El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 89
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Capítulo 89

En sueños ve claramente a Caroline. Es como si flotaran girando una alrededor de la otra en un cielo blanco de nieve, y Marie está tan cerca que puede mirarla a los ojos claros y brillantes.

Nota el pelo largo de Caroline ondeando al viento y le hace cosquillas en el rostro; siente su aroma y el calor de su cuerpo cuando flota a su lado.

Es abrumador y satisfactorio, y Marie estira la mano hacia ella, pero la mano atraviesa el aire como si Caroline fuera un holograma.

Es como si, al agarrar el vacío, la gravedad hubiera vuelto.

De repente, es succionada hacia abajo, da vueltas atravesando la negrura, y entonces le duele la cabeza, siente en la garganta el nauseabundo sabor de una dulce medicina y, justo antes de tocar fondo, abre los ojos de golpe.

A su alrededor todo es oscuridad. Hay un motor que zumba ruidosamente y sus vibraciones se propagan al lecho sobre el que está acostada.

Nota que está en un automóvil. Ante su vista pasan corriendo tiras de luz sueltas y separadas; por un segundo parece relajante, pero no puede verlas correctamente y parpadea y parpadea.

Luego se da cuenta de que tiene algo sobre el rostro.

Entonces siente el plástico grueso pegado a la piel.

Siente el aire húmedo y con poco oxígeno y quiere abrir la boca para aspirar aire nuevo, pero no puede.

Algo le mantiene la boca cerrada y, cuando quiere levantar las manos para quitárselo, nota que las tiene atadas a la espalda.

Incapaz de separar los brazos o las piernas, se retuerce de lado a lado mientras, histérica, gira la cabeza para liberarse.

—Tranquila. Si te portas bien, te podremos quitar el plástico.

Su voz suena muy cercana y Marie se queda paralizada por el terror.

Nota una pesada mano que sin miramientos agarra el plástico que le tapa la cara; cuando lo han retirado, Marie intenta desesperadamente inspirar suficiente aire por la nariz.

Luego mira a su alrededor y ve la figura, arriba a su derecha, que está sentada en el asiento del conductor y que la mira a su vez.

—Cucú.

A la luz del cuadro de instrumentos, Marie ve que, por unos segundos, los ojos de Therese la miran casi con nostalgia antes de volver a dirigir la vista hacia el cristal delantero y concentrarse en la conducción.

Marie se da cuenta de que está tumbada con la cabeza en dirección al sentido de la marcha en el asiento del copiloto, que está abatido, y se gira un poco para mirar a su alrededor.

También los asientos traseros, a oscuras, están abatidos, y puede ver que su cuerpo yace extendido y cubierto de un plástico grueso y ondulado como el utilizado para los materiales de construcción, mientras que sus piernas y pies están metidos entre sacos de escombros, que reconoce de su propio garaje.

Más allá puede ver el limpiaparabrisas trasero, quitando monótonamente los copos de nieve, y luego su mirada se dirige a la oscuridad del exterior.

Febril, gira la cabeza hacia la ventanilla lateral más cercana y, mientras mira hacia afuera, hacia otra oscuridad más, y ve las copas de los árboles, se da cuenta de que ha perdido la noción del tiempo.

Presa del pánico, trata de chillar con la boca cerrada.

Se retuerce de un lado a otro y lanza velados gritos, lo que hace que Therese, irritada, la mire con desaprobación.

—¿Y ahora qué? Nadie te va a oír, Marie. Si estás confusa y tienes preguntas, estaré encantada de ayudarte, pero no me apetece que hagas un dramón.

Therese estira la mano hacia la cara de Marie, que siente sus uñas en la mejilla mientras agarra una esquina de lo que le cubre la boca.

Con un movimiento brusco, Therese da un tirón, y lo que Marie supone que será cinta adhesiva queda pegado solo a su otra mejilla; el dolor atraviesa todo su ser mientras abre la boca buscando el aire.

—Bien. ¿Qué es lo que quieres preguntarme? Adelante.

Las profundas respiraciones hacen que Marie tosa con fuerza, y por el rabillo del ojo intuye que Therese mueva la cabeza comprensiva, al tiempo que sostiene con firmeza el volante y mira a través del parabrisas.

—Sí, no es agradable, pero tú misma te lo has buscado, Marie. No tendrías que haber metido la nariz donde no te llaman ni interesarte por cosas que no te conciernen.

En cuanto Marie recupera la voz, levanta la vista desesperada.

—¿Dónde están Thor y Malte?

Hay baches irregulares en la carretera y Therese mira con atención por el parabrisas.

—Tienes que entender que esto no es algo que me apeteciese.

El destino nos unió y podría haberte dado la espalda hace tiempo en el grupo de duelo, pero, en lugar de eso, intenté ayudarte.

Te escuché y te apoyé, incluso mucho después de que tu marido se cansara de ti.

De hecho, creo que tuvimos algo muy hermoso y raro juntas, y me molesta que no me hayas dado ninguna opción.

Marie no reconoce a la mujer sentada al volante. Con la mirada negra y un rictus apretado y medio ofendido alrededor de la boca, sus ojos se fijan en el camino frente a ellas, y Marie levanta la voz, desesperada.

—¿¡Dónde están!?

Da la sensación de que Therese registra sus preguntas con pereza, y Marie ve que echa un vistazo al reloj del cuadro de instrumentos mientras por un instante su cara vuelve a ser la de siempre.

