Capítulo 59
Ya al torcer hacia Ellebjergvej en Valby, acompañada de un chirrido de neumáticos, puede divisar el destello azul de las sirenas de los coches patrulla que están parados junto al juzgado de familia, un par de cientos de metros más allá.
Lo primero que Thulin ve cuando se detiene frente al iluminado edificio es el pequeño grupo de trabajadores que, sin abrigos, deambulan conmocionados por el oscuro aparcamiento.
Cuando se apea, observa que algunos lloran y otros se abrazan o están sentados en la nieve tapándose el rostro con las manos.
Con un mal presentimiento, Thulin se vuelve hacia el edificio; una ambulancia de emergencias llega en esos momentos.
Se fija en otro empleado que llora y que, aturdido, cruza tambaleándose las puertas de cristal del edificio.
Ella acelera el paso en esa dirección. A la carrera muestra su placa al agente que está de guardia en el acceso y, antes de que le dé permiso, se precipita en la vacía recepción rumbo a la escalera que está junto a los ascensores.
Tan rápido como puede, sube corriendo y, cuando llega a la puerta del departamento donde ella y Hess hablaron con el subdirector y sus trabajadores ese mismo día, varios empleados sollozantes salen al rellano seguidos por un policía.
Sin aliento, Thulin sujeta la puerta cubriéndose las manos con las mangas estiradas de su jersey para no dejar huellas y, con el corazón latiéndole a toda velocidad, recorre el pasillo junto a las oficinas de los tramitadores hasta llegar a un pequeño espacio con una cocina y una cafetera.
De inmediato ve al hombre sin vida en el suelo y el charco de sangre casi negro que se ha extendido alrededor de su cabeza. Se apresura hacia allí y levanta con cuidado el abrigo que alguien ha colocado sobre el rostro del fallecido.
Sus ojos miran fijamente al techo, su boca abierta está congelada como en un grito, y en su cuello Thulin puede ver una herida larga y desigual que va desde la nuez hasta la arteria carótida.
Por un instante, no está segura de reconocer el rostro, pero entonces descubre las gafas de pasta que yacen en el suelo, a poca distancia, y se da cuenta de que se trata del subdirector.
En ese momento, un joven agente pasa a la carrera y ella lo detiene, mostrando su placa.
—Dime, ¿qué ha pasado?
Confundido, el agente mira alternativamente la placa y a Thulin, y sus grandes ojos asustados revelan que no lleva muchos meses en el servicio.
—Un cliente entró por la escalera trasera para ponerse en contacto con su exmujer. Intentaron detenerlo, pero se volvió loco.
—¿Dónde está la exmujer?
—Algunos de los trabajadores dicen que se la llevó con él.
Las palabras del agente se le meten en lo más profundo. Le suelta la manga y lo deja seguir corriendo por el pasillo. En el suelo, a cierta distancia del charco de sangre, ve un trozo de tela arrugada y se da cuenta de que es un gorro.