El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 92
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Capítulo 92

Los altos abetos cubiertos de nieve se mecen amenazantes en la oscuridad y parece que el viento penetra hasta el tuétano, porque su ropa sigue estando mojada y pegajosa.

A su espalda, en medio del camino del bosque, está el coche parado al ralentí, mientras él, a la luz de los faros, camina por el borde de la carretera tanteando en la nieve con los zapatos empapados.

Siente el sudor frío cayéndole por la frente como si tuviera fiebre, pero, cuando palpa con el pie algo duro entre la nieve, olvida el cansancio y los músculos doloridos y se agacha rápidamente para apartar la nieve con las manos desnudas.

Un montón de ramas de abeto que se han quedado congeladas en el suelo.

Consigue arrancarlas y, cuando está seguro de que el tamaño es adecuado para su propósito, regresa al coche, que sigue escorado con la rueda delantera derecha hundida en el agujero de la carretera en el que se ha metido.

Tras repetidos intentos de salir del bache acelerando, el giro del neumático ha dejado lisos como el hielo los bordes del agujero.

Hace todo lo posible por colocar las ramas de forma que la cubierta tenga buen agarre y, sudando, se sube al automóvil y cierra la puerta.

Con los dedos ateridos, mete la marcha, suelta el embrague y acelera; nota el chasquido de las ramas bajo el peso del vehículo, pero consigue sacarlo del agujero y con cuidado continúa la marcha por la serpenteante carretera que atraviesa el bosque.

Con gran inquietud, había escuchado poco antes en las noticias de la radio que se había denunciado la desaparición de Marie Holst. No se dieron más detalles, solo que la mujer había desaparecido de su domicilio y no se la había visto desde esa mañana.

Al instante pensó que debía ponerse en contacto con Nylander o Thulin, pero la pantalla negra le recordó que su teléfono se había quedado sin batería por segunda vez ese día, por lo que no había tenido oportunidad de informarse sobre lo que había sucedido.

Marie Holst le parecía una persona fuerte, que no desaparecería voluntariamente de la vida de sus hijos sin dar señales de vida.

Su preocupación le había llevado a considerar la posibilidad de dar media vuelta para buscar un lugar desde donde llamar, pero, por un lado, hacía mucho tiempo que no veía vida en la zona de casas de verano por la que circulaba y, por otro, intuía que debía de estar cerca de su destino.

Después de visitar a la genetista forense Klakstein, Hess alquiló uno de los coches que había a la salida del hospital universitario y, como no se le ocurrió nada mejor, se fue directo al archivo nacional para ver qué decía el viejo expediente sobre las relaciones familiares de Bertel Reimer Jensen.

El encargado del archivo le había ayudado a encontrar el material, que acababa de serle devuelto ese mismo día, y también le había prestado su cargador para que Hess pudiera encender su teléfono e informar a Nylander del resultado de la conversación con Klakstein.

Sin embargo, Hess se había limitado deliberadamente a enviar a Nylander un detallado mensaje de texto con una referencia a la genetista forense, tras lo cual había vuelto a apagar su teléfono.

No tenía fuerzas para escuchar la avalancha de preguntas asombradas que el resultado del ADN sin duda provocaría en el jefe de homicidios, y tampoco podía aportar información sobre quién podría ser el pariente cercano de Bertel Reimer Jensen.

Hess no tardó en llegar a la conclusión de que la casa de verano era su única oportunidad de averiguar más sobre los parientes cercanos de Bertel Reimer Jensen; cuando una búsqueda en el directorio online le reveló que no había ningún teléfono registrado en esa dirección, agradeció rápidamente al archivero su ayuda, corrió hacia su coche y puso rumbo al fiordo de Roskilde.

Aunque no cree probable que Mia Reimer Jensen, ni seguramente muchos otros, estén en la zona de las casas de verano fuera de temporada, cualquiera con quien logre hablar en la propiedad o en las viviendas vecinas podrá proporcionarle más información de la que tiene ahora.

A pesar de la nevada, el trayecto de aproximadamente tres cuartos de hora había transcurrido sin incidentes, al menos hasta que, a poca distancia de Frederikssund, llegó a Kulhusvej y giró hacia la zona de casas de verano.

A partir de ahí, la nieve apenas había sido retirada, por lo que se vio obligado a conducir muy despacio y con precaución, y su estado de ánimo no mejoró cuando la batería de su teléfono se agotó de nuevo.

Antes de que eso ocurriera, había llegado a una vieja señal de tráfico casi cubierta de nieve que le indicaba que había entrado en Hybenvej, pero aun así le había resultado difícil encontrar la casa.

Desde la larga carretera de las casas de verano, salía un gran número de serpenteantes vías secundarias hacia el fiordo, y en esas pequeñas carreteras había grupos de terrenos vírgenes con casas de verano escondidas entre bosques, matorrales y juncos.

