Capítulo 93 #2
Hess se concentra en la luz. Es muy débil y debe de estar a unos veinte o veinticinco metros de la casa, y de repente le parece ver en la oscuridad varias rayas de luz tenue que juntas forman un pequeño cuadrado.
—La luz. Hay luz en su jardín.
Se vuelve hacia la mujer y señala, pero ella permanece agachada con ambas manos metidas en una cesta que hay en la estantería.
—Ah, será la bodega —dice ella en tono jovial y lo mira con una sonrisa—. Debí de olvidarme de apagar la luz cuando salí a comprobar la temperatura hace un rato.
La mujer continúa su minuciosa búsqueda del mapa turístico, pero sus palabras hacen que Hess se gire sorprendido hacia la ventana.
—¿La bodega?
Ahora que se lo ha dicho, puede verla. Las rayas de luz que atraviesan débilmente la oscuridad atronadora se filtran por las rendijas alrededor de una puerta en una elevación del paisaje nevado.
Le queda claro, con todo su horror, que el sótano donde Bertel Reimer Jensen asesinó y descuartizó a varios niños hace treinta años todavía existe.
Atónito, mira fijamente el contorno de la puerta en la oscuridad y, antes de que pueda pensar, oye el sonido de los crocs naranjas que se mueven sobre el suelo de madera.
—Sí, la bodega. La que construyó mi padre, pero eso ya lo sabe, porque, si no, no estaría aquí.
No tiene tiempo de darse la vuelta. En el reflejo del cristal, ve como ella aparece detrás de él con un hacha de mango largo levantada por encima de su cabeza.
Rápida como un rayo y con una fuerza brutal, la blande contra él.
Él se agacha veloz hacia un lado, pero es demasiado tarde y la afilada hoja del hacha se clava con fuerza en su hombro derecho.
El dolor es inconcebible. La hoja penetra en la carne hasta que la frena el hueso, y él grita.
Los pájaros graznan y aletean agitados en la jaula, la lámpara de la mesa se balancea de un lado a otro y él se agarra tambaleante a una silla con el otro brazo, pero ella ya ha vuelto a levantar el hacha.
En un arco furioso, la blande contra él, esta vez con el lado del martillo por delante, y Hess suelta la silla y levanta el antebrazo para protegerse la cabeza, pero el golpe es demasiado fuerte y el hacha le aparta el brazo y le golpea en la sien izquierda.
Por un momento, todo se vuelve negro ante sus ojos.
Siente como si su cráneo resonara y todos los sonidos a su alrededor desaparecieran.
Nota que la sangre le corre por un ojo y, a ciegas, busca algo a lo que agarrarse para mantenerse en pie, pero las sillas se vuelcan, la mesa se desliza por el suelo y sus piernas se doblan bajo su peso.
Aturdido y con un dolor insoportable, se desploma sobre el suelo de madera mientras lucha por mantener la conciencia.
Su cuerpo se sacude sin control en un intento por levantarse, pero entonces el hacha pasa rozándole la mejilla y su afilada hoja se clava profundamente en el muslo derecho.
Grita como un poseso, y esta vez se ve obligado a encogerse sobre la larga herida abierta en la pierna, que puede sentir entre sus manos temblorosas.
La sangre brota a borbotones y, antes de que pueda orientarse, ella le golpea con fuerza con la parte del martillo en el lado derecho del tórax.
Él oye cómo se le rompen las costillas y grita de dolor.
Entonces ella se detiene. Conmocionado e indefenso, Hess yace en el suelo con la cabeza apoyada contra las puertas de la terraza y jadeando en busca de aire.
La sangre sigue brotando de su sien y cayendo sobre uno de los ojos.
Es incapaz de moverse, y la herida abierta en el muslo está bañada en sangre coagulada que se filtra y se extiende lentamente en un charco sobre el suelo.
Aún con el hacha en una mano, Therese se inclina sobre él y examina minuciosamente su torso y los bolsillos de su abrigo, y él percibe a través de una neblina que le quita el móvil y las llaves del coche.
Se levanta y comprueba si su teléfono móvil se enciende, y, como no es así, lo deja junto con las llaves sobre la jaula de pájaros.
Aturdido y resoplando, intenta mirarla, y ella le devuelve la mirada mientras sujeta con ambas manos el largo mango del hacha y le presiona el sangriento filo contra el cuello.
—¿Cómo me has encontrado?
Puede sentir la afilada hoja contra su garganta, pero es incapaz de decir una palabra. Ella lo mira inexpresivamente. Luego, con cuidado, se aparta un mechón de su enmarañado cabello detrás de la oreja, retira el hacha de su pescuezo y la coloca en la herida que se abre en su muslo.
—¿Cómo?
Con ambas manos, presiona poco a poco el hacha contra la herida. El dolor recorre su pierna y se extiende por todo el cuerpo, y él busca desesperado una respuesta en su mente.
—El ADN encontrado en Caroline Holst…
—¿Qué pasa con eso?
—Coincide con el de tu padre.
Él jadea de dolor, gime y suda. Le asalta la idea de que tal vez vaya a vomitar, pero entonces ella retira el hacha. Hess ve que su respuesta la ha sorprendido. Parece como si se hubiera producido una reacción en cadena de ideas en su mente y entonces asiente, pensativa.
—Sí, tiene sentido. No lo había pensado.
Su cuerpo herido comienza a temblar y a sacudirse contra su voluntad, pero la mujer no parece darse cuenta. Con calma, toma una silla y se sienta a su lado, mirándolo a los ojos.
—Pero si conoces su historia, sabes que yo no soy él. Soy todo lo contrario. Ayudo a los niños. Ayudo a las familias. Contra los cucos como él. ¿Entiendes lo que digo?
Él no entiende nada en absoluto y está demasiado aturdido para encontrar una respuesta, pero eso no parece molestarla y ella continúa imperturbable con su monólogo.
—Por desgracia, la mayoría cree que la vida solo consiste en follar y revolcarse para alcanzar la felicidad personal.
La gente cree que puede ir de compras y jugar con los sentimientos de los demás.
Abrir las piernas aquí y allá y meterla donde se pueda, porque los hijos y la familia en casa no son más que una «jaula».
Solo una jaula ridícula y anticuada que se puede adquirir y desechar en el vertedero cuando ya no te apetece más. ¿Quizá tú también piensas así?
Por un momento, ella lo mira con la repugnancia pintada en el rostro, como si él fuera un insecto bajo una lupa, y luego se levanta con un movimiento violento.
—Pero, lamentablemente, no tengo tiempo para darte un gran discurso. En cambio, me gustaría saber quién está al tanto de que te has ido al campo.
Levanta el pie y coloca su zapato de plástico naranja en la herida del muslo; cuando le aplica presión, él se retuerce de dolor.
—Creo que estás solo en esto. Si no, habríais venido varios. Y, si tu móvil hubiera funcionado, lo habrías usado para llamar a alguien que te ayudara, en lugar de volver a la casita de chocolate.
El dolor le atraviesa todo el cuerpo. Siente que la pérdida de sangre por la gran herida en el muslo lo está mareando. Se da cuenta de que, si no se detiene la hemorragia, pronto perderá el conocimiento, y busca con desespero en su mente algo que decir para ganar tiempo.
—No usé el móvil. Usé el walkie —logra decir entre jadeos.
Ella lo mira y se ilumina con una gran sonrisa.
¿El walkie ?
Con el dedo índice, ella se tira del párpado inferior a modo de burla y Hess ve que no le cree ni una palabra.