El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 85
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Capítulo 85

Cuando cierra tras de sí la puerta del antiguo orfanato, ve a la amarillenta luz de las ventanas que la nevada ha arreciado.

Baja a saltos la escalinata y corre hasta su coche atravesando el oscuro aparcamiento y, después de haberse sentado y arrancado el motor, coloca el teléfono en el soporte del salpicadero y marca el número de Raheem.

Los faros del coche iluminan la avenida de árboles que conduce al exterior del recinto de la institución y, cuando acelera para entrar en la carretera comarcal, tiene que sujetar bien el volante para que el automóvil no patine en la resbaladiza calzada.

Raheem no tarda en contestar su llamada y en su voz impaciente oye que ha estado aguardando sus noticias.

—¿Qué hay?

—¿Reimer Jensen? O sea, como…

—Sí, su hija. Corre prisa.

—¿Número de la seguridad social?

—No lo tengo. ¡Tú date prisa!

Thulin oye que Raheem empieza a teclear, probablemente para entrar en los registros, y le resulta difícil esperar. Aún no sabe cómo encajar todo, pero lo que acaba de descubrir sobre Mia Reimer Jensen es suficiente para intuir que esa persona puede ser la que estaban buscando.

La conversación con Bjarke Venø en la oficina del director la había dejado completamente desconcertada.

El hecho de que Bertel Reimer Jensen tuviera una hija en el hogar, a la que supuestamente había obligado a participar en sus delitos, era en sí mismo espeluznante, y de inmediato pidió ver el expediente que Aggersminde debía de tener sobre su hija en algún lugar de sus archivos.

Sin embargo, Bjarke Venø se había mostrado indeciso.

El problema era, por supuesto, que los antiguos expedientes no se habían digitalizado, por lo que, si aún existía, debía de estar en el «gabinete» del sótano.

Acompañada por la amable secretaria y Bjarke Venø, Thulin había bajado a un rincón de un laberinto de sótanos y había descubierto que el «gabinete» consistía en dos salas contiguas en las que se almacenaba una cantidad incalculable de cajas de cartón llenas de polvo, que se amontonaban desordenadas en la mayor parte del suelo.

Todas las cajas tenían un año escrito a mano, y Thulin entendió, por lo que le dijeron Bjarke Venø y la secretaria, que los viejos expedientes estaban ordenados por el año de nacimiento de los niños.

Dado que Mia Reimer Jensen había cursado cuarto curso en 1992, debía de tener nueve o diez años, por lo que su expediente debía encontrarse en una caja con la inscripción «1982» o «1983».

Con la ayuda de la secretaria y el director, Thulin se puso a localizar las cajas de los años en cuestión; una vez encontradas cuatro cajas, su tarea consistió en revisar cada uno de los expedientes para ver si el nombre de Mia Reimer Jensen figuraba en la portada.

Mientras examinaba los archivos, le pidió al director del centro que le contara lo que recordaba sobre la niña y su familia, y sus palabras no hicieron más que intensificar la búsqueda de Thulin.

Mia Reimer Jensen había vivido en el hogar desde que tenía siete u ocho años, y Bjarke Venø recordaba que la razón un tanto imprecisa por la que había sido internada era, al parecer, que su familia era «disfuncional».

Al igual que la mayoría de los demás niños del centro, ella añoraba su hogar, pero las visitas a su familia se limitaban a un fin de semana al mes.

En el periodo previo a la detención de Bertel Reimer Jensen, Bjarke Venø recordaba que, paradójicamente, a la niña se le había prometido que pronto podría volver a casa de forma permanente y vivir con su familia, pero en el verano de 1992 todo se vino abajo con la revelación de los atroces actos de su padre, y el sueño de Mia se desvaneció.

Unos meses después de la detención, el orfanato recibió la noticia de que el padre de la niña se había suicidado.

Puesto que la madre había sido ingresada en un centro psiquiátrico por tiempo indefinido, el orfanato siguió encargándose de Mia.

A lo largo de los años se habían hecho varios intentos por encontrarle un nuevo hogar, pero, lamentablemente, el interés de las familias de acogida y adoptivas había sido escaso.

Bjarke Venø pensaba que eso se debía, en parte, al bagaje que Mia Reimer Jensen arrastraba consigo y, en parte, a que la chica no tenía una forma de ser nada fácil.

Era introvertida y callada, y aunque se había esforzado en cada «intento de reinserción», las familias que la habían acogido a modo de prueba acabaron devolviéndola.

A finales de la década de 1990, cuando Mia se había hecho demasiado mayor para vivir en el orfanato, la habían colocado en una casa juvenil de renombre en otra parte de la isla de Selandia.

Mientras tanto, su madre había fallecido tras una larga enfermedad, y Bjarke Venø no había vuelto a ver a Mia Reimer Jensen desde entonces.

