Capítulo 69
Es temprano. Fuera se oye el graznido de las gaviotas que revolotean por encima del edificio y a lo lejos la luz del día comienza a iluminar el horizonte.
Detrás de él, se percibe un suave traqueteo en el pasillo cuando las enfermeras pasan con sus carritos y, por primera vez desde que visita a Jon en la Unidad de Cuidados Intensivos, nota que se siente tranquilo estando allí.
Desde la silla al lado de la cama, en la habitación de Jon, sigue con atención cómo los dedos de su hermano desenredan el papel de regalo que envuelve hecho jirones la caña de pescar.
La protección lateral de la cama está levantada para que Jon pueda sentarse, y, aunque mueve los dedos con mucha lentitud, a Hess le alegra que al menos sea capaz de hacerlo.
Cuando termina de quitar el último trozo de papel de regalo que cubre el carrete, Hess no puede evitar mencionar algunos detalles sobre la joya que Jon sostiene entre las manos.
—Es una Shimano. De fibra de carbono. Con mango de espuma, como más te gusta. Siente su peso.
Hess se inclina sobre la cama y ayuda con cuidado a Jon a levantar un poco la caña telescópica ultraligera.
—Muchas gracias. Pero…
Hess ve que Jon duda y que sus dedos parecen torpes al manipular el carrete.
—Pero ¿qué? Pregunta lo que quieras.
—¿Para qué sirve?
Jon lo mira con desconcierto. Hess se preocupa.
El médico le ha preparado para que pueda haber lagunas en la memoria de Jon, pero aun así tiene que esforzarse por no parecer asustado.
Se recompone y está a punto de explicarle a su hermano mayor lo que tiene en las manos, pero entonces descubre la sonrisa que se extiende silenciosamente por el rostro de Jon.
—Vaya, ¡qué fácil eres!
Jon se desternilla en la cama y no puede parar. Hess respira aliviado y, aunque por un momento se le ha encogido el corazón, no puede evitar sonreír y menear la cabeza.
Es una satisfacción inmensa sentir que en la habitación de Jon ha cambiado el ánimo.
Es como si se hubieran abierto las cortinas por primera vez y Jon pareciera más fresco que antes.
La sangre ha vuelto a su rostro, su lenguaje es mucho más fluido que el día anterior y Hess ahora también puede confirmar que el humor negro de su hermano sigue intacto.
—Creo que te están dando demasiada morfina —dice sonriendo Hess, que de repente se siente completamente despierto, y Jon vuelve a reírse.
Hess no había dormido mucho esa noche. Después de reunirse con Aksel en casa de Thulin, había llamado al hospital para saber cómo había pasado la tarde Jon y, cuando la enfermera de guardia le dijo que todo iba bien y que su hermano estaba durmiendo, se fue a su apartamento en Odinparken.
Los informativos seguían centrados en el asesinato a puñaladas en el juzgado de familia y en la explosión de gas que, según «fuentes anónimas de la policía», estaba relacionada con los asesinatos, y Hess se había puesto a revisar el viejo expediente de Aksel que se había llevado de casa de Thulin.
El contenido de la carpeta era tan espantoso como lo había descrito Aksel y, aunque era muy grueso, solo incluía un extenso resumen del caso, por lo que a Hess le surgieron muchas preguntas sin respuesta mientras lo leía.
Era imposible determinar si el caso podía ser relevante para la investigación que estaban llevando a cabo.
Por un lado, los delitos y, sobre todo, las víctimas eran completamente diferentes, pero, por otro, había similitudes que saltaban a la vista.
El arma homicida. El descuartizamiento. Por no hablar del juego del escondite y la forma de contar.
Mientras leía, Hess se preguntaba si solo le interesaba el antiguo caso porque su instinto le hablaba muy claramente y estaba desesperado por encontrar otra causa para los asesinatos actuales que no estuviese vinculada a Torsten Vangsø.
Pero había decidido que había razones suficientes para intentar profundizar en el material antiguo.
La teoría de un cómplice, expresada por el padre de Thulin, por ejemplo, estaba totalmente ausente en la carpeta y probablemente se encontraba en el resto de los dosieres del archivo.
Por lo tanto, Hess había terminado la jornada laboral escribiendo un correo electrónico al archivo nacional para obtener acceso lo antes posible a los expedientes no digitalizados, y había recordado poner a Thulin en copia en el mensaje para que supiera lo que tenía pensado hacer.
Cuando por fin se acostó, el recuerdo del cruce de miradas que había tenido con Thulin en el recibidor de la casa seguía dándole vueltas por la cabeza.
Para quitárselo de encima, tuvo que recordarse varias veces con qué naturalidad se había comportado ella con Bjørn, que había aparecido de repente, incluso provisto de su propia llave del piso.
Los dos se habían abrazado y, después de que el hombre le diera las gracias sinceramente por salvar la vida de Thulin, Hess bajó las escaleras sin ningún motivo para seguir pensando en el instante que había vivido con Thulin.
Cuando la alarma del móvil lo despertó temprano, la sensación de que ella todavía lo miraba a los ojos no había desaparecido del todo; lo que sí que había desaparecido casi por completo era el tinnitus.
Con todo el cuerpo dolorido, se había levantado y, tras una necesaria ducha, había salido de casa a las siete para poder ver a Jon antes de la reunión de seguimiento del departamento.
