Capítulo 96
El viento sigue siendo fresco, pero, cuando los rayos del sol comienzan a atravesar las nubes, Thulin puede sentir por fin la llegada de la primavera.
La luz hace que los colores exploten maravillosamente a su alrededor y brillan de repente los timbres de las bicicletas, las ventanillas de los coches y los tejados de las casas; ella cierra los ojos con fuerza y los vuelve a abrir lentamente para poder absorberlo todo.
Pronto, el calor la obliga a desabrocharse la chaqueta hasta la mitad y, mientras se recuesta contra el respaldo del banco, deja que su mirada se pierda en la multitud que se cruza ante ella.
En monopatines o patinetes, decenas de jóvenes se entrecruzan ágilmente, y sus caras alegres y sus voces jubilosas hacen que Thulin piense en las vacas bailando en el campo cuando las dejan salir al aire libre después de pasar un largo invierno encerradas.
Desde su banco, Thulin tiene una panorámica de la mayor parte de la pista, que serpentea ante ella con vertiginosas rampas, bañeras y half pipes , pero de vez en cuando tan solo cierra los ojos y disfruta del sol.
Cuando los vuelve a abrir un poco más tarde, no puede evitar detenerse en la vista de las enormes copas, que se mecen suavemente con el viento un poco más lejos, en Fælledparken, donde los colores verdes brillantes se despliegan exuberantes en los altos y viejos árboles y casi hacen que los edificios adyacentes del Rigshospital parezcan atractivos.
Por un momento, resulta totalmente irreal contemplarlo, porque no hace mucho todo estaba yermo, desnudo o cubierto de nieve, pero entonces su mirada vuelve a la pista de skate cuando, por el rabillo del ojo, ve la pequeña figura de Le.
Es fácil reconocerla con sus pantalones amarillos y su pelo ondeando a todos lados mientras realiza sus atrevidos saltos a toda velocidad.
Con la pierna izquierda colocada en la tabla, acelera impulsándose con la derecha contra el cemento, y desde la distancia parece milagroso que ella y los demás puedan evitar chocar entre sí.
Sin embargo, Thulin también se da cuenta de que, a pesar de las advertencias de su madre, Le ha dado la bienvenida a la primavera quitándose el abrigo, el casco y las coderas, y aun así Thulin siente que pasará mucho tiempo antes de que vuelva a regañarla.
Thulin llegó a la zona de casas de campo casi al mismo tiempo que los agentes locales de la comisaría de Roskilde, que habían sido avisados por Nylander y enviados allí antes que ella.
La casa de verano estaba situada al final de una calle sin salida, cerca del fiordo, y el edificio era fácil de reconocer por las fotos que había visto en los viejos expedientes.
El coche de alquiler, aparcado en el patio, le indicaba que Hess probablemente se encontraba en la propiedad, y, cuando descubrió en el cobertizo el Skoda azul oscuro con una abolladura en el guardabarros trasero izquierdo, se preocupó de verdad.
Supuso que, al llegar, él no podía saber con certeza que Therese Solkær era la autora del crimen, porque, de ser así, habría encontrado la manera de alertar a Nylander.
Cuando miró por la ventana de la cocina en la parte delantera de la casa, le inquietó que todo pareciera vacío y silencioso, aunque las luces estuvieran encendidas en el interior.
Los agentes habían derribado la puerta principal y Thulin entró con la pistola en alto.
En el vestíbulo no había nada que destacar, pero, en cuanto llegaron al salón, Thulin vio las sillas volcadas y la sangre en el suelo de la terraza.
Había marcas evidentes de golpes en las tablas del suelo, un gran charco de sangre había sido pisoteado y extendido, y las manchas de color rojo oscuro continuaban por la puerta de la terraza hasta el picaporte, lo que llevó a Thulin a abrirla y salir.
En el frío viento de la terraza, pudo vislumbrar la gran zona de juncos junto al fiordo, donde una figura delgada se esforzaba por arrastrar hacia la casa a un ser humano inerme.