Sin embargo, tenía la impresión de que le había ido bien.

—Y eso ¿por qué? —preguntó Thulin, levantando la vista de las cajas de cartón.

—Este orfanato fue su hogar durante muchos años, así que de vez en cuando hemos tenido la suerte de recibir una postal suya. Como de tantos otros.

—¿Dónde están esas postales?

—Sí. Buena pregunta —había respondido el director, buscando con la mirada a la secretaria, que había subido las escaleras mientras Thulin se inclinaba sobre una nueva pila de expedientes.

A Thulin le causó impresión pensar que cada uno de los expedientes que había en los sótanos representaba a un niño sin familia.

O, al menos, un niño sin una familia que pudiera hacerse cargo de él.

Cuantas más carpetas polvorientas tenía en las manos, más difícil le resultaba imaginarse el destino de los niños, aunque uno de los peores sin duda era el de Mia Reimer Jensen.

Pero su carpeta no apareció y, cuando se vació la última de las cuatro cajas de cartón, Thulin miró inquisitivamente a Bjarke Venø, quien, lamentándolo, extendió los brazos y dijo que, en ese caso, la carpeta debía de estar en alguna de las otras cajas.

Con apenas disimulado disgusto, Thulin había decidido despedirse para no perder más tiempo.

Sabía que sin un número de identificación personal podría ser difícil encontrar a Mia Reimer Jensen, que hoy debía de tener cuarenta y uno o cuarenta y dos años, pero confía en que Raheem podrá hacer magia y vuelve a centrar su atención en el teléfono cuando él carraspea al otro lado de la línea.

—Mia Reimer Jensen. Vivió hasta 2001 en la casa juvenil Sløjfen en Odsherred —dice Raheem.

—Eso ya lo sé. Pero ¿y después?

—No hay más datos.

—Tiene que haber algo.

—No hay nada. No encuentro nada sobre Mia Reimer Jensen. Al menos, no sin un número de identificación personal. ¿Qué quieres saber de ella?

A Thulin le bullen los pensamientos mientras la carretera pasa en la oscuridad.

Que el nombre de Mia Reimer Jensen no aparezca en los registros puede significar que ha cambiado de nombre, tal vez porque ha querido distanciarse de su padre, o que se ha casado y ahora tiene un nuevo apellido, pero sin un número de identificación personal es difícil seguir adelante.

—¿Sabes dónde vive o a qué se dedica hoy en día? —inquiere Raheem—. ¿Su trabajo, sus aficiones, su familia, sus hijos?

Thulin no sabe nada. Le pregunta a Raheem sobre diferentes posibilidades para encontrarla, pero él tiene que contestar que no, y su respuesta la lleva a detenerse en el arcén poco antes de la salida de la autopista que lleva de vuelta a Copenhague.

—Tienes que intentarlo, Raheem.

—Pero ¿de qué se trata?

—Te lo explicaré más tarde. Ahora lo más importante es encontrarla. Haz todo lo que puedas.

Thulin cuelga el teléfono. Intenta aclarar sus ideas para decidir qué hacer.

Aunque Raheem es casi un mago, no puede confiar en que vaya a tener éxito en localizar a Mia Reimer Jensen, por lo que decide volver a Aggersminde para comprobar si su carpeta está en alguna de las otras cajas.

Con dificultad, da la vuelta al coche en la nieve acumulada y se dirige de nuevo al lugar.

Mientras se encontraba en el sótano del antiguo orfanato, rodeada de la abrumadora cantidad de expedientes, Thulin había sentido que iba por buen camino, porque tenía claro que Mia Reimer Jensen y los demás niños del lugar compartían un destino común con los niños del juzgado de familia y, sobre todo, con los del grupo de apoyo.

Todos eran víctimas involuntarias de la vida de los adultos.

Como Bjarke Venø había expresado de manera tan gráfica, se habían cortejado, construido nidos y puesto huevos, pero los nidos se habían roto y los huevos y las crías habían sido aplastados o heridos por los propios padres, por la vida o por un cuclillo cualquiera, y, tanto en el orfanato como en el juzgado de familia, los expedientes estaban llenos de descripciones de cómo los hijos habían pagado el precio.

Esta línea de pensamiento lleva a Thulin a centrarse de nuevo en el hecho de que todas las personas asesinadas, excepto Caroline Holst, tenían hijos en el grupo de apoyo, y ahora surge de repente una nueva pregunta concreta.

Thulin siente que necesita una respuesta.

Pisa el freno, se detiene de nuevo a un lado de la carretera y busca rápidamente el número de la nueva subdirectora.

Es última hora de la tarde y Thulin no está segura de que esté todavía en la oficina, pero, por suerte, le contestan al teléfono.

—Juzgado de familia, al habla Anja Juul Petersen.

—Soy Thulin del NC3.

—¿Sí…?

