Capítulo 81
Hess avanza entre la nieve con pasos mecánicos mientras mantiene la vista fija en el camino que tiene delante.
Está empapado de pies a cabeza. Lleva pegotes de nieve bajo los zapatos y en las perneras y ya no siente los pies ni los dedos de las manos, pero no le importa.
Cuando un automóvil pasa muy cerca de él, levanta la mirada y constata sin ninguna sorpresa que está en terreno desconocido.
A ambos lados hay campos y bosques cubiertos de nieve blanca e inmaculada, pero el viento sopla y los copos de nieve pronto le hacen llorar, por lo que sigue caminando con la vista baja.
Después del funeral, las piernas lo llevaron hacia el norte, fuera de la ciudad, y ya no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba caminando ni de la distancia recorrida.
Con los recuerdos de Jon pisándole los talones, abandonó la iglesia.
Mientras siguiese caminando, podría mantener sus cavilaciones a raya.
Su cuerpo había entendido el mensaje y había tomado el control.
Las nevadas calles comerciales y los bloques de pisos de los suburbios se habían convertido en barrios residenciales y zonas industriales.
No le importaba el entorno, siempre y cuando pudiera seguir caminando.
Alguna que otra vez había sonado el teléfono que llevaba en su bolsillo interior, pero no respondió.
Cuando pasó la señal que marcaba el límite de la ciudad, tras dejar atrás un área de descanso, el teléfono volvió a sonar y, en un repentino rapto, lo sacó y lo tiró a un cubo de basura cubierto de nieve que había al lado de la carretera.
Después sintió indiferencia. Daba lo mismo quién llamara y él no tenía a nadie a quien llamar.
Esa constatación le proporcionó la tranquilidad que tanto había anhelado.
Paso a paso, siente que se hunde cada vez más en un estado de letargo, mientras su cuerpo se esfuerza por avanzar.
Con la mirada fija en el camino que tiene delante, Hess percibe que ha pisado una elevación del terreno y, al ver poco después unas huellas de neumáticos que cruzan la nieve delante de él, se da cuenta de que se encuentra en la calzada de una vía transversal y asfaltada.
Se detiene y mueve la cabeza entre los copos de nieve para orientarse, y comprende que la carretera que ha seguido durante los últimos kilómetros ha terminado en un cruce en forma de T.
Tiene que elegir si girar a la derecha o a la izquierda, y eso perturba su brújula interior, porque preferiría seguir recto para asegurarse de que el camino no le lleva de vuelta.
Por desgracia, no hay señales de tráfico en el paisaje blanco.
Tampoco hay coches ni casas que le ayuden a tomar una decisión, y por primera vez Hess es consciente de lo cansado y helado que está.
Busca un lugar donde poder descansar un momento y recuperar fuerzas, pero lo único que ve es un grupo de árboles y arbustos que forman una pequeña protección contra el viento, un poco al norte del cruce en forma de T.
Cruza la carretera asfaltada y continúa por el terreno accidentado, que puede sentir bajo la nieve, y, cuando llega al seto, busca refugio del viento al otro lado.
Un montón de ramas y troncos cubiertos de nieve, esparcidos como huesos bajo los árboles, le impulsan a acercarse y, con la espalda apoyada en el seto, se acomoda en el primer tronco que encuentra.
Aquí el viento no es tan fuerte y se siente bien.
Las copas de los árboles protegen también de la nieve y, con el montón de ramas como respaldo, se recuesta y mira hacia delante.
Hess se da cuenta de que lo que ve no son campos, sino un lago helado.
Un grupo de grandes rocas sobresale como setas a lo largo de la orilla, a unos metros delante de él, pero, por lo demás, el hielo se extiende sin obstáculos por el paisaje hasta donde alcanza la vista.
El hielo parece grueso y desigual. Casi tan irregular como los campos, pero en algunos lugares también poroso y negro, como si la primavera hubiera intentado llegar en vano.
