Capítulo 74
El cielo está muy cubierto sobre la jefatura cuando Thulin entra en el aparcamiento.
Le sorprende que hayan llegado tantos coches desde que Hess y ella salieron hacia el archivo nacional.
En condiciones normales encuentra sitio sin problemas, pero hoy, mientras da unas vueltas entre los vehículos aparcados, constata que no es la única automovilista que merodea entre las filas en busca de un hueco.
Para compensar, ese ritmo le da la posibilidad de escuchar las explicaciones que Torunn Klakstein, jefa del departamento de Genética Forense, está dando desde la pantalla del teléfono de Hess.
—… y, como ya he dicho, no es algo en lo que tengamos experiencia.
Normalmente, la comparación de perfiles de ADN es tarea de un ordenador, y, si solo se dispone de copias impresas de los perfiles de aquel tiempo, primero hay que analizar los datos técnicos y digitalizarlos para pasarlos a códigos actuales antes de poder compararlos con cualquier cosa del presente.
—Somos conscientes de ello. Pero ¿es posible hacerlo, sí o no? —insiste Hess con impaciencia, mientras ajusta el teléfono para poder mirar a los ojos a la genetista.
Hess había llamado al departamento de Genética Forense antes incluso de salir del archivo policial.
La directora, cuyo nombre sonaba a feroés, estaba en una reunión.
Mientras, con el permiso del archivero, llevaban la caja con los viejos expedientes al coche oficial, Hess intentaba por teléfono convencer a una secretaria del departamento para que interrumpiera la reunión y poder hablar con Klakstein.
Solo después de insistir varias veces en la importancia del asunto logró convencerla, y, durante el trayecto de vuelta a la comisaría para comunicar a Nylander sus impresiones sobre el caso, la genetista forense lo había llamado al móvil.
Hess le había explicado lo de las copias de los datos técnicos de una serie de antiguos perfiles de ADN.
Una y otra vez había intentado que la genetista forense respondiera si esos datos podían compararse con un perfil de ADN actual, pero Klakstein, al ver las viejas impresiones que Hess había mostrado ante la cámara, había hecho notar lo complicado que era el trabajo técnicamente, y ahora le respondía con un punto de irritación:
—En teoría es posible, pero llevará tiempo, porque es complicado.
—No tenemos mucho tiempo. Pero es importante, porque los perfiles deben compararse con el perfil de ADN que se encontró debajo de una uña de Caroline Holst. ¿Pueden ponerse a ello inmediatamente?
Thulin conoce bien a Hess y sabe que está intentando que la genetista forense se dé prisa mencionando a Caroline Holst, pero no puede ver la reacción de la mujer porque tiene que concentrarse en aparcar.
Aún no ha conseguido encontrar una plaza libre, así que decide dejar el coche en un espacio más pequeño destinado a las motocicletas de la policía.
—Podemos intentarlo —dice Klakstein con un suspiro—. Envíeme el material y veré qué puedo hacer.
—Genial. Muchas gracias.
Mientras Thulin maniobra el coche para aparcarlo en el espacio para motocicletas, oye que Hess acuerda enviar el material al laboratorio forense por correo interno en breve y, cuando se despide y cuelga, suena animado.
—No es seguro que sirva de algo, pero tu padre fue minucioso y, si tenemos suerte, uno de los perfiles coincidirá con el ADN que se encontró en Caroline Holst.
—Sí.
Se le pasa por la cabeza que el rigor profesional por el que Hess elogia a su padre implicaba también que no tuviera tiempo para ella, pero no dice nada.
Hess empieza a meter la colección de muestras de ADN en el sobre viejo cuando Thulin detiene el coche lo más cerca posible del bordillo, apaga el motor y constata con un suspiro que ha vuelto a nevar.
—Mientras tanto, revisaremos el caso —continúa Hess, mientras busca un bolígrafo en la guantera y comienza a escribir en el sobre—.
