Capítulo 93
—¿¡Que si tengo un cargador!?
La mujer, disgustada, enarca las cejas ante su pregunta. Otra racha de viento frío cruza el porche y, mientras asiente, Hess tiene que entrecerrar los ojos ante la fuerte luz de la guirnalda de Navidad.
—Sí, lo siento. Solo quiero enchufarlo unos minutos. He prometido enviar un mensaje importante y tengo que entrar en el teléfono para poder ver el número.
Ha pensado en esa mentira para no arriesgarse a que la mujer resuelva el problema ofreciéndole su teléfono, pero, por la mala cara que pone, ve que no entra dentro de sus planes dejarlo pasar.
—Pues creo que no tengo ningún cargador. Si no recuerdo mal, me lo he olvidado en casa de mi amiga.
—¿No me podría hacer el favor de mirar?
Hess se esfuerza por acompañar su atrevida petición con una sonrisa de disculpa. Cuando otra ráfaga de viento sacude el porche, se ajusta el cuello de la chaqueta para mostrar que tiene frío y, al verlo, la mujer parece recordar su hospitalidad.
—Pero, por favor, ¿en qué estoy pensando? ¡Entre y caliéntese!
Con una sonrisa fugaz, abre la puerta de par en par y se aparta amablemente para que Hess pueda pasar.
—Muchas gracias. Es muy amable por su parte.
Él le da las gracias con un gesto y, cuando entra en el cálido vestíbulo, ella cierra la puerta.
—Pero ya le he dicho que no estoy segura de tener un cargador. Voy a buscarlo un momento.
Pasa a su lado y abre la puerta del salón. Hess la mira mientras ella enciende la luz.
—Está bien. Me voy a quitar los zapatos.
Ya se ha quitado uno de los zapatos mojados cuando ella se vuelve hacia él. Hess ve en su mirada que confiaba en que se quedara en la entrada esperando.
—Sí, gracias. Será lo mejor.
Ella sigue hacia el salón y puede oír el toctoc de sus crocs sobre el suelo de madera.
Tan rápido como puede, se quita también el otro zapato para seguirla.
Se concentra en observar lo que ella hace, pero, cuando llega al salón, ve que tan solo se ha puesto a comprobar las baldas de una estantería alta y alargada que ocupa toda una pared.
—Hum. Suele estar por aquí, pero no lo veo.
Hess examina el lugar. A través de una puerta a su izquierda, puede ver una pequeña y acogedora cocina típica de una casa de verano con nevera, horno y un fregadero con un escurridor de platos antiguo.
Una serie de cuchillos de cocina de aspecto amenazador cuelgan de un imán en la pared sobre la encimera, pero no hay nada sospechoso allí, así que dirige su atención al salón.
La habitación es grande y tal vez parece aún mayor porque tiene el techo abierto.
La estantería a lo largo de la pared pintada de blanco, en la que la mujer sigue buscando, está llena de libros, pilas de carpetas, jarrones con flores secas y adornos.
En la pared opuesta hay un escritorio alto con un ordenador portátil destartalado y, junto a él, una estufa de leña y un sofá largo con cojines de colores y mantas de lana.
En el extremo más alejado, en una terraza acristalada con unas puertas blancas que probablemente se asomen al fiordo, hay una gran mesa de comedor con cuatro sillas.
No hay indicios de que haya nadie más en la casa, y sus ojos se dirigen directos hacia la puerta, junto a la estantería, que parece dar a un pasillo.
—No, no está el cargador —confirma la mujer con tono de enfado, tras incorporarse después de buscar en una de las baldas más bajas—. Siempre lo dejo aquí.
—Ya me imagino —dice Hess—. Yo también tengo un sitio fijo para el mío en casa, pero no me sirve de nada, y normalmente necesito buscar en todas las habitaciones antes de encontrarlo.
—Sí…, puede que esté en lo cierto.
La mujer le dedica una breve sonrisa, pero, mientras echa una mirada por la sala, él cree percibir por un momento que se siente desconcertada por su presencia y por su comentario, que la anima a seguir buscando.
Cuando la mujer termina de mirar por allí, se dirige con decisión hacia la puerta del pasillo.
—En cualquier caso, tiene usted una casa muy acogedora —dice él, que la sigue con la mayor indiferencia posible—. ¿No le queda un poco lejos si trabaja en la ciudad?
—A mí no me lo parece. De hecho, es muy agradable dar un pequeño paseo en coche para despejar la mente después del trabajo.
Ha entrado en el estrecho y oscuro pasillo, que tiene puertas a ambos lados, y, aunque su tono vuelve a ser alegre y jovial, Hess puede percibir por la forma en que ella mira por encima del hombro que no le gusta que él la siga.
—¿A qué se dedica? —le pregunta mientras echa un vistazo discreto a la habitación por la que ella acaba de pasar. Es un vestidor; debajo de una ventana oscura, hay una sola caja de mudanza en el suelo con algo de ropa, pero por lo demás no hay nada que ver.
—En los últimos años me he dedicado principalmente al asesoramiento familiar. Soy trabajadora social.
—Ah, ¿sí? Qué interesante. ¿Dónde?