El lago le hace pensar en un lugar completamente diferente, en una época completamente diferente, junto a un lago completamente diferente.
Aunque no lo desea, los recuerdos comienzan a desfilar por su conciencia.
No son tan antiguos. Los brazos de Jon están bronceados y su cabello, despeinado.
Con el torso desnudo y las cañas de pescar en la mano, pedalean a través del bosque verde oscuro.
Cuando llegan al claro junto al lago, Jon aúlla con su voz demasiado alta, que resuena en el agua espejada.
Jon siempre salta de la bicicleta en marcha, y esta sigue bajando por la pendiente hacia la orilla de una manera impresionante, algo que Hess nunca aprenderá a hacer.
Una cuerda deshilachada con un neumático de coche cuelga de un árbol retorcido, y por turnos se balancean sobre el agua y se zambullen en ella.
El agua es oscura y turbia, y deliciosamente fría.
Después recogen las cañas de pescar y se ponen manos a la obra.
De pie lo más lejos posible en el agua, Jon echa la caña por encima del hombro y lanza el anzuelo como solo él sabe hacerlo.
El sonido chirriante del hilo al salir del carrete hace que Hess contenga la respiración y siga con la mirada cómo el hilo traza un gran arco en el aire hasta que el anzuelo se precipita y toca el agua con un pequeño chapoteo.
Hess quiere imitarlo, pero el hilo es difícil de manejar y se enreda en el carrete, y, como no es muy alto, no puede mantener la caña por encima del agua.
Jon se acerca y le enseña cómo hacerlo. Solo pescan algas y hierbas acuáticas, y Jon maldice y blasfema, porque sabe que hay carpas y rutilos, pero a Hess no le importa.
Está con Jon. Es lo mejor que tiene. Nunca se lo dice, porque no quiere ser un hermano pequeño que no sabe hacer nada sin él, pero ojalá se lo hubiera dicho, y ahora ya es demasiado tarde.
Hess abre los ojos, que han debido de cerrarse.
Es como si el viento frío hubiera arreciado.
Siente cómo le penetra hasta los huesos, pero aun así no se levanta.
La certeza de no haber podido ayudar a Jon ha vuelto con toda su fuerza y le consume las energías.
El sentimiento de culpa se mezcla con la vergüenza y lo invade, y cierra los ojos e intenta evocar de nuevo las imágenes de Jon.
Piensa en las tardes de verano. En los mosquitos que zumban sobre el agua, en el sonido de la alegre voz de Jon y en la bicicleta traqueteante que lanza por la pendiente.
Por un momento, es casi como si Hess pudiera oírla dando botes sobre los baches, haciendo sonar el timbre como una pequeña campana.
Se acerca traqueteando, pero luego se detiene muy cerca y, de repente, Hess se da cuenta de que el sonido es real, abre los ojos y descubre que hay una persona mirándolo atentamente.
El rostro moreno está rodeado por una capucha bien ceñida y cubierta de nieve, y pasan unos segundos antes de que piense que el rostro se parece al de Nehru.
La figura se queda de pie a un par de metros de él con la vieja bicicleta de hombre y Hess se da cuenta de que es Nehru.
Tiene copos en la barba, su abrigo está cubierto por una gruesa capa de nieve y la elegante ropa que Hess reconoce del funeral tiene trozos de nieve pegados.
Hess está demasiado sorprendido para decir nada.
Nehru baja la pata de cabra y deja la bicicleta, se sacude un poco la nieve del abrigo y se sienta en el tronco de un árbol, a poca distancia de Hess.
Se da cuenta de que el hombre debe de haberlo seguido desde la iglesia hasta aquí.
Nehru no dice nada, y Hess comprende que es él quien debe iniciar la conversación, si es que va a haberla.
—¿Qué haces aquí? —pregunta Hess con voz contrariada.
Nehru tarda un momento en responder.