Sugiero que sigamos las notas de tu padre.
Se centra en un BV, que debemos intentar localizar, y también hay algo sobre el polluelo.
Quizá sería buena idea ir a la zona, hablar con alguien de aquella época.
Thulin asiente con la cabeza, como si estuviera de acuerdo, mientras él escribe el nombre de la genetista forense y su propio número de teléfono en el sobre. Luego ella se anima y le cuenta la decisión que ha tomado de camino aquí.
—Seguramente es una buena idea. Pero no te voy a acompañar.
Hess deja de mirar el sobre y vuelve la cara hacia ella, y, aunque su teléfono empieza a sonar, no hace ningún ademán de contestarlo. La mira en silencio durante un momento y, cuando habla, su voz es cariñosa.
—No, claro. Lo entiendo perfectamente. Yo me encargaré de todo eso.
—Creo que no lo entiendes. Tengo que dejarlo del todo.
Por el retrovisor, ve un par de coches recién llegados que intentan esquivar su coche y, cuando está segura de que pueden pasar, vuelve a mirar a Hess.
—Hace mucho tiempo me prometí a mí misma que no acabaría como él. Las decisiones que él tomó no las voy a cambiar, pero yo quiero estar junto a Le. Quiero darle lo que yo no tuve.
—Pero si ya lo estás haciendo.
—¿Lo hago? ¿Cómo?
Su pregunta es retórica y nota que los reproches que se puede hacer a sí misma están pidiendo número en su interior.
—Ahora mismo apenas la veo. No la veo a ella, no veo a Aksel, no veo a Bjørn. En cambio, voy por ahí contigo encontrando cadáveres. Familias destrozadas y casas que explotan. Y ahora también tengo que lidiar con las huellas de mi propio padre, que…
Thulin se contiene. Las horas que ha pasado en el archivo con las carpetas y las notas la han convencido de que es la decisión correcta, pero se esfuerza por controlar sus emociones antes de continuar.
—Seguiré apoyándote cuando lo necesites. Pero no podemos… Tenemos que dejar de trabajar juntos. Hablaré con mi jefe y volveré al NC3 mañana por la mañana.
Él la mira, desconcertado. Su móvil vuelve a sonar, pero él se limita a observarla y a mover la cabeza, como si no pudiera seguirla.
—Pero estamos metidos de lleno. Estamos a punto de…
—No, no lo estamos. Tú lo estás. Yo no quiero seguir por ese camino.
—Yo tampoco querría ir por ese camino. Me gustaría seguir el mismo que…
Se detiene abruptamente y la mira. Su mirada la confunde. Luego desvía la vista al parabrisas y parece que en él se ha acumulado una profunda frustración. Cuando vuelve a mirarla, Thulin ve que está tratando de encontrar las palabras adecuadas.
En ese momento, un claxon suena impaciente detrás de ellos.
Ambos se sobresaltan y, antes de que Thulin pueda hacer nada, a ese sonido le acompaña un fuerte golpe en la ventanilla lateral.
El rostro de un policía mayor aparece entre los copos de nieve del otro lado y Thulin tiene que abrir algo la puerta para oír lo que quiere decir.
—¡Tienes que moverte un poco, hay que dejar pasar a las unidades móviles!
Thulin mira por el retrovisor y ve que un par de los grandes camiones de televisión que se usan para transmisiones en directo están detrás esperando para poder llegar a la entrada principal.
—Pero no hay sitio —responde ella, molesta.
—Tienen prisa, tienen que entrar a la rueda de prensa. ¡Avanza, te digo!
—¿La rueda de prensa?
El rostro del policía mayor ya ha desaparecido de la puerta y Thulin ve que se dirige hacia los vehículos de los medios de comunicación que están detrás de ellos. Su pregunta queda suspendida entre los copos de nieve que caen.
Thulin se gira en el asiento y mira a Hess sin comprender. Ve que su mirada se ha vuelto cautelosa. Hess agarra su teléfono móvil, abre la puerta del coche y sale.