Han pasado por un cuarto de baño que Hess ha podido comprobar que está vacío y sin cortina, y ahora la mujer acaba de girar hacia una habitación al final del pasillo.
Cuando Hess llega, ve que es un dormitorio con una gran cama hecha con un cabecero de mimbre, una mesita de noche y un par de armarios.
Hace fresco, y la mujer ha encendido la luz y está comprobando un enchufe detrás de la mesita de noche.
—Bueno, he estado en muchos sitios. No es precisamente un trabajo que pase de moda, así que hay mucho que hacer. Pero ahora mismo estoy de baja por enfermedad.
—Ah, vaya. ¿Por qué, si se puede saber?
Mientras la mujer se dirige hacia los armarios, él deja que su mirada recorra todos los rincones, pero no hay nada inusual que destacar.
—Estrés —dice ella con un suspiro de frustración mientras abre un armario, que enseguida vuelve a cerrar para abrir el siguiente—.
Supongo que soy de las que se llevan los problemas a casa, pero hay que cuidarse a una misma cuando no hay nadie más que lo haga.
¿Qué había dicho que tenía que investigar por aquí?
Cierra el segundo armario y lo mira con curiosidad cuando pasa a su lado para volver al pasillo; él se da media vuelta y la sigue.
—En realidad no lo he dicho —responde Hess con la mayor naturalidad posible—. Pero estamos intentando localizar a algunos propietarios de casas de verano reacios que no han prestado atención al pago del IBI correspondiente.
—Vaya. ¿Han dado con alguien?
Han vuelto al salón. Cuando llega a la mesa de comedor que hay en la terraza, ella se vuelve hacia él con curiosidad. Hess sonríe de forma cautivadora.
—La verdad es que no lo sé. Mi trabajo es solo darles una última oportunidad para que arreglen las cosas; el resto lo hace el departamento de cobros.
En la mesa del comedor, su mirada se posa en unas manchas secas en la superficie e instintivamente extiende la mano para ver qué son.
—No, no las toque. Lo siento, son de mis pájaros —exclama la mujer al ver también las manchas.
Busca un poco nerviosa un trapo arrugado que hay sobre un cubo cubierto con un paño negro en un soporte junto a la mesa del comedor. Empieza a limpiar la mesa y Hess se da cuenta de que las manchas esparcidas son pequeñas salpicaduras secas de pájaros.
—¿Sus pájaros?
Una vez que ha eliminado bien las manchas, se vuelve hacia la caja cuadrada y retira el paño negro, dejando al descubierto una jaula de pájaros. En ella, Hess puede ver dos pajaritos que comienzan a moverse y a piar mientras saltan de una ramita a otra.
—Quizá no sea muy higiénico, pero a veces dejo que las torcaces vuelen por el salón para que se muevan un poco.
—¿Torcaces? ¿Palomas torcaces?
Hess no sabe mucho sobre pájaros. Su experiencia con ellos se limita al pájaro de Jon, pero se da cuenta de que los dos pájaros de la jaula no pueden ser palomas.
—Es una forma de llamarlos. —Sonríe la mujer—. Los periquitos enanos son muy fieles, y la hembra y el macho permanecen juntos toda la vida —continúa, al tiempo que introduce juguetona un dedo a través de los barrotes de la jaula de los pájaros, que ahora se han despertado y trinan sin parar.
Hess asiente con la cabeza mientras la observa a escondidas y no puede evitar sonreír.
—Supongo que es difícil hacer otra cosa cuando se vive en una jaula, ¿no?
La mujer sigue sonriendo, pero parece como si los ojos no acompañaran a la boca cuando dirige la vista de los pájaros hacia él, que le devuelve la mirada y, aunque se esfuerza por interpretar la expresión de su rostro, no logra saber si su comentario la ha irritado o simplemente la ha dejado perpleja.
—Lamento no poder ayudarle con el cargador. Tendrá que parar en la gasolinera más cercana y comprar uno, si es tan importante.
—Sí, será lo mejor. ¿Hay alguna gasolinera cerca? —pregunta él para mantener su mentira.
—Le puedo dar un mapa de la oficina de turismo local.
—Muchas gracias.
Ella vuelve a la estantería y empieza a buscar en una pila de papeles que hay en uno de los estantes inferiores, en el extremo más alejado.
Hess, frustrado, echa otro vistazo al salón.
La estancia en la casa con la mujer no le ha llevado a desechar sus sospechas, pero tampoco ha encontrado nada raro.
Ahora lo que ve es su propio reflejo borroso en los cristales de las puertas de la terraza y da un par de pasos hacia delante para poder contemplar el jardín.
Se protege los ojos con las manos, entrecierra los párpados y deja que su mirada se pierda en la oscuridad, pero todo le parece una masa negra.
Siente que las ráfagas de viento hacen vibrar ligeramente el frío cristal, baja la mano y está a punto de darse la vuelta cuando ve un pequeño destello de luz entre los árboles y arbustos que se mecen en algún lugar del jardín.
—¿Qué es eso? —pregunta intrigado, mientras vuelve a poner las manos sobre el cristal y entrecierra los ojos.
—¿Qué es qué?
Por el sonido amortiguado de la voz de la mujer, deduce que debe de tener la cabeza metida entre las baldas de la estantería y está haciendo mucho ruido con algo pesado.