Capítulo 93 #3
Decide entonces que no debe decir nada más para intentar convencerla.
Si quiere que ella le crea, debe mostrarse indiferente, y desvía la mirada, como si se rindiera.
Un momento después, ella vuelve a presionar con todo su peso sobre la herida, y Hess se retuerce de dolor, pero puede oír que ahora su voz es seria.
—¿Qué walkie ? ¿El walkie en el coche?
Hess cierra los ojos sin responder. En el silencio que sigue, puede sentir que ella se queda mirándolo.
De repente, la presión sobre su muslo se alivia y oye como ella coge las llaves que están sobre la jaula.
Abre los ojos con cuidado y, entre las patas de la mesa, ve que ella da media vuelta.
Sus crocs naranjas repiquetean con determinación sobre el suelo de madera y salen al vestíbulo, donde, con el hacha en la mano, abre la puerta principal y desaparece.
Sabe que solo tardará unos segundos en llegar a su coche y darse cuenta de que le ha mentido.
Con su brazo sano, apoya la mano en el suelo y se levanta para poder recostar la espalda contra la puerta de la terraza, y en ese movimiento ve algo.
Junto a la cortina del salón, a solo un metro de él, cuelga un cargador de ordenador blanco de un enchufe en la pared, y de inmediato comienza a arrastrarse hacia él.
Le duele todo el cuerpo, y, cuando se acerca lo suficiente como para alcanzar el cable, lo arranca.
Con un extremo entre los dientes, comienza a enrollar el cable alrededor de su muslo con su mano sana para usarlo como torniquete, pero en ese momento oye los ruidos del patio y el bip al accionar el botón del mando del coche para abrir la puerta.
Tan rápido como puede, enrolla el cable dos veces alrededor del muslo, justo por encima de la herida, y, mientras muerde el extremo, tira del cable con su mano sana con todas sus fuerzas.
El dolor le hace rugir entre dientes y, cuando mira hacia abajo jadeando, ve que el cable se le ha clavado profundamente en el muslo.
Entonces oye que la puerta del coche se cierra de golpe en el patio.
Mientras sigue mordiendo un extremo del cable, trata de meter la otra punta en un lazo; cuando lo consigue, aprieta el nudo y empieza a intentar ponerse de pie.
Sus pensamientos se desvían hacia la cerradura de la puerta principal y los cuchillos del imán de la cocina, pero están demasiado lejos, así que se pone de rodillas y alcanza el pomo de la puerta de la terraza.
Esta se abre con un clic y, tan pronto como se pone de pie con ayuda del tirador, lo empuja hacia abajo y se tambalea hacia el exterior.
Con los pies descalzos, se mueve a trompicones por la terraza de madera y baja unas escaleras hasta llegar a la nieve del jardín.
No tiene tiempo para pensar y sigue cojeando lejos de la casa y hacia la oscuridad, aunque apenas puede ver nada.
Recuerda vagamente la densa zona de juncos junto al fiordo que vio al llegar y, mientras las ráfagas de viento hacen que la nieve le rodee, avanza con dificultad con la esperanza de ir en la dirección correcta.
Por fin nota que el terreno bajo sus pies comienza a sobresalir de la nieve y, al levantar la vista, divisa los largos tallos en la penumbra frente a él.
Se lanza los últimos metros hacia delante y, cuando llega entre los largos y rígidos juncos, se arrodilla y se gira sin aliento.
Debe de estar a unos veinte metros de la casa y, entre los tallos que se mecen, puede entrever la puerta abierta de la terraza y la silueta de la mujer que aparece en la puerta.
Ella mira en silencio a su alrededor en la oscuridad y, cuando dirige la vista en su dirección, él se agacha lo más posible.
Hess contiene la respiración durante unos segundos y, cuando vuelve a mirar, temblando de frío, ve que ella regresa al salón hasta desaparecer de su vista.
Con el corazón aún en un puño y el dolor punzando en el muslo y el hombro, intenta pensar en qué significará todo aquello.
Es imposible que ella lo haya visto desde la puerta de la terraza, porque él recuerda lo oscuro que estaba el terreno cuando él mismo miró en esa dirección desde la ventana hace un momento.
Se le pasa por la cabeza que ella tendrá que darse cuenta de que las cosas están fuera de control y que ha perdido la batalla.
No puede dar por hecho que no haya refuerzos dirigiéndose hacia la casa en este momento y, a menos que quiera ser arrestada, tendrá que subirse a su coche y desaparecer.
En cuanto oiga arrancar el automóvil, entrará en la casa y, en cuanto encuentre el camino hacia el sótano, podrá…
Su imaginación se ve frenada por lo que observa en la puerta de la terraza. Ella se ha puesto el abrigo y las robustas botas de invierno. En una mano lleva una linterna encendida y en la otra, el hacha, y, mientras baja las escaleras hacia el jardín, él puede oír su voz en el viento.
Jugando al escondite en el bosque anocheció.
Y el cuco con su canto el miedo nos quitó.