Capítulo 71
Marie otea a ambos lados del pasillo con nervios y la esperanza de que no tarden en llamarla, pero ninguno de los muchos agentes uniformados o policías de paisano que pasan por la sala se detiene junto al banco en el que está esperando.
Mueve la pierna sin descanso y, cuando se da cuenta de que lo está haciendo, intenta contenerla y armarse de paciencia.
Siente la mano tranquilizadora de Therese apoyada en su muslo y algo ayuda, pero solo hasta que oye nuevos pasos y vuelve a mirar esperanzada a derecha e izquierda.
Por un momento, su mirada se fija en las imágenes de la pantalla plana que cuelga de la pared opuesta.
El sonido está apagado y la televisión muestra el reportaje del canal de noticias sobre la casa incendiada en Refshaleøen, pero Marie ya lo ha visto, al igual que ha visto y leído todo lo demás que han publicado los medios de comunicación desde ayer por la noche sobre la evolución del caso.
Por lo que puede deducir de la cobertura de prensa, la policía sospecha de un hombre divorciado que podría estar relacionado con los asesinatos, el incendio provocado y el baño de sangre en el juzgado de familia.
Marie no entiende cómo puede estar relacionado con su Caroline, pero en su momento, cuando Naia Thulin y su compañero vinieron a interrogarla, le dijeron que su investigación se refería al mismo autor que en el caso de Caroline.
Por eso Marie ha acudido a la jefatura de policía.
No puede esperar más, necesita que se lo confirmen.
La noche anterior había sido, desde luego, agitada y terrible.
En el instituto la había invadido casi el mismo sentimiento violento de dolor y rabia que había tenido cuando Caroline murió.
Incapaz de pensar con lucidez, solo esperaba que la policía la creyera y detuviera a Sebastian Rye.
Ahora ese sentimiento se ha desvanecido y se ha dado cuenta de que estaba terriblemente equivocada y que, además, se comportó de manera del todo inaceptable tanto con su compañero de trabajo como con Mattsen, pero en particular con Thor.
Cuando Marie llegó a casa la noche anterior, Thor no quiso ni hablar con ella.
Estaba llena de sentimientos de culpabilidad porque él, una vez más, se había sentado en primera fila, mientras que su madre había tenido un auténtico colapso nervioso en el instituto al que también asistían todos sus amigos.
Pero, dijese lo que dijese Marie, él se había mostrado inflexible y había rechazado sus tentativas de hacerle escuchar.
En medio de todo esto, Tom había aparecido para dejar a Malte, después de ir al cine, y había sido testigo de cómo Thor, en una mezcla de impotencia, tristeza y vergüenza, había cerrado de un portazo la puerta de su habitación con el mensaje de que pronto dejaría de querer vivir allí.
Marie le había contado a Tom lo que había pasado y había intentado justificarse, pero él se había limitado a negar con la cabeza, sin decir nada.
Si Malte no hubiera estado allí, seguramente habrían acabado discutiendo, y, cuando él se marchó, Marie volvió a sentirse avergonzada.
Tampoco había servido de nada hablar por teléfono con Therese.
Aunque era tarde, su amiga se había ofrecido a ir en coche desde la casa de campo, pero Marie no tenía fuerzas para recibir visitas.
Therese conocía muy bien a Thor y había intentado consolar a Marie diciéndole que ella mediaría si él seguía tan enfadado e inaccesible, pero a Marie todo le parecía insuperable: el episodio en el instituto, su tensa relación con Mattsen, la relación con los niños, su matrimonio fracasado y la idea de Tom de que los niños vivieran más tiempo con él.
Todo ello la hacía sentir que estaba a punto de derrumbarse.
Entonces, su mirada cansada se posó en un titular en las noticias de la televisión, que había estado encendida sin sonido y sin que le prestase atención.
Rápidamente se despidió de Therese y, con el corazón palpitante, se apresuró a subir el volumen del informativo, que estaba dando la primera noticia de que era probable que se hubiera encontrado al autor de los asesinatos.
A Marie le había costado dormir. Los pensamientos la mantuvieron despierta.
