Capítulo 84
—Pero cuénteme lo que recuerde de aquel día. ¿Fueron en autobús a un lago?
Thulin está sentada frente al director Bjarke Venø, que, inquieto, la mira desde su silla tras una mesa elevable en su despacho de dirección.
En el exterior ha caído la oscuridad y la luz es escasa en la enorme habitación.
En una estantería, detrás del director, hay una balda llena de una colección de aves disecadas, y el interés ornitológico no queda desmentido cuando se echa un vistazo a la biblioteca del hombre.
Bjarke Venø se acerca a los sesenta. Detrás de las gafas parpadean unos ojos amables, que en este momento se muestran inseguros y quizá también un poco nerviosos, y Thulin puede ver en su rostro que todavía está desconcertado por la situación.
—Pero no entiendo por qué tengo que…
—Desgraciadamente, no puedo entrar en detalles. Solo puedo decir que quizá sea relevante para un caso en el que estamos trabajando ahora mismo. ¿Qué recuerda?
Thulin se había ido al orfanato Aggersminde, en Jyllinge, en cuanto acompañó a Le a casa desde el colegio y dejó las maletas.
El ambiente entre ellas había sido tenso desde el momento en que Le comprendió que esta vez no podría montar en monopatín por el paseo marítimo de Niza, y, al bajar por las escaleras, Thulin había llamado a Aksel para rogarle que fuera a verla y a animarla.
Cuando Aksel le prometió que así lo haría, se subió rápidamente a su coche y, tan pronto como introdujo la dirección que Raheem había encontrado en su GPS, puso rumbo a Selandia Central.
A medida que se acercaba a su destino, fue siendo cada vez más consciente de que su padre debía de haber recorrido las mismas carreteras en su día.
Esa certeza la había llevado a acelerar el ritmo y, cuando llegó al campo y entró en la avenida flanqueada por árboles cubiertos de nieve que conducía al complejo de edificios, sintió emoción.
Lo primero que observó al salir del coche fue, por supuesto, que la institución ya no era un orfanato, tal y como Raheem había descrito con los antiguos informes.
Un gran cartel municipal, junto a la entrada del antiguo edificio principal, anunciaba que había llegado al centro de acogida y tratamiento Aggersminde, pero, por fortuna, la impresión institucional había desaparecido en cuanto entró.
Los niños, los jóvenes y el personal se encontraban en los pasillos y en las salas comunes, y el ambiente era relajado y agradable.
Rápidamente localizó la administración, donde se presentó y pidió hablar con el director Bjarke Venø.
Una secretaria le había comunicado, con cierta sorpresa, que en ese momento se encontraba en una recepción, pero Thulin había insistido.
De camino a la sala donde se celebraba la recepción, la secretaria le había hablado un poco sobre el lugar, que funcionaba como un centro de acogida para niños y jóvenes de familias con pocos recursos.
La secretaria también había informado amablemente a Thulin de que el director Bjarke Venø ofrecía la recepción porque le habían concedido un permiso para poder irse de viaje para observar aves.
Con gran entusiasmo, le había hablado sobre su ardiente interés por las aves silvestres, que, por lo que ella sabía, siempre había tenido.
A juzgar por el número de invitados y alumnos que asistían a la recepción, Bjarke Venø era un hombre muy querido.
Parecía sorprendido y no especialmente receloso, más bien al contrario, cuando Thulin le explicó que tenían que hablar ahora mi smo, y ella notó que los invitados, su esposa y sus hijos adolescentes se quedaron atónitos cuando tuvo que llevarse al protagonista de la fiesta.
En cuanto entraron en su despacho, ella le explicó que había venido a hacerle algunas preguntas sobre el antiguo caso, del que le había hecho un breve resumen, lo que había dejado al director aún más sorprendido.
En su rostro, ella puede ver que ahora está tratando de recomponerse para hablar.
—Por lo que recuerdo, era un día de primavera en mayo. Había organizado una excursión para una clase de cuarto curso. Era un lugar en el juncal junto al lago Gundsømagle. Habíamos estado paseando un rato y luego hicimos una pausa mientras los niños jugaban al escondite entre los juncos y…
—¿Cómo jugaban al escondite?
—Bueno. ¡Uno de ellos tenía que encontrar a los demás!
