Capítulo 64
Ditte se esfuerza por estirar las manos todo lo que puede para que los finos hilos de plástico se derritan con el calor de la mecha de la vela, pero tiene que dejarlo porque se quema la piel y las manos le tiemblan de dolor.
En cuanto su exmarido bajó por las escaleras, comenzó a tirar de las cuerdas hasta que comprendió que así no podía soltarse ni las manos ni los pies.
En su lugar, dirigió su atención hacia la pequeña vela que estaba a unos metros de ella.
Con todas sus fuerzas, tiró de la cuerda del radiador.
Si se tumbaba sobre el vientre y se estiraba todo lo que le era posible, las muñecas atadas llegaban justo hasta el ardiente pábilo, pero tenía que permanecer del todo estirada y eso era cansadísimo, y al mismo tiempo debía mantener las manos completamente quietas para no quemarse.
Necesita todo su autocontrol para soportar el dolor y, al mismo tiempo, escuchar los sonidos de abajo para asegurarse de que él no vuelva a subir.
Afortunadamente, parece que está investigando a fondo de dónde venía el ruido que le ha hecho salir de la habitación, o al menos lo ha oído bajar al sótano, lo que le da esperanzas.
Ditte lo intenta otra vez y siente la punzada lacerante de la llama; aunque intenta mantener su posición con fuerza, tiene que volver a retirar las manos porque el dolor es demasiado intenso.
Comprueba rápidamente que dos tercios de los hilos de plástico se han quemado y, aunque tira de la cuerda con tanta fuerza que le rasga la fina piel de la muñeca, sigue resultándole imposible romper el resto.
Se estremece al oír que él sube del sótano.
Entonces se cierra una puerta y los pasos resuenan entre el crujir de los suelos de la planta baja.
—Era solo el viento, que había abierto una ventana —le oye gritar con tono tranquilizador, como si ambos se hubieran preocupado por el ruido.
Ella oye que él se acerca a la escalera que lleva al primer piso y, presa del pánico, busca mentalmente una forma de ganar tiempo.
En cuanto llegue a la habitación, notará el olor a cuerda quemada y todos sus esfuerzos habrán sido en vano.
—Hace mucho frío aquí —se apresura a gritar en dirección a la puerta—. ¿Podrías encender la cocina de gas para que caldee un poco el ambiente?
Oye que sus pasos se detienen al pie de la escalera. Conoce la expresión exacta que tendrá mientras, receloso, se pregunta si debe confiar en ella o no.
—Quizá haya más velas por algún sitio para que podamos vernos mejor —grita Ditte.
En su mente, se reprocha a sí misma que ni siquiera en una situación como esta se le ocurra una mentira mejor, y aprieta los ojos con fuerza y reza para que él acceda a su petición. Entonces oye que sus pasos se alejan de la escalera y que empieza a revolver en otra parte de la casa.
Ditte vuelve a estirarse todo lo que puede y mantiene las manos sobre la vela; aunque esta vez puede sentir la llama quemándole profundamente la piel, aguanta el dolor y sujeta la cuerda donde debe.
En su mente, ve los rostros de Anna y Mathilde, y los segundos se le hacen eternos, pero, justo cuando sus manos comienzan a temblar descontroladas sobre la luz, nota que los últimos hilos de la cuerda ceden.
Rápidamente, Ditte se quita las ataduras de las manos, que están muy enrojecidas y ennegrecidas con un espeluznante dibujo moteado de heridas y hollín.
Luego se agacha hacia los pies y, ahora que puede usar las manos, se apresura a desatar los nudos.
Una vez liberada, se pone en pie sin hacer ruido.
Sabe que probablemente subirá las escaleras y entrará por la puerta en cualquier momento, y se da cuenta de que no tiene nada con que defenderse.
Se agacha y palpa el abrigo manchado de sangre, pero los bolsillos están vacíos.
Mira febril a su alrededor mientras sigue pendiente de los sonidos y oye que él abre y cierra algunos cajones.
En la habitación no hay ningún objeto y, con cuidado, se desplaza hasta el armario empotrado en la pared.
