El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 58
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Capítulo 58

Thulin tiene la mirada fija en las paredes del dormitorio de Torsten Vangsø y oye a los técnicos de la científica llegar por el otro lado del enorme piso.

Nylander les da instrucciones con voz firme y pronto se oye el sonido de los cubrezapatos de plástico sobre el suelo de madera mientras se dividen rápidamente entre las múltiples habitaciones, que están ya llenas de investigadores ocupados en el registro.

El reparto es profesional y rutinario, pero, cuando las primeras personas vestidas de blanco cruzan la puerta del dormitorio, Thulin percibe que se paran de golpe al ver las paredes, y una de las más jóvenes no puede contener una exclamación.

—¡Joder! ¿Qué es esto?

Thulin comprende perfectamente la reacción porque a ella le pasó lo mismo cuando llegó con Hess un poco antes.

Budtz y su grupo habían forzado la puerta principal del apartamento, y las puertas que habían estado cerradas ese mismo día se encontraban ahora abiertas de par en par, revelando que el exmarido de Ditte Vangsø llevaba una vida radicalmente diferente a la que había dado a entender su apariencia ese mismo día.

Algunas de las habitaciones, entre ellas las de las niñas, parecían estar en buen estado, pero otras se hallaban sumidas en un caos total, sobre todo la gran cocina rústica con fogones de hierro fundido, horno doble y varios frigoríficos, que era un auténtico desastre.

Las ollas Le Creuset sucias con restos de comida mohosos y la vajilla y los cubiertos grasientos se apilaban sobre la mesa de la cocina y dentro del fregadero, y las botellas de vino y las bolsas de basura apestaban y se pudrían en un rincón, mientras que los envases de comida para llevar del restaurante con estrella Michelin del cercano hotel D’Angleterre formaban una torre torcida.

No había ni rastro de la reforma que había mencionado el exmarido de Ditte Vangsø, pero, cuando Thulin y Hess avanzaron por el pasillo y llegaron al dormitorio, comprendieron por qué el hombre no había querido arriesgarse a que vieran esa parte de la vivienda.

El dormitorio tiene el tamaño de una pequeña suite de hotel, y las puertas dobles que dan paso a un vestidor con espejos de cuerpo entero y un impresionante cuarto de baño de mármol con bañera y doble ducha dan testimonio de un lujo que solo unos pocos pueden permitirse.

Sin embargo, las habitaciones recuerdan más que nada a una cueva de techos altos y galerías secundarias, ya que todas las persianas están bajadas y bloquean herméticamente la luz del exterior, y hay al menos tanto desorden como en la cocina.

Una lámpara de araña con innumerables prismas colgantes ilumina montones de ropa tirados por el suelo sobre la gruesa y lujosa alfombra, y una enorme y romántica cama con dosel está deshecha, con el cabecero tallado contra una de las paredes, mientras que en la mesita de noche hay varios marcos con fotos de Ditte Vangsø y su exmarido, entre ellas un retrato de boda con marco dorado y el cristal roto.

En la esquina de la habitación, el estilo romántico se ve interrumpido por una silla de oficina y una mesa de despacho más moderna y sin encanto, que sin duda no forma parte del mobiliario habitual.

En el escritorio hay un ordenador de sobremesa y una impresora láser.

Raheem ya está sentado ante él e intenta con ahínco acceder al contenido mientras los técnicos se obligan a apartar la mirada de las paredes cubiertas de fotos, que hacen que la habitación resulte tan abrumadora.

Las imágenes de Ditte Vangsø cubren por completo las dos paredes que Thulin está contemplando.

A primera vista, parece que están pegadas al azar y de forma desordenada, desde el nivel del suelo hasta una altura de aproximadamente dos metros y medio, pero, cuando se miran más de cerca, se descubre que siguen una lógica.

Las fotos están divididas en grandes grupos y, sobre cada uno, hay escritos con lápiz directamente en la pared los nombres de cuatro meses: octubre, noviembre, diciembre y enero.

Desde principios de octubre hasta enero, el exmarido de Ditte Vangsø la ha perseguido en la calle, en el trabajo, delante de cafeterías y supermercados, en pabellones deportivos con las niñas y en el juzgado de familia.

Hay cientos de imágenes documentando la actividad de Ditte Vangsø.

A Thulin le corre un escalofrío por el cuerpo cuando descubre que los ojos de Ditte Vangsø han sido arrancados con un instrumento afilado en algunas de las fotos en cuestión, mientras que otras han sido arrugadas antes de colgarlas de nuevo.

En un examen más de cerca, se ve que también hay fotos de otras personas, y queda claro que Torsten Vangsø ha vigilado con quién se ha reunido su exmujer y cuándo: una mujer mayor, que podría ser la madre de Ditte Vangsø; Lena Fjeldstrup, a quien Thulin ha conocido en la comisaría; pero también Ditte Vangsø con compañeros de trabajo, frente al Ministerio de Sanidad, con tramitadores del juzgado de familia e incluso con el subdirector.

