El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 79
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Capítulo 79

—Pero puedo esperar sin problema, si quieres…

—No, da lo mismo. Vámonos. Tenemos que tomar el ferry.

Thulin está en la acera, a la puerta de su casa. Deja el equipaje en el maletero del coche de Bjørn y lo cierra. Se ha maldecido en voz alta porque acaba de acordarse de que se ha olvidado de coger el portátil, aunque, al pensarlo mejor, le parece que da lo mismo y está impaciente por partir.

Chapotea sobre la nieve medio derretida y se sube al asiento del copiloto.

Le da a Bjørn un beso fugaz en la mejilla antes de cerrar la puerta y abrocharse el cinturón de seguridad.

La radio del coche está encendida y hace un agradable calorcito en el habitáculo, pero ella nota su mirada inquisitiva fija en ella.

Antes de que pueda interpretar nada por la expresión de su rostro, ella se apresura a sonreír y le hace algunas preguntas para distraerlo.

—¿Puedes decirme algo sobre dónde está el apartamento y cómo es el lugar?

Bjørn arranca el coche y se dirige a la escuela, donde deben recoger a Le y Valdemar.

Tras dudar un poco, Bjørn empieza a hablarle del barrio viejo de Niza y de los pequeños y acogedores pueblos que hay en las montañas, y Thulin asiente con la cabeza e intenta concentrarse en sus palabras, al tiempo que trata de asimilar sus impresiones del funeral.

Tras recibir el mensaje de Nehru en el que le decía que se había cruzado con Hess en la galería, y que por eso podía informarle de que el funeral tendría lugar en Emdrup ese mismo día, se dirigió directamente a la iglesia.

Apenas había gente, aparte de Nehru y ella, pero, como había llegado tan tarde, se había sentado sola en la última fila.

El funeral había sido difícil de soportar.

Durante el servicio, había buscado con la mirada a Hess y, aunque él estaba sentado de espaldas en el banco delantero y le era imposible verle la cara, ella había percibido lo afligido que estaba.

Cuando comenzaron a tocar las campanas, él se levantó y se apresuró a caminar por las filas hacia la salida, y ella se puso rápido en pie para darle el pésame y ofrecerle su ayuda.

No solo le dolió el rechazo en sí, sino también el hecho de que se mostrara tan distante y apagado.

Por un lado, sentía lástima por él, pero, por otro, no podía negar que le entristecía que se hubiera alejado tan claramente de ella.

No quedaba nada de la mirada que habían intercambiado en su recibidor hacía apenas una semana, y se dio cuenta de que tal vez incluso aquello había sido producto de su imaginación.

Cuando la idea vuelve a pasar por su mente, no puede evitar sentirse estúpida y patética, y se obliga a escuchar con atención lo que Bjørn le está diciendo.

—Pero el viaje dura unas dieciocho o diecinueve horas, así que creo que deberíamos parar en algún lugar agradable de Múnich y pasar la noche allí —le oye decir.

—No, mejor turnémonos para conducir y así llegamos antes.

—No es que me importe conducir, pero llegaremos totalmente agotados —objeta Bjørn.

—Bueno, al menos habremos llegado. Ahora solo tenemos que partir y disfrutar —replica Thulin—. ¿Qué dice el pronóstico del tiempo?

Mientras Bjørn, un poco descolocado, le cuenta la previsión meteorológica, que ella ya conoce, saca el móvil para enviarle un mensaje a Le diciéndole que estarán en la escuela en cinco minutos, pero no llega a hacerlo, porque en ese momento recibe un mensaje de Raheem.

Creo que podría haber localizado a BV.

Thulin mira el mensaje. El funeral le ha hecho olvidar por completo la conversación con Raheem sobre BV, y, cuando su cerebro comienza automáticamente a darle vueltas, lo para y continúa la conversación con Bjørn.

—¿Y qué se puede ver allí?

—¿Ver?

—Sí. ¿No hablaste de alquilar bicicletas eléctricas y recorrer la costa?

Thulin intenta escuchar lo que Bjørn le cuenta sobre Villefranche-sur-Mer y Saint-Jean-Cap-Ferrat, pero no puede evitar pensar en qué responderle a Raheem.

BV puede ser importante, pero también puede ser completamente irrelevante y, en cualquier caso, no es algo que requiera su atención en esos momentos.

«Gracias, Raheem. Lo miraré después de Semana Santa», escribe.

Conscientemente no pregunta dónde y cómo ha localizado Raheem a BV y, cuando pulsa «Enviar», está segura de que ha dejado el tema aparcado para poder disfrutar de la tranquilidad de las vacaciones.

Entonces, su teléfono vuelve a vibrar con noticias de Raheem.

B podría significar Bjarke y V, Venø. Antes de devolver los expedientes, descubrí que Bjarke Venø era profesor interino y daba clases en un orfanato cerca de Jyllinge en 1992.