A Thulin le molesta que el director, con su aire bonachón, crea que no sabe cómo se juega al escondite, y aclara:
—Se utilizaba alguna canción específica, ¿no?
—Sí, una tradicional, creo. «Jugando al escondite en el bosque anocheció».
—¿Quién decidió que fuera así?
—No lo sé. Era la que siempre usaban. No sé quién empezó con ella.
Bjarke Venø parece sorprendido por la pregunta, y Thulin se limita a asentir con impaciencia para que el director continúe.
—Pero resultó que ese día había alguien más entre los juncos. Alguien que se entrometió en el juego. Por fortuna, el niño que estaba buscando se dio cuenta de que era peligroso y salió corriendo. Desde tierra firme oí sus gritos y, cuando llegué a los juncos, vi que se había caído sobre…
Bjarke Venø se queda en silencio un momento. Es como si estuviera reviviendo la vieja escena antes de recomponerse.
—No puedo describirlo. Pero llamamos a la policía y ellos comenzaron la búsqueda del autor del delito, mientras nosotros esperábamos a que nos dieran permiso para irnos.
Todos estábamos conmocionados, sobre todo los niños.
Por desgracia, varios de ellos habían visto al niño muerto antes de que yo llegara.
Es como si Bjarke Venø tuviera remordimientos por no haber impedido que los niños vieran aquella espantosa escena, y Thulin debe recordarse a sí misma que tiene que concentrarse en que su padre probablemente había asignado a Bjarke Venø un papel decisivo o incluso sospechoso en sus notas.
—¿Alguno de los niños le mencionó que había visto a otras personas, además del hombre que se entrometió en el juego?
—No. El niño solo había visto a una persona. ¿Por qué?
—¿Y más tarde? ¿Alguno de los niños recordó algo que indicara que otra persona podría haber ayudado al autor del crimen?
—No. No, que yo recuerde —responde Bjarke Venø, que sigue pareciendo un signo de interrogación.
Thulin vuelve a pensar en las notas de su padre. Es realmente difícil imaginar que Bjarke Venø tuviera algo que ver con los horribles asesinatos de los niños, pero entonces se recompone y dirige la mirada hacia el director.
—¿Y usted?
—¿Yo?
Bjarke Venø la mira confundido.
—¿Tampoco vio nada ni a nadie de lo que nunca habló?
—No.
—¿Qué hizo después de encontrar al niño muerto?
—Intenté ayudar a los niños, por supuesto. Consolarlos.
—¿Conocía al fallecido?
—No. Creo que era de…
—¿Conocía al autor del crimen, Bertel Reimer Jensen?
—Solo de nombre, pero nunca lo conocí. ¿Por qué todas estas preguntas?
Bjarke Venø parece completamente perdido.
Da la impresión de ser inofensivo. Incluso simpático.
Y de repente a Thulin le resulta ridículo haber cancelado sus vacaciones con Bjørn y los niños para ir a interrogar a un profesor aficionado a las aves, solo porque su padre hizo una anotación en sus papeles hace más de treinta años.
—Me gustaría ayudar, pero creo que sus preguntas son un poco extrañas. ¿Cree que ya hemos terminado? —dice Bjarke Venø, que probablemente quiera volver con sus invitados.
Thulin tiene ganas de responder que sí, pero, ahora que está aquí, más vale seguir adelante y preguntarle por el otro tema que intrigaba a su padre.
—No, todavía no. He leído en los antiguos informes que también se encontraron los restos de un polluelo entre los juncos. ¿Qué recuerda al respecto?
Bjarke Venø la mira. Thulin no está segura, pero es como si su atención se agudizara.
—¿De qué se trata esto realmente?
—Responda sin más a la pregunta.
Bjarke Venø lo piensa detenidamente.
—En aquel momento, me pareció solo un detalle extraño entre tantas cosas horribles.
Habíamos ido allí porque era época de cría y yo había estado explicando a los niños cómo las aves se emparejaban, construían nidos y ponían huevos.
Pero también habíamos encontrado un polluelo de cuco que había invadido un nido y matado a algunos polluelos.
Así es la naturaleza. Más tarde encontré al polluelo de cuco muerto cuando íbamos a volver a casa.
—¿Cuándo y cómo? —quiere saber Thulin.
—Fue justo antes de que saliera el autobús. Iba a recoger unas mochilas y entonces vi que estaba entre los juncos y que lo habían cortado con mi navaja. Las alas. Las patas. De una forma que se parecía mucho al niño que habían encontrado.
