Capítulo 60
Jon está muy pálido y en su forma de respirar Hess oye que aún le sigue suponiendo un esfuerzo hacerlo por sí mismo.
Tanto la inspiración como la espiración se producen en cortos y bruscos espasmos, como si las vías respiratorias todavía no se hubieran acostumbrado a trabajar correctamente por sí solas.
Los ojos cansados están medio abiertos y de vez en cuando se cierran del todo antes de volver a abrirse y buscar a Hess, pero la mirada es tan apagada y difusa que Hess duda de que ni siquiera haya llegado a reconocerlo.
Hess está sentado junto a la cama de la habitación, tan solo iluminada por la lámpara de la mesilla de noche.
El pelo de Jon está revuelto. Sigue teniendo el vendaje en torno al cráneo, pero, por primera vez desde que fue ingresado, han elevado un poco el cabecero de la cama.
Hess intenta establecer contacto con él apretándole la mano un poco más entre las suyas, pero no tiene respuesta ni de las manos, ni de los ojos.
Con cada exhalación, los párpados se cierran y se vuelven a abrir lentamente.
Hess nota que Jon traga saliva, y leves movimientos en la boca indican que intenta reunir fuerzas para decir algo.
Hace un esfuerzo con los labios, pero da la impresión de que no puede, y Hess le acaricia febrilmente la mano inerte.
—No hace falta que hables. Todo va bien. Solo relájate.
La mano de Jon no le devuelve el apretón, y Hess comienza a repetirle lo que le dijo la doctora en el pasillo antes de que le permitieran entrar en la habitación individual.
—Dicen que vas bien. Es normal que te sientas aturdido y confuso, así que no te preocupes. Ahora mismo solo estás cansado y necesitas descansar. Eso es lo más importante.
En las respiraciones que siguen, Hess ve que Jon no tiene intención de obedecer. La inquietud de Hess por si puede haber algún problema vuelve a aparecer y echa un rápido vistazo a la ventanilla de la puerta para ver si aparece alguna enfermera por el pasillo.
El corazón de Hess casi dejó de latir por el susto cuando, unas horas antes, contestó la llamada en el apartamento de Torsten Vangsø en Store Kongensgade.
No la esperaba en absoluto e inmediatamente le hizo temer lo peor, pero la doctora se apresuró a explicarle el motivo por el que había contactado con él.
—Llamo para darle una buena noticia. Su hermano acaba de despertar y puede venir a verlo si quiere.
La noticia dejó a Hess aturdido. Confundido, salió tambaleándose al rellano de la escalera mientras le pedía a la doctora que le explicase lo que acababa de decir.
Cuando ella se lo repitió y le dio más detalles, sus aclaraciones le hicieron seguir bajando las escaleras a toda prisa y, sin pensar en si debía contarle a Thulin o a alguien lo que había pasado, salió corriendo a la calle para parar un taxi.
Por la conversación, Hess entendió que los médicos habían deliberado por la mañana sobre las constantes vitales de Jon y habían decidido ver cómo respondería su cuerpo si intentaban poner en marcha la fase uno del proceso de reanimación.
Si no obtenían la respuesta deseada, interrumpirían el intento y esperarían.
Pero como la primera parte del proceso había salido como esperaban, continuaron con la fase dos y, poco después, con la tercera.
Al llegar al hospital, Hess estaba eufórico, pero pronto comprendió que el estado de Jon seguía siendo crítico.
Es cierto que el despertar había transcurrido sin complicaciones, pero se desconocía si las capacidades cognitivas de Jon seguían intactas.
La doctora había respondido con cautela y de forma un tanto imprecisa a sus numerosas preguntas, y Hess comprendió que probablemente no sabrían con certeza cuál era el estado de Jon hasta al cabo de unas semanas.
Quizá incluso podrían ser meses. No obstante, lo bueno era que Jon estaba consciente y que, con algo de ayuda, había podido susurrarle a la doctora su nombre y dónde vivía, y eso era todo lo que se podía esperar en esos momentos.
A Hess le había resultado difícil tener que aguardar a que le permitieran entrar en la habitación, algo que no se produjo hasta que la doctora le comunicó en privado a Jon que tenía una visita, la de su hermano pequeño.
Según la doctora, la noticia no había producido ninguna reacción en Jon, pero Hess se había mostrado optimista y seguro al entrar.
Con sus propios ojos, comprobó que el respirador estaba apagado y que los tubos colgaban flácidos del aparato en la esquina, y esperó impaciente mientras una enfermera levantaba el cabecero de la cama.
Hess tenía un indescriptible deseo de encontrarse con la mirada de Jon, pero, cuando este abrió por fin los ojos y lo miró, no hubo ni el más mínimo indicio de reconocimiento en su mirada.
En cuanto se quedaron solos, Hess acercó la silla a la cama y se sentó para que Jon pudiera verlo lo mejor posible, le cogió la mano, le sonrió y le dijo lo contento que estaba de que hubiera despertado.
A pesar de que la doctora lo había preparado para la situación, la falta de reacción de Jon inquietó al cabo de un rato a Hess y lo llevó a decirle quién era, es decir, Mark, su hermano pequeño, y, en el silencio solitario que siguió, había intentado reprimir su preocupación y hablarle a Jon con calma y lentitud de las cosas que se le ocurrían.
De la helada y la nieve de la calle, del miná del Himalaya que estaba en casa y, sobre todo, de las muchas excursiones a pescar que Hess imaginaba que harían cuando se recuperara.