Pensaba que en el hospital tendría que aguardar en la sala de espera hasta que Jon se despertara, pero el personal le dijo que Jon estaba desayunando, y Hess se apresuró a acudir a la habitación.
Ver a su hermano sentado en la cama con apetito había hecho sonreír a Hess tanto que le había dolido la abrasión en la mejilla, lo que Jon notó al instante.
Hess se había apresurado a explicarle que se había caído de la bicicleta en la nieve, y poco después Jon le había preguntado con curiosidad por el regalo que Hess había traído.
—Por cierto, he tomado una decisión —dice Jon, mientras Hess le ayuda a dejar la caña de pescar y la coloca en el amplio alféizar de la ventana. Parece que Jon por fin ha dejado de reír y, aunque su voz es un poco apagada y monótona, las palabras son claras.
—Mi cuerpo nunca ha estado más desintoxicado que ahora. Y Minnesota no puede ser peor que esto.
Hess mira a su hermano y vuelve a sentarse. No es la primera vez que Jon promete dejar de beber, por lo que Hess no está seguro de que vaya a cumplirlo. Por otro lado, no hay nada que Hess desee más.
—Me parece una buena decisión.
—Lo digo en serio. No voy a volver a hacerte pasar por esto. Cuando me den el alta, ocurrirán muchas cosas.
Los ojos de Jon tienen una mirada decidida, y Hess puede ver en su hermano mayor la seguridad en sí mismo en la que durante tantos años se apoyó. Por otro lado, Hess también sabe por experiencia que Jon tiende a actuar tan rápido que a veces ni él mismo puede seguirle el ritmo.
—Primero debes recuperarte. El médico dice que tendrás que quedarte aquí al menos una semana más para restablecerte.
Jon asiente lentamente mientras se recuesta y apoya la cabeza en la almohada.
—Por supuesto. Solo digo que tengo un plan. ¿Y tú?
A Hess le sorprende que ahora Jon también le haga preguntas. Por un momento, nota que su mirada se aparta, pero luego se esfuerza por no mostrar a Jon todas las preocupaciones que le rondan por la cabeza.
—Bien. No hay muchas novedades. Cuando salgo, voy a ayudar con algo de trabajo.
—¿Y qué hay de tu novia policía?
Jon lo mira con curiosidad y, una vez más, Hess se queda perplejo. Se da cuenta de que no le ha dicho a Jon que hablar de eso ya no es oportuno y niega con la cabeza.
—Ahora solo trabajamos juntos. Lo demás no funcionó. ¿Quieres algo?
Hess señala la jarra de agua y los restos del desayuno en la mesita de noche, pero Jon sigue mirándolo con un ligero destello de sorpresa en la mirada.
—¿Por qué no?
—Es complicado.
—Pues no lo parecía.
Las imágenes de aquella alegre tarde de finales de verano con Thulin y Le en el patio trasero de Jon pasan rápidamente por la mente de Hess, pero él las aparta, como suele hacer.
—Ella tiene una hija. Necesitaba pensarlo bien.
—¿No te llevabas bien con su hija?
Hess mira a Jon con sorpresa, porque el malentendido de su pregunta está muy lejos de la realidad.
—Sí. Sí, quiero mucho a Le.
La mirada de Jon dice «pues entonces no entiendo ni jota», y Hess se ve obligado a dar más explicaciones, aunque no le apetece.
—Si dices que sí, tienes que estar ahí. Se merecen a alguien que les dé seguridad y esté ahí para ellas. Yo no puedo hacerlo.
Jon guarda silencio. Solo lo mira, y la expresión de los ojos de Jon inquieta a Hess.
—Quizá deberías descansar un poco ahora.
—¿Quieres saber lo que pienso?
—Sí, adelante.
—No es a ellas a quienes proteges. Es a ti mismo.
Hess nota que las palabras le impactan, aunque no quiera admitirlo.
La mirada de Jon es cariñosa pero firme, y de repente se siente como en su infancia, cuando Jon le enseñaba a sacar gusanos de la arena o a colocar el señuelo adecuado en el sedal.
Niega con la cabeza para indicar que Jon no sabe de lo que está hablando.
—Sea como sea, el tren ha pasado. Así que nos tenemos el uno al otro.
Hess le coge la mano que descansa sobre la cama y la aprieta para relajar el ambiente, pero Jon no muerde el anzuelo.
—Pon tu vida en marcha antes de que sea demasiado tarde. ¿De acuerdo?
Jon tiene una mirada seria. Hess no recuerda cuándo fue la última vez que vio a Jon así, pero desde luego fue hace mucho tiempo. Antes de que Hess pueda responder, se abre la puerta de la sala.
—¿Mark Hess?
Hess se da la vuelta y ve a una enfermera que no conocía mirando un pósit amarillo que sostiene en la mano.
—Tengo un mensaje de una tal Naia Thulin, que acaba de telefonear. «La reunión empieza en media hora. Llama si tienes algún problema».
—Gracias.
La enfermera sale de la habitación y Hess se levanta para coger su abrigo y la bolsa con el viejo expediente.
—Lamento tener que irme, pero nos vemos más tarde, después de que te examinen. No te vas a escapar, ¿verdad?
Jon hace una mueca.
—Intentaré no hacerlo. A cambio, tú no te caigas de la bicicleta.