Fueron sus alumnos quienes vieron a Bertel Reimer Jensen y descubrieron a un niño entre los juncos.

Hoy en día es director del mismo orfanato.

Thulin nota que su cerebro vuelve a ponerse en marcha y le molesta que Raheem siga escribiéndole. Por otro lado, es algo que hace por ella, así que tiene que ser amable en su respuesta.

«Está muy bien, Raheem. Lo miraré. Que pases una feliz Pascua y descansa un poco», le responde. Como una indirecta, añade al mensaje un emoji con una sombrilla, pero, antes de que pueda guardar el teléfono, recibe otro mensaje de texto.

En su perfil de Facebook veo que hoy celebra una fiesta de despedida en la escuela. Al parecer, se va a ir al extranjero por un tiempo.

—¿Todo bien? —oye de repente que pregunta Bjørn. Se da cuenta de que hace rato que ha dejado de hablar de pequeños pueblos costeros franceses y museos, y se estresa, irritada, sin levantar la vista de la pantalla.

—Sí, todo bien. Sigue conduciendo.

—Vale, pero cuando se ponga en verde.

Thulin levanta la vista y se da cuenta de que están parados en un semáforo en rojo en Vesterbrogade, no muy lejos de la escuela.

El semáforo se pone en verde y Bjørn arranca el coche, mientras Thulin mira su pantalla y se devana los sesos pensando en qué responder.

Entonces se da cuenta de que Bjørn está señalizando para detenerse a un lado.

Gira hacia un aparcamiento justo antes de la escuela y apaga el motor. De repente, la música de la radio del coche es lo único que llena el habitáculo, y Bjørn se queda completamente quieto, mirando por el parabrisas.

—¿Qué haces? —pregunta ella con impaciencia.

Pasan unos instantes. Entonces él se gira y la mira.

—Puede que me arrepienta de esto, pero tengo que preguntarte qué está pasando.

—¿Con qué?

—Contigo.

No dice nada más. El motor apagado y los coches que circulan hacen que Thulin se sienta incómoda.

—Nada. Solo algo del trabajo. ¿Por qué no arrancas?

—¿Es él?

Señala con la cabeza el móvil que sostiene ella entre las manos y Thulin sabe inmediatamente a quién se refiere.

—No, no es él. Y si queremos llegar al ferry del que hemos hablado, no debemos quedarnos aquí.

Bjørn no hace nada para cambiar la situación.

—No hay nada que desee más que estar contigo. Te he dicho lo que siento por ti, pero no puedo obligarte, y tú no puedes obligarte a ti misma. Si hay algo que te hace dudar, quiero saberlo.

—Pero no hay nada. Hemos hecho las maletas, estamos listos para partir, así que ¡si pones el coche en marcha, todo estará en orden!

Ella lo mira frustrada.

—¿Estás segura?

—Sí, estoy segura. ¡Conduce!

Ella nota su mirada inquisitiva y se siente inquieta como una rana en una sartén. Por fin, él vuelve a mirar al frente.

—Bien. Tenía que preguntarlo.

Mete la marcha. Pone el intermitente y mira por el retrovisor. Los pensamientos se agolpan en la cabeza de Thulin y, cuando el coche se pone en movimiento, no puede contenerse.

—¡Espera!

Bjørn pisa el freno. El sonido del intermitente suena en el coche como un reloj. Entonces lo apaga y, cuando la mira, ella le devuelve la mirada.

—No es lo que crees. Ha surgido algo que tengo que comprobar. Quizá no sea nada, pero, si no lo compruebo, me arrepentiré el resto de mi vida.

—Algo que te impide venir.

Su voz es firme, pero la mirada es interrogante y ella se retuerce en el asiento.

—Sí.

Él no dice nada. La decepción se refleja en su rostro, y Thulin no puede imaginar lo que debe de estar pensando de ella, pero se limita a asentir con la cabeza.

—¿Y qué hay de él?

—No tiene nada que ver con Hess.

—Pero estás pensando en él.

Ella no responde. Cuando se vuelve hacia Bjørn, se encuentra con su mirada y ve que él ha interpretado su silencio como una respuesta. Se siente culpable.

—No sé ni lo que pienso.

Él no dice nada.

—Lo siento mucho —se disculpa ella entonces.

Él se obliga a sonreír antes de volver a mirar por la ventanilla.

—Yo también.

Se quedan así un momento y ella siente ganas de cogerle la mano y decirle que no es él quien tiene un problema.

En lugar de eso, se gira hacia la puerta del coche.

Cuando llega al maletero, Bjørn ya lo ha abierto desde dentro y ella saca su equipaje y el de Le.

Ve un destello en los ojos de Bjørn por el espejo retrovisor, y su mirada sombría retiene la de Thulin por un momento.

Luego ella cierra el maletero. Mientras cruza la calle corriendo hacia Le, que está esperando al otro lado con Valdemar, llama a Raheem, que responde de inmediato.