Pero no sirvió de nada. Mientras Hess vuelve a mirar hacia el pasillo para llamar a una enfermera, en el fondo teme que el intento de Jon de decir algo se deba únicamente a que está incómodo por la visita de una persona que no tiene ni idea de quien es.
Todavía no se ve a ningún miembro del personal, y por un momento Hess considera levantarse para ir hacia allí, pero, cuando mira a Jon, ve que de nuevo está haciendo esfuerzos.
Es doloroso contemplarlo, y Hess está a punto de tranquilizarlo, pero entonces Jon logra articular algún sonido con sus labios.
Es solo una palabra, susurrada con dificultad, y se esfuerza por mirar a Hess a los ojos mientras la pronuncia.
—Perdón.
Esa simple palabra abruma a Hess. Se extiende por todo su cuerpo y tiene que esforzarse para no perder el control de sus emociones. Jon cierra los ojos y, cuando los vuelve a abrir, Hess se muerde el labio para no arrancar a llorar.
—No tienes que pedir perdón. No tienes nada de que disculparte.
Le aprieta la mano, pero puede ver en los ojos de Jon que no está de acuerdo. Su respiración se vuelve a entrecortar y pasan unos largos segundos antes de que consiga susurrar:
—Te he… asustado.
Hess lucha por controlarse y no sabe qué decir.
Que Jon pueda interpretar de forma tan clara sus emociones es infinitamente positivo y extrañamente tranquilizador, pero le parte el corazón ver a su hermano en ese estado y, al mismo tiempo, sentir culpa.
Hess está a punto de responder con palabras tranquilizadoras, de mentir y decirle que no es cierto, pero Jon se le adelanta con un murmullo.
—No tengas miedo… Estoy aquí.
Una vez más, es como si Jon estuviera utilizando todas sus fuerzas para mantener la mirada fija en Hess, y, cuando ya no puede más, Hess siente que la mano del hermano le da un ligero apretón.
—No tengas miedo. Estoy aquí.
Hess perdió la cuenta de las veces que su hermano mayor le dijo esas mismas palabras durante su infancia. Como entonces, siente que el amor protector de Jon lo cubre y una amplia sonrisa se dibuja en su rostro, mientras aprieta la mano de Jon y renuncia a contener las lágrimas.
Una enfermera abre la puerta en silencio y entra en la habitación. Aunque ella hace un gesto amable con la cabeza, Hess se da cuenta de que su presencia significa que es hora de dejar a Jon solo, así que se seca rápidamente las lágrimas y se gira hacia su hermano.
—Volveré en cuanto pueda. ¿De acuerdo? Dime si necesitas algo. O si hay algo que pueda hacer por ti. Lo que sea.
Jon lo mira y cierra los ojos una vez, y Hess intuye que eso significa que lo ha entendido. Hess le da un último apretón de manos, se levanta y se dirige hacia la puerta, que la enfermera le mantiene abierta.
Fuera, en el pasillo, Hess casi no puede contener su alegría.
La doctora lo espera frente al cristal que da a la sala de personal y, cuando le pregunta por la reacción de Jon al verlo, no puede evitar sonreír de oreja a oreja mientras lo explica.
Ella elogia los progresos de Jon y comienza a poner a Hess al corriente de los detalles de los próximos pasos, pero él está demasiado eufórico para concentrarse en lo que le dice.
Varias veces tiene que pedirle que repita incluso los mensajes más simples, hasta que una enfermera requiere su atención y él se apresura a despedirse educadamente y se dirige al ascensor.
Mientras recorre el edificio del hospital, el alivio lo invade y casi le hace reír y llorar al mismo tiempo.
Piso a piso, la ansiedad le va soltando y se entrega al enorme alivio que supone saber que Jon está vivo.
Se siente infinitamente agradecido. A los médicos, a Jon y a la frágil vida que se nos ha dado a los seres humanos.
Cuando las puertas del ascensor se abren en la planta baja, ya ha sacado su móvil y lo ha encendido: tiene que compartir su alegría con Thulin.
Ve que le ha llamado justo después de que él saliera del piso de Store Kongensgade, y por un momento se siente culpable por no haberle dicho el motivo por el que se marchaba.
Pero sabe que ella lo entenderá, así que se apresura a enviarle un mensaje.
Estoy en el hospital. Jon está despierto y se encuentra bien
Piensa que el emoji que ha escogido es el mayor eufemismo del siglo y que no basta para describir cómo se siente, pero, antes de que pueda escribir más, ve que Thulin no es ni mucho menos la única que le ha llamado.
La lista es inquietante. En ella figuran Nylander, Budtz y un par de investigadores más, y entre las numerosas llamadas incluso ve el nombre de Aksel.
El alivio de Hess al volver a ver a Jon da paso a una nueva desazón.
Aunque no tiene ni idea de por qué Nylander, Aksel o los demás han insistido tanto en hablar con él, sabe que no le llaman para darle buenas noticias.
Especula frenéticamente sobre lo que puede haber pasado, pero entonces su mirada se posa en el noticiario que se emite en una gran pantalla plana, detrás del mostrador de la tienda de enfrente.
Acompañada de barras de noticias de última hora, se muestra una transmisión en directo en la que un reportero vestido de invierno está de pie en la oscuridad de la noche hablando de forma resuelta por un micrófono.
El periodista se encuentra delante de un edificio iluminado por las luces azules de una multitud de coches de policía, y, tan pronto como Hess se acerca unos pasos, reconoce el funcionalista edificio gris pizarra de Valby.