Capítulo 73
Su padre perteneció a una de las últimas generaciones que habían aprendido a escribir en cursiva en la escuela secundaria, y, cada vez que le daba una nota garabateada para que fuera a la tienda, ella admiraba su elegante caligrafía, que hacía que la lista de la compra pareciera un hechizo de cuento de hadas.
Con el tiempo, y sobre todo tras la enfermedad y la muerte de su madre, la letra de su padre había cambiado, y en las páginas que tiene ahora ante sí no puede evitar reconocer esos trazos.
El comienzo de casi todas las palabras está escrito con la pulcritud habitual de su padre, pero luego es como si la mano perdiera la paciencia, de modo que el resto consiste en garabatos descuidados que apenas se pueden descifrar.
Hacía mucho mucho tiempo que Thulin no leía nada escrito por su padre, y, con su mirada adulta, puede ver cómo la letra delata que, en el momento en que, como jefe de la Unidad Móvil Operativa, se inclinaba sobre los papeles que ella tiene entre las manos, no se encontraba bien.
Un calígrafo probablemente calificaría el escrito de desordenado, agitado, tal vez incluso estresado y desequilibrado, y Thulin siente una punzada en el corazón cuando la escritura le recuerda el monumental dolor que en su momento cambió a su padre y le llevó a refugiarse en el trabajo.
Aparta esos pensamientos y se obliga a concentrarse en la conversación telefónica que Hess está manteniendo con Aksel.
—Pero Uffe tuvo que decir algo concreto sobre de quién sospechaba que podía ser el cómplice, ¿no? ¿Un nombre o quizá varios nombres?
Thulin puede ver y oír la impaciencia de Hess.
Está de pie en la sala de lectura del archivo nacional, con la camisa remangada, al otro lado de la mesa de caoba con las numerosas pilas de carpetas, y hace tiempo que ha encendido el altavoz de su teléfono móvil y lo ha dejado sobre uno de los montones para poder hablar con Aksel mientras hojea otro informe polvoriento.
Llevan más de dos horas y media en la sala de lectura del archivo, donde escasea el oxígeno, y ambos saben que es urgente averiguar si el antiguo caso de la unidad móvil puede ser útil.
Tras la desgarradora conversación con Marie Holst, Nylander se había mostrado receptivo ante su propuesta de investigar el antiguo caso de la unidad móvil, pero también les había advertido que la investigación estaba bajo presión, porque los superiores querían que se informara pronto al público sobre el estado de esta.
Así que les había dejado muy claro que, si había alguna razón válida para que él cambiara seriamente el rumbo de las pesquisas y no se centrara en las sospechas contra Torsten Vangsø, quería tenerla sobre su mesa en el transcurso del día.
Junto con Hess, Thulin se dirigió rápidamente al archivo nacional, donde se conservaban los antiguos expedientes no digitalizados, entre otros, los de la unidad móvil.
Un amable y algo sorprendido archivero los recibió y, cuando Hess le mostró el correo electrónico que acababa de llegarle, en el que se confirmaba que el archivo había localizado los documentos, los acompañaron al interior del archivo.
Los expedientes, que se encontraban en tres grandes cajas de cartón, los habían bajado de una estantería de gran tamaño que iba del suelo al techo y rodeaba todo el archivo.
Se llevaron las cajas de cartón a la sala de lectura.
El volumen de carpetas con informes que había en las tres cajas era, por supuesto, considerable, ya que abarcaban los tres delitos consecutivos que, en conjunto, constituían el caso.
El sentido del orden de Thulin la había llevado a sugerir que se clasificaran las carpetas cronológicamente según los años y las fechas que figuraban en la portada, pero tan pronto como las carpetas salieron de las cajas y las pilas se acumularon sobre la mesa, quedó claro que era imposible familiarizarse con todo el material.
En su lugar, decidieron concentrarse en revisar los documentos que se habían elaborado justo antes y después de la fecha en que se produjo la detención del autor del delito, Bertel Reimer Jensen, de cuarenta y un años, en mayo de 1992.
Como Aksel ya había contado, Bertel Reimer Jensen fue interrogado y confesó tras las numerosas pruebas que la policía había reunido.
Los informes del interrogatorio daban la impresión de que se trataba de un hombre emocionalmente insensible.
Se mostraba taciturno y sobrio en sus declaraciones y no daba muestras de arrepentimiento ni compasión.
Era como si supiera que sus crímenes llegarían a su fin en algún momento, y la única explicación recurrente que daba para sus espantosos actos era que se trataba de «su naturaleza».
En las fotos que Thulin había visto, parecía una persona del todo normal, con el pelo corto y oscuro y gafas.
La esposa, los familiares y los compañeros de trabajo del hombre estaban conmocionados y, al parecer, desconocían por completo su lado monstruoso.
Las fotos de la casa adosada en la que vivía la familia mostraban una vivienda de aspecto tranquilizador, con una valla blanca, césped y un mástil con una bandera.
Era espantoso ver las fotos que los técnicos habían tomado en el terreno de la casa de verano, donde se habían cometido los crímenes.
