Capítulo 56
En la sala de profesores, las voces de los compañeros le zumban a Marie en los oídos mientras se sume en sus propios pensamientos y se concentra solo en Sebastian Rye.
Él está al otro lado de la alargada mesa de reuniones, con una taza de café en la mano, y habla tranquilamente con uno de los docentes.
Ella le da vueltas como loca a qué debería hacer.
Se sienten las buenas expectativas. La mayoría del claustro lleva ropa más elegante de lo habitual.
Lo mismo ocurre con los alumnos que van a ayudar a hacer la presentación de la escuela para los futuros estudiantes y sus padres.
A través de los vidrios que dan al salón de actos, Marie observa que los invitados están tomando asiento mientras la banda del instituto toca animada; ve incluso fugazmente a Thor.
Lleva puesto su mejor traje, porque, para su sorpresa, aceptó ayudar cuando Mattsen se lo pidió, aunque, desde luego, no es el tipo de tarea por la que se suele esforzar.
Su mirada vuelve a detenerse en Sebastian Rye.
Se fija en sus expresiones faciales como si fuera la primera vez, en cada pequeño movimiento de su rostro y en su estilo deliberadamente descuidado, con ese peinado en apariencia aleatorio que antes le parecía atractivo, pero que ahora le da asco.
Al recordar sus comentarios picantes y babosos en las notas para Caroline, le vuelven a dar náuseas, y luego se sobresalta cuando él de repente se ríe a carcajadas de algo que dice su colega y hace un bailecito humorístico para subrayar una opinión.
Por alguna razón, Marie nunca ha intercambiado muchas palabras con él, aunque lleva cuatro o cinco años trabajando en el instituto, y no puede evitar pensar que quizá sea él quien ha evitado deliberadamente el contacto con ella.
Ahora ve que recibe un mensaje de texto, tras lo cual deja el café y, al parecer, se sumerge en un largo intercambio.
Se aleja un poco del grupo y se sienta en el sofá junto a la pared.
Cuando Mattsen pasa a su lado, un momento después, le hace una señal para que se detenga; Mattsen se para y escucha con impaciencia.
A Marie le parece que Mattsen le lanza una mirada, pero entonces su visión queda tapada.
Cuando alcanza a ver de nuevo el sofá, Mattsen asiente con la cabeza a Rye y le da una palmada en el hombro, tras lo cual se gira hacia el grupo reunido en la sala de profesores.
—¡Bien, si podéis hacer el favor de empezar a ir saliendo!
Los profesores siguen charlando entre ellos mientras se dirigen hacia el salón de actos, pero la mirada de Marie se queda fija en Rye, que se aleja en dirección contraria con su bolsa al hombro.
Ve que se va a marchar. Un tanto agitada, mira hacia el salón donde dentro de poco empezará el acto, pero no puede detenerse.
Se levanta apremiada, toma su bolso y se va detrás de él.
—No me llegó tu presentación.
Sebastian Rye se da la vuelta y mira distraídamente a Marie mientras descuelga su abrigo del perchero.
—No, lo siento. Me ha surgido una cosa y tengo que irme. Pero le he dado el discurso a Mattsen y él se encargará; lo comentará contigo.
—¿Puedo echarle un vistazo?
Marie no sabe por qué lo dice. Quizá para ganar tiempo.
O para ver si encuentra algo que indique que él realmente está detrás de las palabras que leyó en los trabajos de Caroline.
Sebastian Rye mira un momento hacia el vestíbulo, pero, al no ver a Mattsen, le hace un gesto apresurado a Marie con la cabeza.
—Eh, sí, por supuesto.
Deja el abrigo en el reposabrazos del sofá, saca su portátil y se sienta con él.
—Veamos dónde está… Un momento.
Marie se sienta en el sofá, a cierta distancia de él, y lo observa mientras enciende el ordenador. Sus dedos se deslizan con facilidad por el teclado mientras mira con atención la pantalla. Tan cerca, su rostro parece casi infantil, piensa Marie.
—Pero las ciencias sociales no son tu única asignatura, ¿verdad? ¿No tenías otra más? —le pregunta Marie.
—Sí, inglés —responde él sin apartar la vista de la pantalla.
Marie se siente de repente más segura de sí misma, así que continúa:
—Ah, sí, tú le diste clase a Caroline.
Sebastian Rye levanta la vista y ella percibe una ligera sorpresa en su rostro.
—Sí, es cierto.
—¿En qué consistía? Era un tema específico, ¿no?
—Fue muy poco tiempo. Un solo semestre.
—La obsesión erótica en la literatura.
Sebastian Rye vuelve a mirar sorprendido y Marie siente que tiene que explicarse.
—El otro día me topé con algunos de sus antiguos trabajos.
—Sí, es cierto. Tenía que inventarme algo que pudiera interesar a los jóvenes.
—¿Y lo conseguiste? —Marie duda un momento y luego añade—: ¿Interesarlos?