El tono es amable, pero con un punto de prisa, así que Thulin no se entretiene.

—Tengo una pregunta más. ¿Entre los trabajadores que se relacionan con los grupos de apoyo a los niños hay alguna persona llamada Mia? ¿Mia Reimer Jensen o solo Mia con algún otro apellido o…?

—No. No hay nadie. En estos momentos tenemos tres psicólogas y dos psicólogos encargados de los grupos de apoyo, y ninguna de las mujeres se llama Mia.

—¿Y entre el personal administrativo que tenga contacto cercano con el grupo de apoyo?

—No. No hay nadie que se llame Mia. Me acordaría.

Thulin se queda muy decepcionada, pero, antes de que pueda cortar la comunicación, la nueva subdirectora continúa:

—Pero me alegro de que haya llamado. Tenía pensado contactar con usted el lunes para decirle que la información que le di a primeros de semana no es del todo correcta.

—¿Qué quiere decir?

—Tras nuestra conversación, para asegurarme, fui a releer los informes del grupo de apoyo. Y no había ninguna anotación sobre nuestros colaboradores, pero esta tarde me llamó la atención que en un momento dado hubo problemas con una asesora externa.

Un camión con remolque pasa zumbando en la oscuridad y Thulin tiene que acercarse más al altavoz para asegurarse de que oye lo que la mujer le dice.

—¿Qué tipo de asesora externa?

—Una asistente social de familia. La contratación fue, evidentemente, antes de mí, pero miré las notas del subdirector, y la asistente social estuvo contratada al parecer durante un par de años. El contrato fue rescindido con fecha del primero de diciembre del año pasado.

Thulin se queda sorprendida.

—¿Por qué fue rescindido?

—En las notas del subdirector veo que al principio no hubo nada que reprochar en cuanto a sus capacidades; parece que luego cambió el trato con los usuarios y hubo episodios.

—¿Qué episodios?

—Tal vez sea información confidencial y…

—¿Cómo le cambió el carácter?

—En las notas decía que había abroncado a algunos.

Se había mostrado aleccionadora y agresiva.

Especialmente con los usuarios del grupo de apoyo que habían sido infieles se había comportado de manera cruel.

Algunos se quejaron de ella porque se sentían humillados y se había tomado demasiadas confianzas.

Thulin se queda petrificada. Otro camión se desplaza a toda velocidad soltando cascadas de nieve a su paso.

—Necesito su nombre. ¿Cómo se llamaba?

—No lo recuerdo. Pero no era Mia. Y ahora estaba…

—Es importantísimo. Tengo que saberlo ya.

—Un momento.

Thulin oye a la subdirectora interina dejar el teléfono sobre la mesa.

Escucha pasos que se alejan por la habitación y siente el corazón latir con fuerza, presagiando un gran avance.

Una mezcla de emoción y alivio la invade, pero entonces se da cuenta de que, durante la conversación con la subdirectora, ha recibido un mensaje de texto de un número desconocido.

Encontramos la caja de postales. Esta nos la enviaron Mia y su familia hace unos tres años. ¿Le podría servir? Saludos, Bjarke Venø.

Le ha enviado una foto de una postal navideña de 2020.

Coloridas cintas en el abeto y adornos navideños rodean la imagen de una pequeña familia reunida en una sala de estar de techo bajo, junto a un árbol de Navidad demasiado decorado.

La mujer, que debe de ser Mia Reimer Jensen, está de pie con un gorro de Papá Noel y sonríe efusivamente a la cámara.

Abraza a un hombre que debe de ser al menos diez años menor que ella.

Este está más pendiente de un bebé vestido con un traje rojo de duende, que descansa en brazos de una adolescente.

La muchacha, también con gorro de Papá Noel, está sentada en la alfombra y sostiene al niño con cariño.

Thulin sabe al instante que ha visto antes a esa mujer. El alivio que había comenzado a sentir desaparece y sus músculos se tensan. Amplía la cara de la mujer mientras se estruja el cerebro.

—Ya estoy de vuelta. ¿Hola?

—Sí —contesta Thulin, ausente.

—La asistente social se llamaba Therese Solkær. Pero dónde puede estar ahora, no lo sé.

—¿Tiene una foto suya? —pregunta Thulin, mientras amplía al joven para ver si su rostro la puede ayudar a recordar.

—No, lo siento. ¿Hay algo más que pueda hacer por usted?

El rostro del hombre no le dice nada, y solo cuando hace zoom en la adolescente sentada en la alfombra y que sostiene al niño pequeño se da cuenta de que está viendo un rostro que conoce muy bien.

—¿Hola? —oye en el teléfono, pero es incapaz de contestar.

Se queda paralizada contemplando el rostro sonriente de Caroline Holst, y, mientras contiene la respiración y piensa como loca, recuerda de pronto dónde ha visto a Mia Reimer Jensen. Y con quién.