A primera hora de la mañana, llamó al trabajo para decir que estaba enferma y volvió a intentar ponerse en contacto con Naia Thulin.
Al no conseguirlo, empezó a llamar a la jefatura de policía, pero fue en vano.
Por supuesto, no les había contado nada a los niños sobre su fundada esperanza de que la pesadilla terminara pronto, sino que se había concentrado en enviarlos al colegio sin discusiones.
Según lo acordado, Therese había aparecido para tomar el café de la mañana y, al ver lo nerviosa e impaciente que estaba su amiga, se había ofrecido a llevarla a la policía para que le dieran las respuestas que tenía derecho a recibir.
Marie aceptó la oferta y fue una buena decisión.
En realidad, habían acordado que Therese esperaría en el coche, pero Marie no se atrevía a enfrentarse sola a la prensa, que ya había empezado a congregarse frente a la entrada, ávida de noticias.
Con Therese como buldócer, lograron atravesar la multitud y entrar en el edificio sin tener que responder a preguntas.
—Todo irá bien —oye decir a Therese para tranquilizarla—. Ahora que estamos aquí, no nos iremos hasta que hayas hablado con ellos.
Therese le aprieta la mano, y Marie piensa que no sabe qué haría sin ella y, nerviosa, le devuelve la sonrisa a su amiga, a la que tanto le debe, pero entonces se da cuenta de que Naia Thulin se ha detenido frente a ella.
—Buenos días, Marie. Perdone que no hayamos tenido tiempo para hablar con usted. Lo lamento, pero es un mal momento, así que ahora mismo no va a poder ser.
La inspectora parece amable pero firme. Marie se siente desconcertada y nerviosa por haber sido rechazada tan rápidamente, y se apresura a levantarse para dar una explicación.
—Lo entiendo. Pero necesito saber si es cierto lo que dicen en la prensa.
—Como ya le he explicado, no vamos a hacer declaraciones ahora, pero nos pondremos en contacto con usted más adelante.
—Pero… ¿es él? —insiste Marie.
—Lamento no poder hacer declaraciones al respecto.
Naia Thulin no dice nada más. Marie no puede descifrar nada en su rostro, solo que no va a cambiar de opinión. Busca en vano algo más que decir.
—No pueden hacer esto —exclama de repente Therese, en pie junto a Marie—. La verdad es que lleva desde ayer esperando noticias suyas.
—Therese, no pasa nada.
—Sí, sí que pasa.
Marie ve que su amiga está indignada.
—Disculpe, ¿quién es usted? —pregunta Naia Thulin con cierta brusquedad.
—Me llamo Therese y soy amiga de Marie, del grupo de duelo. Marie necesita que hablen con ella.
—Sí, pero como he dicho… —contesta Thulin, pero Therese es más rápida y la i nterrumpe con calma aunque con firmeza.
—Entendemos que no lo saben todo, pero intenten ponerse en su lugar.
La prensa la está acosando. —Therese inclina la cabeza hacia la entrada—.
No le dicen nada, debe ocuparse de su exigente trabajo, tiene que intentar hacer de madre de dos niños en casa y su corazón está destrozado.
¡Por Dios! ¿No pueden hablar con ella dos minutos?
Marie nota que la petición de su amiga ha causado impresión. Una pizca de compasión o remordimiento se refleja en el rostro de Naia Thulin antes de que su tono vuelva a ser formal.
—Un momento. Esperen aquí.
Thulin se dirige hacia el pasillo y desaparece tras la esquina.
Marie se vuelve hacia Therese.
—Gracias —susurra dándole un pequeño apretón en la mano a Therese.
—Probablemente solo estén siendo cautelosos —responde Therese—. No se atreven a decir nada hasta sentirse del todo seguros, pero no estarían tan ocupados si no pasara nada.
Marie no sabe si atreverse a creer en las palabras de Therese. Espera que tenga razón, porque la incertidumbre la pone muy nerviosa.
Un momento después, Thulin aparece por la esquina. Le hace un gesto con la cabeza a Marie para que la acompañe y ella nota que su pulso se acelera claramente. Coge su bolso y la sigue.