Capítulo 91
—Lo malo es que no disponemos de mucho tiempo, Marie, así que tendré que ser breve. Bueno, lo más importante es contarte por qué y cómo, para dar respuesta a tus preguntas.
El sonido de la voz de Therese despierta a Marie de su adormecimiento.
Aturdida aún, abre los ojos y descubre que yace de costado con la mejilla apoyada en un suelo de hormigón frío y sucio.
A su alrededor huele a tierra, casi a moho.
Instintivamente trata de volverse para evitar el desagradable suelo contra la cara, pero se da cuenta de que sigue atada.
Las cuerdas se aprietan en torno a sus tobillos y también nota la aguda tira de plástico que le corta la piel de las muñecas, unidas entre sí y a la espalda.
Siente el frío y la humedad y, cuando levanta la cabeza y mira hacia sus pies, ve que las perneras están empapadas.
Alrededor de los zapatos hay unas gotas de agua en el suelo, gotas que continúan hacia una puerta que no estará a más de dos metros de distancia.
A través de una rendija de la puerta, vislumbra unos escalones de piedra ascendentes, mojados y brillantes, y comprende que habrá sido por la nieve de allá arriba por donde la ha arrastrado antes de arrojarla al frío suelo.
Antes de que le dé tiempo a pensar para qué puede servirle esa información, oye a Therese que cacharrea ruidosamente detrás de ella.
—Y la versión corta es, por supuesto, que tu hija fue responsable de que yo perdiese todo lo que quise.
Alguno pensará que tendría que haberlo visto venir, con una chica tan guapa en casa, pero yo pensaba realmente que había sido idea de mi marido eludir la responsabilidad.
Cuando él y el pequeño Aske se fueron y tuve la oportunidad de leer los mensajes de su móvil, caí en la cuenta de que fue Caroline la que le trastornó la cabeza, pero a cambio lo comprendí todo. Un momento, dame un segundo.
Con todas sus fuerzas, Marie ha conseguido incorporarse hasta quedar medio sentada, y ahora se gira y ve que Therese se encuentra en un pequeño almacén contiguo, donde se afana y rebusca mientras murmura para sí misma.
Marie se orienta presa del pánico. La habitación en la que se encuentra es un viejo sótano de hormigón.
Una bombilla desnuda pende del techo e ilumina con intensidad las paredes grises.
No hay ventanas, solo un conducto de ventilación cuadrado en el techo, desde donde Marie puede oír los gemidos del viento que sopla en el exterior.
En una esquina hay herramientas de jardín y una gran bolsa con las palabras «Sustrato para plantas», y en una de las paredes cuelga una amplia estantería con un montón de botellas, tarros y frascos con zumos y mermeladas caseras, lo que indica que la habitación se utiliza como despensa.
Pero entonces Marie ve la pequeña estantería en la pared opuesta, donde hay cinco o seis rollos de cinta adhesiva, cuerdas enrolladas, unos prismáticos, bolsas de plástico con bridas y rollos de bolsas de plástico negras, todo ello mezclado con una palanca, un punzón largo y una vieja caja de herramientas.
En la parte superior de la estantería, hay un par de grandes bidones de plástico de color azul junto a la botellita transparente del coche, y, al lado de esta, Marie distingue el mango largo y brillante de un hacha.
Mira la estantería, paralizada, pero al momento Therese se asoma atareada desde el almacén oscuro con los brazos llenos de cosas. Se ha quitado el abrigo y lleva con dificultad una pila de cajas de mudanzas plegadas.
—Pero aunque me sentía furiosa, me paré a preguntarme si no sería yo quien se encontraba mal.
Es algo que hay que recordar, porque uno nunca está libre de errores, pero llegué a la conclusión de que clamaba al cielo que yo me encontrase jodida, mientras que ella seguía tan campante, como si nada hubiera ocurrido. Y entonces no hubo vuelta atrás.
Cuando Therese llega hasta Marie, se inclina hacia delante y, con un movimiento repentino, suelta las incómodas cajas de cartón, que caen al suelo de hormigón.
Solo entonces Marie se da cuenta de que lleva un traje de plástico transparente sobre la ropa.
Es similar a los que han usado para pintar las paredes de la casa de Marie, pero ahora le infunde pavor.
Aterrorizada, empieza a dar tirones sin sentido a las ataduras.
Mientras gira las muñecas en direcciones opuestas para doblar las bandas de plástico, Therese se sienta a su lado y comienza a distribuir cuidadosamente los trozos cuadrados de cartón por el suelo.
—Al principio solo le enviaba mensajes para asustarla. Una especie de juego del escondite, supongo que una vieja costumbre.
Therese aparta irritada una jarra de agua que le impide distribuir el cartón como ella quiere.
—En realidad —prosigue—, esperé al momento apropiado y por fin decidí que tenía que ser la noche de la fiesta en el instituto.
Estuve mucho tiempo aguardando en una bocacalle desde la que podía observar la entrada, pero las posibilidades parecían estar esfumándose, y la verdad es que ya me iba a casa.
Y justo cuando había metido la llave en el contacto y estaba a punto de girarla… , ¿a quién veo saliendo por la puerta?
Marie hace esfuerzos por no escuchar. Todo es mentira y no quiere recordar las palabras de Therese.
El corazón le late, y se retuerce y le da vueltas a las muñecas con todas las fuerzas que es capaz de reunir.
Entonces Therese se levanta, se pone en jarras y observa la alfombra de cartón, evaluándola.
Murmura algo para sí misma antes de volver a hablar.
—Fue una verdadera sorpresa. Pensaba que se iría a casa con alguna amiga, al menos parte del recorrido, pero resulta que estaba sola en la acera, seguramente para llamar a un taxi.