La casa de campo estaba situada en un emplazamiento idílico cerca del fiordo de Roskilde, y en algún lugar del terreno natural había habido una bodega subterránea, construida en una elevación que, con su manto de hierba silvestre y su gruesa puerta de madera hundida, evocaba la vivienda de un hobbit de los relatos de Tolkien.
A primera vista, el interior del sótano también recordaba a un gran cobertizo subterráneo, pero los técnicos habían tomado, entre otras cosas, fotos en primer plano de sangre seca en el suelo, un bidón de plástico, guantes de trabajo, un rollo de cuerda y un hacha que colgaba de una pared sin revestir sujeta con dos clavos.
Había sido especialmente horrible ver esas imágenes sabiendo que tres niños habían sido secuestrados y que allí habían acabado con sus vidas, y de repente a Thulin no le resultó tan difícil comprender que su padre hubiera sentido la necesidad de dedicar todo su tiempo a la investigación.
—No, no recuerdo que Uffe mencionara ningún nombre concreto de un sospechoso que pudiera ser el cómplice —contesta Aksel por el altavoz del teléfono—. Pero seguro que sale en los informes. ¿No señaló a nadie?
—Por lo que sabemos hasta ahora, no. Pero escribió una nota manuscrita sobre «BV», que parece haber sido importante para él. ¿Te dice algo «BV»? —prueba a preguntar Hess.
Después de leer los informes de la época de la detención de Bertel Reimer Jensen, Thulin y Hess se habían lanzado a revisar las carpetas siguientes, que, en su mayoría, reunían conclusiones y estaban destinadas a la fiscalía en el juicio que nunca llegó a celebrarse, porque Bertel Reimer Jensen se ahorcó mientras estaba recluido en el centro de alta seguridad de Nykøbing Sjælland.
Solo la carpeta con la fecha más reciente, que contenía informes de septiembre a octubre de 1992, trataba casi en exclusiva de la posibilidad de que Bertel Reimer Jensen tuviera un cómplice.
Al principio, los informes mostraban que varios investigadores estaban trabajando en el caso, incluido Aksel, pero, a medida que pasaban las semanas, las novedades eran cada vez menos frecuentes.
Thulin lo interpretó como una señal de que la pista se estaba enfriando.
Al final, solo quedaban documentos con la firma de su padre, y las hojas A4 mecanografiadas habían sido sustituidas por sus propias notas manuscritas, que eran precisamente las que Hess y Thulin habían analizado con esmero.
En general, su padre se había concentrado en detalles que no lograba entender o que le resultaban extraños.
«¿Conocía de antemano los juegos de los niños?
», «¿Conocía el terreno?» y «¿Cómplice?» eran algunas de las ideas dispersas que había anotado, mientras que en otros lugares había formulado frases completas.
«¿Cómo sabía que iban a jugar al escondite?».
«¿Cómo y por qué la misma rima?».
Sus confusas especulaciones no parecían haber dado lugar a una sospecha concreta sobre una persona en particular. Sin embargo, en su última nota había escrito «Hablar con BV», y lo había subrayado varias veces, como si esa tarea fuera especialmente importante.
—¿BV? No, tampoco me dice nada —responde Aksel por teléfono, y Thulin puede oír que se rasca la barba, como siempre hace cuando intenta recordar cosas que ha olvidado.
—¿Y qué hay de sus reflexiones sobre el polluelo? —insiste Hess.
—¿El polluelo? ¿De qué va eso?
Thulin sabe que Aksel se esfuerza mucho por ayudar, pero sus respuestas la agotan y, además, no cree que lo que Hess le pregunta sea relevante.
En sus notas sobre «BV», su padre también se había centrado en un hallazgo concreto que se había hecho aquel día de mayo en que Bertel Reimer Jensen fue visto entre los juncos por una clase escolar que estaba de excursión.
Los técnicos de la policía habían documentado el hallazgo con fotografías que se encontraban en la carpeta con otras piezas pendientes de colocar, y las imágenes mostraban los restos de un polluelo que, al parecer, había sido descuartizado y yacía entre los juncos junto al lago.
Aunque el hallazgo era macabro, y aunque el descuartizamiento del polluelo había hecho pensar a Thulin en el estado en que se había encontrado a las pequeñas víctimas, no había podido detectar una conexión lógica, y también su padre había incluido el misterioso hallazgo en la lista de preguntas sin respuesta y lo había marcado en sus notas con un par de grandes «¿? ».
—Déjalo, da igual. Olvida que te lo he preguntado —le dice Hess a Aksel, y Thulin puede ver que está demasiado impaciente como para recordarle lo del polluelo si no logra hacerlo por sí mismo.
Thulin no siente la necesidad de protestar, ni tampoco está convencida de que su padre tuviera razón al pensar que el asesino contaba con un cómplice en su momento.
De hecho, duda de que el antiguo caso guarde alguna relación con los nuevos asesinatos, aunque las rimas que recibieron las víctimas del acosador se basan en la antigua canción infantil.