Las puertas son viejas y están entreabiertas, y en el interior observa que las estanterías están vacías.
Pero entonces ve la barra para colgar la ropa.
La agarra y la quita de sus soportes; para su satisfacción, nota que pesa bastante.
Se acerca con sigilo para colocarse detrás de la puerta, lista para golpearlo con todas sus fuerzas cuando entre, pero en ese momento oye algo en la planta baja que la hace detenerse.
No era un sonido que sepa identificar. Ha sonado como si alguien hubiera dejado caer algo pesado o se hubiera caído alguien al suelo; contiene la respiración y escucha.
Aparte del viento que sopla fuera, todo está en silencio.
Ya no oye que él se mueva ni haga ruido por abajo y duda, confundida, porque se da cuenta de que su plan no sirve de nada a menos que él suba y pueda sorprenderlo.
—¿Torsten? —prueba a llamar hacia la puerta.
No hay respuesta. Se queda allí de pie con el corazón latiendo con fuerza durante varios minutos, escuchando el silencio, y luego se arma de valor, se acerca sigilosa a la puerta y la entreabre con cuidado.
El pasillo está oscuro y las puertas de las otras habitaciones están cerradas.
Se mueve con precaución hacia las escaleras con la barra en alto, lista para defenderse.
Se pregunta por el misterioso sonido que ha oído hace un momento; según está pensando que quizá alguien haya acudido en su ayuda y lo haya reducido, empieza a sonar la música.
Es una melodía sencilla, tocada solo por un piano; procede de la planta baja.
Son pulsaciones de una sola tecla cada vez, y a esa la sustituye otra, como si fuera un niño quien interpretara la melodía.
Es un sonido de lata y parece provenir de alguna pequeña radio con el volumen demasiado alto.
Un rugido metálico se alza cuando un coro de alegres voces infantiles comienza a cantar.
Jugando al escondite en el bosque anocheció.
La música y las palabras hacen que a Ditte se le hiele la sangre. Se detiene y escucha paralizada en la oscuridad.
Y el cuco con su canto el miedo nos quitó.
Aprieta la mano en torno a la barra del armario, se desliza hasta la barandilla del rellano y mira hacia abajo.
El vestíbulo está vacío y tarda un momento en darse cuenta de dónde viene la melodía. En el suelo del recibidor, alguien ha dejado un teléfono móvil, y es del pequeño cuadrado luminoso en la oscuridad debajo de ella de donde provienen las voces de los niños.
Cucú, cucú, cucú.
El corazón de Ditte late tan fuerte que le retumba en los oídos, y por un momento le cuesta decidir qué hacer.
No puede bajar las escaleras, porque, sea lo que sea lo que le aguarda en la oscuridad, es malo y solo la espera a ella.
Pero también sabe que, si quiere salir de esa horrible casa, no hay otro camino, salvo que se atreva a saltar desde el tejado o desde las ventanas del desván.
Las imágenes de Anna y Mathilde vuelven a pasar por su mente, y eso no hace más que ponerla más nerviosa, porque duda. Entonces se decide, pone el pie en el primer escalón y empieza a bajar.
Lobo, ¿dónde estás?
¡Ahora me veréis y a todos os comeré!
La melodía ahoga el sonido de sus pasos y, a medida que baja las escaleras con la barra levantada como un bate de béisbol, ve un tenue resplandor azulado a través de la puerta abierta de la cocina.
Se da cuenta de que debe de ser Torsten quien ha encendido los fuegos de gas, como ella le pidió, y le desconcierta que ahora haya puesto esa extraña melodía.
El que no se haya escondido tiempo ha tenido.
¡Allá voy!
Cuando Ditte llega al pie de la escalera, la melodía termina.
El teléfono móvil iluminado, que no es el suyo, está en el suelo, a oscuras, a unos metros de ella y por un momento mudo.
En el silencio, oye el viento que azota y sacude la vieja casa, pero entonces vuelven a sonar las sencillas notas del piano y la melodía empieza de nuevo.
Jugando al escondite en el bosque anocheció.
