El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 68
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Capítulo 68

Desde el hueco de la puerta, Thulin ve la figura de Le acostada en la cama.

Entra con cuidado en el cuarto hasta que es capaz de distinguir la cara sobre la almohada a la luz que se cuela por la puerta.

Los ojos cerrados y la pesada respiración hacen que Thulin se relaje y sonría.

Desde que chequearon su estado en el hospital, sintió una necesidad brutal de ver a Le, por mucho que supiera que estaba en buenas manos, porque Aksel había aceptado ir a cuidarla.

La mala conciencia de Thulin por haber pasado tan poco tiempo con su hija durante los últimos tiempos se alivia un poco cuando la ve en la cama, tranquila y segura, y retrocede hacia la puerta.

La cierra con cuidado al salir al pasillo, pero, en cuanto levanta la vista y se da cuenta de que Aksel y Hess están sentados a la mesa de la cocina, esperándola, su sonrisa vuelve a desaparecer. Lo último que le apetece ahora mismo es sentarse con ellos, pero sabe que no hay otra alternativa.

La imagen que se había encontrado en la cocina de la casa deshabitada de la isla de Refshaleøen había sido horrible.

Solo una hora antes, había estado ocupada investigando el pasado común de Ditte y Torsten Vangsø, tratando de averiguar adónde había ido el exmarido, y luego los había hallado frente a ella, entrelazados e inertes, como si uno hubiera llevado a la otra consigo a la muerte.

Si Hess no hubiera llegado a tiempo y arrastrado a Thulin hacia la escalera del sótano, probablemente ella misma habría sido víctima de la explosión.

Mientras el fuego seguía arrasando el piso de arriba, lograron salir tambaleándose por la puerta del sótano y llegar a la nieve.

Probablemente debido al shock, el cuerpo de Thulin temblaba sin control; cuando llegaron los bomberos y los coches de policía, ella y Hess fueron trasladados de inmediato al hospital de Amager.

En el hospital, le hicieron un escáner para ver si tenía alguna fractura y la examinó un médico, pero, aparte de unos rasguños superficiales, dolor en el cuerpo y un zumbido en los oídos, se sentía bien físicamente.

Poco después, Nylander y Budtz llegaron para preguntarle qué habían visto ella y Hess en el lugar de los hechos, ya que los bomberos les habían impedido el acceso.

Aún afectada por los acontecimientos, Thulin había vuelto a contar lo que había presenciado y, aunque notaba en sus preguntas que insistían en el hecho de que no hubiera visto a nadie más que a Ditte Vangsø y a su exmarido en la propiedad, no había tenido fuerzas para entrar en discusiones.

En su teléfono vio que Bjørn la había llamado varias veces, así que, en lugar de discutir con ellos, salió fuera para hablar con él, y le había sentado bien oír su voz.

Las noticias sobre la explosión le habían preocupado mucho, y su alivio al charlar con ella le había hecho darse cuenta de lo mucho que había cambiado su vida juntos en las últimas semanas.

Preocupado, había querido interrumpir su viaje de negocios a Oslo y tomar el primer vuelo de regreso a casa, pero ella lo había disuadido y luego había tenido que terminar la conversación porque Hess había aparecido con un asunto urgente que atender.

Una llamada de Aksel había convencido a Hess de que tenían que hablar los tres sobre el asunto que había intentado venderle a Thulin, y ella había podido ver en la mirada obstinada de Hess que estaba decidido.

Ya había acordado con Aksel que se reunirían en su apartamento, ya que Aksel estaba allí para cuidar de Le, pero, cuando Thulin entra en la cocina y se sienta a regañadientes a la mesa, le resulta extraño por varias razones.

Recuerda que, medio año antes, le encantaban las noches en las que todos, incluida Le, se sentaban alrededor de la mesa a cenar o a jugar juntos, pero no es esa la sensación que tiene ahora.

—En primer lugar, quiero decir que respeto que no me queráis contar nada más del asunto, aunque, por supuesto, me resulte jodidamente irritante —comienza Aksel, y Thulin ve que intenta sacudirse la irritación antes de continuar—: Y también es importante que entendáis que no pretendo molestar a nadie. Y mucho menos a ti, Naia.

Ella nota que los ojos de Aksel buscan los suyos, pero, como no sabe lo que le espera, evita devolverle la mirada.

—Solo lo cuento porque debo hacerlo —continúa Aksel—. Y, si vuestro caso está ya resuelto, quizá no tenga importancia, por lo que podéis interrumpirme ahora mismo.

—Queremos oírlo para saber si carece de importancia —dice Hess, y Thulin puede ver que está impaciente por que Aksel comience.

Aksel asiente pensativo y coge la vieja carpeta que está sobre la mesa sin abrirla. Echa un vistazo hacia la puerta del pasillo para asegurarse de que Le no puede oírlo, y su voz es baja y controlada cuando empieza a hablar.

—Todo sucede en el periodo entre 1989 y 1992, cuando tres niños desaparecen sin dejar rastro.

Los raptan con nueve o diez meses de diferencia y de sus respectivas aldeas pertenecientes a ciudades de provincias en Selandia.

