El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 86
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Capítulo 86

Lágrimas desesperadas corren por las mejillas de Marie.

Con la manga, tiene que secárselas varias veces, así como los mocos, mientras de su boca brotan descontroladas las palabras sobre el hallazgo del teléfono secreto de Caroline, que está frente a ella sobre la mesa del salón-cocina.

No puede dejar de temblar y tiene que concentrarse para no dejarse ningún detalle en su relato sobre los mensajes de texto entre Caroline y el joven, sobre la búsqueda en la red que la había llevado a la casa de Tingbjerg, sobre Caroline cuando trabajó como canguro y sobre la cháchara del vecino anciano que le contó que ese joven había estado casado y ahora estaba muerto.

Cuando, entre hipidos, Marie termina su explicación, siente que regresa la rabia.

La idea de que, con diecinueve años, su niña haya sido una pieza de ajedrez en un matrimonio tóxico, la lleva a mirar rabiosa a Therese, que ha estado pensativa mientras escuchaba desde su silla con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo.

En cuanto Marie se alejó de la parcela de Tingbjerg, llamó a Therese, aunque sabía que estaba trabajando.

Por fortuna, pudo contestar al teléfono y Marie comenzó a farfullar acerca de todo lo que había descubierto.

No pasó mucho tiempo antes de que Therese la interrumpiese, amable pero firme, y le dijera que tenía que intentar tomárselo con tranquilidad.

Le preguntó dónde se encontraba y, cuando Marie le respondió que iba todavía en el coche, Therese le dijo que se acercaría de inmediato para que no estuviera sola.

Marie había pensado que era una buena idea tener tiempo para aclarar las confusas ideas antes de llamar a la policía, y llegaron a casa casi al mismo tiempo, Therese un poco después.

Por suerte, aún faltaban un par de horas para que Thor y Malte regresaran de clase.

Therese le pidió que se sentara y comenzara por el principio.

La presencia de Therese le había resultado reconfortante y había sido liberador que la escucharan con empatía, pero, ahora que ya había contado lo que sabía, estaba impaciente por ponerse en contacto con la policía.

—Probablemente tengas razón —afirma Therese, pensativa y observando a Marie con su mirada inteligente—. Lo que has localizado puede que sea importante y, por lo tanto, es correcto que pienses que la policía debe ser informada. Pero no por ti, Marie.

Marie ya estaba buscando su móvil en el abrigo que tiene colgado del respaldo de la silla, pero ahora mira sorprendida a Therese, que aún con su abrigo de invierno puesto sigue sentada junto a ella. Pone una mano sobre la de Marie y la mira con calidez y preocupación.

—Está claro que estás volviendo a excitarte. Y eso no puede ser. Tienes que pensar en ti misma y sentirte bien. Y en los chicos, que se enfadarán contigo si vuelves a meterte en todo esto. Están muy afectados, Marie, y lo sabes muy bien.

—Pero hay que llamar ya. Tengo que…

—No, no tienes que. Ya lo haré yo por ti.

—Pero yo me puedo encargar…

—No, no puedes. ¡Esto ha empezado a ser una casa otra vez!

De pronto ha aparecido dureza y resentimiento en la mirada de Therese, y su rechazo suena como el chasquido de un látigo.

Marie la mira sorprendida. En el silencio que sigue, no puede evitar retirar la mano. Therese se suaviza y la mira conciliadora.

—Disculpa que utilice ese tono. Pero realmente necesitas tranquilidad, Marie, y también los chicos. ¿Por qué no quieres utilizarme como portavoz? Dame el número de esa inspectora y la llamo inmediatamente.

Therese se levanta y saca su móvil del abrigo.

Marie duda, pero por fin cede y se dirige a la estantería de las especias, donde dejó la tarjeta de visita de Naia Thulin.

Se la alcanza a Therese, que al instante empieza a teclear en el teléfono.

Por un momento fija la vista en Marie mientras espera a que se establezca la comunicación y, al poco, Marie ve que han contestado a la llamada.

—Sí, buenos días, disculpe que la moleste. Mi nombre es Therese Solkær y soy amiga de Marie Holst. ¿Tiene un momento?

Mientras Therese escucha la respuesta, coge de la mesa el móvil secreto de Caroline y le hace indicaciones a Marie para que lo desbloquee. Esta hace lo que le pide y teclea el código para que su amiga tenga acceso al teléfono. Therese continúa la conversación que había comenzado.

—Gracias. Suena bien. Se trata de un antiguo teléfono móvil de Caroline que Marie ha localizado hoy. Estaba escondido en la habitación de su hija, pero Marie ha conseguido abrirlo y cuando comprobó su contenido…

Mientras habla, Therese se va al dormitorio de Marie. Se da la vuelta hacia Marie y le hace un gesto tranquilizador antes de cerrar la puerta.

Marie se queda en la cocina. Su propio móvil comienza a vibrar con insistencia desde el bolsillo del abrigo que está en la silla, pero no se ve con fuerzas para contestar justo en esos momentos.

A través de la puerta de la habitación, oye a Therese que continúa la conversación con Naia Thulin, pero siente que hay algo extraño.