—Thor estará saliendo ahora. ¿Y no era hoy cuando Malte se iba de excursión con su club de tiempo libre?

Marie siente la sangre latir en su cuerpo.

Intenta evaluar si Therese pudo haber llegado a hacer daño a los chicos, pero por la respuesta no parece que sea así.

Un alivio se extiende por ella durante unos segundos, pero luego se le pasa por la cabeza que tiene que aprovechar el tiempo haciendo entrar en razón a esa mujer loca.

Ella no sabe a dónde van ni qué le espera, pero tiene que mantener la cabeza fría y se obliga a que su voz suene como suele hacerlo.

—Therese, tienes que volver. Por ti. Los chicos descubrirán que he desaparecido. Contactarán con la policía, y ellos atarán cabos con la llamada que hiciste desde el móvil. Todos sabrán que eres tú.

—Oh, por Dios. ¿¡No creerás todavía que hice esa llamada!?

La voz es tranquila. Marie contempla fijamente a Therese y esta le dirige una mirada fugaz.

—Más bien estuve charlando un rato con la grabación de espera de Silvan. Y de paso aproveché el tiempo para borrar lo que había en el teléfono de tu hija… Aparte de acordarme de eliminar las búsquedas que hiciste en tu ordenador.

Marie siente que la piel empieza a picarle de puro miedo, pero no quiere demostrar debilidad y lo intenta una vez más.

—No importa. Denunciarán mi desaparición. Hablarán con la policía, y la policía intentará hablar contigo, investigará las cosas y empezará a preguntar a la gente si ha visto algo.

—Gracias, pero todo irá bien. Y es que esa es la idea. ¿Aún no has comprendido lo que me has obligado a hacer?

Su voz sigue impasible, y Marie no entiende nada. La calzada es irregular y Therese, con cuidado, disminuye un poco la velocidad mientras responde a su propia pregunta.

—Es probable que los muchachos me llamen primero a mí, pero mi móvil estará apagado.

Podría haber ido a la piscina o algo así.

Entonces telefonearán a su inepto padre, que no sabe nada en absoluto, y sí, entonces irán a la policía.

«¿Cuándo fue la última vez que la viste?

¿Cómo estaba?», preguntará el agente. Y los chicos responderán que, por desgracia, últimamente ya no sonreías. ¿Verdad?

Marie la mira sin comprender.

—Así que se cursará una orden de búsqueda indicando que has desaparecido en lo que se llama un estado mental deprimido. Eso es ya es medio obituario, porque en la jerga policial significa que posiblemente podrías querer quitarte la vida.

Marie se da cuenta de lo que Therese está diciendo y cuál es su plan. Aturdida, levanta la vista, y Therese la mira brevemente antes de concentrarse de nuevo en el camino.

—Sí, es un lío, Marie. Pero tendré que respaldar esa teoría cuando regrese en hora y media. Junto con los niños, comenzaré a buscarte en las estaciones de tren y parques, y continuaremos así todos los días durante unas semanas hasta que al final tengamos que rendirnos y consolarnos mutuamente.

Al principio, Marie no puede decir nada. El escenario que dibuja Therese es una pesadilla incomprensible y, aunque no quiere mostrarlo, siente que las lágrimas pugnan por brotar.

—Pero no puedes… Quieres a los chicos. Lo he visto.

Therese asiente con decisión sin apartar la vista de la carretera.

—Puedes jurar que los quiero. Y cuando uno de los progenitores se quita la vida es muy difícil. De hecho, mientras dormías tu hermoso sueño, me preguntaba si no sería lo mejor que me convirtiera en su tutora. De esa manera podría cuidarlos todo el tiempo, ¿verdad?

Entran en un terreno aún más accidentado y Therese tiene que esforzarse por sostener el volante mientras Marie la mira, muda.

—¿Qué dices?

—Bueno, ya veremos. Por supuesto, eso requerirá que los niños dirijan su dolor y enojo hacia su padre, que ha fracasado tanto.

De hecho, creo que pesará mucho sobre las autoridades si ninguno de ellos quiere vivir con él, y ahí será bueno que la mejor amiga de su madre conozca el sistema por dentro.

Marie ya no puede controlar sus emociones. Comienza a moverse de un lado a otro con todas sus fuerzas.

—¡Suéltame! ¡Suéltame ya!

Therese sigue conduciendo mientras reduce la velocidad y se suelta el cinturón de seguridad.

—Te entiendo bien, y para mí tampoco es fácil, Marie. Pero, si te sirve de consuelo, haré por ellos cualquier cosa y siempre hablaré bien de ti.

—¡Suéltame! ¡Suéltame, te digo!

—Bueno, ya hemos llegado. Hablaremos de Caroline cuando estemos dentro.

Therese pisa el freno y apaga el motor, con lo que el automóvil se detiene en seco. Antes de que Marie pueda hacer nada, Therese se le acerca y le aprieta las mandíbulas con fuerza para poder pegarle de nuevo la cinta adhesiva en la boca.

—Si supieras cuántas veces me he mordido la lengua por no responder a tus preguntas, pero ahora puedo decírtelo todo para que puedas tener paz. Hasta luego.

Therese ha sacado un paño y una botellita transparente de los bolsillos de su abrigo, y Marie, al ver que está mojando con cuidado el paño con el dulce contenido del recipiente, vuelve a gritar desde detrás de la mordaza.