Capítulo 62
Huele a cerrado y a tierra; cuando abre los ojos, Ditte no sabe dónde se encuentra. La sensación de la tarima del suelo contra la mejilla es áspera y desagradable, pero el dolor tremendo detrás de la sien la obliga a levantar con lentitud la cabeza, mareada, para mirar a su alrededor.
En la fría habitación en la que está tumbada, parece que no hay nadie, y tampoco fuera oye nada más que el azote del viento.
No hay ningún mueble sobre el suelo irregular y sucio, ningún cuadro en las desconchadas paredes, y las dos ventanas inclinadas que hay en las paredes parecen abandonadas y a punto de venirse abajo.
Todo ello le hace pensar a Ditte que está en el último piso de una vieja casa.
Hay algo familiar en ese cuarto, pero se siente confundida y muy mareada y, a la débil luz temblorosa de una única vela colocada a cierta distancia y directamente en el suelo, sobre la cera derretida, no es capaz de ubicar el lugar en su memoria.
Pero lo que sí ve es la puerta en el otro extremo de la habitación.
Está entornada. Se concentra en reunir fuerzas para poder colocarse en posición sentada.
Confundida, intenta apoyar las manos en el suelo para incorporarse, pero entonces se da cuenta de que está atada.
Una cuerda le aprieta las muñecas, que están unidas delante del pecho, y, al mover las piernas, nota que otro cordón le sujeta los tobillos.
Mira hacia abajo para hacerse una idea de la situación y ve que la cuerda va desde los tobillos hasta un viejo radiador, donde está bien amarrada a un tubo.
El miedo despierta sus sentidos. Busca el móvil en el bolsillo delantero, pero no está, y, al descubrir el abrigo de hombre con manchas de sangre que la cubre como un edredón, lo recuerda todo.
Comienza a tironear de las cuerdas. Con todas sus fuerzas, trata de liberar las manos y, al no conseguirlo, intenta sacar uno de los pies de las ataduras que le sujetan los tobillos.
—Te puedo aflojar las cuerdas un poco, si te aprietan, pero no te puedo dejar libre.
Se sobresalta y emite un sonido asustado. Luego vuelve lentamente la cabeza y a la débil luz de la vela ve que él está en cuclillas, a unos metros de distancia, con la espalda apoyada en la pared. Tiene salpicaduras de sangre en la cara y con las manos sujeta el cuchillo sobre su regazo.
—Te pusiste histérica en el coche y no querías escucharme, así que en cierta manera tú eres la responsable. ¿Qué tal estás? —La mira tranquilo con las cejas levantadas.
Ditte no sabe qué contestar. Le llegan destellos de lo ocurrido en el coche: ella no dejó de intentar abrir la puerta para salir hasta que le cayó una lluvia de golpes en la cabeza. Asustada, intenta ver en la expresión de su rostro si aún sigue tan furioso.
—Ya sé que hace frío aquí, pero te he cubierto con mi abrigo para que no te hieles. Contra la oscuridad nada puedo hacer, porque está claro que no hay electricidad. No pretendía que volvieses a ver nuestro lugar en este estado.
Su voz suena sobria y reservada, pero también con un deje de ofensa que siempre es lo que más miedo le ha dado.
Muy lejos puede oír el ruido de un vehículo, y al instante el sonido hace que el exmarido se levante.
Se mueve con rapidez hasta una de las claraboyas y mira vigilante hacia la oscuridad, aún con el cuchillo en la mano.
Ditte sigue intentando orientarse en la habitación.
Al escuchar «nuestro lugar», ha pensado en Lena, pero sabe que él se refiere a otro, y en lo único en lo que se centra su mente es en si hay alguien en las cercanías que pueda ayudarla.
—¿Dónde estamos?
El sonido silbante del vehículo, que pasa a cierta distancia, desaparece y él se vuelve otra vez hacia ella.
—¿No lo recuerdas?
Al instante, Ditte ve en la mirada de él una mezcla de desilusión y ofensa y se apresura a mover la cabeza disculpándose.
—Ayúdame. —Lo observa con sus ojos sumisos, como sabe que le gusta. Por un momento, él la mide con la mirada; luego levanta la mano y señala por la habitación como si viera algo ante sí.
