Capítulo 87
—Ya falta poco. Acompáñeme, por favor —le informa una joven ayudante de producción con auriculares al cuello, asomando la cabeza por la puerta.
Nylander asiente. Está en la sala de maquillaje de una de las mayores cadenas de televisión del país, y la maternal maquilladora, inclinada sobre él, le da un último retoque suave en la frente con la borla antes de quitarle el delantal con una sonrisa y permitir que se levante de la silla.
Él sigue a la ayudante de producción por el pasillo, donde los empleados se afanan concentrados en los preparativos para la emisión.
De paso, no puede evitar notar las miradas que le dicen que hoy es él quien va a ser el centro de atención.
Ya no hay horribles asesinatos con los que entretener a la población en los noticiarios diarios, pero los delitos que se han cometido deben exprimirse hasta la última gota de sangre, esta vez con una entrevista en exclusiva y en directo con Nylander en el canal de noticias.
Se han reservado nada menos que veinticinco minutos para la conversación, y el presentador del programa ya le ha dicho a Nylander que el enfoque será positivo.
No es algo a lo que Nylander esté acostumbrado en el último año, pero está claro que el viento ha cambiado.
Se trata de un «regreso casi sensacional» para el departamento de Homicidios, que, en palabras del presentador, «se ha recuperado tras el desastre del caso Hartung».
Hace solo un mes, esas palabras habrían sido música para los oídos de Nylander, pero, mientras se acerca al estudio de televisión, todavía no puede evitar sentirse como un títere al que la dirección de la policía le ha cortado las pelotas.
Esa sensación se había adueñado de Nylander a raíz de la reunión de emergencia que mantuvo una semana antes con la dirección, tras el hallazgo del fichero de música con la canción del escondite en el móvil de Torsten Vangsø.
Aunque reconociese que el descubrimiento era importante, no aplaudió entusiasmado al explicarlo.
Por una parte, aún tenía muy presente la conversación con la madre de Caroline Holst; por otra, recordaba las dudas que Hess y Thulin habían expresado sobre Torsten Vangsø.
Con el recuerdo del caso Hartung, en el que él mismo, en varias ocasiones, se había precipitado a la hora de apuntar a un autor, en esta ocasión se había mostrado prudente a la hora de dar por concluida la investigación.
Pero la dirección veía el caso de manera diferente.
Sintiendo la presión agobiante sobre el cuerpo, tanto desde los estamentos políticos como desde una población asustada, el alivio ante la creciente carga de la prueba contra Torsten Vangsø se podía leer en sus rostros.
Cuando le preguntaron por qué dudaba, Nylander no estuvo lo suficientemente preparado como para defender su punto de vista de forma adecuada, por lo que tuvo que ceder a la solicitud de la dirección para que se convocara una rueda de prensa esa misma tarde.
—Adelante, tome asiento, por favor —le dice a Nylander la joven ayudante, que le muestra con un movimiento de la mano una de las dos sillas acolchadas y de diseño bañadas por la luz de los focos frente a las cámaras.
El presentador, ya sentado, le tiende a Nylander la mano y comienza una conversación profesional mientras un técnico de sonido le coloca un micrófono a Nylander.
Sin embargo, ante Hess y Thulin, que entraron como un torbellino poco antes de que comenzara la rueda de prensa, no pudo admitir que había sido convocada sin estar él de acuerdo.
En condiciones normales, Nylander habría sentido un cierto júbilo ignorando sus protestas, pero no en esa ocasión, y para colmo había sentido verdadera pena al tener que darle a Hess la noticia de que su hermano estaba a las puertas de la muerte en el hospital.
Un final terrible y una tragedia para Hess, que además tuvo como consecuencia que, a partir de entonces, Nylander dejara de contar con Hess y con Thulin y se quedara solo con sus dudas.
Para despejarlas todas, Nylander se había dedicado durante la semana a investigar los cabos sueltos que Hess y Thulin habían mencionado.
Había preguntado a los técnicos por el coche con la abolladura en el guardabarros trasero izquierdo, por la discrepancia entre las fotos enviadas por el acosador y las que se habían encontrado en el apartamento de Torsten Vangsø, e incluso había conseguido una copia del resumen del antiguo caso de la unidad móvil, que, sin embargo, solo le había dejado la impresión de algunos puntos en común que bien podrían ser casualidades.
En paralelo, había tenido la prudencia de mantenerse lo más alejado posible de la prensa y, cuando se había visto obligado a hacer declaraciones, había sopesado cada palabra con mucho cuidado, por si de repente aparecía un trol en forma de pista que diera un giro inesperado a la investigación.
Pero, a medida que pasaban los días, no había sucedido nada, y, cuando el presentador del programa había llamado en persona a Nylander esa mañana para explicarle su intención de hacerle una entrevista, había decidido que era hora de recoger los frutos de su trabajo.
—¡Dos minutos! —Se oye gritar desde algún punto en la oscuridad del estudio de televisión, y el presentador le da una palmada en el hombro para indicarle que debe prepararse.
Nylander se estira en la silla acolchada y, bajo la luz de los focos, se da cuenta de lo mucho que ha esperado ese instante.
Atrás queda un año tremendamente duro; ha sido tratado muy mal y él y el departamento se han ganado el regreso por el que dentro de poco será elogiado.
Si alguien merece un momento de reconocimiento y honor, ese es él, y luego los reparos emocionales por los familiares de Caroline Holst los anotarán en el libro del olvido y se apaciguarán con la certeza de que él hizo lo que pudo.
—Un minuto. ¿Todos los móviles están apagados? —Se oye decir al del sonido, que saca la cabeza de la oscuridad—. Hay algún ruido que se cuela por vuestros micrófonos.
Mientras el presentador del programa coloca sus papeles, Nylander saca el móvil del bolsillo interior. Está seguro de haberlo apagado en la sala de maquillaje, pero ahora ve que solo ha bajado el sonido.
No es el número de llamadas lo que le aturde, sino el hecho de haber recibido un mensaje de texto de Hess. Thulin también le ha escrito y además le ha llamado varias veces.
—Treinta segundos.
Nylander llega a ver una foto adjunta y a leer el encabezado de los mensajes antes de tener que volver a guardar el móvil.
La sangre le sube a la cabeza. Siente los latidos del corazón, el sudor de la frente se abre paso entre el maquillaje y las palmas están húmedas.
Parecería que los dos nombres vistos en la pantallita le han provocado una reacción alérgica, y las preguntas se agolpan en su mente.
¿Por qué ha estado Hess en el departamento de Genética Forense? ¿Por qué le adjunta Thulin una foto de una familia en la que Caroline Holst aparece con un bebé en brazos que está vestido de duende? ¿Por qué…?
—¿Va todo bien? —pregunta el presentador con una mirada preocupada.
—Sí. Todo bien —responde Nylander, intentando parecer tranquilo.
Se asegura a sí mismo con todas sus fuerzas que ha verificado todos los datos del caso y que los focos y las cámaras no son el barril de pólvora sobre el que su ansiedad le dice que está sentado.
—Cinco, cuatro, tres, dos…
Nylander se levanta de golpe. Antes de que termine la sintonía de las noticias, ha abandonado su silla. Mientras el presentador lo mira con la boca abierta, Nylander saca su móvil y se apresura hacia la salida.