Con la pistola aún en alto, se acercó a la persona, pero, para su enorme alivio, descubrió que era Marie Holst, con las manos ensangrentadas, tierra en la cara y una expresión facial paralizada, quien intentaba arrastrar a Hess.
Cuando Thulin se inclinó sobre su cuerpo inconsciente, se sintió conmocionada.
Tenía la cara, las manos y la ropa manchadas de sangre, una profunda herida en la sien y hondas laceraciones en el hombro derecho y, sobre todo, en la pierna derecha.
Tenía un cable atado alrededor del muslo, como si hubiera intentado frenar la hemorragia, y no llevaba zapatos ni abrigo.
Cuando Thulin puso los dedos temblorosos en su arteria carótida, casi no sintió el latido del corazón.
Llamó a gritos a los agentes, que mientras tanto habían seguido el rastro que había dejado el cuerpo arrastrado y descubierto que Therese Solkær yacía muerta entre los juncos, cerca de la orilla.
Se llamó rápidamente a una ambulancia, pero, cuando en ese momento Nylander y varios investigadores llegaron a la zona, Thulin cambió de opinión e insistió en que lo subieran a un coche patrulla y se lo llevaran de inmediato, para no perder tiempo esperando.
En el hospital más cercano, en Frederikssund, lo ingresaron directamente en el quirófano, pero al poco tiempo le comunicaron a Thulin en el pasillo que las lesiones eran tan graves que debía ser trasladado al Rigshospital.
Hess y ella fueron transportados en helicóptero; todo sucedió de forma vertiginosa y rápida, y desde el helipuerto de la azotea del hospital lo llevaron a un nuevo quirófano.
Thulin tuvo que esperar noticias en el pasillo de operaciones.
Terribles pensamientos la invadieron. Rememoró su último encuentro, su rostro afligido durante el funeral de Jon, y le había resultado insoportable pensar que tal vez no volviera a despertar.
No fue hasta las cinco de la mañana siguiente cuando un médico se acercó para decirle que las operaciones habían ido bien, pero que tenían que esperar a ver cómo evolucionaba su condición, ya que la pérdida de sangre y el frío habían supuesto un gran esfuerzo para su cuerpo.
Durante unas horas más, Thulin temió lo peor, hasta que, por la mañana, otro médico pudo decirle al fin que Hess seguía débil, pero que su estado era ya estable.
Thulin pidió permiso para entrar a verlo, y las lágrimas rodaron por sus mejillas cuando se lo encontró tumbado, con los ojos cerrados, en una habitación individual, igual que Jon.
Con vendajes de la cabeza a los pies, un gotero en el brazo y diversos aparatos para controlar sus constantes vitales.
Pero estaba vivo, y eso era lo único que importaba.
Llorando a lágrima viva, se sentó junto a su cama de hospital y, cuando unos minutos más tarde él abrió los ojos y la reconoció, intentó sonreír.
Durante algunas semanas, Thulin había dividido sus días entre visitar a Hess en el hospital y ocuparse de su trabajo.
Los últimos acontecimientos habían ocupado mucho tiempo y se habían celebrado numerosas reuniones.
No había ninguna duda sobre la culpabilidad de Therese Solkær, pero había surgido un nuevo problema.
En la autopsia de Therese Solkær, los forenses establecieron las lesiones sufridas.
Tenía clavado entre los omóplatos un punzón largo, supuestamente procedente de las herramientas que se encontraban en el espantoso sótano de la casa de campo, pero lo que le causó la muerte fueron los tres golpes en la nuca con el hacha que se había hallado junto al cadáver.
Se destacó que tanto el punzón como el hacha tenían las huellas dactilares de Marie Holst.
Thulin había estado presente en el interrogatorio al que Marie Holst había sido llamada.
La delgada mujer no intentó dar explicaciones y, con pocas palabras, declaró que había utilizado el hacha con la intención de matar.
No para defenderse. El fiscal general había explicado que, en tal caso, la fiscalía no tenía más remedio que presentar cargos contra ella, y Thulin habló posteriormente a solas con Marie Holst. Se aseguró de que Marie Holst comprendiera la decisión que había tomado al rechazar que hubiera actuado en defensa propia, pero la mujer no se arrepentía.