Tampoco hay nombres de testigos, compañeros de trabajo, familiares o vecinos de la época que haya leído en los documentos desvaídos y que le hayan llamado la atención en relación con la investigación actual.
Cuanto más lee, más le parece que las notas de su padre son los pensamientos de una persona extraviada, y las tristes palabras de Aksel sobre que Uffe intentaba reparar algo en sí mismo son, hasta ahora, la explicación que más le convence.
El hecho de que sufriera un paro cardiaco al día siguiente de escribir y fechar la nota sobre «Hablar con BV» hace que Thulin desee salir de la habitación, y solo el recuerdo de la mirada ausente de Marie Holst en la reunión con Nylander logra que se quede sentada y siga leyendo.
—Siento mucho no poder ayudar más —dice Aksel disculpándose—. No hablamos mucho sobre el cómplice porque en aquel momento yo no estaba de acuerdo con él. Pero ¿qué hay del ADN? ¿No se puede utilizar?
—¿El ADN?
Hess mira a Thulin sin comprender, y por un momento Thulin piensa que Aksel también está perdiendo la cabeza. El caso que tienen entre manos es de los años 1989 a 1992, cuando aún no se utilizaba el ADN en los procesos penales daneses, por lo que la pregunta de Aksel no tiene sentido.
—¿Qué ADN? —pregunta Hess con cansancio y casi con condescendencia.
—Bueno, Uffe estaba muy al día de todo por aquel entonces. Sabía que los análisis de ADN estaban a la vuelta de la esquina, así que nos ordenaron tomar muestras de la gente ya en aquellos años.
Thulin nota que está perdiendo la perspectiva e intenta ignorar el dolor de cabeza que empieza a sentir.
—¿De qué estás hablando, Aksel? ¿Muestras de quién?
—Sí, de los que interrogamos y tuvimos en el punto de mira durante la investigación. Creo que tomamos muestras bucales de entre diez y quince personas.
Hess mira el móvil sin comprender. Luego se acerca y recoge con determinación el móvil de la pila de informes.
—¿Dices que se tomaron muestras de ADN de entre diez y quince sospechosos en aquel entonces?
—Sí, fuimos pioneros —responde Aksel con orgullo en la voz.
—Pero en aquella época no existía la prueba de ADN en el país, ¿no? —objeta Hess.
—No, pero sí en Inglaterra. Así que Uffe envió todo a un laboratorio de allí. También la muestra de Bertel Reimer Jensen. Lo sé con certeza.
Hess mira las pilas de documentos sobre la mesa.
—Aksel, ¿dónde puede haber algo sobre las muestras de ADN?
—Seguramente en el material. La muestra de Bertel Reimer Jensen debía presentarse formalmente en el juicio contra él, pero fue suspendido.
—Aksel, ¡ya hablaremos!
Hess interrumpe la llamada antes de que Aksel pueda decir nada y comienza a buscar febrilmente entre las pilas que tiene delante. Thulin se ha levantado. Ella misma está sorprendida por las palabras de Aksel, pero, por otro lado, no entiende la prisa de Hess.
—¿Y ahora qué?
—¿Dónde está la carpeta preparada para la fiscalía y para el juicio?
—La tenías tú. ¿Para qué nos sirve ahora?
Hess dirige su atención a otra parte de los montones. Saca otra pila y, una tras otra, empieza a abrir las carpetas y a hojearlas en busca de algo.
Thulin no entiende por qué ahora le parece interesante buscar algo que hace mucho que perdió todo interés encontrar.
—En cualquier caso, las pruebas habrán sido destruidas. Hay un plazo de prescripción de treinta años, por lo que ya no existirán.
—A menos que haya copias impresas.
—¿Copias impresas?
Hess detiene su búsqueda. Ha abierto otra carpeta y ha sacado un sobre A4 grueso y acolchado. En la cara hay un sello con la inscripción «Forensic Science, Oxford University» y la fecha de agosto de 1992. Lo abre y saca un montón de documentos de laboratorio.
Los hojea rápidamente y Thulin ve cómo se dibuja una leve sonrisa en su rostro.
—¿Qué es eso?
—Tu padre nos ha dado algo en lo que basarnos. Son copias de los perfiles de ADN de Bertel Reimer Jensen y de las personas sospechosas durante la investigación. Vamos a ponernos en marcha.
Hess empieza a meter en una caja de cartón los expedientes en los que se han centrado para llevárselos.
—Tenemos que conseguir un genetista forense. Aunque solo tengamos los resultados, quizá puedan compararse con el ADN encontrado recientemente.
A Thulin le gustaría compartir su entusiasmo, pero le duele la cabeza y sigue sin entender qué ha provocado que Hess reaccione así.
—Pero ¿con qué lo comparamos? —pregunta ella en voz alta mientras él se inclina sobre la caja de cartón con otra carpeta—. No hemos encontrado ADN en los casos de asesinato que hemos investigado.
—No, no lo hemos encontrado. Pero la policía del distrito Oeste lo hizo en el de Caroline Holst.