Se acerca hasta la puerta y, al aproximar el oído, oye a retazos la voz de Therese que está contando fielmente los detalles que Marie le ha dado.

Y, sin embargo, ese extraño sentimiento no desaparece, y Marie no entiende por qué.

Cuando el anciano de la pala le contó que Lukas Evaldsen y el niño habían muerto en un accidente de tráfico, esa información la turbó por un momento.

Un accidente de tráfico. Igual que lo que había contado Therese en el grupo de ayuda.

El siniestro en el que había perdido a su marido y a su hijo.

Pero un accidente lo puede tener cualquiera, y la propia Therese había contado que ella y su marido habían vivido en Hornbæk, no en Tingbjerg.

Además, el marido era director de banco y su novio desde la escuela, y no un estudiante de hostelería más joven que ella.

Pero de repente cae en la cuenta de que solo cuenta con la palabra de Therese.

Marie siente que su corazón se acelera de nuevo.

La idea que se le acaba de ocurrir es demasiado absurda e intenta apartarla.

Pero son sus piernas las que se ponen en movimiento en dirección al sótano.

Lanza una mirada vigilante a la puerta del dormitorio antes de bajar a la carrera pero sin ruido las escaleras y, aunque oye sonar el teléfono en el bolsillo de su abrigo, no retrocede.

Cuando llega al cuarto de Caroline, se planta con decisión en el centro de la habitación y mira a su alrededor.

Está como la dejó a primera hora de la mañana.

Los restos del armario siguen tirados por el suelo, donde ella los dejó, y el plástico sigue cubriendo la cama barco y la bolsa con la ropa de Therese.

Esa extraña sensación va en aumento, así que retira el plástico, saca la bolsa de Therese y comienza a rebuscar en ella febrilmente.

Lleva algo de ropa, una novela rosa de médicos, unas gafas de leer, una bolsa de aseo, una toallita, un secador de pelo, algunas cremas y nada más.

Nada personal, nada que delate el más mínimo detalle.

Para asegurarse, mira también la bolsa de aseo, y un cepillo y pasta de dientes, un peine, un poco de maquillaje y algunos aretes revolotean entre sus dedos inquietos, pero nada más.

Con la sangre latiendo en sus oídos, también examina los pequeños bolsillos laterales del neceser, y en el último, al final de este, de repente puede sentir con la punta de los dedos un trozo de papel doblado.

Lo pesca y lo mira. El papel doblado es blanco, pero sucio y gastado, y, cuando sus dedos temblorosos lo despliegan con decisión, se da cuenta de que es una foto Polaroid.

Es un primer plano de tres caras que tienen la cabeza apoyada en una almohada de hospital. El rostro de Therese, sonriente y arrebolado, es el primero en el que se fija. Luego ve un recién nacido dormido y, al lado del bebé, una cara más preocupada, que reconoce como la de Lukas Evaldsen.

La vista de Marie se nubla. Tambaleándose, da un paso hacia atrás y siente que las náuseas conquistan su diafragma mientras se le hace un nudo en la garganta. Siente que se va a descomponer en miles de fragmentos, pero entonces percibe el ruido de pasos que bajan la escalera.

Se apresura a volver a guardar la foto en el bolsillo lateral y a cerrar la cremallera. Luego suelta el neceser en la bolsa y a la carrera la coloca en el mismo lugar en el que estaba. Consigue extender el plástico sobre la cama justo antes de que Therese asome la cabeza por la puerta.

—¡Bueno! Ya está todo contado. Me llamarán en cuanto hayan investigado el caso.

Marie se da cuenta de que la está mirando fijamente, pero no puede ni decir nada ni devolverle la mirada. Tiesa como un palo, finge que está junto a la cama para observar el hueco de la pared donde estaba el armario.

—Bien —tartamudea—. Gracias.

Tiene miedo de vomitar en cualquier momento.

—De nada. Tenemos que cuidarte, ¿no? ¿Qué haces?

Marie observa que Therese está recorriendo la habitación con la mirada y se apresura a responder.

—Solo quería ver qué tipo de armario tengo que comprar. Creo que voy a ir.

—¿Ahora?

Nota la sorpresa en la voz de Therese y se esfuerza por sonar firme.

—Sí, ahora. Así queda hecho antes de que cierren.

De reojo ve que Therese está asintiendo.

—Claro. Buena idea.

Marie intenta controlar su propio cuerpo y consigue que las piernas la obedezcan y den el primer paso en dirección al hueco de la puerta.

Pero Therese no hace ademán de retirarse.

Está de pie con las manos metidas en los hondos bolsillos de su abrigo y, cuando Marie se detiene y por fin la mira, los ojos de Therese son negros como el carbón y su expresión ha cambiado totalmente.

—¿No tendrás que ordenar antes de irte?

Therese señala con la cabeza algo detrás de Marie, que se vuelve desorientada para ver a qué se refiere. Entre el plástico extendido sobre la cama, divisa la pasta de dientes junto al neceser.

—Jugando al escondite…

Es lo último que Marie oye antes de que un trapo le apriete la cara y todo se vuelva negro.