Estaba dispuesta a aceptar la pena que le correspondiera, aunque, por supuesto, recurriría a un abogado defensor que comprendiera su situación particular.
Luego le dio las gracias a Thulin con un apretón de manos y salió por la puerta.
En el pasillo, sus dos hijos la esperaban junto a su padre, y Thulin los vio abrazarse y abandonar el edificio.
En su silencio, Thulin esperaba que la pena fuera lo más leve posible, y aún lo espera.
Sale de sus pensamientos cuando vuelve a ver a su hija pasar corriendo, y esta vez Hess casi ha conseguido seguirle el ritmo. En la vieja tabla de skate usada que había comprado una semana antes, se desplaza con dificultad detrás de Le, al tiempo que sostiene el teléfono y graba sus trucos.
—Voy a dar otra vuelta, ¿vale? —le dice sin aliento a Thulin al pasar a su lado.
Ella asiente y sonríe, y, cuando poco después Le se detiene, Thulin ve que él la elogia.
Es evidente que todavía cojea, y Thulin sabe por los analgésicos que toma que le duele moverse, pero, desde que le dieron el alta, ha seguido el programa de rehabilitación que tenía que realizar en el hospital.
Es extraño pensar en ello, pero, a pesar de sus lesiones, el último mes ha sido el mejor entre ellos.
Thulin no esperaba nada, pero, tan pronto como le dieron el alta, fue él mismo quien se acercó.
Ella lo había ido a ver a Odinparken, y él le explicó que visitarlas y subir todas las escaleras del edificio sería un buen ejercicio.
Después de una charla privada con Le, Hess también llevó al miná del Himalaya, con la excusa de que Nehru no tenía espacio para el ave.
Lo habían instalado en la habitación de Le y, al cabo de unas semanas, Hess se había mudado más o menos a casa de Thulin.
Thulin nota que algo ha cambiado en él. Ya no evita su mirada, sino que la sostiene, de modo que ella a veces no sabe cómo reaccionar.
Sigue estando triste por la muerte de Jon, pero todas sus otras reservas han desaparecido.
No lo han expresado con palabras, y ella tampoco quiere hacerlo, porque ahora mismo todo va bien y eso es lo único que importa.
Mañana por la mañana tiene que volver a La Haya y empezar a trabajar de nuevo, pero ahora mismo ella solo está agradecida por el tiempo que han pasado juntos.
Sin aliento, se acomoda en el banco junto a ella y le dedica una amplia sonrisa. Permanecen sentados unos minutos, simplemente observando a Le, y, aunque Thulin no desea interrumpir el momento, siente que debe compartir con él lo que ha estado pensando y que ha estado tal vez aplazando.
—He tomado una decisión —comienza. Hess saluda a Le con la mano cuando pasa junto a ellos, y Thulin le imita mientras ella continúa—: Depende totalmente de si Le sigue queriendo ir a un internado en el futuro. Pero, si es así, tengo pensado solicitar plaza en la unidad operativa.
Nota que él vuelve la vista sorprendido, pero ella no lo mira y sigue contemplando el parque.
—Van a volver a crear una unidad móvil. Una unidad que se desplazará por todo el país para ayudar en la investigación de casos graves. Como cuando mi padre y Aksel.
Hess no dice nada y, aunque Thulin sabe que él entiende por qué ha tomado esa decisión, su silencio también le dice que no era lo que esperaba oír. De repente, a Thulin le asaltan la duda y la mala conciencia.
—Solo quería decírtelo. No es algo en lo que debas pensar. Aún no sé si será posible, pero lo tendré que averiguar.
De repente, se siente tonta y que se está alejando de él, pero entonces nota que le coge la mano.
—Quieres decir que tendremos que averiguarlo.
Ella lo mira y distingue un destello en sus ojos de diferentes colores. Entonces él le aprieta la mano y vuelve la mirada hacia el sol.