Capítulo 94
Con las puntas de unos dedos temblorosos, Marie revisa los huecos entre las tablas que la cubren como un féretro.
Está tumbada de espalda y tantea en la oscuridad buscando algún nudo o grieta que le haya pasado por alto.
Cuando las astillas se le clavan, retira un poco los dedos por el dolor, pero continúa sistemáticamente tabla por tabla, hasta haberlas examinado una a una con esmero; luego el pánico se apodera de ella.
Nota el barro por todo el cuerpo en la estrecha celda y golpea con fuerza la palma de las manos contra la puerta, gritando auxilio, pero la única respuesta que obtiene es el sonido metálico del candado al chocar contra los herrajes.
Un momento antes, había recuperado la esperanza porque la brida que le sujetaba las muñecas a la espalda se había abierto de repente.
Los numerosos intentos infructuosos por liberarse la habían llevado a abandonar la lucha, pero entonces la tira de plástico se había soltado cuando luchaba entre la tierra por girarse sobre el costado.
Lo primero que hizo fue subir las manos por la tierra húmeda y pesada para despejar la cara y arrancar la cinta adhesiva de la boca.
Tras inspirar hondo varias veces, se había quitado con cuidado los últimos restos de tierra de los ojos y había empezado a buscar la forma de salir.
El coche que había oído acelerar hacía un rato se encontraba cerca, así que quizá la ayuda estaba al caer, pero nadie en el mundo podría imaginar que ella estaba allí, por lo que tenía que actuar con rapidez.
Cuando presionó las manos contra la trampilla y el candado del cerrojo traqueteó, notó que cedía y, alrededor de los bordes, vio cómo entraban estrechas rayas de luz en el habitáculo.
Con las yemas había comprobado si podía sacar los dedos, para ver si tal vez era capaz de torcer las tablas exteriores de la puerta, pero, por mucho que lo intentara, no conseguía agarrarse.
Luego había esperado encontrar una rendija o un agujero en la madera en el que poder agarrarse, pero, a medida que sus desesperados golpes con los puños contra la puerta se van apagando, se da cuenta de que debe encontrar otra salida.
Dobla las rodillas y las presiona con fuerza contra la trampilla para que queden tensas, al tiempo que golpea y empuja las tablas con las palmas de las manos y los puños cerrados.
La vieja puerta cruje ruidosamente, pero nada más, a pesar de que ella sigue presionando hasta que sus manos se quedan insensibles.
Jadeando y sin aliento, se recuesta contra el suelo helado, pero entonces nota algo duro y puntiagudo debajo de la nuca que le pincha y le hace daño. Levanta la cabeza e intenta quitarlo, escarba en la tierra grasienta y encuentra un objeto largo y delgado. Se da cuenta de que es un clavo.
Rápidamente lo agarra y lo coloca en una posición que le permita examinarlo con ambas manos. Por su superficie irregular y porosa, nota que está oxidado, pero es grueso y mide unos diez centímetros de largo, y este modesto hallazgo le da nuevas fuerzas.
Durante un momento, permanece quieta y vuelve a mirar atentamente en la oscuridad de la trampilla, y entonces detecta un microscópico resquicio de luz en el lado derecho.
Levanta la mano y nota una pequeña rendija en una ranura, junto a la tabla exterior, y, tanteando con la yema de los dedos, consigue con cierta dificultad colocar la punta del clavo en la rendija.
A continuación, coloca la palma de la mano derecha sobre la cabeza del clavo, mientras aprieta con todas sus fuerzas con ambas manos.
El clavo se hunde un poco más en la grieta, pero no llega a atravesarla por completo.
Marie lo intenta de nuevo, pero no lo consigue, y, desesperada y frustrada, comienza a golpear el clavo con la palma de la mano, como si fuera un martillo.
Le duele muchísimo, pero no quiere parar.
Una y otra vez golpea con la mano en la oscuridad, hasta que nota que la cabeza del clavo atraviesa la piel.
Marie grita. Retira la mano, pero en el borde de la luz puede ver que, milagrosamente, el clavo ha empezado a penetrar en la grieta.
Se sube la manga hasta cubrir la mano ensangrentada y vuelve a empezar.
En un irreal torbellino de dolor, siente que el clavo penetra un poco más con cada golpe y, a la luz que se filtra por la rendija, se da cuenta de que las tablas empiezan a separarse.