Debajo de algunas de las fotos, hay pequeñas notas escritas a mano, como «Lesbiana», «Compañero de trabajo», «¿Hombre desconocido? », «Amiga», «Tramitador 2», etcétera.

En «Enero», Thulin ve que también hay varias instantáneas de Silje Thomsen y Philip Lund entrando y saliendo del juzgado de familia, y supone que puede estar relacionado con la terapia de grupo que mencionó Ditte Vangsø.

Pero hay menos fotos en «Enero» que en los otros tres meses, y, en su lugar, un gran signo de interrogación escrito a mano adorna la pared.

A Thulin se le ocurre que puede ser porque Ditte Vangsø desapareció a mediados de enero y Torsten Vangsø ya no podía vigilarla, y, en efecto, su mirada se posa más abajo en una cacería humana cuidadosamente documentada en forma de, entre otras cosas, un mapa de Dinamarca, un listado de albergues y una hoja de tamaño A4 en la que se lee, escrito a mano: «¿Lugar de residencia?

¿Dinero? ¿Comunicación? ¿Extranjero? ¿Pasaporte? ».

Thulin nunca había visto nada parecido. Incluso Hess se quedó impresionado por lo que tenía delante antes de empezar a estudiar detenidamente las numerosas fotos, y, por lo que ella puede apreciar, sigue haciéndolo.

A Thulin le asusta pensar que el hombre al que visitaron ese mismo día parecía una persona normal; sin embargo, cuando observa su «obra», no le cabe duda de que puede ser una bomba de relojería.

—¿Alguna novedad sobre su paradero? —oye gritar a Nylander en algún lugar—. ¡Venga, vamos, deprisa!

Thulin puede oír en la voz de Nylander que está nervioso por los hallazgos en el piso, y a ella le ocurre lo mismo. Aunque Ditte Vangsø está bajo protección policial, es importante encontrar a su exmarido lo antes posible, y Thulin mira a Raheem.

—¿Cómo vas?

De camino a Store Kongensgade, había llamado a Raheem y le había pedido que se diera prisa en acudir a esa dirección, ya que recordó los portátiles que Torsten Vangsø tenía en el despacho.

Sin embargo, cuando Raheem llegó, le pidió que se ocupara del ordenador de sobremesa del dormitorio, porque parecía ser el favorito de Torsten Vangsø.

—Es difícil entrar. Este hombre utiliza códigos y cifrado, y sabe lo que hace.

—Tenemos que acceder. Prueba también sus cuentas de redes sociales a través de…

—Estoy en ello.

—¡Jefe!

Es Budtz, que está junto a uno de los armarios del gran vestidor. Con guantes de plástico, ha sacado con cuidado una pila de papeles desordenados de uno de los estantes y se la muestra a Nylander cuando este entra en el dormitorio.

—Son copias de los expedientes del juzgado de familia y de varios casos. El suyo y de su exmujer, pero también los de Silje Thomsen y Philip Lund, entre otros. Hasta el momento en que se detuvo la filtración de datos.

Thulin se ha acercado para ver, y Hess también.

En la pila, reconoce el logotipo del juzgado de familia en las numerosas páginas que Budtz tiene entre las manos, y ve que en el expediente de Torsten Vangsø hay pasajes del texto subrayados con vehemencia, para destacar contenido que le habría llamado especialmente la atención.

—Emite una orden de búsqueda contra este hombre inmediatamente —ordena Nylander—. Busca una foto suya, de su coche, de su pasaporte, y avisa a los ferris, los aeropuertos, a todos.

Budtz ha vuelto a guardar la pila de documentos en el armario y saca rápidamente su móvil para cumplir la orden, mientras Nylander se aleja.

—Pero esos papeles siguen sin demostrar que Torsten Vangsø sea la persona a quien buscamos —objeta Hess.

Ha apartado la vista de la pila de documentos y mira a Nylander, que se da la vuelta, desorientado.

—Lo único que prueba ahora mismo —continúa Hess— es que ha pirateado la base de datos del juzgado de familia y ha consultado su propio caso y quizá los de las personas con las que ella tenía contacto. Pero nada más.

—Eso si dejamos a un lado que todo apunta a que estaba en el bosque y que ha creado un par de murales fotográficos que demuestran que ha pasado varios meses vigilándola.

—Esas fotos no prueban nada. Si él es el autor de los crímenes, ¿por qué ni una sola de las fotos de estas paredes es igual a alguna de las que se enviaron a Ditte Vangsø y a las dos víctimas?

Hess señala con convicción las paredes con las innumerables fotos, pero Nylander ni siquiera les dedica una mirada.

—Cuando las revisen bien, seguro que aparecen ahí.

—Las he revisado todas. No están.

—Entonces quizá las tenga ocultas en otro lugar. ¿A dónde quieres llegar con todo eso?