Ditte intenta desesperadamente orientarse en la oscuridad. Sabe que tiene dos opciones. O bien corre por el pasillo hacia la puerta principal, o bien escapa por la cocina y el comedor y baja al sótano, donde también hay una salida.
Y el cuco con su canto el miedo nos quitó.
Se decide por la puerta principal y se prepara.
Desde su posición, al pie de la escalera, puede distinguir la cerradura y la cadena de seguridad de la puerta, y en su mente se prepara para, en unos segundos, quitar la cadena y girar el picaporte a toda prisa para huir.
Cuando está completamente segura de que Torsten no se encuentra a la vista, se aleja de la pared y da un paso hacia el vestíbulo.
Cucú, cucú, cucú.
Entonces ve un ligero destello de algo que se mueve en el recibidor y se detiene en seco.
Mira fijamente en la penumbra y, al entrecerrar los ojos, de repente puede vislumbrar una silueta pegada a la pared y casi confundida con la oscuridad que reina allí.
Durante un breve segundo se queda paralizada, pero luego cambia de dirección e inicia una carrera frenética.
Abre de golpe la puerta de la cocina y atraviesa corriendo la estancia, vacía y alargada.
Puede oír aún las voces inocentes de los niños cantando en el vestíbulo, pero también oye que Torsten se pone en marcha en el recibidor.
Rodea la isla de la cocina, donde las llamas azuladas de los fogones de gas parpadean inquietas.
En cuanto empuje la puerta del comedor, estará a solo unos metros de la entrada al sótano.
Pero entonces tropieza con algo grande que hay en el suelo.
Golpea las tablas del piso con todo su peso y nota que se raspa las palmas hasta sangrar.
La barra se le escapa de las manos y desaparece en la oscuridad.
Confundida, intenta zafarse del bulto con el que ha tropezado, pero se da cuenta de que el bulto es Torsten.
Tiene los ojos cerrados y está en una posición muy extraña; no entiende nada y busca a tientas el pomo de la puerta del sótano.
Mientras los pasos se acercan por detrás de ella, abre la puerta del sótano, sale al rellano y busca a oscuras con las manos el pestillo, que recuerda que está atornillado al marco de la puerta.
Cuando lo encuentra, empuja con todas sus fuerzas y el pasador se desliza por la puerta al mismo tiempo que alguien sacude con fuerza el pomo desde el otro lado.
El shock hace que Ditte suelte el picaporte y se precipite por las escaleras en la oscuridad mientras busca a tientas la barandilla.
Pierde el equilibrio peligrosamente unos cuantos escalones más abajo, pero consigue aferrarse a la madera pulida.
Se agarra con fuerza mientras baja, porque no ve nada y tiene que buscar cada escalón con los pies.
Los fuertes golpes retumban en la puerta por encima de ella y se mezclan con el sonido metálico de los niños cantando.
Cuando llega al pie de la escalera, se tambalea por el pasillo del sótano tan rápido como puede.
Le duelen las rodillas y las manos, y por un momento tiene que apoyar el hombro contra la pared para no caerse.
Se obliga a continuar y, cuando llega al final del pasillo vacío, gira instintivamente hacia el cuarto de la derecha.
En la oscuridad, nota que el lavadero sigue lleno del mismo tipo de trastos viejos que había cuando vivieron en la casa durante el breve periodo anterior a su traslado a Store Kongensgade.
Se abre paso con dificultad entre los muebles de jardín, la cortadora de césped y las cajas de mudanza hasta llegar a la puerta del trastero con la ventanita en forma de bandera danesa que tanto le gustaba entonces.
Sus manos buscan la cerradura y agarra el pomo para girarlo, cuando se da cuenta de que los fuertes golpes en la puerta del sótano han cesado.
Con la respiración entrecortada, intenta pensar en qué puede querer decir.
Está segura de que lo habría oído, si la puerta del sótano hubiera cedido a los fuertes golpes, así que mira por la pequeña ventana.
Durante un instante, no puede ver nada, pero luego percibe el destello del hacha que se abalanza hacia su cara desde la negrura.