Después de un par de minutos con el teléfono en la oreja, pareció perder la paciencia.
En cualquier caso, comenzó a caminar en dirección a la carretera, y en ese momento yo arranqué el coche y la seguí.
Therese se ha colocado detrás de Marie y, aunque esta se retuerce y se resiste, Therese la agarra con calma por debajo de las axilas y tira de ella hacia atrás, hacia los trozos de cartón.
—Se llevó, por supuesto, toda una sorpresa cuando pasé a su lado.
Yo había bajado la ventanilla y, cuando me reconoció, aceleró el paso.
Incluso sacó el móvil otra vez, pero yo le dije que no tenía que temer nada.
No estaba enfadada, le dije, pero necesitaba hablar con ella.
Las dos habíamos perdido a Lukas, le expliqué, seguro que ella también lo sentía.
Por un momento se quedó parada dudando y me miró. ¿Y sabes lo que pasó entonces?
Therese ha arrastrado a Marie hasta el cartón, la suelta allí y da un paso atrás, como para contemplar su obra.
—Entonces abrió la puerta del coche y se sentó a mi lado. Por iniciativa propia. De hecho, creo que se sentía culpable. En cualquier caso, tenía lágrimas en sus grandes ojos y empezó a hablar de Lukas, algo que, por supuesto, no me apetecía escuchar, así que saqué el trapo.
Marie no puede soportar escucharlo. Se le revuelve el estómago y teme vomitar detrás de la apretada cinta adhesiva que aún tiene sobre la boca. Desesperada, intenta distraerse, pero empieza a sollozar y a temblar, aunque no quiera.
—No te voy a mentir, Marie. No fue bonito, se resistió y me arañó con sus largas uñas, pero no duró mucho y luego nos fuimos. De hecho, por las mismas carreteras por las que hemos venido hace un rato, y, cuando llegamos aquí, la traje dentro y la dejé en el suelo, donde ahora estás tú.
Los sollozos de Marie se intensifican. Sus piernas se sacuden sin control y grita detrás de la cinta adhesiva. Deja de intentar liberarse de las tiras. Entonces Therese coge el hacha larga de la estantería y empieza a quitarle de la cabeza algo de plástico que la envuelve.
—Por supuesto, estaba asustada y confundida cuando se despertó, un poco como tú, en realidad.
—Therese mira a Marie con la cabeza ladeada—.
Sé que te gustaría saber qué dijo antes de morir, pero es que no lo recuerdo.
Debes tener en cuenta que yo todavía estaba muy enfadada, tampoco te conocía entonces y se hacía ya demasiado tarde, y luego… Bueno, el resto ya lo sabes.
Marie repite sus alaridos amordazados. Therese suspira hondo y se vuelve hacia ella con el hacha en las manos.
—Lo sé, pero ya está dicho. ¿Hay algo más que pueda hacer por ti?
Marie aparta el rostro de Therese con repugnancia.
Las convulsiones la recorren de arriba abajo, y, fuera de sí, se encoge y chilla con todas sus fuerzas.
Todo su cuerpo está lleno de dolor, y pequeños destellos de su vida junto a Therese en casa con los niños pasan por su mente y la hacen gritar aún más fuerte.
—Cállate, Marie.
Pero Marie no puede contenerse. Grita como nunca antes lo había hecho, se entrega a la disolución total y renuncia a controlarse.
—¡Cállate, te digo! —Therese ha alzado la voz, que resuena fría y enfadada contra Marie, y ella deja de gritar de repente.
En el silencio que sigue, Therese se queda quieta y escucha con la respiración contenida, mientras mira hacia el conducto de ventilación.
Entonces Marie también lo oye. Entre las ráfagas de viento que golpean monótonamente el conducto de ventilación, hay otro sonido. Un sonido lejano y difuso de un motor. Acelera con fuerza, gira a plenas revoluciones, se apaga y vuelve a acelerar con impaciencia.
De repente, Marie siente cómo la esperanza recorre su cuerpo. Hay gente, y están cerca. Mira a Therese, que sigue inmóvil, escuchando. Entonces, en un gesto febril, tira el hacha sobre la estantería y se inclina rápidamente sobre Marie.
Antes de que Marie pueda hacer nada, Therese la agarra por el cuello del traje y comienza a arrastrarla por el suelo.
Con largos y fuertes tirones, tira de ella como si fuera un saco y, cuando llegan al otro extremo de la habitación, con su mano libre abre una trampilla rectangular en el suelo.
La levanta de golpe para que quede apoyada contra la pared y, cuando se aparta un poco, Marie puede ver un agujero excavado en el hormigón.
De golpe, se da cuenta de lo que Therese tiene pensado hacer.
Se retuerce violentamente para resistirse, pero Therese es más fuerte.
Con un firme abrazo bajo los brazos de Marie, la tira hacia atrás sobre el frío suelo y sale con agilidad del agujero.
Marie mira a su alrededor desconcertada.
El agujero es del tamaño de una bañera, aunque no es tan profundo.
A su alrededor hay sacos mohosos con verduras, pero, antes de que pueda darse la vuelta para sentarse, comienza a caer tierra sobre ella.
Entre los pesados y húmedos terrones que la golpean, puede ver a Therese con una expresión inusual y aterrada mientras vuelca la gran bolsa de tierra sobre el agujero y se ayuda con una pala.
Con los ojos apretados, Marie gira la cabeza de un lado a otro en un intento por mantener el rostro libre de tierra, pero la luz se vuelve cada vez más débil y el peso sobre ella, mayor.
Finalmente puede oír cómo la trampilla cae de repente con estrépito.
Le llega el sonido de un candado cerrándose sobre un herraje, y lo último que oye de Therese son sus enérgicos pasos corriendo por el suelo de hormigón.