No existía alumbrado público, las viviendas estaban muy separadas entre sí y apenas había indicaciones claras de los números de las casas, por lo que Hess se había visto obligado a recorrer varios caminos secundarios sinuosos e intransitables solo para constatar que el número 121 debía de estar en otro lugar.

Cubiertas por la nieve, las casas, con algunas excepciones, permanecían oscuras y deshabitadas, pero cuando de repente divisa entre los árboles el resplandor de una luz eléctrica más adelante, se anima y se pone en alerta.

Con cautela, toma otra curva con árboles a ambos lados y, poco después, cuando vuelve a enderezar el coche, se da cuenta de que ha llegado al final de la estrecha carretera.

Ha entrado directamente en un terreno en plena naturaleza y, entre los árboles frutales pelados, divisa un pequeño espacio abierto cubierto de nieve delante de una casita oscura.

Decide acercarse al lugar y, al llegar, frena y mira por el parabrisas.

Lo primero que le llama la atención es lo salvaje que es el terreno natural.

A la luz de los faros del coche, puede ver los árboles y arbustos cubiertos de nieve que se extienden hacia la casa por ambos lados, como si la naturaleza estuviera lentamente apoderándose de la propiedad y solo se hubiera detenido por el invierno.

La vegetación parece continuar en la parte trasera de la casa, pero, en el extremo más alejado del amplio terreno, también puede vislumbrar las puntas estiradas de un carrizal, lo que debe significar que el terreno linda con el fiordo.

Aunque no ve ni el número de la casa ni el buzón, Hess sabe de inmediato que ha llegado al lugar correcto.

La casa tiene un aspecto diferente, más acogedor, y parece mucho mejor acondicionada que entonces, pero, por las fotos que tomaron los técnicos en el verano de 1992, reconoce el musgo del tejado cubierto de nieve, la pequeña chimenea y el porche delante de la puerta principal.

La marquesina para coches a la derecha del pequeño patio, en cambio, debe de ser una construcción más reciente, y se da cuenta de que la luz eléctrica que había atisbado a través de los árboles proviene de una lámpara instalada bajo su techo, lo que le permite ver que aparcado allí hay un viejo Skoda familiar de color oscuro.

Apaga el motor, sale del coche y cierra la puerta.

Fuera, en el frío, vuelve a sentir cómo su ropa húmeda se congela; acompañado por el sonido de las ráfagas de viento que hacen que la nieve se arremoline por el patio, se dirige hacia la casa.

Parece abandonada y, salvo por una ventana a través de la cual se ve el reloj de un horno y un par de luces led rojas de un frigorífico, no se distingue ninguna señal luminosa.

Al pasar por delante del coche aparcado, observa que todavía hay nieve en la parte de la luneta trasera que no ha sido barrida por el limpiaparabrisas, lo que le lleva a suponer que el coche debe de haber llegado a la casa en la última hora.

Alcanza el pequeño porche cubierto, se coloca sobre un felpudo gastado con la leyenda « Home Sweet Home » y, con fuerza, llama a la puerta principal.

Espera un momento en medio del viento, sin que ocurra nada, y vuelve a llamar.

Transcurren unos segundos, y está a punto de dar la vuelta a la casa para mirar por las ventanas cuando oye pasos cerca de la puerta.

Se enciende una guirnalda de Navidad con pequeñas bombillas que cuelga alrededor del marco de la entrada y, mientras Hess entrecierra los ojos para acostumbrarse a la luz aguda, la puerta se abre ligeramente.

Detrás de una cadena de seguridad, una mujer lo mira en silencio y con desconfianza.

Hess calcula que la mujer tendrá unos cuarenta años, más o menos la misma edad que Mia Reimer Jensen debe de tener hoy. Al instante se pone en guardia, pero se esfuerza por mirar a la mujer con calma y amabilidad.

—Perdone que la moleste. ¿Es este el 121 de Hybenvej?

—¿Quién lo pregunta? —responde la mujer con tono despectivo.

Su mirada sigue fija en él con desconfianza y no hace ademán de quitar la cadena de seguridad de la puerta.

Hess mete la mano en el bolsillo interior y saca su placa de policía.

Se la muestra a través de la rendija y, mientras los ojos de la mujer recorren el texto de la placa, él estudia sus rasgos y llega a la conclusión de que no la ha visto antes.

—¿La policía? —exclama la mujer con sincera sorpresa.

Hess asiente con la cabeza y la mujer abandona su desconfianza. Una sonrisa de alivio se dibuja en su rostro.

—Lo siento, espere, que le abro. No sé quién creía que era, pero no todos los días viene alguien por aquí en esta época del año, y nunca se es lo bastante precavida.