El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 57
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Capítulo 57

Cuando Torsten Vangsø ve que el furgón celular pone el intermitente y se mete a la derecha hacia un aparcamiento libre en la muy concurrida Godthåbsvej en Frederiksberg, reduce él también la velocidad. Le llena de emoción saber dónde van a alojarse Ditte y las niñas.

Nervioso, busca un hueco para aparcar. Solo hay tres o cuatro vehículos entre el de la policía y el suyo, pero no se ve ninguna plaza, y detrás de él un automovilista impaciente comienza a pitar.

Justo cuando piensa que va a tener que acelerar y dejar atrás el furgón policial para evitar llamar la atención, un intermitente parpadea en la oscuridad a su derecha.

Rápidamente pisa el freno para quedarse detrás del vehículo aparcado; cuando este sale al tráfico, él entra y ocupa una de las plazas en las que ha estacionado tantas veces durante las últimas semanas mientras vigilaba por si Ditte aparecía para visitar a su madre.

Tiene las manos sudorosas sujetando el volante y siente que su corazón late con expectación.

Por encima de los techos de los dos coches aparcados delante de él, tiene una vista despejada del furgón celular.

Está aparcado a solo siete u ocho metros, justo delante de la entrada de la casa de la madre de Ditte, y no puede evitar alegrarse por las posibilidades que le ofrece el lugar elegido.

Por el camino, su enfado por la irrupción policial en su apartamento casi se ha disipado, y ha decidido mostrar generosidad y perdonar a Ditte.

Durante el trayecto, se ha imaginado que, evidentemente, los investigadores han puesto palabras en su boca, y por eso ahora están husmeando en su domicilio.

Pensándolo bien, lo que los agentes encontrarán en su dormitorio no es nada que no pueda explicar con la ayuda de sus abogados, y a través del móvil acaba de borrar definitivamente de su servidor personal los archivos que podrían resultar comprometedores si la policía decidiera confiscar uno o varios de sus ordenadores.

Lo más importante es hablar con Ditte, y habrá muchas oportunidades para hacerlo en el apartamento de su madre, que él conoce muy bien.

Aunque los agentes vigilen la puerta principal del edificio, se puede acceder a las escaleras traseras de la propiedad a través del patio, y, una vez que llegue a la vieja puerta de la cocina en el tercer piso, será fácil entrar.

Si consigue hablar con ella un momento, está seguro de que comprenderá lo que siente y se convencerá.

La puerta del edificio se abre y, a través del parabrisas, ve a la madre de Ditte que sale a la calle para recibirlas.

Parece alterada, con lágrimas en los ojos y llena de preocupación, y por un momento no puede evitar pensar que probablemente sea una de las personas que han puesto a Ditte en su contra.

Pronto su atención se centra en las niñas, que, ayudadas por un agente, salen del vehículo policial, y puede ver en sus caras que están confundidas.

La ira vuelve a arder en él, porque no es él quien las ha sumido en este caos, pero se recuerda a sí mismo que no debe perder los estribos.

Las niñas corren hacia su abuela y la abrazan, pero él se concentra en la siguiente persona que sale del coche.

Se le encoge el corazón cuando se da cuenta de que es la lesbiana.

Ella también parece confundida y asustada, pero él sabe que en realidad es calculadora y malvada, y siente que va a tener que controlarse mucho si ella también está en el apartamento cuando él entre.

La lesbiana también se abalanza sobre la madre de Ditte, y él vuelve a centrar su atención en el furgón celular para recibir a Ditte.

Pero no sale nadie y ahora el agente se acerca al vehículo y cierra la puerta corredera.

Junto con el otro policía, que ha conducido el furgón, se acerca al grupo e intercambia unas palabras antes de que la lesbiana, la madre y las niñas desaparezcan en el portal.

La puerta se cierra detrás de ellas y los agentes se quedan un momento hablando; después uno de ellos vuelve al furgón y el otro se coloca junto a la puerta como un maldito soldado.

Torsten Vangsø se da cuenta de que ha cometido un error inmenso.

Ditte no está en aquel vehículo y nunca lo ha estado.

Cuando el furgón celular se pone en marcha y vuelve a incorporarse al tráfico, no puede contener su ira.

Desesperado, golpea el volante con las manos y sigue haciéndolo hasta que el dolor hace que las palmas le palpiten.

Siente como si su cabeza fuera a explotar y sus pensamientos se agolpan.

Puede volver a la comisaría, pero habrán llevado a Ditte a otro lugar hace tiempo.

Seguro que no está en el apartamento de la lesbiana, porque entonces ella no se encontraría aquí, y su mente salta en vano de una posibilidad a otra.

Cuando se da cuenta de que puede forzar la entrada por la escalera trasera y subir para enfrentarse a la lesbiana de inmediato, mete la mano nerviosamente en la guantera y busca a tientas el cuchillo.

Por seguridad, lo ha guardado allí desde el incidente en el aparcamiento del juzgado de familia, cuando Ditte se negó a obedecer su orden de subir al coche.

En la oscuridad, nota el mango en la palma y, por un momento, sostiene el cuchillo en el regazo con las manos temblorosas, pero, antes de que pueda alcanzar el tirador de la puerta, la luz de la farola ilumina su anillo de bodas.

Brilla débilmente a la luz. Se lleva la mano a la alianza, como ha hecho tantas veces antes cuando necesita recomponerse.

El anillo le recuerda cómo empezó todo y se abre a sus sentimientos.

La ama. Él no es así. Todo ha salido mal y, por supuesto, no debe ir a amenazar a nadie con un cuchillo, y mucho menos cerca de sus hijas.

Recupera gradualmente el control de la respiración. Se queda sentado un momento para calmarse y decide volver a guardar el cuchillo en la guantera. Entonces vibra su teléfono.

Ve que ha recibido un mensaje de Messenger, pero no aparece el remitente y, cuando pulsa sobre él, no hay ningún texto, tan solo el icono de una fotografía. No distingue lo que representa, así que lo pulsa sin saber qué esperar.

La foto está tomada desde lejos. Un fragmento de una calle oscura y transitada con algunas personas junto a un edificio.

Tarda un momento en reconocer entre los peatones la figura de Ditte y el gorro que le cubre la cabeza de forma poco elegante.

No entiende por qué alguien le ha enviado esa foto, ni por qué la hora en que fue tomada está resaltada con un círculo rojo.

Sin entender nada, amplía la imagen, aunque no encuentra nada significativo, pero entonces descubre las escaleras de entrada al edificio. Se da cuenta de dónde se tomó la foto y de que es allí donde debe de estar Ditte ahora.

La ira vuelve a apoderarse de él. Le invade y, mientras el sentimiento de traición crece y crece, Torsten Vangsø arranca el motor y se aleja de la acera sin poner el intermitente.