El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 55
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Capítulo 55

El tránsito en el cruce ha aumentado. Torsten Vangsø está al volante de su automóvil y contempla el tráfico de hora punta que pasa ante él en filas infinitas por el oscuro bulevar.

En los coches van el señor y la señora Dinamarca de camino a casa después del trabajo.

Nunca se ha considerado uno de ellos (hasta ahora siempre se ha sentido demasiado inteligente y diferente), pero ahora, observando su cháchara de papagayo con el cónyuge, la pareja o los niños en los asientos de los pasajeros, siente una punzada de envidia.

Hace tiempo que un frío glacial se ha instalado en su Mercedes, pero se abstiene de arrancar el coche.

Con el motor al ralentí, podría calentarse, pero un vehículo en marcha y aparcado llamaría la atención y revelaría que él está dentro, y eso es algo que no desea.

La plaza de aparcamiento que ha elegido, cerca del semáforo frente a la jefatura, es perfecta, porque desde la oscuridad del habitáculo puede observar discretamente si Ditte sale por la puerta o si la sacan de la comisaría en uno de los coches.

Se hunde un poco en el asiento cuando en ese momento ve otro automóvil sin distintivos de la policía saliendo del aparcamiento.

Hace un momento había toda una manada de coches camino de alguna emergencia.

El vehículo sin distintivos también enciende las luces y la sirena y desaparece en la misma dirección que los demás.

A Torsten Vangsø le atormenta saber que ella está tan cerca, sin que él tenga la posibilidad de ir a buscarla.

Por otro lado, se recuerda a sí mismo que desde hace varias semanas no la tenía tan próxima y se felicita por la rapidez con la que actuó cuando se le presentó la oportunidad.

La búsqueda de Ditte en las noticias de esta mañana le había indicado, por supuesto, que algo estaba pasando, pero aun así le había sorprendido que los investigadores lo llamaran para reunirse con él.

A la carrera, dejó presentable el despacho y a sí mismo y, cuando llegó la pareja de policías, intentó responder de la forma más ingenua posible a sus preguntas sobre el posible paradero de Ditte, sin decirles, por supuesto, ni una palabra sobre el hecho de que él mismo había pasado las últimas semanas buscándola sin éxito.

Aparte de alguna tontería sobre la alianza, el interrogatorio había sido fácil de superar, pero, según transcurría, se había dado cuenta de que no tenían intención de compartir con él lo que sabían sobre Ditte.

Por eso dio por terminada la reunión y decidió acudir a su abogado para preguntarle cuál era la mejor manera de aprovechar la situación cuando la policía encontrara a Ditte.

Pero, justo cuando la pareja de policías se disponía a salir por la puerta, la investigadora recibió una llamada.

Poco después, salieron corriendo, y su reacción lo llevó a seguirlos por las escaleras y vigilarlos desde el rellano.

Luego, en la calle, los vio discutir en el coche patrulla durante un buen rato, hasta que se marcharon a toda velocidad con la sirena encendida, y enseguida corrió a su propio coche y los siguió.

Un arriesgado viaje que terminó en un bosque de Ballerup, donde la pareja se adentró.

Él también salió del coche e intentó seguirlos un buen trecho en el bosque, pero al poco tiempo oyó el sonido de varias sirenas que se acercaban, se dio cuenta de que podían descubrirlo y corrió de vuelta al coche.

Resultó ser una decisión acertada, ya que, al poco rato, llegaron varios vehículos de emergencias.

Se dirigieron a toda velocidad hacia la entrada de un aparcamiento y los agentes entraron corriendo.

Para estar cerca, se había quedado aparcado en un área de emergencia cercana, desde donde podía seguir lo que ocurría , sentado en el coche.

Un poco tarde, se acordó de activar el modo avión en su teléfono y lo conectó al punto de acceso wifi del coche.

