuridad.

Hess duda. Su cuerpo, que antes se había movido hacia delante con renovada fuerza, ha comenzado a temblar por el frío y la pérdida de sangre.

Se da cuenta de que no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir si se queda en el sitio en el que está, y se le pasa por la cabeza que no es descabellado que su perseguidora haya visto su abrigo junto al fiordo y haya apagado la linterna para acercarse sigilosamente en la oscuridad, creyendo que es él.

La idea hace que Hess se ponga en marcha y siga avanzando hacia la orilla.

Con la luz de la casa como punto de referencia, se mueve tan rápido como puede.

Con el brazo sano, apartando los juncos a su paso, mientras arrastra la pierna herida, ya no gasta tiempo ni energía en mantenerse agachado.

Encuentra un ritmo y mantiene la velocidad sin mirar atrás.

Bajo sus pies, los trozos de hielo han sido sustituidos por el terreno espinoso que sintió cuando, hace una eternidad, comenzó a adentrarse en el juncal.

Levanta la cabeza y mira hacia arriba, y de repente puede ver el espacio cubierto de nieve entre los tallos frente a él.

Solo unos metros más y estará fuera y de vuelta en…

—Pillado.

De la oscuridad, ella se levanta entre los juncos a su derecha.

Él se queda paralizado, pero el fuerte silbido en el aire le hace reaccionar e instintivamente se lanza hacia un lado.

El hacha lo sigue y siente el extremo romo del arma golpearle en la espalda, debajo del omóplato derecho.

El impacto es tan fuerte que sus piernas se doblan.

Revolviéndose entre los juncos, busca algo a lo que agarrarse para mantenerse en pie, pero entonces vuelve a oír el silbido; esta vez, el hacha apunta a la herida de su muslo.

El golpe le alcanza justo por encima de la rodilla y él grita de dolor.

Durante unos segundos, lo contempla todo a cámara lenta.

Se ve a sí mismo caer lentamente y, cuando vuelve a abrir los ojos, está de rodillas con la cara hacia el suelo.

Mueve la cabeza y trata de levantarse, pero entonces recibe la primera patada en las costillas.

Con cada puntapié, su torso se sacude con espasmos, y siente que sus fuerzas se agotan.

Ya no puede levantar el brazo sano para protegerse, ni siquiera cuando una patada le golpea en la mandíbula.

Le zumba la cabeza y el sabor a hierro se extiende por su boca.

Sin embargo, es como si todo el dolor desapareciera lentamente y pequeños destellos de su vida pasada desfilaran ante su mirada interior.

Jon, que lo lleva sobre sus hombros bronceados.

Las caricias de Thulin. La mano de Le entre la suya.

Otro violento puntapié lo hace caer de espaldas y, tumbado entre los juncos, mira las pocas estrellas apagadas que se ven en el cielo.

Siente que ella se coloca a su lado y lo observa.

Su mano sana tiembla y busca mecánicamente algo en el suelo entre los juncos con lo que defenderse, pero no nota nada.

Solo copos de nieve que se desvanecen entre sus dedos.

Como todo lo demás. Como lo que nunca llegó a decir y lo que nunca llegó a hacer.

Con la mirada fija en las estrellas, puede intuir en el extremo de su campo de visión que ella levanta el hacha sobre él, y aprieta convulsivamente la mano sobre la nada.

Pero entonces oye un sonido diferente al silbido que ya conoce.

Un golpe sordo y el ruido de tela perforada.

Entonces advierte que la figura que tiene encima se ha quedado paralizada con una mueca de dolor.

Ve como el hacha se le cae de las manos y golpea el suelo, y el mango se queda quieto junto a una de sus piernas.

La mujer se tambalea insegura y se arrodilla a su lado.

En la oscuridad, puede ver su mirada de incomprensión, dirigida ciegamente hacia los juncos, y en su espalda observa que un objeto se ha clavado tan profundamente entre sus omóplatos que solo sobresale un mango alargado.

Con una mano, la mujer busca a tientas en el aire por encima de ella, pero es en vano, no puede alcanzar lo que quiere.

En ese momento, Hess nota que alguien le aparta el mango del hacha de la pierna y fuerza la vista en la oscuridad.

Una figura delgada está de pie mirándolos a ambos.

Jadeante y con el aliento saliendo de su boca.

Tiene la cara manchada de tierra, los ojos inyectados en sangre y, con el rostro contraído, levanta el hacha.

Esta silba pesadamente en el aire y, antes de que todo se vuelva negro, se da cuenta de que es Marie Holst.