El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 77
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Capítulo 77

Desde su asiento en el banco delantero de la iglesia de Emdrup, Hess puede contemplar las vidrieras azules y rojas que, sobre el altar, representan la figura de Cristo.

El ataúd no está lejos de él. El sacerdote está pronunciando un sermón que resuena solemnemente bajo las bóvedas, pero Hess no presta atención y le cuesta mucho permanecer sentado en silencio en la iglesia, fría como el hielo y que parece demasiado grande para el pequeño grupo de personas que la ocupa.

Unas filas más atrás oye una fuerte tos y piensa que probablemente proviene del mismo compañero de fatigas de Jon que se le había presentado al llegar.

Hess había saludado al hombre, que parecía sinceramente conmovido, y este le había contado que él y Jon habían coincidido en diversos trabajos y tenían «los mismos intereses».

Hess había reconocido en el hombre la bondad jovial que también había caracterizado a Jon, pero, aparte del compañero de fatigas, la asistencia había sido escasa.

Jon era alcohólico y posiblemente tenía muchos conocidos, pero pocos amigos.

Se han personado el compañero de fatigas, un asistente social, un camarero y algunos otros espíritus libres de la calle.

Y también Nehru, vestido respetuosamente con su mejor ropa, aunque Hess había insistido en que no acudiera cuando, de camino al funeral, se lo había encontrado esa mañana en la galería.

Hess advierte que el sacerdote está hablando de Jon, por lo que intenta concentrarse en escuchar.

Reconoce algunas de las palabras que él mismo había utilizado para describir a su hermano cuando el propio pastor lo llamó.

El sacerdote relaciona su discurso con la Pascua, el sufrimiento de Cristo y la resurrección.

El gran ciclo de la vida y el invierno, que de repente da paso a la primavera, donde todo florece de nuevo, pero para Hess las palabras suenan huecas.

No hay resurrección a la vista, y él sabe que Jon yace en el ataúd frente a él, azul y delgado, desgastado por los muchos años de alcoholismo.

Cuando recibió la noticia, Hess sintió como si toda la vida se le hubiera escapado.

La doctora le preguntó si quería ver a su hermano, y Hess asintió sin comprender del todo lo que ella le decía.

Pero entonces le habían apartado la sábana y Hess había contemplado la expresión rígida del rostro de Jon.

Sus labios ya estaban grisáceos y secos.

Tenía los ojos cerrados, pero la boca ligeramente abierta, como si hubiera estado boqueando.

Esa misma mañana, Hess se había sentado en la silla junto a la cama y había hablado con él, pero ahora su cuerpo yacía como un caparazón sin vida.

Hess había cogido la mano de Jon y se había asustado al notar que ya estaba fría.

Los dedos que antes le habían dado un cálido y cómplice apretón parecían ahora esqueléticos.

Hess se había quedado mirando el rostro sin vida durante un largo rato, hasta que la doctora comenzó a explicarle lo que había sucedido exactamente.

Sentado en la silla junto a la cama, Hess había oído la explicación sin decir una palabra, y la doctora le había dicho amablemente que podía ponerse en contacto con ella al día siguiente si necesitaba que le repitiera lo que le había sucedido.

En la sala de espera, Hess le explicó a Thulin lo que recordaba de la conversación.

Seguramente no tenía sentido, pero pudo apreciar en sus ojos vidriosos que comprendía su dolor.

Lo abrazó e intentó consolarlo, pero él había sido incapaz de aceptar su consuelo.

Lo único que podía soportar era estar solo, y así había estado desde entonces.

Cuando por fin lograba dormirse, despertar era como salir de un mal sueño, y había pasado la semana como un zombi.

Se sentía apático. Se quedaba mirando el pájaro de Jon en la jaula.

Visitaba el apartamento de Jon. Había dormido una noche completamente vestido en la cama de Jon.

Había absorbido todo lo que tenía que ver con Jon, pero nada le ayudaba.

Un asistente social, que no había sido informado de la muerte, se presentó para ayudar a Jon con la limpieza mensual, y Hess tuvo que decirle que ya no era necesario.

En la funeraria había gestionado los trámites, elegido un ataúd sencillo, y se había avisado al marmolista.

Por la mente de Hess había pasado la idea de que un pequeño cuadrado en un cementerio no serviría de nada, pero había hecho lo que tenía que hacer hasta que no quedaba nada más que arreglar.

Por casualidad, había visto en las noticias un antiguo reportaje sobre Marie Holst, en el que se mencionaba que aún no se había resuelto el asesinato de su hija.

Se compadeció de ella y, con remordimientos, decidió apagar el aparato.

Cuando sonó el teléfono, tampoco contestó.

No respondió a las llamadas de nadie, ni siquiera a las de Thulin.

También evitó deliberadamente contarle lo del funeral y notó cómo se marchitaba la pequeña semilla de optimismo que Jon había hecho brotar en él respecto a un futuro con ella y Le.

La única persona con la que no había podido evitar hablar durante mucho tiempo era, de hecho, Nehru, y había sido por culpa del pájaro.

El conserje le había dado el pésame cuando se enteró de la razón por la que Hess quería deshacerse del miná.

Incluso había dejado comida preparada por su esposa delante de la puerta durante varios días seguidos, pero su amabilidad molestaba a Hess, porque no se la merecía.

—Polvo eres y en polvo te convertirás y de la tierra renacerás —dice finalmente el sacerdote.

Hess nota que su respiración es irregular. Siente como si no pudiera respirar. Como si sus vías respiratorias estuvieran contraídas o casi congeladas. Entonces, las notas de «Pianomand» de Kim Larsen se extienden desde un altavoz, y las melancólicas melodía y letra llenan la iglesia.

Poco después, comienzan a sonar las campanas y Hess casi no puede esperar más.

Cuando el sacerdote finalmente baja con cuidado la pequeña y empinada escalera que lleva al púlpito, se levanta, le da rápidamente la mano y se dirige hacia la salida.

Mientras avanza entre las filas, saluda con un gesto fugaz a los pocos rostros que ve, entre ellos el de Nehru, pero entonces descubre que Thulin está en la última fila.

Sus ojos serios buscan los suyos con ternura y él no puede evitarla. Torpe, intenta tenderle la mano, pero ella la aparta y lo atrae cálidamente.

—Queremos ayudarte —le dice al oído—. Podemos comer juntos. Hacer cosas juntos. Le quiere llevarte a patinar.

Ella intenta mirarlo a los ojos, pero él no puede.

—Quiero estar un poco tranquilo. —Se oye a sí mismo decir.

Ve que ella siente tristeza por ese rechazo, pero se escabulle de sus brazos y se marcha. Cuando abre la puerta y sale a la fuerte ventisca de la calle, todavía puede sentir las miradas de ella y de Nehru sobre él, y entonces suelta la puerta, que se cierra a su espalda.