Cuando empezó a seguir a Ditte, tuvo la precaución de instalar el punto de acceso en el coche y asegurarse técnicamente de que el teléfono no revelara su ubicación, para que no pudiera ser utilizado en su contra más adelante.

Pasaron los minutos y se preguntaba si estaba perdiendo el tiempo, pero entonces una persona pequeña y poco llamativa salió del bosque y se dirigió al aparcamiento; se dio cuenta de que era ella.

La visión de Ditte y de las niñas, que se apearon de un cochecito miserable, casi le hizo llorar.

Desde la distancia, las pequeñas no parecían haber cambiado, pero estaba claro que Ditte estaba nerviosa y asustada.

Se preguntó qué podía haberle sucedido. El tiempo pasado bajo tierra no había favorecido a su aspecto.

Su hermoso cabello largo y rubio estaba teñido y cortado, y con el añadido de la ropa desaliñada y corriente no se parecía en nada a sí misma.

Había sentido cómo le latía el corazón y le había costado mucho autocontrolarse y no salir del coche para acercarse a ella, pero, mientras estuviera custodiada por la policía, no tenía sentido.

En lugar de eso, siguió discretamente y a una distancia prudencial al coche patrulla en el que se la habían llevado, y, cuando llegaron al edificio de la policía, Ditte fue conducida al interior.

Decidió esperarla todo el tiempo que fuera necesario.

Recordaba haberse enamorado de ella desde el primer momento en que la vio.

Era diferente a las demás mujeres que había conocido, que le parecían egocéntricas y presumidas.

Su carácter dulce y su franqueza casi ingenua le habían parecido encantadores, y la innata inseguridad que había percibido en su personalidad le daba un aura entrañable de inocencia.

Se había sentido feliz de convertirse en la persona que podía hacer realidad sus sueños románticos.

Sobre todo antes de tener hijos, además de colmarla de regalos, había casi adorado el suelo que pisaba.

Juntos habían construido una vida próspera a lo largo de los años, lo que le había llenado de un orgullo que creía que en general compartían.

Hasta aquella mañana del año pasado, cuando con voz insegura ella le había comunicado su decisión.

Él había restado importancia a su infantil arrebato y probablemente también le había insinuado que tenía muchas posibilidades de destrozarla si se mantenía firme en su idea de divorciarse.

Para su total sorpresa, ella se había atrevido a llevar a cabo su decisión, pero más tarde se había descubierto, por supuesto, que había recibido la ayuda de una amiga excéntrica que le había lavado el cerebro y le había hecho creer que era lesbiana.

Cuando recibió la solicitud de divorcio, lo sintió como una traición y, por supuesto, se enfureció.

La semana anterior, Ditte se había mudado a un nuevo apartamento sin su consentimiento y sin que él lo supiera, y él se había dado cuenta de sus errores.

Durante demasiado tiempo, los proyectos de la empresa habían acaparado su atención y, durante demasiado tiempo, había descuidado fijarse en los pequeños cambios que se habían producido en el comportamiento de ella.

El vacío en el hogar lo había paralizado y asustado, y en varias ocasiones la había buscado para que cambiara de opinión.

Como no lo consiguió, le había lanzado a sus abogados, esperando que fueran capaces de hacerla recapacitar.

Los letrados le dejaron muy claro que no obtendría ninguna compensación económica; como eso no funcionó, les había pedido que le comunicaran que él quería la custodia de las niñas.

Sin embargo, desde el principio, estuvo involucrado el sobreprotector juzgado de familia, y él tuvo que asistir a reuniones con arrogantes tramitadores para protestar por las acusaciones de violencia doméstica, mientras Ditte se sentaba al otro lado de la mesa con lágrimas en los ojos.

Por supuesto, las niñas también sufrían, y él había dejado claro que era ella quien los había metido a todos en el caos.

En varias ocasiones durante las reuniones, incluso había planteado la posibilidad de volver a estar juntos, pero todas sus iniciativas para poder hablar con Ditte a solas habían sido rechazadas.