—¿Lo cortaron con su navaja?
Thulin lo mira sorprendida, porque no es una información que recuerde de los antiguos informes. Bjarke Venø asiente con la cabeza.
—Sí, con mi navaja. Estaba en mi mochila y creía que la había guardado bien.
—Pero ¿no fue usted quien lo hizo?
La provocadora pregunta hace que Bjarke Venø mire a Thulin con desconsuelo.
—No, claro que no. Las circunstancias me llevaron a deducir que solo podía haber sido uno de los niños.
Thulin frunce el ceño y lo mira con escepticismo.
—¿Uno de los niños?
Bjarke Venø vuelve a parecer angustiado.
—Sí. También sospechaba quién podía haber sido el autor. Pero antes de que pudiera hacer nada al respecto, resultó que tenía una razón comprensible para su comportamiento, y entonces ya no tenía sentido reprenderlo.
—Ahora estoy confusa —exclama Thulin, que empieza a tener la sensación de que Bjarke Venø sabe más sobre pájaros que sobre los niños a los que ha enseñado—. ¿Qué motivo podría tener un niño de cuarto curso para maltratar a un polluelo de cuco?
Bjarke Venø la mira con extrañeza, como si fuera algo que ella debería saber.
—Una razón terrible. Bertel Reimer Jensen era su padre.
Thulin mira fijamente al director. La información la golpea como un rayo y, antes de que pueda recomponerse para decir algo, él continúa:
—Pero en ese momento yo no lo sabía. Ni, por supuesto, lo terrible que debía de haber sido su vida. De haberlo sabido, podríamos haber hecho algo al respecto.
Thulin se inclina hacia delante en la silla.
—Un momento. ¿En la clase con la que fue de excursión había un alumno que era hijo del autor de los crímenes?
—Sí.
Bjarke Venø la mira de nuevo, como si fuera algo que ella debería saber.
—El maltrato al cuclillo era una llamada de auxilio. Y cuando se descubrió al padre y leí en la prensa con lo que cargaba en su conciencia, no pude evitar pensar que deberíamos haber prestado atención a algunas de las señales mucho antes.
Mil preguntas explotan en la cabeza de Thulin, pero tiene que controlarse y escuchar a Bjarke Venø hasta el final.
—¿Qué señales?
El director se retuerce las manos y parece de nuevo angustiado.
—Cuando un crío vuelve de pasar el fin de semana con sus padres, siempre le preguntamos cómo le ha ido. Y si te cuenta que ha pasado el fin de semana con su padre yendo a diferentes parques infantiles, donde han jugado al escondite… Bueno, sonaba tan idílico…
Thulin lo mira fijamente. Él continúa:
—No fue hasta más tarde cuando me di cuenta de que su padre utilizaba a…, para lo que…
—¿Para qué?
—Sí, bueno, como coartada y para sus preparativos. Para entrar a jugar al escondite con los demás niños, mientras él elegía a su víctima…
Bjarke Venø está claramente afectado ahora.
—Por supuesto, la criatura no podía saber lo que hacía su padre. Pero al ver al niño muerto entre los juncos, debió de darse cuenta y cogió mi navaja…
Thulin lo mira fijamente. Para ella es obvio que Bjarke Venø es una persona empática, pero la información se agita en su mente, y las delirantes notas de su padre, su búsqueda solitaria y su muerte la abruman. Mira con ira al director.
—¿Por qué demonios no se lo dijo a la policía en su momento? ¿Por qué no dijo que había un niño que se había visto obligado a ayudar al autor del crimen?
El director la mira sorprendido e indignado.
—Es que yo no lo sabía al principio y, además, se lo dije a un policía.
Era incluso el jefe, y de repente me llamó y me hizo las mismas preguntas que usted.
Quería venir aquí al día siguiente para hablar con la niña, pero no llegó a hacerlo, así que, en su lugar, nos concentramos en ayudar a la niña.
Thulin lo mira fijamente. En su mente, ve a su padre tambalearse y caer antes de poder realizar la visita prevista, pero son las últimas palabras de Bjarke Venø las que le llaman la atención.
—¿La niña?
El director asiente con determinación.
—Sí. Bertel Reimer Jensen tenía una niña. Mia Reimer Jensen.