Sebastian Rye teclea en su ordenador, un poco más febrilmente que antes. Como si no fuera solo porque tiene prisa.
—Recuerdo que funcionó muy bien. Aquí está el borrador, si quieres leerlo.
Gira la pantalla del ordenador hacia Marie.
—Caroline también estaba encantada contigo, si mal no recuerdo —miente Marie.
—Ah, ¿sí? Pues fue mutuo.
—¿Mutuo en qué sentido?
Ve que Sebastian Rye se siente incómodo con la pregunta. Su mirada se dirige nerviosa hacia la puerta, como si esperase una salvación.
—Era una buena alumna. Interesada. Y lista. Pero lo cierto es que no llegué a conocerla bien. ¿Hay algo de la presentación que debamos cambiar? —añade luego.
—Pues tienes que haberla conocido bastante bien —dice Marie, más directa de lo planeado—. ¿Te echo de menos en las clases?
Sebastian Rye la mira. Ahora ya no hay vuelta atrás, piensa ella, y rebusca en su bolso y saca la carpeta con los papeles. En la biblioteca imprimió los ejercicios con los comentarios de Rye, y ahora coloca la primera página.
—«Te echo de menos en clase».
Pasa la página a un nuevo ejercicio.
—«Te echo de menos en clase».
Pasa la página a otro ejercicio más.
—«Te echo de menos en clase».
Las frases van seguidas de emojis de corazones, y Marie los señala. Siente el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
—No lo entiendo. ¿Qué pasa? —balbucea Rye.
—Eso es lo que te pregunto. ¿Por qué la echabas de menos en clase?
Sebastian mira a su alrededor desconcertado, pero Marie no suelta la presa.
—Según recuerdo, Caroline estuvo ausente durante un periodo. O puede que fuera porque estaba demasiado callada durante la clase. Suelo escribirles ese tipo de cosas a los alumnos…
—¿Con emoticonos de corazoncitos? —interrumpe Marie.
Sebastian Rye se queda en silencio y Marie aprovecha la oportunidad para leer una nota que él escribió.
Caroline, lo has malinterpretado. Es la lujuria la que gobierna el mundo. La naturaleza, el reino animal, el sexo. El matrimonio como construcción social, inculcado en la cabeza de la gente por la religión y la tradición. Condenado al fracaso. ¡Embriaguémonos!
Ahora la mira con cierta frialdad.
—No entiendo qué es lo que quieres.
—¿Tenías una relación con mi hija?
Sebastian Rye parece completamente sorprendido, pero también hay dureza en su mirada.
—Marie, eso está sacado de contexto.
—Está sacado de tu mente enferma. —En ese momento, Marie está tan segura de que el hombre miente que no le preocupa que los que están en el salón de actos puedan oírla.
—Marie, ¿qué pasa? —Mattsen ha vuelto de repente y tiene una expresión desencajada en el rostro.
—No pasa nada. Solo quiero saber por qué escribió que echaba de menos a mi hija y le daba lecciones sobre la lujuria en los márgenes de sus deberes de inglés.
Mattsen mira a Marie y a Sebastian Rye, que extiende los brazos y lanza una mirada resignada a su jefe.
—Parece que Marie está insinuando que fui yo quien le hizo daño a su hija.
—Sé que estabas de guardia la noche en que desapareció de la fiesta —insiste Marie, con la mirada fija en Rye.
—¡Marie, basta! —dice Mattsen.
—Tenías guardia, pero te fuiste. No estabas allí cuando terminó la fiesta. ¿Fuiste a buscarla?
—¡Basta, Marie!
—Mattsen, no sé de qué está hablando.
—Estoy preguntándote si la seguiste.
Mattsen se vuelve hacia Rye.
—Rye, vete. ¡Ahora mismo!
Sebastian Rye obedece la orden. Con sus cosas entre los brazos, se levanta y se aleja rápidamente, mientras varios de sus compañeros se agolpan junto a la puerta y observan la escena, pero a Marie no le importa. También se ha puesto de pie y mira a Mattsen, alterada.
—¡No dejes que se vaya! Ordénale que se quede. —Se oye a sí misma gritar, mientras Mattsen intenta contenerla.
—Le he dado permiso para que se vaya por motivos personales. Siéntate.
A través del cristal que da al salón, Marie ve a Sebastian Rye caminar entre las filas de sillas, mientras los invitados lo miran a él y hacia la sala de profesores.
—Marie, ahora cálmate.
Ella tiembla y se suelta de él.
—Tienes que llamar a la policía ahora mismo —dice, señalando con determinación a Mattsen con el dedo.
—Marie, tenemos una actividad. No podemos…
—Si no coges el teléfono y lo haces, lo haré yo. ¡Ahora mismo!
Mattsen duda, confundido, pero entonces ella lo ve buscar su móvil. Su mirada se desplaza del teléfono en la mano de Mattsen a los atónitos compañeros en la puerta y al cristal que da al salón de actos, por donde Sebastian Rye desaparece. Entonces ve a Thor, que la mira con rabia.