Tan pronto como entra en el departamento, Thulin puede sentir la expectación que se respira en el ambiente.
Los últimos periodistas y fotógrafos parecen haber sido admitidos en ese momento, y, para avanzar más rápido, tiene que colarse entre los huecos de la larga y agitada cola de periodistas vestidos con ropa de invierno.
Thulin se ha visto obligada a buscar otro sitio para aparcar antes de poder seguir a Hess.
Con una mirada asesina a las unidades móviles de televisión, saca la caja de cartón del asiento trasero y se apresura hacia la entrada, mientras los periodistas salen de los coches aparcados y se dirigen en la misma dirección.
Hess también se ha olvidado del sobre para la genetista forense, y, al pasar por la oficina de correos, junto al tablón de anuncios, Thulin se acuerda de dejarlo en el buzón de correo urgente antes de continuar.
Todavía le cuesta creer que la presencia de la prensa se deba a que Nylander ha convocado una rueda de prensa, pero al pasar por la puerta de la sala de conferencias, donde comienza la cola, ve las numerosas sillas dispuestas y los micrófonos que se están instalando en la mesa alargada del fondo.
Durante un momento, se dice a sí misma que el evento puede tener un contenido completamente diferente al que le preocupa, pero, cuando abre la puerta de la sala de reuniones y oye la voz de Hess, ya no le quedan dudas.
—Pero ¿qué demonios estás haciendo? ¡Acabábamos de acordar que primero íbamos a investigar el caso!
Nylander está de pie junto a la mesa, vestido con el traje que Thulin sabe que siempre está colgado en su armario por si tiene que hacer una declaración pública importante.
Está junto a Budtz y sostiene en las manos un montón de papeles recién impresos mientras un empleado de comunicaciones le coloca un micrófono.
Aunque parece que Hess acaba de interrumpirlos, Nylander mantiene la calma y suena sosegado.
—Hess, tendremos que hablarlo después. Las cosas se precipitaron y cambié de opinión porque empezaron a llegar resultados.
—¿Qué resultados? —pregunta Thulin con tono severo, y de repente se da cuenta de que está tan enfadada como Hess.
—Nylander, hay una llamada. Es importante.
El asistente de Nylander está de pie en la puerta abierta y le muestra un teléfono móvil.
—Un momento. Budtz, explícaselo tú.
Budtz asiente con satisfacción y toma el relevo.
—En primer lugar, la policía científica y el forense han dado una respuesta sobre el hacha. Las irregularidades en la superficie de impacto coinciden con las lesiones craneales de Silje Thomsen y Philip Lund, lo que significa que el hacha de Torsten Vangsø fue el arma homicida.
—Eso da igual —exclama Hess y mira frustrado a Nylander, que ha desaparecido por la puerta con su asistente—. El hacha puede haber sido colocada allí por el autor del crimen, así que no hay nada nuevo.
—En segundo lugar, hemos recibido noticias de Raheem. Ha conseguido salvar algo del teléfono móvil de Vangsø —dice Budtz con indiferencia.
—¿Salvar qué? —pregunta Thulin, mientras Hess niega con la cabeza, como si no diera ningún valor a las palabras de Budtz, y se dirige a la puerta para buscar a Nylander.
—Tendrás que preguntarle tú misma sobre los aspectos técnicos —continúa Budtz—. El móvil estaba muy dañado, pero ha conseguido acceder a parte de la actividad del usuario. Entre otras cosas, a la de anoche, cuando Vangsø se encontraba en la casa de Refshaleøen con su exmujer. ¿Lo oímos?
Un destello de arrogancia ilumina el rostro de Budtz cuando formula la pregunta, al tiempo que Hess vuelve frustrado de la puerta.
—No, porque eso no importa. Con independencia de lo que haya descubierto Raheem, ¡las cosas no encajan con Vangsø!