—Solo quería ver adónde ibas. Por si había convite tras el entierro.
Su voz es baja y con un toque de burla, pero Hess no está de humor para bromas.
—No hace falta que me sigas. Estoy bien.
La mirada de Nehru se posa tranquilamente en el lago helado que tienen delante.
—No creo que estés bien. Creo que piensas que todo es un sinsentido.
La voz de Nehru es ahora sobria y seria, y, antes de que Hess pueda pensar en algo que decir, continúa.
—Estás pensando en cómo se podría haber evitado. En lo que deberías haber hecho y por qué no lo hiciste. Te estás cargando de culpa y el dolor te hace sentir como si te estuvieras ahogando, y no soportas estar en ninguna parte.
Sus palabras no hacen que Hess se sienta mejor, pero no puede evitar mirar a Nehru, que no le devuelve la mirada, sino que sigue contemplando el lago.
—Pero, si realmente lo querías tanto, ¿no deberías preguntarte qué diría él de que estuvieras ahí sentado?
Hess se siente abrumado. Por un lado, le resulta inconcebible que Nehru, a quien apenas conoce, se haya tomado tantas molestias, y, por otro, siente que es una invasión de sus pensamientos más íntimos.
—Quizá yo también habría llegado a esa conclusión, si no hubieras aparecido avasallando. —Se oye a sí mismo gruñirle a Nehru.
El hombre no reacciona ante el improperio, sino que asiente con la cabeza de forma cordial.
—Por supuesto.
Durante un momento permanecen sentados en silencio sobre el tronco, pero entonces Nehru se da una palmada en los muslos y se levanta.
—Bueno, tenemos que seguir. Te invito a un café.
Mete la mano en el bolsillo de su abrigo para sacar algo.
—Por cierto, se te ha caído el teléfono por el camino. Estaba un poco mojado, así que tuve que quitarle la funda para secarlo y se cayó algo.
Nehru le entrega el teléfono móvil, que debe de haber sacado del cubo en el que Hess lo tiró.
También le tiende la tira de fotos que Hess suele guardar detrás de la carcasa, y Hess nota la mirada de Nehru mientras le entrega la tira húmeda.
Hess mira las fotos de él mismo, Thulin y Le.
Luego guarda la tira en el bolsillo interior y murmura lo más bajo posible:
—Gracias.
—De nada. Parece que hay suficiente batería para llamar a un taxi. ¿Llamas tú o lo hago yo?
—Llamo yo. ¡Ya estoy en ello!
—Bien. Y recuerda que hay que llevar una bicicleta en la parte trasera.
Nehru se dirige decidido hacia su bicicleta, levanta la pata de cabra y se va en dirección a la carretera.
—Vamos.
Hess tiene ganas de quedarse sentado, pero nota que el encanto del lugar se ha roto.
En cuestión de segundos, Nehru le ha metido en la cabeza pensamientos irritantes que no puede quitarse de encima.
Por el rabillo del ojo, ve que Nehru se ha quedado en el campo junto al cortavientos para asegurarse de que Hess se levanta.
Se pregunta si podrá deshacerse de él esperando lo suficiente, pero ese pensamiento infantil e ingrato le lleva a intentar encender su teléfono para llamar a un taxi.
La pantalla está empañada y la batería casi agotada.
Ve que hay un par de llamadas de un número desconocido y varios mensajes de texto sin leer, y entonces su mirada se posa en el último, que es de la genetista forense Klakstein.
El mensaje es breve, pero Hess tiene que leerlo varias veces antes de estar seguro de que lo ha entendido bien.
Entonces el teléfono se apaga. Hess pulsa los botones una y otra vez, pero no pasa nada. Se da cuenta de que tiene que ponerse en marcha rápidamente.
—¡Nehru, espera! ¡Espera!
Da la espalda al lago helado y se apresura a seguir a Nehru, mientras le invade una oleada de renovada energía.