Tampoco se le permitía buscarla, y poco después se enfrentó a acusaciones de que había comenzado a acosarla.

En diciembre, un agente de policía lo había visitado de repente y le había mostrado unas fotos que supuestamente había tomado de Ditte como parte de un juego del escondite perverso.

Miró las fotos en cuestión sin tener ni idea de lo que estaba hablando el agente.

Era cierto que había intentado saber lo que ella hacía y vigilarla se había convertido en una rutina diaria, pero esas nuevas fotos tenían que proceder de un loco que la acosaba de verdad.

Al principio se sintió confundido y celoso.

Estaba obsesionado con que ella debía de estar enredada con otro hombre, pero luego se dio cuenta de que la situación le favorecía.

Ditte parecía cada vez más deprimida en las reuniones de mediación en el juzgado de familia, así que, al margen de quién fuera el que la acosaba, beneficiaba su caso.

Por eso pensó que Ditte volvería arrastrándose cuando jugó su carta ganadora: la acusación de que ella descuidaba a las niñas.

Según los abogados, eso significaba que el juzgado de familia tenía que negar al progenitor acusado el contacto con las hijas hasta que se investigara a fondo el caso, pero, poco después de eso, Ditte se fugó y lo dejó con una herida abierta.

Mientras sigue mirando atentamente hacia la entrada de la jefatura, se da cuenta de que todavía cree que podría convencerla de que están hechos el uno para el otro, si tan solo tuviera la oportunidad de verse a solas con ella.

Ha sido influenciada por personas desquiciadas que le han inculcado ideas en la cabeza, y él se recuerda a sí mismo que es fundamental poner las cosas en orden antes de que se tome una decisión en el juzgado, porque, si a Ditte se le concede la custodia, la distancia entre ellos será irremediable.

En su bolsillo, el teléfono comienza a vibrar violentamente y, asustado, lo saca para ver quién le está escribiendo con tanta insistencia, pero entonces se da cuenta de que no son mensajes de texto lo que está recibiendo.

Es la alarma de su casa en Store Kongensgade, que se ha activado.

Su primer pensamiento es que debe de tratarse de un error, pero las imágenes de las cámaras de vigilancia le dicen lo contrario.

Puede ver claramente el marco de su puerta, destrozado alrededor de la cerradura, y a los policías que están en su entrada, mientras varios más suben corriendo las escaleras y entran en el piso.

Por un momento, se queda sentado, incrédulo y furioso. Intenta comprender por qué la policía lo está maltratando y ha forzado la entrada a su casa, y entonces cae en la cuenta de lo que descubrirán si entran en el apartamento y comienzan a registrarlo.

Las imágenes de lo que debe de haber sucedido le pasan por la cabeza.

Ditte debe de haberles contado un montón de mentiras sobre él, y por eso los coches se han ido hace un rato con las sirenas encendidas.

Con la ira palpitando en su cuerpo, agarra la llave, la gira y arranca el motor.

Si se marcha ahora, tal vez pueda detenerlos antes de que lo destrocen todo, sobre todo si de camino a casa consigue localizar a sus abogados y que uno de ellos se presente allí.

Está a punto de incorporarse al tráfico de la avenida, pero tiene que frenar ante otro vehículo policial que sale del edificio de la comisaría.

Esta vez es más grande, probablemente de los que llaman celulares.

Cuando finalmente lo adelantan, se sorprende al distinguir vagamente a sus hijas en el asiento trasero a través de las ventanillas laterales.

Ellas no lo ven y la furgoneta desaparece entre el tráfico antes de que él pueda pensar en nada.

Aunque el sentido común le dice que debe darse prisa en volver a casa para aclarar las cosas, cambia de opinión.

Si las niñas están en ese coche, Ditte también lo está, y Torsten Vangsø toca el claxon a fondo y se adentra en el bullicio de coches para seguirlo.