—La cama estaba en la esquina. La cómoda verde con jarrones, junto al ropero. En las paredes había viejos marcos dorados con flores secas y, cuando abríamos las ventanas, tú me contabas qué tipo de pájaros cantaban en el jardín.
Ditte se da cuenta entonces de dónde está.
Por un momento, la confusión por que la haya llevado hasta allí la desconcierta, pero retrocede en el tiempo con sus pensamientos e intenta recordar la distribución de la casa.
El primer piso. La escalera que baja al vestíbulo.
El recibidor con la sólida puerta principal.
La larga entrada que da a la carretera. Las casas vecinas, que están demasiado lejos.
—Ah, sí —responde, esforzándose por hacerle ver que sonríe un poco al reconocerlo.
—Tenía la intención de dejarlo en condiciones —continúa él sin reaccionar a su sonrisa—. Habría que cambiar todos los suelos y las ventanas. La cocina. El cuarto de baño. Todo tenía que decorarse tal y como tú dijiste en su momento. Por eso la compré.
La mira de nuevo y ella no puede reprimir el miedo al comprender lo que él ha dicho.
—¿La has comprado?
—Había que pintarla con los colores que sé que te gustan.
Habrías podido elegir los muebles que quisieras.
El jardín tenía que estar lleno de lilos y laburnos, que sé que te encantan, y pensé que, si lo veías en persona, entenderías que podíamos empezar de nuevo.
Pero ahora es demasiado tarde. Todo está…
No encuentra las palabras, o tal vez no quiere encontrarlas. Se frota una mano por la cara antes de volver a mirar con atención a través del oscuro cristal y apretar el puño alrededor del cuchillo.
A pesar de estar aturdida, Ditte tiene muy claro que su vida corre peligro. Las imágenes de sus hijas pequeñas pasan rápidamente por su retina y sabe que debe hacer algo. No por su propio bien, sino por el de ellas.
—Torsten, no es demasiado tarde. —Intenta esbozar su antigua y cálida sonrisa, pero él la rechaza con ira.
—Basta. Mentir no va contigo. Sé muy bien lo que he hecho, y han estado en nuestro piso y han visto…
Es como si renunciara a explicarse, es una montaña demasiado grande e insuperable. Ditte consigue sentarse. Con los pies, se empuja hacia la pared junto a la ventana inclinada, desde donde puede mirarlo.
—Yo se lo explicaré todo. Sé que tú no eres así. Sé que solo intentas protegernos. Hay una buena razón para lo que has hecho.
Él mantiene la mirada fija en la oscuridad exterior, y la inquietud de ella aumenta mientras busca las palabras adecuadas.
—Torsten, todavía tenemos a las niñas. No pueden prescindir de nosotros. Nos necesitan. Te quieren y te necesitan.
—Pero ¿tú me necesitas?
Él la mira fijamente. Sus ojos son duros y atormentados, pero también hay un destello de algo más. Algo frágil e inseguro, y ella sabe qué responder.
—Sí. Te necesito. No debemos rendirnos. Lo conseguiremos juntos. Suéltame y vamos los dos a hablar con ellos.
Él la observa un momento. Luego deja el cuchillo en el estrecho alféizar de la ventana inclinada y se arrodilla frente a ella.
Ditte ve las lágrimas de desesperación en sus ojos mientras él le acaricia la boca y la cara con la yema de los dedos.
Intenta no temblar bajo su tacto y procura sonreírle con cariño y confianza.
Por un momento, está casi convencida de que la obedecerá, pero entonces la dulzura desaparece de repente de su rostro, se levanta y escucha.
Ditte también ha oído el ruido. Provenía de algún lugar que no puede localizar. Quizá de la cocina o del sótano, o tal vez solo haya sido el viento azotando la vieja casa.
—¿Qué vas a hacer?
Su exmarido ya ha recogido el cuchillo del alféizar de la ventana y se dirige hacia la puerta.
—Torsten, por favor, suéltame. ¡Torsten!
Pero él ya ha desaparecido en el pasillo. En cuanto oye sus pasos bajando las escaleras, vuelve a tirar de las cuerdas.