—Solo digo que es demasiado oportuno. Tampoco hay indicios del juego del escondite. Ni una rima, ni una canción, ni…

—Pues no entiendo un pimiento.

Nylander ha retrocedido un paso hacia Hess y Thulin puede ver que su rostro ha comenzado a enrojecerse de ira.

—Fuiste tú quien nos llevó al juzgado de familia. Allí dimos con Ditte Vangsø, que ha sido puesta a salvo, y ahora estamos aquí, donde por fin hay pistas que pueden resolver el caso. Por favor, dime, ¿qué diablos podría estar mal?

—Hess, tu teléfono.

Un detective que está en el pasillo señala hacia el gran despacho, donde Hess ha colgado su chaqueta de una silla. Thulin ve que Hess está decidido a continuar la discusión, pero se contiene y se limita a lanzar una dura mirada a Nylander.

—Te lo explico con detalle en un momento.

Se aleja por el pasillo y, tan pronto como está fuera del alcance del oído, Nylander se vuelve hacia Thulin.

—¿Tú qué dices?

—Ahora mismo lo importante es localizar a Torsten Vangsø, y luego ya veremos.

—Pero ¿qué le pasa a ese? Todos estamos entusiasmados con lo que tenemos ahora, pero él parece más interesado en poner palos en las ruedas.

—Veamos qué tiene que decirnos.

El teléfono de Nylander empieza a sonar y, para alivio de Thulin, finalmente lo contesta y se aleja unos pasos.

Ella misma está sorprendida por la afirmación de Hess de que ninguna de las fotos que hay en las paredes es igual a las que han recibido Ditte Vangsø y las dos víctimas.

Muchas de ellas son, a ojos de Thulin, muy parecidas, pero, por otra parte, conoce lo suficiente a Hess como para saber que nunca diría algo así sin estar seguro de tener razón.

Mira con impaciencia desde el largo pasillo hacia la oficina, pero, como él sigue sin aparecer, decide salir a buscarlo.

Por el camino se cruza con un par de investigadores, pero, cuando llega a la oficina, solo ve a un técnico que está fotografiando la habitación en detalle, mientras un investigador más joven examina los cajones y las estanterías.

—¿Dónde está Hess? —pregunta en voz alta.

—Se ha largado —responde el investigador sin levantar la mirada.

—¿Adónde?

—No sé. Ha salido a la carrera.

La respuesta hace que Thulin se gire sorprendida hacia la puerta principal, por donde entran otros dos técnicos, y se apresura a ir hacia la ventana.

Lo ve en Store Kongensgade a la luz de las farolas. Con la chaqueta ondeando en la mano, cruza la calzada corriendo hacia la acera opuesta y continúa a gran velocidad por la calle cubierta de nieve hasta desaparecer de su campo de visión.

—¡Thulin, me gustaría que vieras una cosa!

Raheem se acerca rápidamente y deja su ordenador en el alféizar de la ventana para que ella pueda ver la pantalla.

—He accedido a la cuenta de Messenger de Torsten Vangsø. No puedo ver dónde se encuentra, pero el último mensaje que ha recibido es esta foto.

—Un segundo.

Ver a Hess en la calle ha inquietado a Thulin. Solo se le ocurre una cosa que pueda haberle hecho salir corriendo de esa manera, y se apresura a llamarlo por teléfono.

—Ni un segundo ni nada. Tienes que ver esto ahora mismo.

Thulin se da cuenta de que Raheem está preocupado e interrumpe la llamada. Él gira la pantalla y amplía una foto.

—Lo sospechoso es que no hay remitente en el mensaje, pero no conozco a las personas de la foto.

Frustrada, Thulin deja su teléfono en el alféizar de la ventana e intenta concentrarse en la pantalla.

La foto es oscura y está tomada desde lejos, y pasan unos segundos antes de que Thulin reconozca la pequeña figura con gorro y ropa poco llamativa en una concurrida calle. Podría ser Ditte Vangsø dirigiéndose hacia un edificio y flanqueada por un par de personas que parecen agentes de policía.

Al principio, Thulin no entiende por qué alguien le ha enviado esa foto a Torsten Vangsø.

Es una foto de su exmujer, que se encuentra bajo vigilancia en un lugar secreto.

Pero entonces Thulin se fija en la hora.

En la esquina derecha de la imagen hay un círculo rojo alrededor del momento en que fue tomada, lo que indica que la foto se hizo aproximadamente una hora antes. Al verlo, se queda helada.

—Haz zoom.

—¿Dónde?

—¡En el edificio! ¡Amplíalo!

Raheem hace lo que ella le pide.

—He intentado acercar la imagen. No hay nada característico en el lugar. Solo el coche en primer plano, las tres personas, el edificio y…

La voz de Raheem se apaga cuando ella reconoce los detalles del edificio funcionalista gris pizarra. Por un momento, intenta convencerse de que tal vez se equivoque, pero no es así. Mientras Raheem sigue hablando, ella coge su teléfono y corre hacia las escaleras.