Pero Budtz ya ha pulsado una de las teclas del MacBook que está sobre la mesa y un sencillo tono de piano suena por el altavoz del ordenador.
Otra tecla de piano es pulsada, y luego otra más, y el extraño preludio casi hace que Thulin pierda la paciencia, pero entonces comienza a cantar un coro de voces infantiles.
Jugando al escondite en el bosque anocheció.
Thulin siente escalofríos al oír el coro de voces infantiles que comienza a cantar la canción, y puede sentir la mirada burlona de Budtz sobre ella. Incluso Hess se ha detenido y se queda quieto escuchando.
—Torsten Vangsø reprodujo la canción desde un servicio de streaming en su teléfono desde las 22.03 hasta las 22.19, y, según Raheem, la melodía estaba en modo repetición —dice Budtz mirando a ambos—. No es precisamente Barry White, ¿verdad?
Y el cuco con su canto el miedo nos quitó.
La melodía y la información hacen que a Thulin le retumben los oídos.
Si lo que dice Budtz es cierto, puede deducir que la reproducción en el teléfono terminó menos de un cuarto de hora antes de que ella y Hess llegaran a la propiedad.
Imágenes inquietantes de Torsten Vangsø, que ha puesto su teléfono a reproducir la melodía mientras persigue a su exmujer por la casa, parpadean ante su mirada interior, pero puede ver en Hess que él no piensa lo mismo.
—Eso no cambia nada. La tercera persona que estaba en la casa debió de utilizar el teléfono de Vangsø. Como esa persona había reducido a Vangsø, no le resultó difícil abrir el móvil.
—Pero por allí no pasó nadie más. Lo mismo que tú, que por aquí no pasas mucho.
Budtz mira a Hess con una mirada provocadora.
—Budtz, relájate y apaga la música —dice Thulin mientras se coloca entre los dos hombres. Hess ya se ha vuelto hacia Budtz y rebosa ira.
—¿Qué diablos quieres decir con eso?
—Solo digo lo obvio.
—Hess, ven conmigo.
Es Nylander, que vuelve a aparecer por la puerta; Hess se gira sobre sí mismo.
—Eso es lo que le interesa al autor de los delitos. Si creemos en esa reproducción, haremos lo que él quiere que hagamos.
—Tengo que hablar contigo fuera.
Thulin ve en la mirada de Nylander que habla muy en serio, pero Hess está demasiado alterado.
—No podemos ignorar las cosas: hay una foto cuyo remitente desconocemos. Faltan fotos de acoso. Hay por ahí una cancioncilla a la que no conseguimos darle sentido, ¡y no hemos avanzado ni un ápice en la resolución del caso de Caroline Holst!
—Hess, ven aquí un momento…
—¡No, no pienso ir! Si ahora te acercas al micrófono y señalas a Vangsø, eso es porque quieres acallar a la dirección y salvar tu propio culo.
¿Entiendes lo que te digo? —Nylander no se inmuta ante el insulto y Hess continúa—: No podemos permitirnos eso.
Tenemos que hacer que todo encaje. Se lo debemos a los fallecidos, se lo debemos a los familiares.
—Se trata de tu hermano.
Hay una expresión en el rostro de Nylander que Thulin no ha visto antes. Hess se queda en silencio por un momento, pero luego niega con la cabeza, sin comprender, y su mirada se oscurece, como si Nylander se hubiera adentrado en un terreno en el que no tiene derecho a entrar.
—¿Mi hermano? ¿De qué estás hablando?
Nylander duda. Su mirada se posa en Hess, pero parece que no pueda decir nada más. En medio del silencio, continúan las estridentes voces infantiles procedentes del ordenador.
… el miedo nos quitó. Cucú, cucú…
—¿De qué estás hablando? —repite Hess—. ¡¿De qué puñetas estás hablando?!
Thulin se da cuenta de lo que Nylander no se atreve a decir. La expresión, que nunca había visto en su rostro, es de compasión.