Poco después, son hallados muertos en pantanos o bosques, lejos del lugar donde desaparecieron.

Los forenses determinan que han abusado sexualmente de ellos y que los cadáveres han sido descuartizados con un hacha.

Thulin percibe en la voz de Aksel que se esfuerza por relatar los hechos de la forma más objetiva y precisa posible, pero el contenido de sus palabras es muy duro y ella decide mantener la distancia.

Por un lado, los crímenes de los que acaba de hablar son horribles e increíbles, pero también parecen irrelevantes.

Tiene ya ganas de levantarse de la mesa, pero Aksel continúa.

—Uffe, el padre de Thulin, es en ese momento el jefe de la Unidad Móvil Operativa, y yo soy jefe de grupo.

Trabajamos noche y día en el caso. No tenemos ninguna duda de que el autor es el mismo en los tres casos, ya que, cada vez que desaparece un crío, ocurre de la misma manera.

El niño está con otros chicos de su edad en un parque infantil u otro lugar donde suelen reunirse, y entonces empiezan a jugar al escondite.

Pero el asesino se encuentra oculto en algún lugar cercano y, cuando termina el juego, uno de los pequeños ha desaparecido y nadie se ha dado cuenta de nada.

Las palabras de Aksel hacen que Thulin se estremezca aún más. Piensa en el juego del escondite al que se han visto sometidas las víctimas acosadas, pero, por otro lado, la similitud es demasiado vaga y casual como para que se la tome en serio.

—¿Qué quieres decir exactamente? ¿Cómo juegan al escondite? —interrumpe Hess, que por razones inexplicables muestra interés por el relato de Aksel.

—Como juegan los niños ahora. Uno se queda contando, mientras los demás se esconden por el terreno, y luego el que cuenta empieza a buscarlos —explica Aksel.

—Pero ¿cómo cuentan? Dime lo que me contaste por teléfono —le pide Hess.

—Sí claro —asiente Aksel—. Es la misma canción que los niños utilizan a veces para jugar al escondite. «Jugando al escondite en el bosque anocheció. Y el cuco, con su canto, el miedo nos quitó. Lobo, ¿estás ahí? Sí, me estoy poniendo…», y así sucesivamente.

Thulin mira fijamente a Aksel y empieza a comprender por qué Hess ha insistido en que hablaran con él.

—Se puede encontrar la letra en internet, pero es una antigua cancioncilla para que se escondan los demás con rimas sin sentido. Podéis imaginaros que se me pusieron los pelos de punta cuando oí las rimas con las que os encontrasteis.

—Eso lo dejaremos para después. Por favor, Aksel, cuéntanos más sobre aquella vez —le interrumpe Hess.

Aksel mira a Hess un poco molesto, pero se aguanta y continúa.

—Seguimos investigando y haciendo todo lo que podemos, pero no conseguimos encontrar al autor.

Es terrible. Las familias de las víctimas se están separando y desintegrando, y no logramos ayudarlos.

Cuando desaparece el tercer niño, otra vez arde Troya.

Una semana más tarde, nos llaman para acudir a un lago, donde los alumnos de una clase han estado jugando entre los juncos y han encontrado… las partes.

Thulin observa en Aksel que recordar aquello le afecta, pero se esfuerza por seguir adelante y no dejarse llevar por la emoción.

—Pero esta vez algunos de los niños han visto poco antes a un hombre entre los juncos. Nos damos cuenta de que, por casualidad, han sido testigos de cómo el autor del crimen se deshacía del cadáver, y entonces sabemos que estamos cerca.

A Thulin le estremece la idea de los escolares en los juncos, pero ve que Aksel ha cobrado ánimos para la parte de la historia que ahora le toca abordar.

—Ese mismo día hacemos controles en todas las vías de acceso al lago.

Interrogamos a la gente del lugar, porque el autor del crimen debe de haber transportado hasta allí los restos mortales en un vehículo.

Se ha visto un Volvo familiar un par de veces y, cuando descubrimos que un radar cercano ha fotografiado precisamente un coche de ese tipo, nos dirigimos a la casa del propietario, que vive en las afueras.

Resulta ser un padre de familia. Trabaja en una oficina de gestión técnica, está casado, tiene una casa unifamiliar con garaje y habitación para los niños, pero notamos que también muestra signos de alcoholismo.

Abrimos el maletero del Volvo y encontramos restos de sangre.

—¿Dónde había cometido los crímenes? —quiere saber Hess.

—La familia tenía una casa de verano junto al fiordo de Roskilde, a la que él de vez en cuando iba solo. Lejos de los vecinos. Allí fue donde lo hizo. No en la casa de verano propiamente dicha, sino en el terreno, donde había una vieja bodega excavada en un montículo. Tenía hachas, herramientas y…

Aksel se detiene. Es como si estuviera viendo algo. Traga saliva y se recuesta en la silla.

—¿Qué dijo sobre los crímenes cuando lo interrogasteis? —pregunta Hess.

—Explicó que no podía evitarlo. Que era algo que estaba en su naturaleza.